Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

A la mierda todo

Ash

C omo consecuencia de no haberme tomado el antiinflamatorio hace un par de noches, hoy cargo con una incomodidad en el costado que podría tildarse de cojonuda. Cojonuda si te gusta mi ironía tanto como a mí, obvio.

Y, si el dolor de mis costillas no fuese suficiente, estoy subiendo —con paso lento y pausado, alargando el instante por si al abrir los ojos ha desaparecido— los escalones que me separan de la puerta de entrada de casa de mis padres.

Venga, va, te dejo, formula la pregunta, solo por el placer de responderte que me siento como una mierda y esa sensación siempre se extiende como la peste cada vez que tengo que hacer acto de presencia.

Así que podría decirse que hoy es mi día favorito.

Sí, la ironía de nuevo está ahí. Cuando me dispongo a darme la vuelta y salir corriendo de allí porque nunca he estado tan seguro como ahora de que es una mala idea, la puerta se abre y al otro lado está Aaron, el causante de esto y al que le debo todo en la vida.

Por él, lo hago solo por él.

—Estaba esperando a que dieses media vuelta, pero… no quería tentar a la suerte, Ash. Me alegra que estés aquí. —Se acerca y me da un abrazo fuerte.

De inmediato me transporto al pasado, a esos momentos en los que yo lloraba en mi habitación, y a Aaron no lo dejaban acercarse para consolarme porque mis padres entendían que mi mejor castigo no era lo material.

El castigo no pasaba por dejarme sin cenar, quitarme la paga o la consola, había algo que me dolía mucho más y era privarme de la compañía de mi hermano.

Siempre lo fue todo para mí, ¿sabéis? Aaron fue y sigue siendo mi pilar fundamental en la vida, creo…, creo que es lo que me mantiene anclado a todo esto. Él y el hockey son las únicas cosas que me hacen feliz.

Cuando me suelta, hago una mueca y no hay que ser del todo adivino para que sepa por dónde van los tiros.

—No te tomaste la pastilla.

Chasqueo la lengua y me aparto un paso más.

—Estas cosas pasan y no es la primera vez —le explico como si fuese una información que mi hermano recibe por primera vez. Como si él no hubiese soportado lo mismo que yo. El hockey es así: es sangre, es carne, es guerra.

—Soy tu capitán y…

—Anda, aparta. Hoy no eres más que mi hermano. —El que se preocupa por todos, hasta por esos que no se lo merecen.

Y hablando del tema…

Mis padres, cada uno con una copa en la mano, se acercan con sendas sonrisas almibaradas en sus rostros.

Mi madre disimula la sorpresa que siente al verme porque es evidente —y para eso tampoco hay que ser medium— que no contaba con mi presencia hoy.

Supongo que en esta casa también me precede mi reputación.

—Cariño… —Se me eriza el vello de los brazos cuando abre los suyos para envolverme con ellos.

Niego en repetidas ocasiones, y ella se desinfla por momentos. Mi padre frunce el ceño cuando se percata de la escena y de lo que estoy haciendo, que no es otra cosa que marcar distancia. Que esté en este almuerzo no tiene nada que ver con ellos y todo que ver con mi hermano.

—Te veo bien —finaliza.

Yo asiento y avanzo hasta la mesa que hay dispuesta en el jardín, bajo las pérgolas que nos protegen del sol.

Cada sábado, cada fin de semana, cada puto mes era y es igual.

La puñetera familia idílica y la oveja negra.

Ese sería un buen titular, si mi padre no se empeñase en guardar los trapos sucios.

El dinero es poder, eso lo ha dejado más que claro.

Tomo asiento en el lugar que ocupo cada vez que vengo a esta casa y, creedme, casi que preferiría estar en cualquier otro sitio que aquí, no obstante, le he prometido a Aaron que lo intentaría.

Me fascina la forma en la que mi hermano cree que todo esto tiene solución.

¿Es que no recuerda los desprecios?, ¿las comparaciones?

, ¿la decepción en su mirada cuando me observaban a mí y la devoción cuando lo hacían con él?

Porque yo lo tengo grabado a fuego en el centro del pecho. En el puñetero centro del pecho.

—¿Y bien? ¿Hay alguna novedad?

Clavo la vista en mi padre esperando que sea él el que le explique a mi madre que me ha contratado una niñera, sin embargo, es Aaron el que lo cuenta como una anécdota de lo más divertida.

Por supuesto, para quien le haga gracia.

—¡Prescott! —exclama mi madre—. ¿Crees que eso era necesario?

—Es evidente que lo es, ¿no te has dado cuenta de lo que es capaz de hacer Asher?

Se me escapa una risa carente de humor. Sí, de lo que soy capaz…

Mi madre no responde, imagino que estará repasando la cantidad de líos en los que me he metido en estos últimos años. O en los últimos veintinueve años, para ser más preciso.

—¿Y qué tal las noticias últimamente? —pregunta mi madre, como quien comenta el clima, pero sabiendo exactamente dónde quiere golpear—. ¿Has dejado ya de meterte en problemas?

Ni siquiera tengo comida en el plato y ya estamos entrando en territorio minado.

—¿Es necesario hablar de esto?

—Normal. Es que no pones de tu parte. —Mi madre hace caso omiso a mi pregunta y también a mi tensión y sigue a lo suyo. Lo formula de forma servil y orgullosa en la misma frase—. Mira a Aaron, nunca ha dado un solo disgusto. Siempre fue el ejemplo perfecto, ¿verdad, Prescott?

Mi padre asiente y se le hincha el pecho de orgullo. Aaron, por el contrario, se tensa a mi lado.

—Mamá… Deberíamos cambiar de tema.

Ladeo la cabeza y observo la escena. Mis padres ni siquiera parecen haber reparado en su petición, han entrelazado los dedos sobre la mesa y me fascina cómo unas personas sin corazón han podido encontrar a su alma gemela.

—Tienes razón —susurra mi madre, y mi hermano parece complacido—. Asher nunca podrá solucionar esos problemas porque el problema en realidad es él.

Entonces clava la mirada en mí y ese cariño que se insinuaba en sus palabras, esa preocupación innata que se podía leer, se esfuma, dejando una fría capa de hielo que lo vuelve todo mortalmente insoportable.

—Ha sido más que suficiente —rezo poniéndome en pie y dejando caer la servilleta en un plato que todavía está blanco impoluto.

Mi hermano también se levanta y escucho cómo su silla resuena en el pavimento que mis padres han cambiado más veces de las que deberían solo porque no encajaba con el estilo que buscaban.

Como yo, que tampoco encajo en este estilo. Nunca lo he hecho y nunca lo haré.

Desando el camino en dirección a la puerta y con cada paso que doy el enfado se instala con más fuerza en mi cuerpo.

De mi mente. Ese azul hielo que encuentro en sus miradas se convierte en una extensión de cómo me siento.

El frío se apodera de mí y congela todo a su paso.

Estoy del todo familiarizado con esa sensación que hago mía una y otra vez, una extensión de lo que soy.

No escucho cómo mi hermano grita mi nombre, tampoco oigo la puerta cerrarse detrás de mí ni noto el pinchazo en el costado que lleva dos días sacudiéndome con cada movimiento que hago.

Solo me subo al coche, salgo marcha atrás y enfilo las calles de Vancouver con las ganas pulsando bajo mi piel.

Mis manos apretando el volante con tanta fuerza que me duelen los nudillos y mi pie presionando el acelerador porque con cada kilómetro que avanzo más distancia pongo entre esas personas que se hacen llamar familia y yo.

No recuerdo haber rebasado el límite de velocidad, ni la multa del agente que en alguna intersección logró pararme.

Tengo la ligera sospecha de haberme bebido una copa, quizá dos.

Puede que tres y que haya invitado a alguien a una cuarta.

Pero sí que recuerdo con todo lujo de detalles haber empujado a aquel imbécil solo por el placer de hacerlo.

¿Qué es una raya más para un tigre?

Al fin y al cabo, soy Terremoto Maddox, ¿no? Y lo único para lo que sirvo es para joderlo todo.

Todo.