Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El capullo en acción

Cassie

N i siquiera una mañana de descanso. Ese es el pensamiento que me sacude la cabeza cuando suena el despertador y lo apago de un golpe. El teléfono comienza a sonar con insistencia y me pregunto por qué el universo no me deja dormir como me merezco.

Asher se marchó poco tiempo después de la cena. Todos insistieron en que se quedase, que fuesen a tomar algo como otras veces, pero él cabeceó negando y rechazó la oferta. Sí, sabe ser cordial y educado cuando quiere. Y, creedme, quiere bastante poco.

Me di cuenta de que le molestaba el costado y no porque haya cotilleado la conversación con su hermano —cosa que es evidente que hice—, sino porque, de camino a la cafetería, mis hermanos me enviaron una foto donde Asher se comía literalmente la valla. Sí, eso tiene que doler.

—¿Qué? —contesto por pura inercia. ¿Sé quién me llama? No, no he mirado.

—¿Cassie? ¿Dónde te has metido? ¿Sabes la hora que es? —A Dios doy gracias de que sea Blue la que está al otro lado disfrutando de mi buen humor mañanero.

—Por tu tono intuyo que no es temprano. —Chasquea la lengua y eso es respuesta suficiente—. ¿Habíamos quedado?

—Se supone que ibas a llevar a Juniper al colegio para poder entrar antes en la cafetería. Me vienen bien las horas extra, ya sabes…

Soy la peor amiga del mundo mundial y eso hace que me desinfle de inmediato.

—Joder, lo siento, se me había olvidado.

—Me levanto de golpe y abro el armario. No quiero pensar en las pintas que tiene que tener mi pelo, en mi cara de adormilada o en las arrugas que me habrá dejado la almohada en la mejilla.

Sí, soy de las que se mueve mucho mientras duerme—.

¿Dónde estás? ¿Dónde está Juniper? ¿Dónde está mi ropa?

Suelta una risilla y al menos eso me consuela, ya sé que no está tan enfadada como me merezco.

—Está sentada leyendo en una mesa. ¿Puedes venir a buscarla? Iba a llamar a Noah, pero temo que, en vez de llevarla al colegio, se la lleve al estadio a ver un partido o, algo mucho peor, a un club de striptease . —Todo eso encaja con mi hermano, sí. Perfectamente, además.

—Estoy ahí en diez minutos.

—Ah, ¿Cassie?

—¿Sí?

—¿Ya te lo has tirado?

Cuelgo el teléfono y ruedo los ojos mientras rememoro la noche anterior.

No fue tan capullo ni tan imbécil, de hecho, soltó alguna risa, aunque es cierto que se mantuvo en un segundo plano, no como en el campo, que atrae todas las miradas, o en los reportajes de los periódicos y en las revistas de cotilleos, donde Terremoto Maddox es el rey del candelero.

Anoche pude ver una versión bien distinta de él, una más humana, más real y la verdad, mientras intentaba no mirarlo y analizar cada uno de sus gestos, me daba cuenta de que en la vida siempre hay dos versiones o tal vez tres. La tuya, la mía y la real.

Me pregunto cuál es para Asher Maddox.

Me termino de poner las zapatillas mientras salgo por la puerta de casa. Doy gracias por recordar que no he cogido las llaves antes de que se cierre la puerta y meto mi teléfono en la cinturilla del pantalón. Es de lo más cómodo.

Cruzo la puerta del Tide&Toast doce minutos después. Ni siquiera me he lavado los dientes, eso está sobrevalorado. Corro hasta la barra, donde Blue tiene una taza enorme llena de café que me tiende.

—Lleva dos minutos puesta, si está fría sigue siendo culpa tuya.

—Me merecería eso y mucho más —me disculpo.

Señala con la cabeza a Juniper, que está entretenida en la esquina.

Muchas veces Blue tiene que traerla al trabajo porque necesita esas horas extra de verdad y no siempre podemos quedarnos con ella.

Tampoco tiene dinero para pagar a una niñera.

La vida, en ocasiones, es una jodida ruleta de la fortuna y no es que mire en nuestra dirección precisamente.

Alzo la taza a modo de despedida y me acerco a la mesa de Juniper. Apuro el contenido y, cuando me planto a su lado, la pequeña aparta la vista de lo que está haciendo.

—Te has dormido.

—Buenos días para ti también, florecilla.

—Y tu pelo es un desastre.

—Yo también te quiero.

Me sonríe y me enseña ese espacio que hasta hace poco ocupaban sus paletas, que se han caído. Me encanta que no le moleste en absoluto mostrar su sonrisa carente de dientes.

Cierra el libro, lo guarda en la mochila y se levanta. Observa el reloj que hay colgado al fondo de la cafetería, en la pared llena de flores que tanto me gusta y lo señala.

—Son las nueve. —En realidad, las nueve y diez, pero todavía no hemos llegado a interpretar bien las horas, estamos en ello. No me molesto en corregirla.

Blue sale tras la barra y le da un beso y un abrazo a la niña.

—Pórtate bien —le pide, y ella asiente como si fuese a hacerlo. Ya sabemos que Juniper y un comportamiento excelente digno de una dama no van de la mano. Es como su madre, una lianta de mucho cuidado—. Vente cuando termines, tenemos que hablar sobre ciertos asuntos de mayores.

Alza las cejas en repetidas ocasiones y me temo que sé de qué asuntos quiere que hablemos.

—No sé nada de eso.

—Lo decidiré yo cuando tenga toda la información.

Dicho esto, vuelve a su puesto de trabajo y regala sonrisas a la par que rellena tazas.

—¿Lista?

—Hace una hora.

Ruedo los ojos.

—¿Sabes? Te llevarías bien con el chico con el que estoy trabajando —le explico mientras comenzamos a serpentear por las calles en dirección al cole.

Por suerte, no estamos tan lejos.

—¿Y eso por qué?

—Porque tiene tu mismo sentido del humor.

Tengo que admitirlo, es divertido ver cómo Juniper les replica a todos con esa acidez que la caracteriza, aunque no es tan divertido cuando esa mordacidad va dirigida a ti.

—¿Es guapo?

—¿Por qué preguntas eso? —Vamos de la mano.

—Porque mamá dice que los chicos guapos son los que peor le caen.

Sí, ya sabemos por qué piensa eso.

—No es guapo, es feo como una nevera por detrás —le explico—.

Tan feo que tiene una verruga enorme aquí.

—Le muestro la nariz—. Los dientes, amarillos como los de una bruja y tornillos a ambos lados de la cabeza y, además, apesta a esquina meada — termino mi descripción y me siento satisfecha—.

Además, solo se mete en líos, por eso me han contratado, para apagar sus fuegos.

—¿Y cuántos fuegos has apagado hasta ahora? —Esa es una buena pregunta—. ¿Eres su bombera? —«Su bombera», dice.

Ya casi estamos llegando al colegio.

—Es una forma de hablar, Juniper, lo que hago es intentar que nadie hable mal de él o que piensen que es un capullo.

—¿Y es un capullo? —Medito la respuesta unos segundos porque puedo meterme en un lío con su madre por haber soltado esa palabra tan bonita y educada.

Maldita bocaza que tengo—. Porque mamá asegura que los chicos guapos son todos muy capullos y, por cómo lo describes, ese chico no es guapo, así que seguro que es muy divertido.

Y mi sentido del humor es el mejor del mundo, abuelo lo dice siempre, que me comería a besos por la boca que tengo.

—Se alza de hombros sintiéndose la chica más orgullosa del mundo.

Me agacho y me pongo frente a ella.

—Yo te comería a besos por la boca que tienes, los dedos de los pies, la nariz. —Se la toco—. Los ojitos y por el conjunto.

Juniper me sonríe complacida por mi elogio.

—Vale, te perdono por llegar tarde.

Entonces se lanza a mis brazos y me estrecha entre ellos.

Corre en dirección a la puerta del colegio, y yo me quedo ahí plantada mirándola.

Cómo es la inocencia de un niño, ¿ehh? Con qué poco son felices y la ingenuidad que tienen.

Tengo mil y un recuerdos preciosos de esa etapa de mi vida, de mis hermanos, de mis padres bailando en la cocina, de nosotros tres obnubilados disfrutando de un sábado de comida casera y una merienda de viernes llena de harina que nos negábamos a limpiar, pero que nos encantaba usar.

Y, mientras la veo alejarse, con la mochila rebotando a su ritmo y el sol dibujando destellos en su pelo oscuro, pienso que ojalá nunca pierda eso: la risa fácil, la confianza en el mundo, la manera en que todo lo convierte en un juego.

Porque, al final, crecer no debería significar olvidar cómo se mira la vida cuando todavía crees que todo lo bueno está por venir.

Cuando sabes que sí, que hay mucho bueno por venir.