CAPÍTULO 9
La del sándwich raro
Ash
N o debería estar haciendo esto. Ni siquiera debería haberle escrito a Steph para que me hiciese el favor de pasar a por suministros para dejarle luego a Art y, ya veis, aquí estoy, sintiéndome ridículo, pero con la firme convicción de que esto lo hago por puro egoísmo y no es otro que controlar lo que Kai suelta por la boca.
No tiene nada que ver con ella.
Por supuesto que no tiene nada que ver con ella.
Cruzo la puerta del Slam Dunk Deli y localizo de inmediato a gran parte del equipo sentados en la mesa que solemos ocupar cada noche después de jugar en casa.
Aaron ha instaurado la tradición de reunirnos a todos o casi todos después del partido para hacer cosas que no impliquen nada profesional.
El ambiente es distendido y está prohibido hablar de hockey o de cualquier cosa que tenga que ver con el deporte.
Él lo llama «crear familia», y yo aseguro, solo por fastidiar, que es un peñazo.
Sin embargo, siempre que puedo acudo. Tengo que admitir que me gusta poder compartir tiempo con mis compañeros y conocerlos.
Algunos han resultado ser realmente sorprendentes.
El alboroto se nota conforme me acerco a ellos. Saco el teléfono cuando vibra dentro del bolsillo trasero de mi pantalón y leo el mensaje de Steph en el que me asegura que ya ha comprado todo y que lo dejará en mi casa con el resto de mis cosas.
Le respondo con un sencillo « ok » y me anoto en la lista de cosas pendientes por hacer pagarle el favor la próxima semana cuando venga a casa. Odio el desorden, y Steph me ayuda con eso.
—Ey, Ash, ¡aquí! —grita Price.
Es el primero en darse cuenta de que he venido y no muestra sorpresa alguna a pesar de que antes de salir dije que me iba para casa porque estaba dolorido, así que…
el cabrón de Draycott me placó con todas sus ganas contra la valla, lo hizo con tanta fuerza que noté vibrar el plexiglás y estoy convencido de que el muy hijo de puta lo disfrutó.
Si me preguntáis, me lo merecía, porque yo lo hice primero. Karma lo llaman.
Me acerco a la mesa y no necesito hacer un barrido muy extenso para darme cuenta de que Kai está sentado al lado de mi niñera y, no solo eso, ella parece muy interesada en lo que le está contando. Respiro con fuerza y me siento frente a ellos, entre Foster y Monroe.
Ni siquiera se molesta en mirarme. Muy bien, me gusta ese juego.
De hecho, me gusta demasiado ese juego.
—Pensaba que no vendrías —murmura mi hermano acercándose un poco.
Está sentado al lado de Cassie. No me lo ha confirmado, sin embargo, sé que se ha nombrado protector de la chica. Como si estuviese rodeado de una panda de buitres que quieren comerse hasta el tuétano.
En resumidas cuentas, lo que es.
Es preciosa, ¿vale? ¿Es lo que querías leer?
Pues, joder, yo no quería confirmarlo abiertamente.
Soy un tío, no me juzgues, me fijo en esas cosas y sé que todos los presentes también lo han hecho.
Estoy seguro de que lo hicieron en el mismo instante en el que mi hermano la presentó de manera oficial.
Algunos antes de eso, sobre todo, cuando Kai gritó «La niñera de Ash está buenísima» en medio del vestuario.
Ni siquiera se dio cuenta de la cantidad de cabezas que se asomaron buscándola en el pasillo mientras ella observaba las fotografías y equipaciones, estaba tan concentrada que no se percató de los pensamientos lascivos de esos que se hacen llamar compañeros.
A partir de ese momento, Cassie lleva colgada una diana en la espalda. Espalda que precede un culo que alguno que otro ha alabado sin cortarse un puto pelo. No, no he sido yo, no soy tan gilipollas. Aunque debo admitir que lo tiene.
Sacudo la cabeza por el derrotero que están tomando mis pensamientos. No soy ningún neandertal, joder. «Una tía, no me jodas, Ash, que hay miles en el mundo». Y, aun así, no puedo apartar la vista de ella.
Del modo en el que se coloca la melena pelirroja llena de perfectos tirabuzones tras la oreja, de cómo alza las cejas, asiente o cómo sonríe con timidez ante los comentarios de mi amigo Morrison, que está claro lo que hace, y aun así soy incapaz de apartar la atención de cada gesto suyo, como si mi cuerpo hubiera decidido traicionarme y quedarse ahí, anclado, observándola mientras me repito que no significa nada a pesar de que empieza a sonar cada vez menos convincente.
Suelto el aire de nuevo y coloco las manos sobre la mesa, formando un puño. La postura envía un pinchazo directo a mis costillas e intento ocultar la mueca de dolor que me provoca. Puto Draycott.
Mi hermano se da cuenta porque a Aaron no se le escapa nada. Es el más perspicaz del equipo.
—¿Has tomado algo? —Niego a modo de respuesta todavía con la vista clavada en la escena que se desarrolla frente a mí—. ¿Por qué? —Él sabe perfectamente por qué.
Eso parece llamar la atención de Cassie, que me observa y baja la vista llevando la mirada a la zona. Por lo visto no está tan pendiente de Kai como quiere hacerme creer y paladeo la satisfacción que eso me produce.
—Lo haré luego.
—No, no lo harás.
Aprieto la mandíbula. No, no lo haré.
—Aquí no se habla de eso, ¿recuerdas las normas?
—¿Desde cuándo las sigues tú? —me pregunta.
Y, entre broma y broma, percibo su preocupación. Es lo único bueno que han hecho mis padres: darme a mi hermano.
—Para eso estás tú. Yo rompo las reglas, y tú marcas las normas.
Y sabe que mis palabras son del todo ciertas. Me dedica una sonrisa, y yo se la devuelvo. Mataría por estar tomándome una cerveza con él en casa, viendo la repetición de algún partido antiguo y contándome cómo de desastrosa es su vida amorosa.
—Prométeme que te tomarás algo. No me hagas tener que ir a casa contigo y arroparte. Tal vez quieras que también te lea un cuento y te dé un besito de buenas noches.
—O dos —lo provoco—. Ya sabes que con uno no es suficiente.
La sonrisa de Aaron se amplía y, de esta forma, llega ese sentimiento tan familiar que solo Aaron es capaz de provocar en mí. Esa calma, ese cariño que siempre da y esa mano que siempre me tiende a modo de puente, sobre todo, cuando me siento muy solo. Muy muy solo.
—Vale, chicos… —Lenna se acerca para tomarnos la comanda y eso hace que la promesa quede sin confirmar—.
Y chicas —puntualiza cuando se encuentra con Cassie, que le dedica una sonrisa radiante.
¿Por qué lo sé? No porque la esté mirando, por supuesto que no es por eso.
Pelo rojo como el fuego a juego con sus labios, piel nívea, ojos marrones, pestañas largas, cuerpo curvilíneo…
Joder, Ash, aparta los putos ojos de ella—. ¿Qué os sirvo?
Hay un par de cartas desperdigadas por la mesa. Todos comienzan a recitar lo que quieren.
—Un The West Coast Crunch —recita Cassie.
—La especialidad de la casa. Después de probarlo no sabrás si reír o pedir otro —le asegura Kai, que no deja de coquetear con ella.
Si tengo que estar toda la noche soportando sus insinuaciones, la pastilla que me voy a tener que tomar será para los nervios.
—Otro —agrego utilizando la frase final de mi amigo cuando llega mi turno.
Sobre todo, porque es lo que suelo pedir siempre que venimos aquí. Soy un tipo de gustos definidos. ¿Para qué probar algo nuevo cuando puedes disfrutar siempre de lo exquisito?
—Y dime, Cassie, ¿qué hace una chica como tú en un lugar como este? —pregunta Kai sin reparo alguno.
Me recuesto en el asiento esperando su respuesta. La verdad es que venir no ha sido tan mala idea, parece ser que le ha salido el tiro por la culata, ella quería obtener información sobre mí, y yo voy a conseguirla sobre ella.
—Comer. Es evidente. —Su sarcasmo me la pone dura.
«Vaya puto pensamiento de mierda, Ash, sigue así, campeón».
Mi hermano se ríe a su lado y asiente un par de veces. Le cae bien, ¿cómo no? Por lo visto, les cae bien a todos, que la observan fascinados como si fuese un manantial en medio del desierto.
—Hablo en serio, ¿cómo es posible que una chica tan guapa como tú no esté trabajando en otro lugar? No sé —titubea Kai—, algo con menos testosterona.
¿«Tan guapa como tú»? Por favor, he visto piropos más elaborados en las noticias de la mañana.
Cassie chasquea la lengua y entonces clava la mirada en mi persona. Leo el desafío en ella y de inmediato sé que sus siguientes palabras irán dirigidas hacia mí. «Dale, Fierecilla, no te cortes un pelo».
—No le tengo miedo a la testosterona.
Las comisuras de los labios se me alzan ante su provocación. Todavía recuerdo su cara cuando le dije que me probaría sus pantalones o cuando le lancé el mordisco al aire, ese que quise darle en la unión de su cuello con el hombro. Clavo la vista en ese lugar.
—¿No? —pregunta mi hermano.
Ella niega.
—Me he criado rodeada de hombres. Tengo dos hermanos. Mellizos, por cierto —puntualiza—. He superado la etapa de sentir temor por el sexo masculino.
—De ahí tu carácter —insiste Kai.
Lenna reparte las bebidas entre todos los presentes y me llevo el botellín de agua a los labios.
—¿Y tú?, ¿crees que esa técnica de ligoteo te va a funcionar?, ¿de verdad lo piensas, Kai?
Escupo el agua y me atraganto. Mi hermano me tiende una servilleta, y se lo agradezco de veras. Tengo que admitirlo, esta chica con cara de niña buena los tiene bien puestos.
Y no deja de sorprenderme.
—Mmmm, pensaba que sí —titubea.
Cassie le coloca la mano en la mejilla y le da un par de palmaditas en ella.
—Pobre cachorrito.
Todos rompen a reír a carcajadas, y yo me quedo atónito observándola. Cautivado por la manera en que se ha ganado al equipo con tan solo un par de frases y sin acabar siquiera la cena.
—Esta chica me gusta —apunta Caleb y la señala con el pulgar.
Y sí, Caleb es la voz de la experiencia, se ha ganado el respeto a pulso. Es un padre increíble y la mayoría de los presentes desea ser como él. Su palabra va a misa, sin embargo, sé que no era necesario que diese su veredicto. Esta chica le gusta. Les gusta a todos.
A todos menos a mí.