CAPÍTULO 7
La importancia de lo importante
Cassie
N i confirmo ni desmiento que he vuelto al lugar solo para redimirme. El pasillo se extiende ante mí como un abanico de posibilidades. Infinitas posibilidades, diría yo.
Sí, las fotografías siguen ahí colgadas y sí, también las equipaciones.
Con el enfado de ayer apenas pude revisar la trayectoria profesional de los Wild Warriors y ya sé lo que estás pensando: «Cassie, ¿cómo una chica como tú que no tiene ni idea de hockey acaba trabajando para un equipo de hombres?
». Bueno, es una respuesta obvia, eso es lo que te contestaría, solo que es mucho más evidente que no conoces los detalles.
Es cierto que no me gustan los deportes o, al menos, no soy tan aficionada a ellos como lo es Blue.
Toda mi vida he tenido que soportar meses, semanas y tardes de partidos porque en mi familia el hockey se toma muy en serio.
De hecho, Noah y Xavier siempre quisieron acabar en la NHL —por supuesto que sí—, es una lástima —para ellos— que tengan dos piernas izquierdas y que lo más cerca que estén de encajar el disco en la portería sea…
nada cerca, para ser mucho más precisa. El caso es que nunca me ha llamado la atención.
Siempre me escabullía cuando ellos se sentaban frente al televisor y pasaban más de dos horas viendo a unos cuantos tipos matarse a golpes.
Porque eso es lo que hacían, y a mí se me ponían los pelos de punta con tan solo verlos.
Ya sé que esto no responde a tus preguntas, pero déjame avanzar.
Mis estudios comenzaron a dirigirse hacia un fin.
Me gustaba el marketing . Me encantaba ese proceso de conocer terminologías y estrategias, de descubrir cómo unas simples palabras podían mover masas.
Branding , posicionamiento, storytelling , engagement …
, era como un idioma secreto capaz de convertir una idea en deseo y un deseo en venta.
Y ahora ese idioma tengo que aplicarlo aquí, entre sticks , discos y tipos con más ego del que se pueda encontrar en donde quiera que se encuentre eso, porque no estoy tan familiarizada con ese concepto.
Mi papel es vender la mejor versión de ellos, limpiar titulares, crear imagen de marca, mantener el engagement alto y las polémicas bajas.
En otras palabras, convertir un vestuario lleno de testosterona en un producto atractivo.
Y, si eso no es marketing emocional, que baje Kotler y lo vea.
Y sí, tal vez esto siga sin responder a tu pregunta sobre cómo acabé presentándome para este puesto de trabajo, sin embargo, la explicación es demasiado sencilla para que sea real.
Había una vacante. Yo necesitaba un puesto de trabajo que me hiciese crecer, en el que poder mostrar mi valía porque mi último trabajo, en fin, dejaba mucho que desear.
Era el tipo de empleo en el que pasas más tiempo diseñando campañas que nadie aprobaba y redactando correos que nadie leía.
Donde «sinergia» y «pensamiento disruptivo» eran solo palabras que se lanzaban en reuniones para llenar el silencio incómodo entre cafés recalentados y bollos de hacía tres días.
Así que, cuando vi el anuncio del equipo, pensé: «¿Qué es lo peor que puede pasar?
». Pues lo peor que puede pasar es que te asignen a Asher Maddox como principal elemento de marketing .
A veces la vida te empuja justo hacia donde juraste que no ibas a ir.
En mi caso, hacia una pista helada, rodeada de tipos enormes con mandíbulas cuadradas, sonrisas que captan patrocinadores y la sutil capacidad de generar titulares explosivos y muchas veces nada reales.
Pues eso, toda marca necesita una estratega que limpie el desastre y sepa cuándo convertir el caos en campaña o, en mi caso, cómo intentar que la figura estrella del equipo deje de meterse en líos y, si lo hace, cómo conseguir darle la vuelta para que parezca premeditado o, al menos, beneficioso para el equipo.
No soy su niñera, ¿lo he dejado suficientemente claro?
—Vaya, vaya, si es la señorita Cassidy Caldwell. —Kai Morrison, cómo no.
—Si vas a contarme que Maddox se ha escapado por la ventanilla de los vestuarios, es el momento, Morrison. —Alzo el dedo y lo amenazo con él como si fuese mi mejor arma de destrucción masiva—. Habla ahora o calla para siempre.
Se aparta unos pasos, con una bolsa colgada en la espalda, y me sonríe con suficiencia.
—Ese carácter tuyo…
—Morrison…
El susodicho se aparta un poco más y abre un espacio en el que puedo vislumbrar al otro hermano Maddox: Aaron.
Treinta y dos años. Capitán del equipo. Tranquilo, analítico y protector.
Es el chico bueno de los Maddox y el que nunca jamás se mete en líos.
Me gustaría saber cómo pueden dos hermanos ser tan diferentes.
Suspiro. «La respuesta a eso está en tu propia casa, Cassie».
El capitán se adelanta un par de pasos hasta colocarse frente a mí. Me tiende la mano y me regala una sonrisa delicada, no tiene nada que ver con la hambrienta de Kai, que, por si había alguna duda, sigue ahí plantado esperando vete a saber el qué.
—Soy Aaron Maddox —dice.
Si él supiese que también tengo información suya, aunque algo más básica, en otra carpeta.
—Cassidy Caldwell —me presento una vez más y tengo la sensación de que es lo único que he hecho en estos días, eso y perseguir al central derecho del equipo.
—Tal vez sea un buen momento para que todo el equipo te conozca, ¿no crees? Mi padre me ha puesto un poco al día del asunto y… —titubea. Si titubea, es mala señal— te agradezco lo que haces.
No es que haya podido hacer mucho.
—Intentaré ayudar en lo que pueda.
Le dedica una mirada a Kai, que se aleja de inmediato dejándonos a solas.
—Mi hermano es un tipo complicado, Cassidy…
—Cassie —lo interrumpo antes de que continúe—. Todos me llaman Cassie.
—Mi hermano es un tipo complicado, Cassie —repite, y le regalo una sonrisa satisfecha—. Es un luchador nato, le gustan los retos y los desafíos. —Baja la voz—. Si de verdad quieres ayudarlo, no te des por vencida.
Se abre paso hacia el vestuario, y me quedo allí unos segundos saboreando sus palabras, aunque, siendo honesta, lo que en realidad interiorizo es lo que no ha pronunciado.
Ya sabemos que a Asher le gusta sentir que tiene el control y jugar sus cartas en esa dirección.
También me ha dejado claro que no le hace nada de gracia que le digan lo que tiene o no tiene que hacer, cosa que entiendo, porque a nadie en su sano juicio le va eso, sin embargo, es cierto que tiene un imán para los problemas, los atrae, los llama, los fomenta y se siente bien navegando entre ellos.
No los rehúye, como cualquier otra persona, sino que se siente… en su salsa.
Por otra parte, no entiendo por qué tendría que darme por vencida cuando en realidad a mí me pagan por hacer justo lo contrario: ser perseverante y salirme con la mía. Puede que Asher Maddox sea el máximo goleador de los Wild Warriors, pero no sabe a quién se enfrenta fuera del campo.
Cuadro los hombros, alzo la barbilla y accedo al vestuario con la intención de dejar clara mi postura.
Cuando entro, están casi todos sentados.
Rememoro cada una de las fotografías del dossier y la información acude a mi cabeza de inmediato.
Puede que el marketing se me dé de lujo, pero memorizar datos también.
Algunos esconden sonrisas, otros simplemente me observan y fruncen el ceño, los más descarados me miran con fijeza y otros tantos ni siquiera me prestan atención, como si fuese de lo más común que haya una tía ahí plantada.
Uno de ellos es Asher, que tiene el teléfono en la mano y parece demasiado atento a algo.
Sonríe como si le resultase fascinante lo que sea que ve en la pantalla.
—Chicos… —Aaron llama la atención del equipo, y no me gusta del todo sentirme tan observada.
Ahora lo llevo mejor, pero hubo una época en la que me sentía juzgada con cada mirada que recibía. Solo pensaba que estaban intentando buscar cualquier defecto para burlarse de mí.
El problema radicaba en que eso era justo lo que hacían.
Los jóvenes pueden ser unos putos cabrones.
He aprendido que no hace daño quien quiere, sino quien puede, y ese es el lema que he decidido llevar por bandera.
Da igual que mis caderas sean grandes, que tenga mucho pecho o que no tenga un cuerpo ¿normativo?
Así es como se le llama, ¿cierto? En fin.
Pues que vivan los cuerpos, normativos o no, simplemente que vivan.
Carraspeo intentando centrarme de nuevo en lo que nos atañe. Aaron les está explicando quién soy, qué hago, el tiempo que pasaré con ellos y, sobre todo, pidiéndoles que se comporten como personas y no como orangutanes. Esto lo pronuncia mirando directamente a Kai.
—¿Por qué yo? —Se la devuelve.
—Porque eres el más capullo —responde Evan Price.
Forma parte de la segunda línea defensiva y es muy muy divertido.
—Y estás salido —añade Duffy desde el otro lado.
Esto provoca un coro de risillas y muchos, demasiados, asentimientos. Veo que hay unanimidad en el asunto.
—Alguien tenía que decirlo —añade Caleb Wright desde la otra punta.
Aaron asiente en la distancia sin perder el buen humor. Caleb y él tienen una relación bastante estrecha, de la misma forma en la que sé que Kai y Asher también la comparten.
Hablando del rey de Roma…, ni siquiera se ha dignado a dedicarme una mirada y todavía estoy dudando de que esté prestando atención a lo que ha expuesto el capitán de su equipo.
Sigue con la vista clavada en el teléfono y en esta ocasión está tecleando con rapidez y presteza.
Aaron me dedica una mirada compasiva, y yo sencillamente finjo que no me importa cuando es evidente que sí que lo hace.
Todos comienzan a abandonar el vestuario tras recordar que tienen que estar de regreso dentro de unas cuantas horas para el siguiente partido. Imagino que la charla motivacional la tendrán dentro de un rato y en este tiempo que he estado esperando se habrán centrado mucho más en la estratégica.
Inspiro y expulso el aire antes de salir yo también.
Recibo algunas palmaditas en la espalda y unos cuantos alzamientos de pulgares, al menos no han reaccionado mal.
Podría haber sido peor, ¿no? En plan, ponerme la zancadilla y dejar que haga el ridículo más estrepitoso de mi vida.
O yo qué sé, alguna novatada como pegarme un cartel en la espalda y ridiculizarme por llevarlo colgado por todo Vancouver.
Me giro por si han hecho eso entre palmada y palmada solo para darme cuenta de que no.
No me gustaría empezar con mal pie. Los asesinatos son difíciles de limpiar.
Me planto al lado de la puerta y aguardo a que el señor del reino salga.
Cuando lo hace, sigue con la vista clavada en la pantalla. Qué maleducado es. Intento ojear el teléfono de forma disimulada y me reprendo de inmediato por violar la intimidad de mi cliente. En un juicio me declararían culpable.
—¿No tienes nada mejor que hacer que perseguirme? —pregunta. El tono de su voz es duro, magnético y ciertamente cautivador. Parece que sí que se ha dado cuenta de que existo. Es un lujo terrenal no ser invisible—. Empiezo a pensar que este trabajo te encanta.
Sacudo la cabeza, y él lo interpreta como una negativa. En realidad, lo que intentaba era apartar cualquier pensamiento sexi que pudiese pasarme por la cabeza y llevarme por el mal camino.
—Claro que sí, me gusta casi tanto como que me depilen las cejas con una motosierra.
Asher acelera el paso y tengo que avanzar algo más deprisa para alcanzarlo.
—Una vez me depilaron las cejas —añade y entonces guarda el teléfono y centra su atención en mí.
Las alza un par de veces y clavo la vista ahí. No me sorprende en absoluto. Seguro que se depila todo el cuerpo.
Uffff.
—Ya lo entiendo todo —ironizo mientras avanzo más y más en dirección a la salida, apartando la mirada para no dar la sensación de ser una de esas chicas que no pueden dejar la mirada de un chico guapo y tatuado.
—¿Qué entiendes?
—Me temo que ahí es donde radicaba tu poder, te arrancaron las cejas y se llevaron consigo la capacidad de parecer adorable.
Asher frena sus pasos y entonces enarca una ceja. Qué básicos son los hombres y con qué poco los hieres donde más les duele. Fastidia su ego, y ya lo tienes hecho.
—¿Adorable? —Se carcajea y lo hace con tanta fuerza que por un segundo me desconcierta.
No sé qué le resulta tan gracioso—. Ay, Cassie, Cassie…
—Se acerca a mí con pasos lentos y audaces, la distancia que nos separa es tan corta que puedo olerlo y no, no pienso quedarme como una lela—.
Tal vez deberías saber que yo nunca he sido adorable como una ovejita, siempre he sido peligroso como un lobo.
Lanza un mordisco al aire que me perturba y entonces se esfuma.
Y dejo que lo haga. Juro que dejo que lo haga.