Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Se nota, se siente

Ash

P aladeo y saboreo su insulto tras cerrar la puerta y dejarla con cara de póker.

¿Qué pensaba?, ¿que nos íbamos a convertir en los mejores amigos solo porque me ha traído café y porque se ha puesto esos malditos pantalones que hacen que todas y cada una de sus curvas se me hayan quedado grabadas a fuego en la memoria?

—Joder, Asher, deberías cascártela.

Sí, eso es justo lo que debería hacer, pero no pensando en ella. Cassie. Tiene nombre de buena chica, me pregunto cuánto tiempo tardaría en corromperla. Eso es lo único que hago, ¿no? Joder todo lo que toco, todo lo que tengo cerca.

Me doy una ducha rápida antes de terminar de preparar la bolsa con todo lo necesario para el entrenamiento de hoy y decido descender un par de pisos con la bolsa colgada a la espalda y pasarme por casa de Art.

Ayer, tras dejar a mi niñera atrás, cosa que me produjo un placer inexplicable, me vine directo a casa.

Puede que no dé muestras de ello, pero la realidad es que estoy cansado.

Estos meses implican mucho trabajo, estar siempre al dos mil por cien y darlo todo en cada partido y entrenamiento, y eso siempre nos termina pasando factura.

Aaron me estuvo llamando por teléfono, probablemente, para convencerme de que no busque alguna excusa barata para no acudir de nuevo el almuerzo familiar de esta semana. Preferiría que me hiciesen una lobotomía con una pajita de plástico a tener que comer con ellos una vez más.

Suspiro a la vez que alzo la mano y golpeo la puerta. No responde, cosa que no me sorprende en absoluto. Este hombre es un demonio.

Tal vez por eso me caiga tan bien.

—Abre la puerta de una maldita vez, no hagas que tenga que tirarla abajo. —Este es su juego. No abrirme. Son sus reglas, sus normas, y a mí siempre me ha encantado romperlas—. Tú te lo has buscado, viejo —profiero.

Dejo caer la bolsa a un lado de la puerta y desciendo en el ascensor hasta la planta principal. Austin está sentado tras la amplia mesa de la recepción leyendo alguna de sus novelas policiacas.

—Ash —me saluda cuando me ve.

Me apoyo en la blanca superficie y me asomo solo para comprobar que, en efecto, está metido de lleno en una nueva historia.

—¿Al final el asesino era el mayordomo?

Siempre bromeo con él sobre eso. Los criminales siempre tienen algún tipo de relación con el fallecido, esa es una verdad mundialmente conocida.

Niega sin perder la sonrisa.

—Era el sheriff del condado, ¿te lo puedes creer? Estoy perdiendo la confianza en la humanidad.

Y en las fuerzas del orden.

—Vaya, por lo que veo, hasta los buenos acaban siendo malos —ironizo. Austin me sonríe todavía más, y yo señalo hacia arriba—. Art no abre la puerta y ayer tampoco lo hizo. —Frunce el ceño y se le forma un surco que le cruza toda la frente—. No es que me preocupe…

Austin saca un manojo de llaves del cajón y comienza a moverlas de izquierda a derecha. Bajo mi punto de vista, todas son iguales, en cambio, nuestro portero la detecta a la primera, la extrae con cuidado y me la tiende.

—Yo no he sido —señala.

Finjo que me cierro la boca con una cremallera, y él asiente de nuevo. Me dirijo hacia el ascensor.

—Por cierto, Austin, en ese seguro que sí que es el mayordomo.

Escucho las carcajadas mientras subo en el ascensor hasta el décimo piso. Cuando la puerta se abre, mi bolsa de deporte ha desaparecido. Sospecho que al menos el viejo sigue vivito y coleando y no solo eso, sino con ganas de fastidiarme.

Meto la llave y abro la puerta. Cruzo el umbral y, a pesar de que todo está bastante oscuro, puedo ver lo suficiente como para dirigirme hasta la habitación donde se encuentra el televisor.

Mi bolsa está sobre la encimera y encuentro platos y vasos de varios días tirados de cualquier manera a lo largo de la superficie.

También huele a basura y todavía no he abierto la nevera para comprobar si Art tiene comida suficiente para estos días o si hay algo que esté ya en mal estado.

Sigo adelante y entro en el salón. El viejo está sentado frente al televisor, con el pijama puesto y descalzo.

—¿A qué has venido? —me pregunta—. Hasta donde yo sé, no hay que ser un lumbreras para entender que no te he invitado.

El retintín es más que evidente, lástima que haya aprendido tan bien a que todo me importe una soberana mierda.

—Solo quería saber si habías muerto y si ya podía quedarme con tu colección de cromos.

Esa es su reliquia más preciada.

—Me enterrarán con esa colección.

—Allá a donde irás, no te hará falta —suelto.

—Lo sé, pero te estaré jodiendo hasta después de muerto.

Suelto una carcajada. Es probable que quien no conozca al viejo Arthur Kane no entienda el sentido del humor que tiene y, lo más sorprendente, es que me fascina esa mordacidad que carga. Supongo que siempre me han gustado las personas que van contra las normas.

«Y también te gustan las chicas curvilíneas que no dejan de provocarte con su lengua afilada».

Sacudo la cabeza. Joder.

—¿Has desayunado? —le pregunto.

Art aparta la mirada del televisor y me observa por encima del hombro.

—¿Acaso eres mi madre?

—Si lo fuese, ya te habría azotado por ser un grano en el culo.

—Así que… —añade y hace una leve pausa— eso es lo que le va al gran Asher Maddox: los azotes —rumia.

Las comisuras de los labios se me alzan una vez más y no respondo. Sé que eso le va a fastidiar mucho más que afirmarlo o negarlo.

Guardo la llave en el bolsillo y me dirijo a la cocina.

—Ha sido un placer —suelta—. Espero que te den una buena tunda en el partido de esta noche y que los antinflamatorios no te quiten el dolor

Qué de buenos deseos por su parte.

—Y yo espero que veas cómo gano. ¡De nuevo! —le grito.

Me meto de lleno en la cocina. No puedo irme y dejar todo esto así.

Hay platos sucios por todas partes, también hay prendas tiradas y casi que prefiero dejarle la ropa y la cocina recogida.

No sé cuánto tiempo tardo en ponerlo todo al día, solo sé que dejo una secadora puesta y que vacío y tiro varias cosas que están en mal estado en el frigorífico.

No tiene apenas comida, así que me anoto como tarea pasarme por el supermercado antes de regresar.

Cuando cierro la puerta de la casa, Art sigue en el mismo sitio que cuando llegué. No creo que sepa que estuve ahí un rato más.

Me subo al coche y cuando entro en el estadio de los Wild Warriors sé que llego tarde. La mirada que me dirige el entrenador lo dice todo, sin embargo, es mucho peor la de mi padre. Ni siquiera sé qué coño hace aquí.

—Por fin te dignas a aparecer. —Camina con paso decidido hacia mí.

El entrenador aparta la mirada y continúa analizando el juego del equipo para señalarnos luego los fallos que hemos cometido y que debemos tener en cuenta esta noche.

Intuyo que es bastante consciente de que con la reprimenda de mi padre ya tendré más que suficiente—.

Mientras tus compañeros han estado ahí —explica señalando la pista—, mientras tu hermano ha estado ahí —insiste—, dejándose el alma, mi querido hijo ha estado durmiendo la mona.

Ni siquiera me molesto en contradecir sus palabras, ¿de qué serviría? Ya se ha hecho su propio juicio de valor y, pase lo que pase, va a seguir siendo de esa forma. Lo intenté, durante mucho mucho tiempo, puse de mi parte, sin embargo, con Prescott Maddox nunca nada era suficiente.

—¡Vamos, Ash! —grita mi hermano—. Venga.

Intenta distraerme, intenta proporcionarme una vía de escape, intenta que no me arda la sangre.

Me giro y, antes de continuar, me apoya la mano en el hombro.

—Este sábado tienes que venir. No quiero excusas, Asher. No voy a pasarte ni una sola más y tu madre tampoco.

Muevo el hombro con fuerza y me suelto de su agarre. Aprieto tanto la mandíbula que me duelen los dientes y avanzo con ganas de romper algo. De gritar. De joderlo todo.

Inspiro como me ha enseñado el entrenador y aguanto la respiración hasta que me duele, con las manos apoyadas en la taquilla y los ojos cerrados.

Me concentro en las cosas que me dan paz: una conversación con mi hermano, las bromas de Kai, correr por las calles de Vancouver de madrugada cuando nadie me reconoce, la lengua afilada de Cassie…

—Maldita sea.

Golpeo la taquilla a ver si el dolor en el puño me ayuda a evitar pensar en ella. Frustrado, me cambio de ropa y me deslizo por el puente en dirección a la pista.

Y ahí todo encaja de nuevo. Vuelvo a ser yo. Vuelvo a ser Asher.

Libre.

Solo libre.