CAPÍTULO 5
No voy a tirar la toalla
Cassie
S i la vida te da limones, mejor regálalos y píllate algo menos ácido y más dulce.
No es mi lema en la vida ni mucho menos, es una idea que se me ha pasado por la cabeza al pensar en la tremenda locura que voy a cometer y no es que vaya a acabar en la cárcel por ello —crucemos los dedos—, sino porque estoy prácticamente convencida de que Asher Maddox no se espera que lo primero que vea de buena mañana sea la cara de la persona a la que le dio esquinazo y a la que ha decidido colgar el cartel de enemiga sin siquiera haberme dado una oportunidad.
Permíteme al menos comportarme como tal, Asher, esa es una norma básica antes de juzgar.
Así que, sí, aquí estoy, plantada por fuera de su edificio —dato importante que aparecía en la carpeta blanca llena de información que pienso utilizar a mi favor—, con un par de cafés que rezo para que hagan que su malhumor se disipe cuando me vea aparecer.
El portero del edificio me saluda con amabilidad cuando llego y me acerco para presentarme, porque la actitud en esta vida lo es todo y ser educada abre muchas puertas, y yo, aunque tenga mi carácter, sigo siendo la persona más amable que hayas tenido el placer de conocer.
O, bueno, una de ellas, tampoco hay que ser pretenciosa.
—Buenos días… —Bajo la vista hasta la identificación que lleva colgada de la solapa de su chaqueta y leo su nombre—.
Austin. Soy Cassidy, pero prefiero que me llamen Cassie, y he venido porque trabajo para los Wild Warriors.
—¿Ha llegado el momento de explicar lo que hago?
Me temo que a Austin le interesa demasiado eso—.
Vengo a ver a Asher. —Le guiño un ojo y de inmediato me pongo seria porque me percato de que se pueden malinterpretar mis intenciones—.
Por trabajo. —No sé si lo estoy estropeando cada vez más. Suspiro—. Me encargo de…
—Tranquila —me corta Austin y ya solo por eso decido que me cae bien.
Un tipo que no te conoce, y que sabe que te estás metiendo sola en el fango y no se burla ni te compadece, se merece un trato de favor y una sonrisa como la que le regalo.
—Sé cuál es su piso, pero no quería subir sin saludar y presentarme —le explico.
—Es probable que Ash —me explica. ¿Lo llama por su apelativo?, ¿con tanta familiaridad?— esté todavía durmiendo.
Amplío mucho más la sonrisa porque ese detalle solo convierte esta visita en algo mucho más interesante. En fin, ¿el karma está de mi lado? Podría decirse que sí.
Bajo la vista hacia los dos envases de café que me han dado en la cafetería que hay cerca de aquí y los alzo.
—Este brebaje lo solucionará todo.
Austin asiente y me señala el ascensor. Entonces se me ocurre algo…
—¿Hay alguna forma de que pueda entrar sin molestar su dulce sueño? —Nótese la ironía.
Austin niega.
—No puedo hacer eso que pretendes que haga —me explica.
Normal. Se metería en un tremendo lío, estoy segura.
Avanzo tras agradecerle su ayuda y una vez dentro del ascensor pulso la última planta.
Cómo no, tenía que ser la última, seguro que tiene unas vistas espectaculares de todo Vancouver y también es probable que su piso sea tan grande como el universo en sí.
No me extrañaría que su armario sea del tamaño de la caja de zapatos en la que vivo.
Cuando el ascensor se abre de nuevo solo hay una puerta de madera maciza enfrente. Me dirijo hacia allí y toco sin pensármelo dos veces. Y no, no soy nada delicada. El dedo se me queda pegado en el timbre.
Upsss.
Ni siquiera se escuchan los pasos acercarse, no detecto movimiento alguno hasta que la puerta se abre y en ese instante separo el dedo del timbre y me planto frente a Asher.
—¿Qué coño…?
—Ay, perdona, ¿estabas durmiendo? Lo siento. —No lo siento en absoluto—. Tenemos mucho trabajo que hacer. —En realidad, esta es otra mentira.
No me molesto en esperar a que me ceda el paso porque es bastante evidente —y no es que sea intuitiva ni lea gestos, es puro instinto— que no soy una invitada esperada ni deseada.
Me cuelo en su casa, aprovechando el desconcierto, y le dedico una sonrisa de lo más arrogante.
«Chúpate esa», reza mi gesto.
«Te voy a matar», promete el suyo.
—Como buena chica que soy, te he traído un café. En realidad, no sé cómo te gusta, así que te he pedido lo mismo que a mí. Si te portas bien, puede que la próxima vez aprenda y mejore. —«Justo como debes hacer tú», quisiera soltarle, solo que me contengo.
—No habrá próxima vez —sentencia y su voz suena somnolienta.
Sujeta el vaso y, en fin, si eso no es una pequeña victoria, no sabría decir qué es lo que es.
—Oh, ya lo creo que sí.
Se gira y me mira de arriba abajo de nuevo. Hoy he decidido ponerme cómoda. No solo porque he venido caminando para aclarar mis ideas, el plan llegaba hasta este punto y, de aquí en adelante, me iba a limitar a improvisar. ¿Porque pensaba que no podría cruzar el umbral? Tienes razón, justo por eso.
—¿Te gustan mis pantalones de deporte? Quizá te pueda comprar unos —lo provoco.
Bajo la vista y me doy cuenta de que lleva un pantalón holgado de pijama a cuadros.
Es la primera vez que lo veo con algo que no sea la equipación de los Wild Warriors o con traje, porque es así como suelen sacar las fotos que luego Blue me enseña.
Ahora estoy mucho más pendiente de cómo de bien le sienta la prenda que lleva que de todo lo demás.
Y no solo eso, cuando subo poco a poco la cosa se complica.
Una camiseta blanca se pega a la perfección a cada músculo de su cuerpo y, oh, créeme, tiene muchos músculos y muchos tatuajes sobre esos músculos, de hecho, le suben por el cuello.
Me pregunto si le saldrán músculos sobre los músculos y… ¿cuántas veces he repetido esa palabra?
—¿Te gusta mi pijama? Quizá pueda quitármelo.
Me ha pillado, así que, ante un buen ataque, una buena defensa, ¿no?
—Ya quisieras tú.
Paso por su lado dejándolo ahí plantado y me dedico a observar el apartamento.
Esto es como una mansión en comparación con mi diminuto piso.
La primera impresión que me da es que es bastante masculino, nada sorprendente.
El apartamento que comparten mis hermanos es bastante monótono.
Lo imprescindible para vivir y poco más.
Eso sí, es bastante más desastroso que este.
—No sabía que eras tan ordenado —murmuro más para mí que para él.
—¿No aparece nada de eso en tu carpeta blanca? —Siento su voz cerca y la provocación todavía más cerca.
Me giro solo para demostrar que efectivamente estaba junto a mí.
—No, supongo que hay cosas que tengo que averiguar por mí misma. Me gustan los retos —aclaro y paso por su lado fingiendo que su calor corporal no se ha filtrado por debajo de mi camiseta.
Me arrepiento de haberme vestido así. Carraspeo y me llevo el vaso a la boca para apurar el contenido. Por si fuese poco, también está descalzo.
Ñam. Ñam.
—¿Se puede saber a qué has venido? —me pregunta.
—¿Se puede saber por qué te fuiste ayer sin decir nada? O, más que irte…, escabullirte.
—No sabía que tenía que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer, Cassidy —pronuncia mi nombre de una forma que hace que me tiemble un pelín, muy pequeño, el cuerpo.
—Cassie —lo corrijo—. Y es evidente que tengo que saber lo que haces, para algo me contrataron.
—Ah, sí —murmura pasando por mi lado y abriendo una puerta bajo el fregadero para tirar el vaso de café ya vacío.
Me quita el mío sin siquiera preguntar, todo amabilidad él, y también lo deja caer dentro del cubo.
Atisbo los restos de una cena china. Estuvo anoche en casa.
No hubo líos. Hoy no habrá ninguna noticia escandalosa a la que tenga que responder con alguna justificación como la pelea del sábado tras el partido con los Seattle Frostbite.
¿Fue lo primero que comprobé al levantarme?
Evidente, querida Watson—. Para limpiar la mierda que dejo a mi paso —escupe con rabia.
Inspiro profundamente cuando esas palabras salen de sus labios.
Prescott Maddox es su padre y, por ende, la persona que me contrató para hacer justo eso, sin embargo, no quiere decir que tenga que estar de acuerdo con sus palabras o con la forma en la que las pronunció.
Ni siquiera con el mensaje. Odio juzgar a la gente de la misma forma en la que odio que me prejuzguen por mi físico.
—Escucha, Asher —me adelanto—. No soy tu enemiga y no estoy aquí para convertirme en una carga más, de verdad que no…
Por un instante pienso que mis palabras han hecho que recapacite hasta que el azul de sus ojos centellea de una forma concreta: rabia.
—Ah, ¿no? ¿Y entonces?, ¿para qué se supone que estás aquí? —Deja la pelota en mi tejado tras usar un tono de lo más condescendiente conmigo.
Se me eriza el vello de la nuca.
—Solo quiero hacer bien mi trabajo.
—Que es… —No respondo de inmediato porque busco las palabras exactas para ello.
Intentar abrirme paso en un mundo de hombres, demostrar mi valía, hacer lo que más me gusta, conseguir mis metas en la vida, hacer las cosas bien—.
Es hora de que te vayas. Tengo entrenamiento y es probable que tú tengas alguna mierda que limpiar, ¿no crees? Por algo soy Asher Maddox.
De inmediato odio la forma en la que lo pronuncia y no porque no le preceda su reputación, sino porque deja entrever cierta vulnerabilidad que me hace sentir como una imbécil.
Me dirijo hacia la puerta con la intención de marcharme y dejar que las aguas entre los dos se calmen cuando vuelve a abrir la boca.
—Ah, Cassie…
—¿Sí?
Me giro esperanzada. Quizá haya cambiado de opinión y quiera que formemos equipo. Un equipazo, dicho sea de paso.
—No es necesario que me compres unos pantalones de deporte como esos. —Señala los míos—. Pero, si insistes, puedo probarme los tuyos y dejarte opinar.
Lo último que oigo es la risilla de Asher tras cerrar la puerta.
—Imbécil.
Y rezo para que él no haya escuchado cómo se me aceleraba el corazón al imaginarlo.