CAPÍTULO 4
Oficialmente jodida
Cassie
H e pasado por casa para cambiarme de ropa antes de ir a cenar a casa de mis padres. El enfado sigue estando ahí, latente, aunque debo admitir que ha sido buena. Ha sido una derrota, sí, sin embargo, eso no me convierte en una perdedora.
—¡Papá! ¡Mamá! —grito mientras cruzo el umbral de la puerta principal de casa—. Ya estoy aquí.
Escucho los murmullos al fondo, en la cocina, y sigo el reguero de voces, risas y música hasta que encuentro a mis padres bailando en medio de la estancia. Mi madre gira en los brazos de mi padre y su melena rojiza se mueve en todas direcciones.
—¡Cariño! —exclama mi padre sin soltar a mi madre ni frenar sus pasos.
Ese apelativo va dirigido a mí y eso me hace sonreír.
—Llevan así un rato, que conste. —Noah pasa por mi lado y me empuja cuando lo hace, aunque es Xavier el que ha hablado y también el que me levanta del suelo y me da una vuelta—. Solo para que no te pongas celosa, hermanita.
Noah me hace una peineta a la vez que coge una manzana y la muerde. Yo, por el contrario, le enseño la lengua cuando vuelvo a poner los pies en el suelo y me estabilizo.
—¿Qué se celebra? —pregunto señalando a mis progenitores, que siguen bailando como si estuviesen solos en esta cocina y no rodeados de sus hijos.
—¡La vida, cariño! —suelta mi padre sin perder el buen humor.
Vale. Es probable que este sea un buen momento para presentarlos: chicas, chicos, amigas, amigos, esta es mi familia, un poco rara dentro de las rarezas familiares, porque no íbamos a ser la excepción, pero majísimos que te cagas, eso sí que somos.
—¡Ya estamos aquí! —Blue entra en tromba, y Juniper pone todo patas arriba.
—¡Yo también quiero bailar, abuelo! —añade la pequeñaja cuando observa e interioriza la escena.
—Ella siempre quiere bailar. —La señala Blue.
Ah, sí, ese pequeño detalle… Para Juniper, mis padres son sus abuelos y estamos todos encantados con ello.
Trago con fuerza al observar cómo mi hermano Noah empuja a Xavier para poder bailar con Juniper y viceversa.
La pequeñaja, sintiéndose el centro de atención, cosa que es más que evidente que es, lo echa a suertes y les promete que bailará con los dos.
Porque como buena princesa que es —en esa época estamos, sí—, tiene que bailar con cada uno de los pretendientes.
—Mi madre dice que hay Juniper suficiente para todos —nos explica entusiasmada.
—¿Su madre? Su madre no dice eso, lo que tiene claro es que se los cargará a todos.
Eso me resulta más creíble, sí.
—Qué lianta es esa niña —suelto a modo de broma—. Justo como su madre.
—Me ofendería si no fuese cierto.
Nos damos un abrazo y le aprieto la mano.
El horno suena, y mis padres se separan por fin, no sin antes de que mi padre le dé una palmada en el culo a mi madre. Ese trauma ya lo he superado, que conste en acta.
—Me maravilla que después de tantos años juntos sigan queriéndose tanto —sentencia Blue a mi lado.
—A mí lo que me maravilla es que solo hayan tenido tres hijos —suelta Noah. Es Xavier el que ahora baila con Juniper y da vueltas y vueltas con ella. Si de esta no echa la pota, es un milagro.
—La culpa fue de vosotros dos, que sois una panda de cenutrios —resumo.
—Fuimos los primeros en nacer —intercede Xavier, que baila, pero por lo visto su sentido del oído no se ha visto afectado—. Tú viniste después, es probable que haya sido cosa tuya —contrataca.
¿Se puede saber de qué lado está?
—Eso es porque Cassie rompió el molde y sabían que ya no tendrían a nadie más perfecto —me defiende mi mejor amiga.
Blue del mío, eso es obvio.
—O porque correr el riesgo de tener otros dos imbéciles era ya pedir demasiado —apostillo yo.
¿Entendéis por qué os explicaba que en esta vida si tienes dos demonios por hermanos o te sumas a las maldades o acaban contigo? Pues eso.
Xavier suelta de inmediato a Juniper, que comienza a aplaudir porque se ha dado cuenta de que se va a armar una buena en esta cocina y es tan cotilla como su madre.
—¡Xavier! ¡Xavier! ¡Xavier! —lo anima entre aplausos la pequeñaja.
—¡Oye! Que yo soy tu tía favorita —protesto enfurruñada mientras me acerco a la isla de la cocina.
Estoy tan cerca que casi saboreo la victoria. Hasta que me doy cuenta de que son dos contra una, y toda mi positividad se va por el desagüe.
—¡Noah! ¡Xavier! ¡Noah! ¡Xavier! —se corrige. Sin incluirme por si no lo habíais notado.
Mis hermanos me persiguen y me acorralan, uno a cada lado, y yo tiro de ingenio.
Una tapa de un caldero, mi madre y un trapo de cocina enrollado con el que prometo azotarlos.
La vida con dos mellizos varones es muy dura y he tenido que aprender por las buenas a defenderme y a aprovechar los recursos, a eso también.
Como es evidente, me atrapan, porque mi madre se aparta y les cede el paso. Entonces comienza la fiesta de las cosquillas o como yo lo llamo: «La sesión semanal de cosquillas terapéuticas patrocinada por mis desgraciados hermanos».
Juro que intento no patalear, le pongo muchas ganas, sin embargo, es imposible conseguirlo porque son dos contra uno y porque mis hermanos han tenido muchos años para perfeccionar la técnica y son aterradoramente brutales con ella.
—A que ahora no somos tan imbéciles, ¿ehh? ¿Ehhh?
Me revuelvo un poco más.
—No me hagas responder a eso, Noah —confieso. Y eso ya es en sí una respuesta, lo que los provoca todavía más.
A lo lejos se sigue escuchando a Juniper animándolos y a Blue animándome a mí a pesar de que es más que consciente de que tengo todas las de perder.
—Vale. Ya basta. Os hemos dejado comportaros como críos, ya es hora de tomar asiento, cada uno en su sitio, vamos a portarnos bien y vamos a comernos las costillas que vuestra madre ha preparado y que yo he condimentado, ¿lo habéis entendido?
Si queréis saber cómo conseguir poner a vuestros hijos firmes con tan solo vuestro tono de voz, no os puedo explicar cómo hacerlo, pero podéis consultarlo con mi padre porque eso es justo lo que ha conseguido.
Hacemos caso como si nos estuviese tirando de las orejas, literalmente hablando, y ocupamos nuestros sitios.
—Y ahora ven aquí, pequeñaja, y dale un beso y un abrazo a tu abuelo favorito.
—Y el único —sentencia Blue al ocupar la silla a mi derecha.
Me encanta que tenga tanta valentía como para ironizar con ese asunto.
—Y el mejor —agrega mi hermano Noah, que está sentado a su derecha y que está más que claro que ha escuchado la conversación para nada privada—. Por cierto, esto me recuerda a algo, ¿conseguiste entradas para el siguiente partido?
Me tenso solo de pensar en lo que ha pasado hoy, por un instante me había olvidado de que Maddox me había dado esquinazo. Gracias, Noah, por recordármelo.
—Este tema me interesa —señala Xavier, que comienza a servir los platos y a repartirlos.
Mi madre ayuda a Juniper a trocear sus costillas y a separarlas del hueso. También le pone un poco de ensalada, que ella observa como si un tomate fuese a devorarla de un momento a otro sin saber cómo evitar su terrible final.
—Es solo ensalada —la animo. La cara de asco sigue ahí, que conste—. Y no, no he conseguido entradas, a duras penas sigo en pie.
—Uhhhhh —ironiza Xavier.
—Nada de «uhhhh» —lo remedo— o te crujo.
Me enseña la lengua y me tiende el plato no sin simular que casi se le cae y se ríe ante mi cara de espanto. ¿Qué? Las costillas de mi madre son maravillosas y tengo hambre.
—¿Qué ha pasado, cariño? —Mi padre formula la pregunta con curiosidad y con tacto, parece mentira que sea el mismo que hace un instante nos mandaba a sentar con un tono autoritario y al que solo eso le bastó para que le obedeciéramos.
Eso sí que es saberse imponer y no yo. Evidentemente.
A los hechos me remito. Admitirlo es el primer paso. ¿Sigo?
Les relato lo sucedido sin mencionar ciertos detalles como mi repaso en busca de su polla por cinturón y su repaso en busca de incomodarme que te cagas. Cosa que consiguió un poco.
Todos guardan silencio, incluida Blue, a la que tampoco le había contado nada de lo sucedido. Mis hermanos se dedican a devorar su plato porque puede que ya hayan rebasado los treinta, pero comen como alimañas tras una larga hambruna.
—Y así es como me ha herido el orgullo —concluyo para dar por zanjada la historia con un final dramático.
—Menudo imbécil el tío ese —suelta Xavier, porque para él siempre seré la hermana a la que tiene que defender.
Está claro que, de los dos mellizos, Xavier es mi protector y Noah es mi mortificador.
—Imbécil o no, es el rey de la pista, así que… deberías perdonarle cualquier cosa. —Mortificador lameculos, que quede claro.
—No —resuelve mi madre y niega con la cabeza a la vez que se lleva el tenedor a la boca para comerse un trozo de costilla, que, por cierto, está increíblemente tierna y sabrosa—.
No te hemos enseñado a ceder ante las provocaciones, Cassidy.
—Si mi madre usa mi nombre de pila es que una lección se avecina.
Lo he hecho aposta—. Tienes que dejar claro quién manda ahí y no es él.
—Que no es él, dice —señala Noah, al que estoy barajando ahogar con mis propias manos.
—Noah… —le advierte mi padre.
—Ese tío mide cuarenta centímetros más que Cassie…
—¿Vas a usar la técnica del físico para ver quién la tiene más grande? —intercede Xavier.
—¿Quién tiene más grande qué? —pregunta curiosa Juniper, que sigue dándole vueltas a la ensalada en su plato.
—La ética profesional —suelta mi padre.
Me temo que a la pequeña esa palabra le resulta tan aburrida que no se molesta en preguntar a qué se refiere.
—No hablo del físico, pero, si lo hiciese, tienes las de perder —insiste mi hermano, ese que creo que ya conocemos.
—¿Porque soy bajita?
—Porque te da esquinazo y no te enteras. A los hechos me remito —indica Noah apuntándome con el tenedor.
Vale. Tengo que admitir que sus palabras me saben a hierro oxidado, sin embargo, no deja de tener razón y eso me lleva al siguiente punto.
El error, en realidad, fue mío porque yo tendría que haber permanecido quieta en la puerta sin dejar que mi curiosidad vagase por esas fotografías.
Si hubiese estado allí esperando, no se habría escapado.
—Tienes razón.
—¿La tengo? —Noah parece sorprendido de veras.
—Debo convertirme en su sombra si quiero que esto salga bien. No puedo dejar que sea él el que marque el ritmo del juego porque las normas las pongo yo —sentencio y lo pronuncio con tanta severidad que me lo termino por creer.
—Tiene razón con lo de la altura —agrega Blue.
—¿Se puede saber de qué lado estás?
Le sirvo más ensalada, y ella la acepta sin dudar.
—Pues lo sabré en el momento en el que me cuentes todos sus sucios secretos de jugador famoso de hockey . Famoso y sexi —añade como si tal cosa.
Juniper alza la vista. Si hay que explicar eso, no seré yo la que lo haga.
—No puedo creer que te vaya ese tipo de tío —apunta Xavier.
Todos apartamos la vista del plato porque Blue no tiene citas desde…, desde Juniper.
—No soy ciega —responde ella como si fuese lo más obvio del mundo.
—En su defensa diré que es bastante mono —intercedo.
Entonces sí que se abre el silencio.
—¿A ti también? —replica mi hermano Noah, ahí donde los veis, también les encanta el cotilleo, viven por y para eso.
—Yo no he dicho eso —me defiendo—, solo señalo lo obvio y es obvio…
—Que está bueno que te cagas —apunta Blue.
Mi madre asiente, porque está claro que es una mujer casada, pero no es ciega.
—¿No era un imbécil? —contrataca Noah.
—Vosotros dos también lo sois y, miradnos, os queremos igual. —Le regalo una sonrisa taimada y el golpe del tenedor contra el plato consigue que todo estalle.
Si no sabéis cómo animar una cena familiar, solo tenéis que invitarnos, nosotros nos encargamos.