Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 3
7%

CAPÍTULO 3

Sentando las bases

Cassie

P isar el estadio de los Wild Warriors es una experiencia religiosa.

No tiene nada que ver con verlo tras la pantalla y apuesto a que ni siquiera tiene nada que ver con hacerlo desde las gradas, es algo totalmente diferente, es como si en este momento fueses capaz de percibir la energía y el caos que se establece cuando los jugadores ponen sus sticks en acción.

Me gusta imaginar lo que deben de sentir con cada pase que dan o reciben y el subidón de adrenalina que tienen que notar cuando marcan un tanto.

Tiene que ser algo así como conseguir la ganga de tu vida o que el bollo más dulce quede tan sumamente suave q y esponjoso que se deshaga en tu boca.

Sí, eso es una experiencia terrenal la hostia de increíble.

Vi el partido del sábado con Blue y luego vi la repetición con Noah y Xavier, que, para sorpresa de nadie, son muy fans del equipo y están contentos de que haya conseguido el trabajo.

Aparto la mirada de la carpeta blanca que llevo en las manos y que se ha convertido en algo así como mi biblia profesional y saco el teléfono del bolsillo interior de mi chaqueta para encontrarme con otro mensaje de Noah en el que me pregunta si ya he conseguido entradas gratis para el siguiente enfrentamiento.

La liga de hockey es frenética. Los partidos se condensan en unos meses y, si se clasifican, juegan los playoff.

Los Wild Warriors son los favoritos este año.

También lo fueron el año pasado y el anterior.

No tengo ninguna duda de que lo conseguirán porque solo hay que ver la forma en la que juegan y lo compenetrados que están.

Es como si, en esta pista que tengo frente a mis ojos, ellos fuesen los reyes y los dueños de todo.

Cassie:

No seas pesado, deja de insistir. No hay entradas y, aunque las hubiese, no las habría para ti.

Sonrío y me imagino la cara de fastidio de Noah al leer mi mensaje. La próxima vez que nos veamos sé que me espera una buena.

Xavier es el primero en responder.

Xavier:

¿No deberías estar trabajando, hermanita? Ya te estás escaqueando y eso que es solo tu primer día. Me voy a chivar.

Le envío un par de peinetas, a lo que él me contesta con una cara de risilla y un corazón.

Aparto la mirada cuando veo a los jugadores entrar a la pista. Me incorporo y me pego la carpeta al pecho como si me fuese a proteger de algo.

Bajo las escaleras y me acerco al banquillo.

El entrenador Donahue está dando órdenes y me mantengo en un segundo plano.

Solo he venido a observar a Asher en su elemento y eso es lo que hago durante las siguientes dos horas.

Los observo calentar, esprintar, jadear y recuperarse.

Donahue es una máquina de destrucción fuera y dentro del campo.

Es el entrenador más exigente que he visto nunca.

Teniendo en cuenta que es el primero, deja el listón muy alto.

Cuando los jugadores se dirigen al vestuario, me planto frente a Asher y, cuando digo enfrente, lo digo de forma literal.

El resto del equipo pasa por su lado sin inmutarse, algunos sueltan unas risillas y otros le dan un par de palmadas en el hombro. La camaradería es más que evidente.

—Bien jugado —suelta un chico jovencito antes de guiñarme un ojo.

Ni me molesto en contestar al gesto porque no sé si es una burla o simplemente está intentando ligar conmigo. Pase lo que pase, me mantengo firme porque este es el trabajo que buscaba y no pienso perderlo por tonterías.

—¿Puedes apartarte? —me pide.

Su tono de voz tan frío como el hielo que hay a su espalda o el de sus ojos me trae de regreso al presente.

—Bueno, siento decirte que no me es posible. Tenemos que hablar. —Muevo la carpeta frente a él y ni siquiera le dedica una mirada de soslayo.

¿Es que este chico no siente curiosidad? Yo me colaría en cualquier despacho si supiese que hay una carpeta con información mía que alguien puede estar estudiando.

Aunque bien es cierto que Asher Maddox tiene que tener salas completas de carpetas y archivadores teniendo en cuenta su situación y la cantidad de años que lleva jugando y metiéndose en líos.

—¿Eso quién lo dice? —me pregunta acercándose todavía más.

Si se cree que va a intimidarme con una mirada y con su cercanía, la lleva clara. Vale. Puede ser que me estén temblando las piernas, pero no se lo contéis.

Chasqueo la lengua y rezo para que mi pose de «la llevas clara, campeón» funcione.

Muevo de nuevo la carpeta frente a sus ojos o al menos lo intento en este ridículo espacio que nos separa.

—El sábado te metiste en otra pelea, y me parece perfecto que tu nivel de testosterona esté por las nubes y necesites descargarlo, Maddox, sin embargo, tengo que advertirte que, a partir de ahora, nada de disputas.

Vas a portarte bien y vas a mantener las manos dentro de los bolsillos.

Harás respiraciones, contarás hasta veinte o usarás el cerebro antes de lanzarte sin dudar a utilizar las manos.

Las aletas de la nariz se le expanden y el gesto me resulta tremendamente masculino. Masculino de cojones. Exuda virilidad por cada poro de su piel, y no, no es que lo esté mirando.

Puede que solo un poquito.

Joder, que soy humana.

—Recuérdame tu nombre —me pide con la voz dulce y dócil.

Una caricia me recorre de punta a punta y nada tiene que ver con el palo de escoba que tenía atado a la espalda el día que lo conocí.

—Cassie. —No me molesto en ampliar la información.

—Ah, sí. —Se da unos pequeños golpecitos en los labios y da la impresión de que realmente le importa lo que le he dicho—. Cassidy Caldwell, cierto. Mi niñera —puntualiza sin perder la sonrisa. Una sonrisa que no me resulta sincera. Y no es que sea experta en ellas, la verdad.

Me tomo unos segundos antes de responderle con alguna frase mordaz porque otra cosa no, pero Noah y Xavier me han entrenado para esto a base de bien, ya sabes lo que se rumorea: «Únete al enemigo si quieres sobrevivir o sé peor que él si quieres derrotarlo».

Y mis hermanos son demonios con cara de angelitos.

Paseo mi mirada por su cara, ahora que se ha quitado el casco, puedo analizar más a fondo y de cerca sus facciones.

Sí, Blue tiene razón, es bastante guapo.

Pasable, diría yo. Lástima que sea tan imbécil.

Tal vez si supiese ser un poco más majo, las cosas podrían ser bien distintas.

En el plano profesional, no vayamos a empezar.

Bajo la vista unos segundos solo por si tiene algo enrollado en la cintura y sonrío al darme cuenta de que no, ahí no hay nada más que un pantalón.

Lo siento por Blue y su desbordada imaginación.

—Si has terminado de darme el repaso de tu vida, es hora de que te apartes de mi camino. Tengo cosas importantes que hacer.

Obviamente, no me hago a un lado, solo consolido un poco más mi postura.

—Bien, porque yo —recalco el pronombre personal— también tengo cosas importantes que hacer. —Como ser eficiente en mi trabajo y ganarme el sueldo para pagar mi caja de zapatos—. Y no te estaba dando un repaso, no seas tan engreído.

Frunce el ceño y se aparta unos centímetros. Me permite respirar mejor, porque sí, ya lo sabemos, exuda masculinidad.

Necesito una cita con urgencia.

Entonces lo hace. Me estudia de arriba abajo deteniéndose en partes que no debería detenerse porque todas esas zonas son sexualmente llamativas, y no, no voy a enumerarlas.

Me coloco las manos en la cintura y no abro la boca para recriminarle nada porque es obvio que quiere devolverme la jugada.

—¿No vas a preguntarme si he terminado? —Se aproxima como un lobo. El escudo del equipo lo diseñaron por él, seguro.

Niego y choco mi carpeta contra su pecho.

—Trabajo, Maddox. Manos quietas, sonrisa y buenas palabras —le advierto.

Me sonríe con inquina y lo sé. No es necesario que pronuncie palabra alguna para entender lo que disimula su mirada. Es algo así como: «Veremos quién la tiene más grande». Y, por lo que pude atisbar en el repaso nada exhaustivo que le hice, es él, pero a cabezota no me gana nadie.

Dejo que se vaya y, cuando ya ha entrado al vestuario, me planto fuera como buena chica que soy.

Tamborileo los dedos sobre el cartón y observo la pared de enfrente.

El pasillo está lleno de camisetas con las distintas equipaciones de los últimos años y muchas fotografías de los equipos.

Paseo la mirada por varias y me detengo en muchas de ellas para descubrir la cantidad de jugadores que han pasado por los Wild Warriors en los últimos cuarenta años.

El entrenador Donahue sale en las últimas cuatro fotos.

—Solo por si me buscabas, este de aquí. —Señala una mano morena, con dedos largos y finos—. Este es el que buscas, señorita…

Me giro para encontrarme con una sonrisa enorme. Sí, esta sonrisa promete cosas sucias y lascivas.

Me permito sonreír porque tiene un magnetismo de lo más contagioso.

—¿Y ese de ahí es…? —tanteo.

No estoy ligando, que conste en acta.

Extiende la misma mano con la que se ha señalado en la fotografía y la estrecho sin dudar.

—Kai Morrison.

Hago memoria de inmediato.

Veinticuatro años. Extremo izquierdo desde hace dos. Es el más creativo del tridente ofensivo de los Wild Warriors. Soltero por excelencia y ligón por naturaleza. Bromista y carismático. Le encanta llamar la atención allá por donde pasa.

Pues sí, la información que me han dado es bastante precisa.

—Cassie Caldwell —me presento.

—Ah, sí —asiente—. La niñera de Ash. —La forma en la que se dirige a mí me pone los pelos de punta, pero, oye, mejor niñera que bruja, eso ya es un paso. Enorme, por cierto—. No me importaría tener a una niñera como tú —sentencia sonriendo todavía más.

Me hace gracia, sin embargo, nada. No me provoca nada más que eso, una extraña y genuina diversión. Decido que me cae bien de inmediato.

—Ha sido un placer conocerte, Morrison.

—Puedes llamarme Kai, puesto que somos amigos.

Ya, claro que sí.

—Ha sido un placer conocerte, Kai Morrison. —Me sonríe todavía más, ¿es que no le duelen las comisuras de los labios o qué?—. Sin embargo, como buena niñera que soy, debo volver al trabajo.

Ladea la cabeza unos segundos antes de dedicarme una mirada compasiva.

—Asher se ha ido.

Me desinflo como un globo.

—¿Cómo que se ha ido?

Como haya servido de distracción, me lo cargo aquí mismo.

—No he sido yo. —Mueve las manos para disculparse, como si hubiese leído mis pensamientos—. Se ha marchado hace un rato, por allí. —Señala el otro lado del pasillo y eso le concede inmunidad ante mi mal genio.

—¡Maldito Maddox! —bramo.

—Con carácter, justo como me gustan. —Se acerca y me giro para ir en busca de mi coche.

Esto solo ha sido un partido, Maddox. Todavía queda mucha liga por delante.