CAPÍTULO 2
Terremoto Maddox
Ash
S iento la adrenalina pulsando bajo mi piel cuando las cuchillas de mis patines tocan el hielo de la pista. Se deslizan con una familiaridad que me es conocida y, de una forma u otra, siento que en este instante todo encaja.
No soy Asher Maddox, tampoco Terremoto Maddox, ni siquiera soy el chico malo que todos los presentes conocen y tachan como tal.
Tan solo soy yo: una persona que disfruta de cada jugada, de cada movimiento, de la agilidad con la que me deslizo por la pista o de la forma en la que el stick recibe el disco y encuentra por sí solo el camino hacia la portería del equipo contrario.
Soy libre de cualquier carga o peso que me hayan colgado sobre los hombros.
El silbato corta el aire. Y entonces todo cambia. El corazón se me acelera por el ritmo frenético de lo que viene a continuación. Lo saboreo y lo paladeo anticipándome a cada segundo.
El disco cae, choca contra el hielo y lo pillo antes de que un jugador de los Seattle Frostbite lo toque.
Estamos en su campo, y sabemos que jugar en casa les da cierta ventaja estratégica y no solo eso, sino que se convierte en un desafío para el equipo.
Juegan arropados por el calor de su público, para ellos esta victoria es importante.
Todas lo son, pero ¿en casa? En casa todo es más.
Siempre más. Mucho más. Sobre todo, porque su reputación los precede y, en fin, la mía también, ¿no?
Me centro de nuevo en el juego, como siempre hago, y entonces todo se convierte en puro instinto.
Avanzo por la banda derecha, las cuchillas muerden el hielo y la velocidad me empuja hacia delante.
Trent McAllister, uno de sus defensas más fieros, intenta cerrarme el paso, bajo el hombro y lo dejo atrás tras propinarle un empujón.
Huele la provocación y me gusta saborearla a mí también.
«Esto es hockey , joder». Sonrío ante mi propio pensamiento.
Escucho a lo lejos el rugido del público y no me detengo.
El mundo entero podría irse a tomar por el culo que yo seguiría avanzando sin dudar.
Alzo la vista para encontrarme a Aaron ya posicionado en el centro, esperándome.
Somos la puta mejor combinación que existe.
Le paso el disco con un movimiento rápido y, en cuanto lo hace suyo, ya sé que lo va a devolver.
El muy cabrón siempre sabe dónde me voy a colocar.
Y, por encima de todo, sabe que voy a estar esperándolo sin dudar, listo para atacar de nuevo.
Aaron atrae a los defensas del Seattle Frostbite y espera un segundo, solo uno, antes de soltar el pase cruzado.
Lo recibo a la primera, sin dudar ni un instante.
Esta es una jugada que hemos ensayado mil y una veces.
Giro la muñeca, golpeo con potencia y decisión, y el disco sale disparado.
Ni siquiera me da tiempo de contener la respiración para saber si ha cruzado el poste.
Por un instante, el ruido desaparece. Solo siento el pulso en mis manos, la respiración atrapada en el casco y esa corriente eléctrica que siempre me atraviesa cuando el disco cruza la línea.
Después, el sonido regresa de pronto: los gritos, el golpe de cascos, la euforia…
Aaron me alcanza, choca su casco contra el mío y sonríe.
—Les estamos dando donde más les duele, Ash —profiere.
Hasta en este momento de entusiasmo, mi hermano es incapaz de romper las normas y alzar el dedo corazón, como hago yo, en dirección al público. De hecho, dejo caer el stick y alzo ambos guantes mientras hago un perfecto círculo para que todos y cada uno de ellos puedan verlo.
Sonrío bajo el casco con suficiencia. El público me abuchea y…, bueno, ¿habéis escuchado algún sonido mejor en vuestras vidas? Porque os garantizo que yo no.
Y ahí estoy otra vez. El chico malo. El Terremoto. El que marca. Ese que ya se ha ganado una reputación y que no duda en mantenerla. Si ya me han tachado de algo, ¿por qué no aprovecharme de ello?
Trent McAllister no duda en empujarme y casi me derriba. Esperaba esto, esperaba su enfado. El hockey es un juego de contacto y, en este juego, yo soy el rey.
Apenas retrocedo un paso antes de devolverle el golpe con el hombro, seco, directo y preciso.
El sonido de los cascos chocando se mezcla con el rugido del público, que olfatea la sangre antes de que corra.
Trenton me agarra de la sudadera, tira hacia sí con una fuerza que casi me desequilibra, sin embargo, no le doy ese placer.
—Vamos, grandullón —le suelto entre dientes, la voz amortiguada por el protector bucal.
McAllister vuelve a empujarme, esta vez mucho más fuerte.
El hielo cruje bajo los patines, los sticks caen a cada uno de los lados del hielo.
Un árbitro se interpone justo cuando él intenta levantar el puño y estampármelo contra la cara.
No sería la primera vez ni la última que sucede.
Lo agarra del brazo y otro se coloca entre nosotros.
Aún puedo verle los ojos detrás de la visera, cargados de rabia contenida, y eso solo alimenta mi hambre.
Tal vez mi padre tenga razón, y solo deje mierda y caos a mi paso.
Unos ojos del color de la miel se cuelan en mi campo de visión y la chica aparece ante mis ojos. Sacudo la cabeza y hago que desaparezca de inmediato.
—¿Qué pasa, McAllister? —le provoco, sonriendo bajo el casco—. ¿Te molesta perder?
Él se abalanza medio paso antes de que lo sujeten de nuevo. Los abucheos del público se mezclan con los gritos desde el banquillo. Aaron me agarra por detrás del hombro y me empuja hacia nuestra zona. Kai nos sigue también.
—Déjalo, Ash. No merece la pena —murmura Kai, pero noto la risa contenida en su voz.
El árbitro hace sonar el silbato, señalando penalización leve para ambos. Dos minutos fuera. Me importa una mierda.
Mientras me alejo, levanto una mano hacia la grada y hago una reverencia exagerada, solo para escuchar otro coro de abucheos y alimentar mi ego y mi reputación. El sonido es tan dulce que me cuesta no reírme.
McAllister me lanza una última mirada asesina antes de desaparecer en su banquillo.
Y yo, mientras me siento en el mío con el pulso todavía ardiendo, solo pienso en esos ojos y en esos labios y en que es una pésima idea que se cuelen en mi cabeza en mitad de un partido.
Porque esto es lo que soy: pura tensión y puro desenfreno.
Me he dado cuenta de que el hockey es mi vida.
Una puta niñera. Eso es lo que mi padre cree que necesito.
Tengo dos minutos para pensar en ello. Dos minutos que se supone que debería invertir en estrategias, en revisar los movimientos del equipo rival y en plantearme de qué forma debo lanzarme al campo, a pesar de que ya tengo clara cuál será la forma en la que lo haré.
El instinto es el que me guía en cada partido y jamás me ha fallado.
Me centro en el juego y me olvido de todo lo demás hasta que llega el final del partido.
Una victoria. Una muy merecida victoria que nos sitúa cada vez más cerca de los playoff .
No me molesto en alzar la vista en busca del reconocimiento de mi padre.
Prescott Maddox estará en el palco del estadio vanagloriándose y jactándose de la victoria de su equipo, de cómo su hijo, el perfecto Aaron Maddox, ha conseguido llevar a su equipo hasta lo más alto.
Y tiene razón. Mi hermano es el mejor líder que podría tener este equipo. Es leal hasta la muerte, tranquilo, metódico, analítico y protector. Cuenta con la autoridad suficiente de quien no necesita imponerse para hacerse respetar tanto fuera como dentro del campo.
Me cuelo por el túnel de acceso que nos lleva desde la pista hasta el vestuario. Me quito el casco durante el camino y cuando llego ya están los utileros esperando para echarnos una mano.
El primer grito que se escucha es el del maldito Morrison, diría que está incluso más loco que Price. Empiezo a sospechar que ser extremo izquierdo implica estar un poco mal de la azotea.
Sus fuertes manos me impactan contra la espalda y siento un leve pinchazo por los empujones de McAllister, sonrío solo de pensar que tiene que estar retorciéndose de pura rabia por la penalización y por haber perdido en su propia casa.
—Joder, Ash, eso ha sido una puta locura. —Señala hacia al pasillo que lleva de regreso a la pista—. Hasta yo estoy planteándome ponerme de rodillas y suplicar tu bendición —ironiza.
Las comisuras de los labios se me alzan cuando escucho las risillas del resto del equipo.
—¿De rodillas, Morrison? —se burla Evan Price desde el otro lado.
Estos dos… Mi hermano pasa por el lado, y Kai se aparta de inmediato.
El vestuario al completo guarda silencio porque sabemos lo que toca.
Los utileros continúan ayudándonos a quitarnos la equipación antes de poder darnos una ducha.
Volvemos a Vancouver en un par de horas, tenemos varios partidos que jugar en casa, pero, al menos, nos vamos con una victoria en los bolsillos. A nadie le amarga un dulce.
—Bien hecho, chicos. —Aplaude en dirección a todos.
Eso es suficiente para que el alboroto se propague.
Yo me limito a tomar asiento y a terminar de quitarme los patines, colocándolos con cuidado para que el equipo de logística del material pueda recogerlos sin esfuerzo, limpiarlos y prepararlos para la siguiente sesión.
Quiero que tengan todo organizado y a mano, para que su trabajo sea lo más rápido y sencillo posible.
Duffi, por el contrario, lanza las protecciones sin ton ni son. Le propino una colleja al darme cuenta del desastre y de la cara de horror del chico que está recogiendo todo y lo invito educadamente y sin coacción alguna a que recoja sus cosas.
—No seas imbécil —le susurro.
—Lo siento —se disculpa y el chico asiente en dirección a ambos.
—No siempre se trata del marcador, sino de cómo llegamos ahí.
Hoy jugamos como un equipo que confía, que se apoya, que sabe quién tiene a su lado.
Estoy orgulloso de todos. —Mi hermano hace una pausa y dirige un leve cabeceo en mi dirección que le devuelvo—.
Sigamos construyendo desde aquí. Una victoria más, pero con el mismo hambre de siempre —finaliza Aaron justo antes de que nuestro padre entre en el vestuario.
El silencio se palpa y la tensión se hace más que patente. La presencia de Prescott Maddox lo cambia todo al instante y el ácido me corre por las venas. Aparto la mirada unos segundos e intento que no se me note la tensión que me sacude.
Una puta niñera.
—Chicos, enhorabuena. Una victoria como esta refleja el tipo de organización que quiero: fuerte, disciplinada, con jugadores que saben poner al equipo por encima del ego.
—Ni siquiera necesito demostrar que es a mi hermano al que observa porque siempre es de esa forma.
Sus siguientes palabras solo lo refuerzan—.
Mi hijo ha sido un ejemplo esta noche y espero que su actitud contagie al resto.
Porque el talento sin cabeza solo sirve para perder tiempo y partidos.
Me levanto por pura inercia, movido por la rabia contenida, y cuando paso por su lado lo empujo con el hombro.
Mi padre ni se inmuta. Yo, por el contrario, solo quiero huir.
Y eso es lo que hago.