CAPÍTULO 1
Con buen pie
Cassie
—¿Y bien?
Blue se pasea por mi caja de zapatos de forma mecánica mientras yo me dedico a doblar y colocar la ropa de forma meticulosa en el armario.
Odio hacer la colada, pero aborrezco todavía más el desorden, así que aquí estamos, luchando con ambas partes de mi personalidad sumida en una dicotomía de lo más divertida.
A quien le diviertan esta clase de cosas, obvio.
—No hay mucho más que contar. He conseguido el trabajo y he firmado ese contrato. Ahhh. —Alzo una camiseta amarilla que, desde luego, no es mía y se la lanzo a Blue a la cabeza—. Y sigo viva. Que no es poco.
—Me fascina tu positividad. De hecho, me fascina tanto que siento asco y envidia a partes iguales. —Resulta que mi amiga también se encuentra metida en su propia diatriba.
—Me alegra que me quieras lo suficiente como para que tenga más peso el amor que el odio.
Me regala una sonrisa taimada a la vez que da un par de pasos en mi dirección, me sujeta las mejillas con fuerza y me planta un beso en la nariz.
—Veo que me adoras.
—Eso siempre. Y no solo porque seas mi mejor amiga y la mejor hermana de no-sangre que existe, la mejor tía para Juniper —solo con nombrarla mi corazón se ablanda un poquito más—, sino porque eres una de las mejores personas que conozco.
Oficialmente, esto es lo que me ablanda el corazón del todo, así que me lanzo a sus brazos y la apretujo. La camiseta amarilla cae al suelo y bajo la vista unos segundos dudando entre lanzarme a recogerla o no. Sí, ese es mi nivel de obsesión con las cosas, es bueno que empecéis a conocerme.
—Me temo que tú sí que me adoras a mí.
—Por encima de todo y de todos —me sincero.
Blue ha sido una presencia constante en nuestra vida desde que la vida es vida o desde que el señor Sutton es nuestro dentista, vaya, podría decirse que se remonta a la era de los dinosaurios. O algo así.
Nuestra familia y la suya compraron la casa en nuestro vecindario el mismo día, la mudanza comenzó en el mismo día y empezamos las clases en el mismo curso el mismo día. Con estos precedentes, ¿cómo podríamos no haber sido las mejores amigas?
Salvando ciertas distancias, claro. Morena vs pelirroja. Alta vs baja. Lanzada vs tímida. Delgada vs no tan delgada —ejem, ejem—. Organizada vs desastre total y absoluto. ¿Adivináis quién es quién?
El caso es que ni siquiera todas esas diferencias impidieron que Blue y yo nos convirtiésemos en uña y carne.
Ni siquiera mis hermanos, que se empeñaban en meterse con ella, tirarle de las trenzas o amenazarla con cortarle el pelo a su muñeca favorita.
Lo que ellos no sabían era que Blue odiaba las muñecas, ella siempre ha sido más de acción.
Baloncesto, hockey, natación, escalada…, cualquier cosa que implique un deporte, riesgo y adrenalina en estado puro, ahí que está ella.
Imagino que con estas pistas ya lo tienes claro, ¿verdad?
No nos importa ser dos caras bien distintas de una misma moneda porque nos complementamos igual y, si no, somos tan cabezotas, que haríamos que funcionase por nuestras santas narices.
—Estoy muy orgullosa de ti, de verdad, sabía que lo conseguirías. Estaba convencida de que eras la persona más cualificada para ese puesto y también sé que nadie va a lograr que ese terremoto pase de largo sin causar más estragos.
Todavía me está sujetando de los brazos cuando hace ese comentario. Su mirada fría como el hielo llega en forma de flash y lo ocupa todo unos segundos. Me estremezco solo de recordarlo.
—No creo que sea para tanto, Blue —me recompongo.
—Diddy, cariño… —Se acerca un poco más—. Créeme, es para mucho.
Chasqueo la lengua y me aparto unos segundos.
Me entretengo colocando el resto de la ropa y, en última instancia, recojo la camiseta que está claro que Blue no piensa recoger.
Se me eriza el vello de los brazos solo de pensar en que pueda dejar la prenda de Juniper ahí tirada sin más.
¿Cómo puede no importarle que se arrugue? ¿Cómo?
—Deberías estar menos pendiente de los cotilleos y de las cosas que se cuentan, porque ya sabemos que es mentira. La mayor parte de las noticias que se divulgan solo buscan clics, reacciones y esas cosas que se convierten en dinero. A eso lo llamo basura publicitaria.
La carcajada que suelta Blue hace que me estremezca y de nuevo la mirada acude a mi mente.
—Tienes razón —concluye.
—No seas condescendiente conmigo, chica. —La señalo e imito la voz de mis hermanos.
Porque así se ponen cuando se ponen insoportables. Valga la redundancia, claro.
—De verdad que no es mi intención. —Se deja caer en el sofá, y me coloco las manos en las caderas esperando su siguiente frase.
Con toda probabilidad, lapidaria—. Esperaré a que lo conozcas por ti misma y a que me lo expliques todo.
Ya sabes, vivo por los cotilleos y los clics que se convierten en dinero, en dinero ajeno —indica—.
Porque esta que está aquí… —Deja la frase en el aire y el rastro de diversión que podríamos haber estado compartiendo muere y da paso a una preocupación genuina.
—¿Necesitas dinero? —Conozco su respuesta incluso antes de que la diga.
Niega.
—Ya sabes que no, pero en otra vida, en la siguiente, ya puestos, quiero ser millonaria y limpiarme el culo con billetes de cien. Lo dejo claro desde ya por si hay que apuntarse en alguna clase de lista para cuando nos reencarnemos.
Mira hacia el cielo como si alguien estuviese tomando nota de su petición.
Me temo que, cuando eso suceda, nos convertiremos en polvo. O no nos acordaremos de esto.
—Eso no va a pasar —le recuerdo.
—Pues qué asco ser pobre en una sola vida. Al menos deja que me consuele con la siguiente.
Chasqueo la lengua y me dejo caer en el sofá a su lado. Ya me da igual la ropa, las arrugas y que en mi colada hayan aparecido prendas de Juniper, que ni siquiera vive en esta casa. Porque tampoco cabría, eso es evidente.
Blue recuesta la cabeza sobre mis muslos, y yo le acaricio el pelo. Sus padres no podrían haber elegido un nombre mejor para ella porque tiene un pelo azabache de un tono azulado increíble, uno que mi amiga realza añadiendo ese toque de color que solo ella consigue.
—No tengo demasiado, Blue…
—No empecemos con este tema, no lo he mencionado con esa intención, Diddy. No pasa nada, saldré de esta. Saldremos de todo lo que se nos presente porque seremos pobres, pero ingeniosas mucho más.
Me muerdo la lengua para no añadir que el ingenio no paga nuestras facturas, porque que yo sea la racional de las dos no quiere decir que tenga el corazón de hielo.
Tiene una hija, es responsabilidad suya y hace todo lo que puede.
Nunca he visto a nadie ponerle buena cara a la vida como lo hace Blue.
Da igual que todo sea un asco, ella siempre se enfrenta a las situaciones con una sonrisa.
Así que, si ella asegura que saldremos adelante, confío en que lo haremos y punto.
—Tienes razón. —Me sonríe desde abajo, con la cabeza todavía apoyada en mis piernas y el pelo azulado desparramado por ellas—. Siempre hemos podido con todo, y no va a ser diferente de ahora en adelante.
Me sonríe todavía más y, por cosas así, me siento afortunada.
Y no es que esté intentando verle el lado bueno a la vida, que tampoco está de más hacerlo, es porque de verdad confío en ella.
De hecho, es en la persona en la que más confío en este mundo.
Iría al infierno por mí si yo se lo pidiese, y yo también lo haría por ella, aunque saliese con el culo rojo como un tomate.
—Bueno, pequeña Diddy, explícame si en realidad Asher Maddox, el jugador más conflictivo de la historia de la NHL, es tan guapo en persona como se rumorea por ahí.
—No sé lo que se cuenta por ahí —confirmo para que entienda que la de las revistas y noticias del candelero es ella, yo soy más de libros y el tú a tú.
Se incorpora de un salto dejándome ciertamente aturdida y da un par de palmadas en el aire como si esperase esa respuesta por mi parte. Retiro lo dicho, siento verdadero temor ante lo que pueda salir de esa boca tan descarada que tiene.
—Pues se rumorea que sus ojos son tan fríos que, si te mira directamente, te convierten en piedra.
Resoplo.
—¿Estamos hablando de una persona humana o de un personaje de George R. R. Martin? —Solo por curiosidad y eso.
Está claro que a mi amiga le da igual mi ironía. Ha tenido muchos años para acostumbrarse a ella.
—Y también se rumorea que le va el sexo duro. Y que tiene una polla tan grande que tiene que enrollársela a la cintura.
Abro mucho los ojos, no por sus palabras, porque su boca sucia me impacte, cosa a la que estoy acostumbrada porque seré responsable y metódica, organizada y esas cosas, pero no soy tan imbécil como para que no me gusten las pollas.
A ver por qué clase de chica me tomáis. Sentemos unas bases ahora que nos estamos conociendo.
—Nadie podría enrollarse una polla en la cintura y pasar inadvertido. De hecho, la sangre no la llenaría, Blue.
—¿Lo dices porque te la ha enseñado?
Claro, entre miradas frías y desafiantes, ese fue el instante.
—Lo digo porque es biológicamente imposible.
—También se rumorea que no es humano, Diddy. Es el mejor delantero de hockey del momento. No falla una. Disco que recibe o roba, disco que encaja en la portería.
Eso no me suena tan descabellado, solo hay que ver los informes que he leído de él y que todavía conservo en la carpeta blanca a la que pienso echarle un vistazo de nuevo esta noche antes de acostarme. Solo por si se me ha pasado algo.
—Si en algún momento descubro que alguna de tus suposiciones es cierta, tranquila, serás la primera en saberlo.
Blue aplaude emocionada como si le hubiese prometido el universo a sus pies.
—Sobre todo la de su polla.
Su descaro consigue sacarme una risilla.
—Dudo que eso consiga averiguarlo.
No me pasa desapercibida la mueca de diversión que me regala justo antes de lanzarse al sofá, encender el televisor y poner el partido de hockey . Está claro que tengo que empaparme de esto también, así que tomo asiento y me dispongo a analizar la jugada. O a intentarlo.
—¿Con quién vas tú?
No me molesto en responder porque clavo los ojos en cierto jugador.