Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) PRÓLOGO
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Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1)

Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1)

Por Yanira García

© inepub.com

PRÓLOGO

E scucho el sonido de mis tacones y el rastro que deja a su paso como un eco lejano. Uno que siento que no me pertenece cuando sí que lo hace.

Nunca he estado tan nerviosa en mi vida como en este instante.

Es probable que os esté soltando una mentira. Bastante probable, diría yo…

Tengo un recuerdo muy vívido del día en que me quitaron la ortodoncia y puedo afirmar que fue el peor de mi vida o, al menos, uno de ellos.

Tuve la certeza de que le vomitaría en toda la cara al señor Sutton, el dentista de la familia desde que la familia iba al dentista, porque estaba convencida de que con cada bracket que quitase, un diente se llevaría.

No fue de esa forma —¡Qué sorpresa!— y, a día de hoy, he superado el trauma.

El de los dientes y el de vomitarle al pobre señor Sutton, al que, desde luego, no puedo mirar con los mismos ojos sin imaginarlo lleno de esa sustancia ácida y pringosa, ya me entiendes, no voy a ponerme cochina tan pronto.

Sin embargo, tras ese pequeño lapsus de desconocimiento odontológico por mi parte y a riesgo de que pienses que no hay nada que pueda ser para tanto, ¡créeme! , lo de hoy es para mucho.

Me planto frente a la puerta de madera maciza y observo el reloj que hay colgado en la pared que tengo al lado.

Blanca, pulcra e impecable. Es tan bonita como la carpeta que sujeto y que comparte características con ella.

La secretaria del señor Maddox me sonríe con eso que interpreto como superioridad y que ella intenta que parezca camaradería.

Estoy acostumbrada a ser el bicho raro allá por donde paso, así que he aprendido a no inmutarme cuando esto sucede.

Las comisuras de los labios se me alzan y le regalo una media sonrisilla porque ya lo dice mi hermano Noah: «Ponte una sonrisa, eso es lo que más les jode». Todo un poeta está hecho, aunque bien es cierto que no le falta algo de razón.

Cuadro los hombros y siento la espalda tan recta como si me hubiesen atado una escoba de punta a punta por la misma, inspiro, expulso el aire y toco.

Casi por inercia me llevo la mano a la boca, solo por si decido echar la primera papilla aquí, aunque, bien pensado, mejor fuera que dentro. Fuera del despacho, quiero decir.

—Adelante.

«Es el momento. Ha llegado la hora. Es la oportunidad que tanto has esperado, Cassie, no puedes fastidiarla. Tienes que mostrarte fuerte y decidida. Ningún niño mimado va a acabar contigo. No se lo puedes permitir».

Por supuesto que no se lo voy a permitir.

Coloco la mano sobre el pomo de la puerta y entro con decisión. Por un segundo me imagino como Anastasia Steel haciendo acto de presencia en el despacho del señor Grey tropezando como una buena chica y postrándose a los pies del CEO más poderoso del mundo.

No sucede y respiro con calma anotándome un tanto.

¿Habéis visto? Si ya empiezo a hablar la jerga deportiva y todo.

¡Chúpate esa, Xavier!, ¿pensabas que no iba a superar este día?

A ver, que el día en cuestión todavía no ha terminado aún, pero este es un primer paso.

Sobre todo, un primer paso en el que no he perdido los dientes. Ni la dignidad.

Todavía.

—Buenos días —saludo con educación y obvio, una vez más, el repaso exhaustivo al que me están sometiendo.

«Este es un mundo de hombres —me recuerdo—. Yo puedo con esto», me repito.

Avanzo con decisión y me encantaría que mi entrada estuviese siendo grabada como todos esos partidos que luego repiten y analizan y repiten y analizan para encontrar fallos y mejorarlos.

Sí, soy perfeccionista y con mi trabajo todavía más.

Puede que parte de culpa —o toda, ya puestos—, la tengan mis padres, que me inculcaron que en esta vida hay que esforzarse para conseguir lo que queremos y que la suerte solo está del lado de unos pocos.

No soy quién para juzgar a esos hombres que me contemplan como si fuese una piedra molesta que se ha alojado en su zapato tan caro como el alquiler de seis meses del apartamento —o lo que yo llamo apartamento— en el que vivo.

Porque, bueno, la realidad es que, si tienes una billetera llena, la suerte muchas veces juega a tu favor y hasta te invita a una copa.

Decido que este no es el momento más indicado para ponerme a pensar en el alcohol ni en el dinero que, con toda probabilidad, esos señores que me observan con una inquietante curiosidad porten encima.

Si me despiden antes de firmar el contrato, no descarto birlarles la billetera.

Es probable que Noah se sintiese muy orgulloso si su hermana, esa que jamás rompe las reglas dictadas por la sociedad, cometiese semejante sacrilegio.

Mi hermano es un caso aparte. En realidad, mis dos hermanos lo son.

—Puede tomar asiento, señorita…

Ni siquiera se han molestado en leer la ficha de mi candidatura. No me lo tomaré como una falta de respeto, al menos, no si al final todo sale bien.

—Caldwell —respondo allanándoles el terreno.

—Cassidy Caldwell. —«¡Esa soy yo!», es la respuesta que les proporcionaría si estos dos hombres no me intimidasen que te cagas.

—Bien. Es probable que ya te hayan informado de lo que buscamos, ¿verdad?

Asiento y le echo un vistazo a la carpeta blanca que yo sí que he estudiado a fondo.

Podrían hacerme un examen oral de cualquier dato que en ella aparezca y sacaría un sobresaliente.

Y no, no es vanidad, es que necesito este trabajo.

Porque he luchado por abrirme paso en un mundo dirigido por hombres y pienso demostrar que me interesa lo que hago.

Es mi futuro y me lo tomo muy en serio. Y me he esforzado muchísimo para tener esta oportunidad.

De veras.

—Así es —le respondo al gerente del equipo.

Brandon Keller. Cuarenta y dos años. Casado. Vive en el barrio de Shaughnessy y lleva seis años ocupando ese puesto.

Un leve carraspeo hace que aparte la vista y que el resto de los asistentes se tensen.

No es normal que el dueño del equipo acuda a este tipo de reuniones, mucho menos cuando implica la contratación de alguien que va a carecer de poder dentro del departamento de marketing, sin embargo, todos sabemos qué es lo que ha hecho que el señor Prescott Maddox esté presente y también sabemos qué es lo que busca en la persona que se encargará de limpiar la reputación de su hijo.

Ah, ¿no había mencionado ese ínfimo y minúsculo detalle de nada? ¿Es ahora ese momento en el que vuelvo a dibujar mi mejor sonrisa porque es lo que les jode de veras?

—Asher Maddox no es un trabajo cualquiera, señorita Caldwell.

—Me alegra que pienses eso de mí, papá.

La voz irrumpe en la sala, y todos los presentes clavan la vista en la persona que faltaba.

Sí, el mismo Asher Maddox, Ash para los amigos y Terremoto Maddox para la prensa, porque es su mejor rasgo dentro y fuera de la pista.

No duda en meterse en problemas, aunque es bastante probable que él sea el que los busca, no sabría yo decirlo.

Trataré de averiguarlo en este tiempo. Os mantendré informadas de ello…

Como es evidente, no me giro porque esa sería una forma de demostrarle que me importa lo que opine, y no, no lo hace. Estoy aquí para trabajar y, ya os lo he explicado, soy meticulosa, cabezona y bastante quisquillosa.

La mirada de Prescott Maddox pasa de su hijo a mí y creo captar observar un leve cabeceo de deferencia. O quizá es que eso es lo que busco, la aprobación. Y no debería. Lo sé.

Me arrepiento de inmediato de haber tenido ese pensamiento.

—Llegas tarde, Asher.

—Para variar. —Adrian Holt es el encargado de soltar esta pequeña pulla enmascarada con una carraspera para nada creíble que todos y cada uno de los presentes dejamos pasar.

Es el director de marketing y, por lo tanto, mi superior a cargo.

Todavía estoy evaluando si estará de mi parte o no.

—¿Has dicho algo? —lo provoca Maddox. Maddox hijo.

—No —aclara en ese instante.

No entiendo por qué tienen que actuar como una panda de sumisos. Solo es un chico. Por favor. Ni que fuese un cíborg entrenado para chuparnos el cerebro y dejarnos sin humanidad.

—Ya me parecía a mí.

La silla que hay situada justo enfrente resuena cuando arrastra las patas aposta por el suelo laminado. Tal vez deje marca. Tal vez quiera dejar marca.

Entonces sí que me permito alzar la vista y observarlo a mi antojo. Tengo varias fotos de él dentro de la carpeta blanca que reposa sobre la mesa a unos centímetros de mí y, aun así, siento que me roba el aliento.

Puede que no sea un cíborg chupacerebros, quizá es un telequinético con habilidades ocultas para hacer lobotomías a mujeres sin citas desde hace mucho, como yo.

Sonrío unos segundos porque ese ha sido un chiste bueno. Mi padre se partiría de la risa y me revolvería el pelo por ello. ¿Qué le vamos a hacer? Siempre seré su niña pequeña porque, de hecho, soy la niña pequeña.

Cuando me centro de nuevo en Asher, tiene su mirada clavada en mí. De la misma forma en la que soy capaz de detectar atisbos de lo que piensan o sienten en las miradas de otros, en este chico no logro obtener ni un ápice de información.

Es como si el hielo se hubiese colado dentro de él y no solo fuese su medio de vida.

—Pues ahora que estamos todos… —El señor Prescott hace una leve pausa y clava la vista en su hijo, que no ha apartado la mirada de mí.

Ya sé a lo que está jugando, es su forma de intimidarme.

Apuesto a que esa es la mirada que le dedica a cada persona que intenta encauzar su estilo de vida.

Y con estilo de vida hablo del chico malo que se mete en todos los líos y que se ha convertido en un imán para ellos—.

Asher, te presento a Cassidy Caldwell. Ella será la responsable de limpiar todas las mierdas que dejas a tu paso y que nos afectan directamente.

Y esas han sido las palabras que han conseguido que el niño revoltoso del equipo aparte de mí los ojos azules como el hielo.

No encuentro ningún gesto que me indique que le han molestado las palabras que le ha dedicado su propio padre.

Yo lloraría si el mío me dijese algo así.

Porque siempre he sido la niña buena y…, en fin, mis padres siempre me han tratado con respeto y cuando había que tirar de las orejas —de forma figurada, claro— era en privado y no delante de tantas personas ajenas a la familia.

En mi casa somos expertos en hacerlo en el salón, donde se supone que nadie puede escuchar y todos fingimos no hacerlo.

Trago con fuerza y empatizo con él. Y no debería hacerlo.

«Eres demasiado buena para ese trabajo, Diddy. Te van a comer con patatas, Diddy», la voz insidiosa de Blue se cuela entre mis pensamientos y la aparto de inmediato. ¡Ja! Puedo ser buena y puedo ser mala. Yo también sé jugar a ese juego.

—Me alegra saber que te preocupas por mí, papá —a ninguno de los presentes se nos escapa el retintín con el que suelta esa frase y, por encima de todo, lo que esconde la misma—.

Sin embargo, e importándome una mierda lo que penséis todos…

—añade. «Incluida tú», quieren decir sus ojos cuando me mira con fijeza—, no necesito una puta niñera.

Dicho esto, se levanta y, cuando sale, el portazo resuena en toda la sala.

Siento cómo todo el mundo se tensa e, incluso, yo también lo hago.

—Va a ser interesante —concluye Prescott Maddox tendiéndome un bolígrafo y lo que supongo que va a ser mi contrato—. Va a ser muy interesante.

Va a ser una puta mierda.