Epílogo
Los viernes las clases terminan más temprano.
La ansiedad por ser la última sesión del semestre me roba por completo la atención y, en cuanto salgo de la facultad, me doy cuenta de que camino muchísimo más rápido de lo normal.
Tengo prisa. Me visualizo mentalmente llegando a casa, aunque todavía me quedan casi cuarenta minutos de trayecto por delante.
Y conociendo cómo se pone el tráfico a estas horas, seguro que va a ser un auténtico infierno.
Salgo del campus y voy directa hacia el aparcamiento. De camino, me despido a la carrera de algunos compañeros de clase. Pero cuando llego a mi plaza, descubro a un chico rubio, de pelo muy corto, apoyado tranquilamente en el maletero de mi coche.
Lo que me faltaba. Siempre hay algún listillo que confunde mi capó con un banco público. Está solo. Me acerco por un lateral y me coloco con decisión junto a la puerta del conductor.
—Perdona, pero voy a salir con el coche —no grito, pero lo digo lo bastante alto como para que me escuche a la primera.
Él ni se inmuta. Resoplo, indignada, y me acerco al maletero lista para cantarle las cuarenta.
—Oye, perdona…
Se me corta el aire en los pulmones. Una sonrisa sumamente conocida me recibe de golpe, y dos lagos preciosos me miran con una calma absoluta.
—Josh… —El corazón se me dispara a mil por hora—. ¿Te has cortado el pelo? No me lo puedo creer.
Llevo casi dos semanas sin verle el pelo, literalmente. Entre mis exámenes finales, sus revisiones médicas y el hecho de que por fin ha regresado al trabajo en los barcos, todo se ha complicado una barbaridad. Y ahora está aquí plantado. Con el pelo corto.
Está… rematadamente… sexy. Vaya si lo está. Me encantaba con los mechones largos, pero es que así… así está para comérselo.
—¿No te gusta?
Se me acerca despacio y me roba un beso de esos que te obligan a cerrar los ojos y aferrarte a su chaqueta. Nos van a terminar multando por un delito de escándalo público en mitad del campus.
—No tiene por qué gustarme a mí —miento, intentando recuperar la compostura—. ¿Por qué demonios te lo has cortado?
—Paso demasiadas horas metido en la piscina de rehabilitación. Ya no era viable mantenerlo largo. Pero todavía no has respondido a mi pregunta. ¿Te gusta o no?
Un par de chicas pasan por detrás de nosotros y giran el cuello de forma descarada para observarle. Cuchichean entre ellas. Sé perfectamente lo que están comentando. «Sí, chicas, mi novio está tremendo. Es guapísimo, parece de inteligencia artificial y es completamente mío».
Esbozo una sonrisa traviesa.
—No está mal —le aseguro, restándole importancia—. Ahora que te vas haciendo mayor, casi mejor así. Al menos no llamas tanto la atención de las crías.
—Serás capulla… ¿Cómo que mayor?
—Te faltan cuatro días para tu cumpleaños, mi amor. La vida es así de dura.
Me aprieta contra su pecho con fuerza y yo me dejo encantar por este chico que, pase lo que pase, sigue robándome el aliento exactamente igual que el primer día.
Enredo los dedos en su nuevo corte de pelo.
Me fascina. Muchísimo. Si continúa poniéndose así de irresistible con el paso de los años, me va a terminar volviendo loca de remate.
—¿Andas escasa de ideas para mi regalo de cumpleaños? —pregunta, atrayéndome con una cercanía que delata lo que ya sospechaba: para él también han sido demasiadas semanas de abstinencia.
Tengo una sorpresa monumental preparada, pero no se la voy a soltar tan fácilmente.
—Mmm… No sé… ¿Ya tienes la soltura suficiente para dar saltitos con la p ierna?
Entorna los ojos, retándome.
—Puedo dar saltitos con todas las piernas que quieras.
Me arranca una carcajada limpia en mitad del parking.
La prótesis que mi padre le consiguió superó con creces al prototipo que manejaba antes.
Es una auténtica pasada de la ingeniería.
Prácticamente forma parte de su anatomía.
Ya no necesita retirarla por las noches para conectarla a la red; el sistema de carga por inducción está integrado directamente en la estructura y funciona con tecnología aeroespacial de última generación.
Uno de los laboratorios médicos que al principio rechazó la solicitud de mi padre se puso en contacto con él semanas más tarde para ofrecerle un diseño revolucionario que todavía se encuentra en fase experimental.
Mi padre costeó su parte del trato, pero lo que lleva Josh ahora mismo encajado en la rodilla es una pieza prácticamente única en el mundo.
Exactamente igual que él.
Él aceptó, una vez más, convertirse en el paciente cero de la investigación para lograr que, en un futuro cercano, esa misma tecnología esté al alcance de otras personas amputadas.
Y yo he sido testigo directo de cómo ha recuperado esa alegría vital.
Esa que, en realidad, jamás llegó a perder del todo.
Y la energía en el agua vuelve a ser la de siempre.
—¿Has traído el pasaporte encima? —le pregunto, cambiando de tema con picardía.
—Sí, lo tengo ahí. ¿Se puede saber si me vas a secuestrar?
Nunca me cansaré de ver aparecer esa sonrisa en su cara.
—Puede ser. De momento, solo nos vamos de viaje.
—¿Y cuál es el destino, si está permitido preguntar?
—Te voy a regalar una visita guiada a la Puerta del Sol de Madrid para que encuentres a tus suegros.
Pero antes, hacemos una escala obligatoria en Nueva York.
Quiero entregarle personalmente mi regalo de Navidad a Blair.
Acaba de inaugurar su propia galería de arte y no me pienso perder la apertura por nada del mundo.
—Me parece un plan jodidamente perfecto, Ali.
Josh ya sabía que pasaríamos las Navidades con mis padres en Madrid.
La boda está fijada para el veintidós de diciembre y, por supuesto, también nos quedaremos allí para Nochebuena y Nochevieja junto a mis amigos de siempre, esos a los que echo tanto de menos.
Lo que él no se esperaba para nada era lo de Nueva York; ha sido una incorporación de última hora de mi propia cosecha.
Delia y David también se apuntan al viaje.
De hecho, volamos todos juntos en el mismo avión.
—¿Y has venido hasta el campus solo para restregarme tu nuevo corte de pelo? —le pregunto, cruzándome de brazos.
—No. He venido a presentarte a mi nueva mejor amiga.
Se me borra la sonrisa de golpe.
—¿Cómo?
Se inclina hacia mi oído, derrochando ese descaro que tanto me saca de quicio.
—Me fascina cuando aseguras que no eres nada celosa, Ali.
Consigue sacarme los colores en un segundo. Le entrecierro los ojos, dedicándole una advertencia muy clara con la mirada.
—Como vuelvas a jugar con eso…
Me indica que mire detrás de mí con un sutil gesto de la cabeza. Me giro despacio… y ahí está: una moto espectacular. Josh ya tenía una antes del accidente, pero se la regaló a su hermano cuando se marchó a Santa Bárbara; esta nueva adquisición es una auténtica pasada.
—¡Me encanta! Es preciosa, Josh.
—Y está completamente adaptada a los mandos de la prótesis. ¿Te apetece que vayamos a dar una vuelta? No he podido resistirme, tenías que ser la primera en estrenarla conmigo.
—Ahora entiendo perfectamente por qué te has cortado el pelo —le digo, mientras empiezo a recogerme la melena en una coleta para poder encajarme el casco.
—Bueno, por eso… y para que las universitarias se queden mirándome al pasar.
Hace un ademán con los ojos hacia un vehículo cercano, donde hay varias chicas apoyadas en la carrocería observándole con descaro.
—¿Nos vamos ya o vas a seguir perdiendo el tiempo? —le espeto con un tonito notablemente ácido.
—Súbete —me dedica esa sonrisa de pillo que me vuelve loca, aunque jamás en la vida se lo admitiré en voz alta.
En cuanto el motor de la moto ruge, siento una descarga de adrenalina salvaje; de esas que antes me ponían enferma, pero que ahora mismo me recorren el cuerpo entero de arriba abajo.
Me agarro a Josh como si fuera un koala, apretándole con tanta fuerza que casi le hundo las costillas.
Justo antes de bajarme la visera oscura del casco, miro de reojo a las chicas del coche con una sonrisa de sutil desdén.
«Sí, exacto, es mi novio», pienso para mis adentros.
Josh gira un poco la cabeza y me grita con diversión, aunque apenas logro escucharle a través del acolchado:
—¡Cariño, qué manía tienes de intentar ahogarme!
Me toma las manos con suavidad y las recoloca sobre su pecho. Ni siquiera me había dado cuenta de que le estaba estrujando la cintura con un agarre de supervivencia. Niega con la cabeza, divertido, y yo me limito a sonreír con el alma en paz, lista para velocidad.
◆◆◆
Cuatro días después, llegamos a la galería de Blair justo antes del cierre.
Josh no sospecha absolutamente nada; no le he dado ni una sola pista.
Camina a mi lado con esa serenidad suya que a mí siempre me cuesta horrores imitar, mientras yo hago esfuerzos sobrehumanos para que la emoción no me desborde por dentro.
La inauguración oficial del espacio había tenido lugar dos días atrás y se convirtió en un éxito rotundo.
Engel también estuvo presente en el evento.
Aunque apenas cruzamos un par de frases de cortesía por compromiso, me alegró de corazón verle acompañado de Amanda.
Seguían juntos. Y me di cuenta, casi sin querer, de que su ausencia ya no me escocía como antes.
Aunque, a ratos… reconozco que todavía pesa lo suyo.
—¿No te parece un poco sospechoso que hayamos venido hoy justamente aquí? —me pregunta, divertido, porque sabe perfectamente que es el día de su cumpleaños.
Habíamos pasado unas jornadas espectaculares en la Gran Manzana. Nos fuimos todos a cenar para celebrarlo y lo disfrutamos francamente bien.
—Sospechoso no… especial. Vamos, entra y confía en mí de una vez.