Rompiendo las olas Epílogo #2
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Epílogo #2

Blair nos recibe en el vestíbulo con una sonrisa cómplice.

Le lanzo una mirada que lo dice todo. Nos abre paso de inmediato y nos invita a pasar al salón principal, donde apenas queda un alma.

La música ambiental suena muy bajita. El foco central permanece apagado. Hasta que, de pronto, se enciende.

Y entonces, él la ve.

En mitad de la sala, expuesta sobre un pedestal céntrico, descansa la tabla más bonita que he visto en mi vida.

Es de un diseño negro y azul, con ilustraciones grabadas a mano que me quitan el aliento: una ola gigante, la silueta imponente de un tiburón y una línea en forma de electrocardiograma que termina difuminándose en una espiral…

Y un detalle minúsculo que me hace temblar de la emoción: un pequeño dibujo de nosotros dos, diminutos, remando con fuerza sobre la misma rompiente.

Josh se queda completamente inmóvil, petrificado.

—¿Qué… qué es esto, Ali?

—Tu regalo —le digo en voz muy baja, acercándome a su costado—. Feliz cumpleaños, mi amor.

Camina hacia ella con paso lento, sin articular palabra. Se detiene justo frente a la base de madera, donde reluce una pequeña placa dorada. La lee en un silencio sepulcral. Yo sé lo que está escrito:

«Para Josh. Porque incluso cuando las olas te arrebatan el equilibrio, tú siempre vuelves a levantarte. Y consigues que los demás también lo hagan. Eres una inspiración de verdad».

Firmado: Robert Kelly Slater.

Le oigo liberar todo el aire de los pulmones de golpe. Y cuando se gira para mirarme, tiene las pupilas completamente empañadas.

—No me lo puedo creer… —susurra, con la voz temblorosa.

—Crees en la fuerza de las olas, en las tormentas y en que el mar es una extensión de tu propio cuerpo… Yo solo quería entregarte algo que estuviera a tu altura, Josh.

Se aproxima en dos zancadas y me sepulta en un abrazo rotundo. Me aprieta contra su pecho con una intensidad salvaje, y en ese instante no requiero que pronuncie una sola palabra, porque su forma de mirarme ya se encarga de traducirlo todo.

—¿De verdad está firmada por él? —pregunta, descolocado.

—Le envié tu historia clínica y tu trayectoria por correo electrónico.

Se emocionó muchísimo al leerlo y nos confirmó que quería dejarte ese mensaje grabado en la tabla que te he encargado.

Daba la casualidad de que estaba en Nueva York por estas fechas, por eso la única opción viable era entregártela aquí.

Bethany se encargó de coordinar toda la logística…

, ya sabes cómo se las gasta ella con el mundillo de los artistas.

—Gracias, Ali. Eres increíble. Ahora mismo me han entrado unas ganas locas de regresar a Malibú… joder… es la mejor tabla que he poseído jamás.

—No me cabe la menor duda. Ya le he pedido a Blair que se encargue de transportarla con el equipaje grande cuando regrese a la costa por vacaciones. Pero antes de eso, señor mío, tenemos una boda real a la que asistir en la península.

—Y la verdad es que tengo unas ganas locas de conocer tu ciudad, Ali. Necesito descubrir de dónde demonios has heredado ese carácter tan sumamente rebelde.

—Todavía no has visto nada, créeme —bromeo, de puntillas para plantarle un beso.

Él continúa completamente embobado, acariciando la fibra de vidrio con la yema de los dedos.

—Josh… —le llamo, robándole el brillo de sus ojos por un instante.

—Dime, mi vida —me sonríe, volviéndose hacia mí.

—Ahora que ya disponemos de tablas nuevas… me encantaría estrenarlas a tu lado.

Se acerca un poco más y me enmarca el rostro con delicadeza entre las manos.

—Romperemos las olas juntos, mi pequeña surfista.

—¿Qué se le va a hacer? Tampoco puedo perder la bonita costumbre de intentar ahogarte en cada travesía…

Nos entregamos a una risa compartida, limpia, y justo después nos fundimos en un beso que guardaré bajo llave en mi memoria para siempre.

Un beso que encapsula este instante exacto; justo el momento en el que recuperé de verdad el océano en sus pupilas.

Esos mismos ojos que, un día cualquiera en la playa, también me ahogaron a mí en el mar de su amor.

La boda de mis padres fue algo de lo más sencillo, ante notario.

Papá me confesó que esperarían al verano para organizar una celebración como manda la tradición surfera: descalzos en la playa de Malibú.

Todavía me cuesta digerir que mi madre haya aceptado el plan encantada de la vida.

Ahora mismo arrastra mil proyectos en la cabeza: que si fijamos la residencia en Madrid, que si nos mudamos de vuelta a California; que si monta una clínica veterinaria aquí, que si abre una franquicia de peluquería allí… En fin, ya se apañarán ellos solos.

Lo único que tengo claro es que ha sido un proceso precioso.

Tan especial que no he sido capaz de frenar las lágrimas durante toda la ceremonia.

Jamás imaginé presenciar la boda de mis propios padres, y muchísimo menos formar parte de ella del brazo del hombre que me tiene el corazón completamente robado.

Josh no me soltó ni un solo segundo y yo era incapaz de sentirme más dichosa.

Mis padres aguardaron hasta el día de Reyes para emprender su luna de miel, un viaje en ruta por toda Europa que se debían desde hacía demasiados años.

Aun así, disfrutamos de las Navidades juntos en la capital.

Le prometimos a Margo que las próximas fiestas las pasaríamos en su casa, aunque nosotros aterrizaríamos cargados de regalos para toda la familia.

Cuando las doce campanadas marcaron la medianoche en una abarrotada Puerta del Sol, Josh estaba pegado a mí, rodeado por mis amigos de toda la vida.

Con la entrada del nuevo año, le miré completamente enamorada. Feliz. Cerré los ojos, me dejé cobijar por la fuerza de sus brazos y, por un instante suspendido en el aire, el tiempo se detuvo.

Hice un repaso mental de todo lo que había supuesto este último año: lo que perdí en el trayecto, lo que aprendí a golpes, cada miedo que decidí mirar de frente… y todo lo que me aguardaba al otro lado de la tormenta.

Desconozco qué traerá consigo el próximo ciclo.

Solo tengo la certeza de lo que me llevo en el equipaje: este amor que no me ahoga, sino que me impulsa a flotar; esta paz que no grita, pero que es capaz de calmarlo todo; y la seguridad, tan sencilla y poderosa, de que existen abrazos que curan.

Y que este que me envuelve ahora mismo es uno de ellos.

Mientras siento la calidez de sus labios contra los míos, comprendo que habitan momentos que ninguna palabra escrita es capaz de descifrar.

Que existen besos que no solo se recuerdan, sino que se te quedan tatuados en la piel.

Que hay miradas dispuestas a devolverte la vida de un plumazo.

Durante mucho tiempo caminé con la idea errónea de que el amor tenía que doler obligatoriamente, de que era una moneda que se suplicaba o algo que se demostraba a base de gritos y reproches.

Hoy sé que el verdadero amor no precisa de ningún ruido. Solo requiere presencia. Solo exige verdad. Solo necesita a alguien que decida quedarse.

Y él se ha quedado.

A veces necesitas perderlo absolutamente todo para descifrar lo que realmente importa.

Puedes tener el mundo entero al alcance de tus manos —las luces de los focos, los aplausos de la gente, los «te quiero» que suenan bonitos al oído— y, a pesar de todo, arrastrar un vacío inmenso en el pecho.

Porque la clave no reside en acumular más; consiste en rodearte de verdad.

Y eso no se compra con dinero, no se mendiga en las esquinas y no se grita a los cuatro vientos.

Eso se descubre cuando, por fin, dejas de buscar respuestas fuera y te atreves a mirar hacia dentro.

He aprendido que nada es suficiente cuando no tienes la menor idea de quién eres.

Que el amor sin libertad no es más que una jaula.

Que el deseo sin alma no llena ningún hueco.

Y yo… yo ya no requiero rellenar ninguna ausencia, porque por fin comprendo que lo único que me basta es lo que nunca se ve a simple vista: lo que se experimenta en las entrañas, lo que no cabe en los márgenes de una hoja, lo que, incluso con el corazón roto, me recuerda exactamente quién soy.

Y sí, tengo claro que esta no será una historia perfecta.

Pero va a ser la mía.

Y con eso es más que suficiente.

FIN