Capítulo 46 #3
—Josh… —ahora se gira hacia él—. También hay algo que quería comentarte. He estado valorando a fondo tu situación clínica.
Josh no dice nada. Nadie en la mesa se atreve a abrir la boca.
—Me he puesto en contacto con varias instituciones, he expuesto tu caso a fondo y he solicitado patrocinios particulares…
pero nadie ha querido implicarse. Es un terreno complejo.
La prótesis que ahora mismo está en el mercado y que podría reemplazar la tuya de competición asciende a 200 000 dólares.
Y a eso hay que sumarle otros 150 000 dólares solo por la cirugía de implante y la calibración de los sensores.
Lo siento en el alma, hijo. He hecho todo lo que estaba en mi mano.
Siento que a todos se nos detiene el aire en los pulmones.
Se me empaña la mirada por completo; apenas puedo ver lo que tengo delante.
Miro a Josh. Sigue sereno, asimilando el golpe sin inmutarse lo más mínimo.
Pero cuando mis lágrimas empiezan a correr sin freno por las mejillas, descubro que las de su hermano también han empezado a caer.
Mi madre se mantiene tranquila a su lado.
Y Josh, con esa entereza increíble que tiene para encajar los reveses de la vida, responde:
—Le doy las gracias, Doctor Paul, por todo lo que ha hecho por mí, por mi hermano y por Alicia.
—Me dedica una sonrisa de medio lado que me parte el alma, con un gesto que mezcla tristeza y una admiración absoluta—.
Y con eso me basta, se lo digo de corazón.
He vivido experiencias preciosas con lo que tenía y me siento profundamente agradecido.
Ahora toca afrontar otra etapa, y le aseguro que esto no va a ser lo que me frene.
Mi padre sonríe, orgulloso.
—Lo sé de sobra, Josh. Y como no tengo la menor intención de permitir que pierdas las ganas de comerte el mundo… como yo las perdí estúpidamente durante tanto tiempo… he decidido que voy a costear el tratamiento entero de mi propio bolsillo.
—¿Qué? —Nos atraviesa la palabra a los tres al unísono: a Josh, a Luc y a mí.
—Tranquilos, puedo permitírmelo. No soy millonario, pero tengo mis recursos guardados. Y de nada me sirve acumularlos si no soy capaz de hacer felices a las personas que más amo en este mundo. Y tú, Josh, haces feliz al amor de mi vida: mi hija.
Tengo que taparme la boca con las dos manos para no soltar un grito, mientras el llanto me empapa el rostro por completo.
—Doctor Bran… Paul… —Por primera vez en la vida, escucho a Josh con la voz rota. Se ha quedado sin palabras—. No sé ni qué decir…
—No tienes que decir absolutamente nada, Josh —interviene mi madre con una calma emocionante—. Solo tienes que seguir siendo esa fuerza de la naturaleza que eres. Que nada te detenga.
—Papá… —acierto a balbucear entre los sollozos.
—Papá nada, Ali —me interrumpe él, emocionado pero con un tono divertido—. Que sepas que esto te lo voy a descontar de la carrera de Veterinaria, que bastante te queda por estudiar si vas a encargarte de seguir ayudándolo en el futuro. Ya está bien de ir por la vida desorientada.
Se me escapa una carcajada limpia en mitad de las lágrimas.
—Dalo por hecho —le contesto con la voz temblorosa.
Josh está temblando; su mano bajo el mantel le delata por completo. Esta vez soy yo quien la aprieta con todas mis fuerzas. Me giro hacia él y le planto un beso rotundo en los labios, sin importarme lo más mínimo que estén mis padres o Luc delante. Lo necesito con urgencia, y sé que él también.
Él me sonríe, aliviado.
—Aún me queda una última declaración por hacer… —anuncia mi padre.
—Maldita sea, papá —ya me da exactamente igual el lenguaje en la mesa—. ¿Qué pasa ahora? ¿Te vas a hacer voluntario en el Congo? Al final de verdad que no termino el posgrado, me vas a provocar un síncope.
Todos estallan en carcajadas.
—No, Ali. Creo que esto, en realidad, sí te va a gustar. Vas a tener que hacerte cargo de la gestión de esta casa por un buen tiempo.
Se me cae la mandíbula al suelo.
——¿Cómo que me quede con la casa? —Se me corta la voz por completo.
Miro a mi padre, luego a mi madre, intentando asimilar el bombardeo—.
Papá, no entiendo nada. ¿Es una broma? ¿Yo sola?
¿Me dejas este caserón enorme que se me cae encima y tú te largas de Malibú? ¿Dónde demonios está la alegría en eso?
Lo suelto de golpe, con el pecho apretado por una punzada repentina de miedo. Un buen trago de agobio y de esa vieja tristeza que siempre me entraba cuando él se marchaba.
—Lo que pasa es que… —Mi padre rodea a mi madre por la cintura y con ese gesto ya me remata del todo— tu madre y yo nos regresamos juntos a España.
Y, ¡zas!, le estampa un beso de película en mitad de la terraza.
Se me desencaja la boca. Miro a Josh, que sonríe divertido, obviamente mucho más enterado de la película que yo.
—¿Cómo…? ¿Y eso a qué viene? —Es una evidencia, pero los nervios no me dejan articular otra cosa.
—Eso significa que yo también he decidido ir detrás de mis propios sueños, Ali. Ahora os toca a vosotros pelear por los vuestros. No cometáis el error de perder el tiempo como hice yo, arrastrando miedos infundados que no sirven para nada y limitaciones que solo existen en vuestra cabeza.
—Mamá… —busco sus ojos, buscando confirmación.
—Gracias, Alicia. Gracias por haber sido mi gran inspiración para dar este paso .
—¿Yo? A ver… Yo tenía claro que teníais que terminar juntos, pero…
Me quedo a medias porque, de repente, caigo en la cuenta de la logística. No había pensado en cómo demonios iba a ser su vida si volvieran, teniendo el trabajo y los negocios en países completamente distintos. Vaya.
Al final, todos hemos tardado nada y menos en descubrir cuál era nuestro lugar en el mundo.
Nos hemos pasado meses, incluso años dándole vueltas a la cabeza, haciendo mil cábalas absurdas, para que luego la vida se encargue de resolverlo todo a su manera, de poner a cada cosa y cada quien en su lugar. Así, de golpe.
—¿Pero qué os habéis tomado antes de sentaros a comer? —digo, con un suspiro largo y más sereno.
Todos vuelven a reírse a carcajadas.
—Una dosis de amor real —responde mi madre, mirándonos a Josh y a mí—. Sois pura inspiración, chicos. No permitáis que vuestra historia se eche a perder por tonterías.
—Lo dicho: odio a los surfistas… Qué dramáticos son todos en esta costa —lo suelto a modo de broma y el jardín entero se inunda de risas.
—Por cierto, la boda está programada para diciembre en Madrid. Podéis pasar las Navidades con nosotros —anuncia mi padre, y mi madre levanta la mano izquierda mostrando un anillo espectacular.
Ese mismo anillo que él ya había comprado antes de que nos embarcáramos en aquel debut en el agua.
El que guardaba a buen recaudo esperando el momento en que, por fin, decidiera apostar por su propia felicidad.
Y que, una vez más, ha terminado entrelazando con la vida de todos nosotros, anteponiendo la vida de todos nosotros por delante de la suya.
—¿Y qué narices me voy a poner yo encima en pleno invierno madrileño? ¿En serio, papá? —me quejo de mentira—. Ojalá el verano se alargue hasta entonces...
Nos levantamos todos de las sillas entre abrazos, felicitaciones y un jaleo tremendo.
Pienso en que cada uno de los que hoy nos hemos sentado a esta mesa traía sus propios líos, sus traumas del pasado y sus problemas sin resolver.
Y, de pronto, mi padre se planta aquí con un par de discursos y nos los desmonta todos de un plumazo.
Lo observo ahí plantado, abrazado a mi madre y sin ocultar un solo milímetro de lo que sienten el uno por el otro.
Estoy rodeada de casi todo lo que me hace feliz en este mundo y con el corazón desbordado.
No me esperaba absolutamente nada de esto .
Y, precisamente por eso, me parece el detalle más bonito de la vida: que nunca tienes la menor idea de lo que puede pasar al día siguiente.
El truco está en dejar de mirar al horizonte con miedo y empezar a remar con fuerza.
Porque la vida, como el surf, solo cobra sentido cuando te lanzas al agua dispuesto a romper las olas.