Capítulo 46 #2
Lo que iban a ser dos semanas de vacaciones se han convertido en tres. Mi madre ha decidido alargar su estancia por tiempo indefinido. No dijo cuánto más se quedaría. Lo dejó en el aire, como si tampoco quisiera preguntárselo a sí misma.
Puede que tenga algo que ver con el hecho de que ahora ella y mi padre parecen amigos de toda la vida. Ríen, se lanzan sonrisitas cómplices, se lanzan indirectas que lo pilla hasta un cactus. Me tienen intrigada.
Josh se parte cada vez que se lo comento. Está casi recuperado. Eso sí, aprendiendo a lidiar con su nueva realidad.
Yo me he centrado en preparar todo para el nuevo curso, aunque estos últimos días me parte el corazón pensar que tendré que dejar a Josh durante el día, que volverá a su casa y que nos veremos menos.
Tenerlo aquí, conmigo, las veinticuatro horas, me ha hecho entender que es el hombre con el que quiero compartir todos los días de mi vida.
Josh es fácil de querer. Es abierto, guasón a más no poder, pero también romántico, amoroso, y se le iluminan los ojos cada vez que me toca. A mí mucho más.
A pesar de sus limitaciones, no deja de hacer todo lo que puede. Tiene una energía que inspira. Y creo que algo de esa cultura del surf que tanto defiende —y que cada vez me transmite más— lo ayuda a mantener la mente libre: de prejuicios, de miedos, de barreras que no existen si no te las impones.
◆◆◆
Hoy es domingo y mis padres nos han dicho que comeríamos todos juntos.
Como ayer estuvimos con la familia de Josh, hoy les dijimos que sí.
Margo y sus pequeños me hacen sentir cada vez más parte de su casa, y desde que tengo a su hijo bajo custodia —como ella dice con cariño—, vamos de la mano para todo.
Es una mujer maravillosa. Josh siempre me dice que me la he robado.
Puede que un poco. Cada día me fascina más su forma de vida.
Nunca he pensado en tener hijos, al menos no de momento. Ni es algo que me plantee a corto plazo. Aun así, empiezo a entender esa alegría de tener una casa llena. Una casa con ruido, con gente .
Una que nunca tuve.
Ya veremos qué pasará cuando llegue el momento de tomar decisiones.
Luc también nos acompaña en la comida. Ya habíamos quedado con él, y esta comida familiar lo ha pillado entremedias.
Viene muchas veces, igual que sus hermanos.
La casa nunca había tenido tanta vida como ahora.
Y, aunque me da miedo que todo esto se acabe pronto, intento hacer lo que me ha enseñado Josh: abrazar el miedo y reemplazarlo por la experiencia, por el día a día.
Mientras dure… soy feliz.
Nos sentamos todos en la mesa del jardín, cuidadosamente mimada por Rosemary.
¿Qué sería de nosotros sin su cariño? ¿Y sin su comida?
Llevamos un buen rato riéndonos con Luc, que no para de contar anécdotas de la jaula. Todavía se me ponen los pelos de punta, no solo al recordarlo, sino al pensar en esos animales. Eso sí, he empezado a ver más documentales sobre tiburones. Algo que antes ni me atrevía a considerar.
Josh me lo ha sugerido y los ve conmigo.
La admiración con la que habla de ellos, la forma en que me explica sus características, su comportamiento, su valor en el ecosistema… me desarma. Son animales fantásticos, tan machacados por los humanos, una especie —y nunca pensé que diría esto— tristemente en vías de extinción.
Haber recibido un par de mordiscos de ese depredador no ha disminuido el respeto que Josh siente por ellos. Y yo, que siempre he sido amante de los animales, me quedo embobada escuchándolo.
Gracias a él, he aprendido a querer un poco más a esos bichos.
Me siguen dando miedo —¿a quién no?—, y ahora más que nunca tengo motivos para intensificarlo. Pero, al final, fui yo quien entró en su casa como Pedro por la suya. Y si dejamos que lo que nos daña cruce el umbral de nuestra propia puerta, quizá también nosotros responderíamos con uñas y dientes.
Durante un instante, me viene a la cabeza la imagen de Engel.
La voz de mi padre me saca de mis pensamientos.
—Bueno… me alegro de que estemos todos aquí reunidos, porque hay algunas cosas que me, mejor dicho, que… —y al decirlo toma la mano de mi madre, dejándome en shock—, nos gustaría compartir.
Josh lo capta enseguida. Me coge la mano por debajo de la mesa. Le agradezco ese gesto, porque intuyo que lo voy a necesitar.
Mi madre se limita a sonreír, radiante.
—Luc… —Mi padre desvía la mirada hacia él—. Antes de nada, quiero decirte que siempre te estaré agradecido por lo que hiciste por mí… y por mi hija en el agua.
Aprieta los labios con ese gesto serio tan típico de él.
Luc, risueño como siempre, le resta importancia con un ademán de la mano.
Es un chico extraordinario; tiene un corazón inmenso, igual que su hermano.
Y una de las cosas que más feliz me ha hecho en mitad de todo este caos ha sido ver cómo la relación entre los dos se ha estrechado.
Ahora se hablan de otra manera; siguen con sus piques absurdos de siempre, pero hay un compañerismo y una lealtad que se nota a leguas.
Y eso me llena el corazón. Luc se merecía el perdón, y Josh también.
—Qué va, Doctor Paul. Soy yo el que va a estar agradecido de por vida. Lo que ha hecho por mi hermano en el quirófano no se me va a olvidar jamás.
—Lo mío es formación profesional, hijo. Lo tuyo fue intuición y pura acción, y eso no se ve todos los días.
Admiro a las personas que no se lo piensan dos veces a la hora de salvar a otros, aunque pongan en riesgo su propia piel —dice mi padre, lanzando una mirada de soslayo a mi madre, que suspira a su lado mirándole totalmente embobada.
Ay, madre mía... Lo que hay que ver.
—Para eso estamos, Doctor. Para lo que haga falta —responde Luc con una sonrisa abierta.
—Tu hermano me ha contado que, tras el accidente, te hiciste cargo del negocio familiar de turismo para sustituirle.
Luc mira a Josh, que asiente con una serenidad absoluta.
—Lo dicho. Uno hace lo que tiene que hacer. Por la familia, lo que sea.
Mi padre asiente y baja la vista un segundo. De pronto, se me nublan un poco los ojos y siento un vuelco en el pecho al ver la complicidad de todos a la mesa.
—También me comentó que estudiaste Biología Marina y que tu sueño siempre ha sido dedicarte a la investigación. ¿Es cierto?
—Sí, exacto. Pero bueno… —Luc me mira a los ojos con una sonrisa de medio lado— las carreras no siempre determinan el futuro de uno, ¿verdad?
Se encoge de hombros, aceptando la vida tal y como viene. Aprieto los labios; le entiendo perfectamente. Me da una ternura inmensa, y también un poco de pena que haya tenido que aparcar sus metas.
—Por ese mismo motivo, me he puesto en contacto con algunos colegas del Instituto de Ciencias Marinas.
Los ojos de Luc se iluminan de golpe, como si le hubieran metido una descarga eléctrica. Josh me aprieta la mano por debajo del mantel y, al mirarle, descubro por su expresión pícara que él ya estaba compinchado con mi padre.
—Tienen un programa de investigación excelente en la costa —dice Luc, conteniendo la emoción a duras penas.
—Y yo te he conseguido una plaza en él, si es que la quieres.
A Luc se le desencaja la cara por completo. A mí, también.
—Si estás dispuesto a no dejar pasar más trenes, hay un puesto esperándote —añade mi padre—.
Justo buscaban a un perfil con tus habilidades.
Hablé con tu hermano, me facilitó tu currículum —Luc se gira hacia Josh en un estado de shock absoluto—, y me han confirmado que estarían encantados de tenerte en el equipo de trabajo.
Además, están poniendo en marcha un proyecto centrado en el estudio del comportamiento de los escualos en el Pacífico. Creo que puede interesarte bastante.
—¿El… el Instituto de Santa Bárbara? —pregunta Luc, quedándose literalmente sin aliento.
—Ese mismo —responde mi padre, ensanchando su sonrisa.
—Pero… yo… tengo la empresa. No puedo dejar el negocio así como así. Josh todavía no está recuperado para asumir todo el volumen de trabajo de los barcos y…
—Luc —le corta Josh de golpe. Todos nos giramos hacia él—.
Ya lo tengo todo solucionado, hermano. No tienes por qué rechazar esta oportunidad, es tu maldito sueño.
Ve a por él de una vez, no todos los días se presenta un tren así.
El Doctor Paul me devolvió la vida a mí, ahora quiero que tú tengas tu propia oportunidad para romper las olas.
A Luc se le empañan los ojos en un segundo.
—Pero… ¿y el negocio?
—Olvídate ya. He hablado esta mañana con Larry y vamos a contratar a un coordinador para la temporada. Candidatos no nos van a faltar, te lo aseguro.
—Pero…
—Joder, tío —dice Josh, firme, con esa voz de hermano mayor que no admite réplica—. Di que sí de una vez. —Se frena un segundo, consciente de las formas, y levanta la mano hacia mis padres—. Perdón por el lenguaje.
Mi madre le resta importancia de inmediato con un gesto divertido. Luc se queda mudo, bajando la mirada. Tiene los ojos brillantes por la emoción contenida y yo le entiendo perfectamente. Reconozco ese vértigo exacto, ese miedo a saltar al vacío.
—Luc… si dices que sí —le digo, dedicándole una sonrisa cómplice—, te prometo que dejo que me metas en la jaula de tiburones una vez más.
Se le escapa una risa limpia, rompiendo toda la tensión del jardín.
—Ah… bueno… pues si las condiciones son esas… —se gira hacia mi padre, emocionado—, ¿cómo se supone que voy a decirle que no a esta hija suya, Doctor?
Mi padre se ríe. Luc se levanta de golpe y él también lo hace. Se funden en un abrazo fuerte, de esos que de verdad te arrancan las lágrimas.
Miro a Josh.
—Gracias —le digo solo moviendo los labios.
Él me sonríe y me devuelve un silencioso: «A ti».
La comida cambia de tono por completo. Del ambiente alegre pasamos a una emoción contenida que nos envuelve a todos en la terraza. Y, por dentro, sé que algo hermoso está comenzando.
Pero mi padre, que hoy ha venido en plan Papá Noel con la saca cargada de sorpresas, no se va a quedar ahí. Lo siguiente que sale de su boca casi me provoca un infarto cardíaco en directo.