Rompiendo las olas Capítulo 46
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Capítulo 46

Rehabilitación

Lo de mi madre con Josh ha sido un flechazo en toda regla.

Está completamente loca con él, y, sinceramente, no esperaba menos.

Josh tiene esa facilidad increíble para hacerse querer por cualquiera, y ella…

bueno, ella es pura ternura cuando se lo propone.

Lo curioso es que ahora pasa más tiempo con él que conmigo, y lejos de darme celos, me parece precioso.

Me hace feliz ver que lo ha recibido con los brazos abiertos y tanto cariño; me da la sensación de que, por fin, las piezas de mi vida empiezan a encajar.

Bueno… todas no.

El ambiente entre mis padres sigue igual de gélido, y me duele.

Me duele por él y por ella, por todo lo que un día fueron y que ahora no tienen ni idea de cómo manejar.

Esta vez, sin embargo, he decidido firmemente mantenerme al margen.

Bastante intervine en el pasado, y ya no me corresponde ejercer de pegamento en sus ruinas. Son adultos; que gestionen lo suyo.

Josh ya lleva una semana instalado con nosotros y se ha adaptado a la casa con una naturalidad asombrosa.

Rosemary lo trata como a un hijo más, y la entiendo perfectamente.

Lo mima a todas horas, está pendiente de cada pequeño detalle y lo cuida con una devoción absoluta.

Quizá, en cierto modo, él es ahora nuestro proyecto común.

Engel ya no está por aquí. Blair tampoco. Ambos se han marchado a Nueva York.

La despedida con Blair me rompió un poco el corazón.

Yo, que siempre he sido la que se marcha de los sitios, la que deja atrás las caras tristes en el aeropuerto, esta vez, de nuevo, me quedé en la orilla viendo cómo se alejaban los demás.

No es un adiós definitivo —estamos a pocas horas de avión—, pero dolió lo suyo.

Aun así, me alegro muchísimo por ella. Por fin las cosas con Bethany han encontrado su rumbo; están bien y están felices.

La última vez que hablé con Blair ya estaba buscando locales en la Gran Manzana para montar sus propios talleres de arte.

No puedo sentirme más orgullosa de mi amiga.

Delia y David apenas se dejan ver por aquí, pero siguen en Malibú. De momento, Delia es la única amiga que me queda cerca. Bueno… David también se ha ganado su puesto en el grupo. Están en esa fase de enamorados donde no se separan ni para ir al baño. Me dan ternura.

Y luego está Engel. O, mejor dicho, su ausencia.

No se despidió de mí. Ni una palabra. Ni una mirada. No apareció en la fiesta que organizamos para Blair y para él; se limitó a dejar una excusa barata y a brindarnos su silencio. De todo lo que he reencontrado desde que volví, esto ha sido, sin duda, lo que menos esperaba: perder a un amigo.

Hay personas que te salvan sin que se note.

Que llegan, se sientan a tu lado y, sin pedir permiso, empiezan a quitarte peso de encima.

No lo hacen con palabras mágicas ni con promesas, sino con presencia.

Con silencio. Con esa forma tan suya de entenderte incluso cuando tú no sabes ni cómo explicarte.

Engel era eso: una de esas personas que aparecen sin hacer ruido y te ayudan a sostener lo que ya no puedes llevar sola.

No necesitaba saberlo todo; le bastaba con mirarme para adivinar cuándo el peso me estaba venciendo.

Yo traía la mochila llena de miedos, heridas viejas y expectativas rotas.

Y él, con esa alegría suya tan desesperante como necesaria, empezó a abrirla para sacar cosas y señalarme lo que ni yo misma quería mirar.

Y sí, dolía, pero también aliviaba un montón.

Durante muchos años no me sentí sola dentro del caos que era yo misma porque él había sido mi refugio.

Por eso me cuesta tanto asumirlo. No hubo gritos, ni dramas, ni un adiós en condiciones.

Solo un portazo sin explicación y un silencio que ahora pesa más que cualquier palabra.

Sé que debo soltar, que los caminos se bifurcan y que no siempre podemos retener a quienes queremos cerca, pero la verdad es que le echo de menos.

Echo de menos saber que estaba ahí, saber que, si algo se torcía, él iba a estar al otro lado de la pantalla con sus respuestas tranquilas y esa forma suya de traducir lo que yo aún no había aprendido a decir .

A veces hablamos de soltar a quien nos hace daño, de alejarnos de lo que pesa, y está bien, hay que hacerlo. Sin embargo, se nos olvida lo importante que es cuidar también a quien nos hace bien, no esperar a que se vaya para darnos cuenta del espacio tan enorme que ocupaba.

No sé si esto es un adiós definitivo o solo una pausa.

No sé si un día volverá o si este es el final discreto de una amistad que no supo sostenerse.

Lo único que tengo claro es que Engel fue magia en mi peor momento.

Y al final, lo único que realmente merece la pena, como escribió Carroll, es lo que hacemos por los demás.

Eso también incluye quedarse cuando alguien lo necesita.

O volver, si es que aún se está a tiempo.

Si algún día decide regresar, aunque solo sea por un rato… me gustaría ser capaz de hacer exactamente lo mismo por él.

◆◆◆

Esta noche llegamos tarde a casa, después de la rehabilitación, y nos encontramos a mis padres sentados en el sofá. Se ríen a carcajadas, como dos hienas, con sendas copas de vino en la mano y una botella tan vacía que ya se le ve el fondo.

Nos quedamos los cuatro paralizados.

Yo los miro alucinada, frente a un espejismo totalmente inédito en mi vida.

Josh, al ver mi cara de póker, se limita a guardar silencio y a esperar pacientemente apoyado en sus muletas.

Mi padre, por su parte, me clava una mirada de culpabilidad absoluta, idéntica a la de alguien a quien acaban de pillar en una situación comprometida en medio del salón.

Solo que la mujer que tiene al lado no es una aventura cualquiera.

Para nada. Es mi madre. Esa misma con la que hasta hace dos días solo intercambiaba palabras de pura cortesía por compromiso.

—Alicia… —balbucea ella, entrecortada.

Tiene las mejillas del mismo color que el vino tinto. Aprieto los labios y desvío la mirada, sin saber qué decir.

—Buenas noches —acierto a decir .

Se planta un silencio casi incómodo.

—Alicia, tengo un poco de hambre. ¿Crees que podríamos ir a la cocina a por algo? Esto de la rehabilitación me está destrozando la dieta —dice Josh, con un deje entre divertido y oportuno, sacándome del trance.

Mi madre se levanta enseguida.

—¿Te preparo yo algo? —pregunta.

Mi padre tampoco se queda atrás. También se pone en pie.

—Si quieres, te llevamos algo a la habitación, así descansas —dice él.

Vaya, vaya... aquí hay gato encerrado.

Los dos tienen una cara de comprometidos que no se le escapa ni a un topo. Más rojos que dos pimientos.

Contengo una sonrisa y digo en voz alta:

—Tranquilos. Seguid con lo vuestro —hago un gesto señalando la mesita del centro, donde quedan restos de vino y algo de picoteo—. Parece entretenido. Ya me ocupo yo de mi hombre.

Clavo la mirada en mi madre, que se ruboriza aún más. Tiro de Josh, con cuidado, hacia la cocina. Nada más entrar, resoplo.

—Es que… de verdad, me tienen confundida —murmuro, dejando algunos trastos sobre la encimera.

Josh, por fin, estalla en carcajadas.

—Los hemos pillado in fraganti .

—Ni broma con eso, ¿eh? —le digo con los ojos como platos.

—Oh, mi amor —se acerca con las muletas y se planta frente a mí—. Tus padres son adultos. ¿Qué crees que hacen los adultos cuando se quieren? —me guiña un ojo—. Te puedo enseñar si quieres. Ganas me han entrado cuando has dicho así «mi hombre»… —muerde el labio inferior.

Está de broma con mi cara, el muy capullo.

—Escúchame, Josh, puede que tenga la mente muy abierta, y entiendo que hayas crecido en una comuna y que tus padres tengan relaciones abiertas y sean felices a rabiar. Lo pillo. Pero de ahí a ver a mis padres fornicando en mis narices... es otro cantar.

Solo de pensarlo se me suben los colores. Josh se ríe. Le divierto.

—Has dicho fornicar —se está conteniendo la risa.

—Sí —alzo la barbilla—. Fornicar. Eso hacen los padres.

—Bueno saberlo. Entonces… ¿tengo que esperar a que tengamos hijos para entender qué es eso de fornicar ?

—¿Te lo estás llevando a cachondeo, eh?

—¿Y cómo quieres que lo lleve? —ya no puede contenerse—. A veces me das una ternura… con esa carita de niña adolescente malcriada.

—Oye… malcriada, no. He sido muy bien criada, que lo sepas.

—Lo sé. Y por unos padres increíbles, que merecen ser felices y fornicar si les apetece.

Le lanzo una mirada fulminante mientras me concentro en preparar algo de comer.

Él se apoya en la encimera con gesto travieso.

—Si no paras de decir esa palabra, el que se queda sin fornicar eres tú —le espeto, con malas pulgas.

—Pero si nosotros no fornicamos, Ali. Nosotros hacemos el amor…

Será posible. Siempre tiene una palabra bonita para todo. No lo merezco. Me saca una sonrisa.

—De acuerdo, pues… solo por eso has ganado… —se le iluminan los ojos— un masaje.

Pone cara de perro pachón y me mira con un mohín de absoluta desilusión.

—Jo, Alicia. He pasado todo el día recibiendo masajes del fisio. Pensé que me merecía unos cariñitos más especiales.

Me acerco y le coloco en la mano el bocadillo que acabo de prepararle.

—Considera esto mi cariño especial —le digo, entrecerrando los ojos.

Y me giro para que no me vea troncharme de la risa.

—Qué genio…

Salgo de la cocina, pasando de nuevo por el salón. Podría haber dado la vuelta por otra puerta, pero lo hice aposta. Josh me sigue, con su paso lento pero decidido.

Mis padres ya ni levantan la cabeza.

Están sumidos en una conversación que, por sus gestos, parece de lo más animada. Lo que sí me llama la atención es que ahora sus piernas se tocan en más de un punto. Me da a mí que esta noche… va a haber…

No .

No me permito acabar el pensamiento. Ni siquiera en mi cabeza quiero ponerle palabras.