Rompiendo las olas Capítulo 45
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Capítulo 45

Reencuentros

Ha pasado una semana desde aquel día. Desde el accidente.

Y todavía me cuesta creerlo. Ver a Josh tan entero, tan fuerte, cuando lo fácil y lo normal sería hundirse por completo.

No se queja. No llora, no maldice a su suerte ni busca culpables en el horizonte.

Solo avanza, aunque le duela el alma. Aunque ahora tenga que apoyarse en unas muletas que le destrozan las axilas y en una prótesis provisional que apenas le permite moverse con soltura.

Es un modelo básico, mucho más torpe y limitado que el prototipo de antes, y aun así… él no se detiene.

Cada mañana le veo intentarlo de nuevo. Se coloca la pierna como puede, se ajusta bien las correas e inspira hondo antes de dar el primer paso. Y camina. A su manera, con un esfuerzo tremendo y con rabia contenida a veces. Pero camina. Y eso, dadas las circunstancias, ya es una victoria absoluta.

La rehabilitación no está siendo un camino fácil, ni rápido, ni agradecido.

Pero Josh tiene una fuerza que yo no sabía que podía existir en una sola persona; una energía silenciosa y terca que se le nota en la mandíbula apretada y en el brillo de sus ojos cuando me sonríe para fingir que no siente dolor.

No sé cómo demonios lo hace, de verdad. Si fuese yo la que estuviera en su lugar, ya habría arrojado la toalla.

Sin embargo, él vuelve a empezar desde cero sin mirar atrás.

Esta mañana no he ido a la clínica porque tenía sesión intensiva con los terapeutas y consulta médica, así que quedamos en que pasaría a verlo por la tarde. No me aparto de su lado, pero también sé cuándo necesita su espacio.

Mi padre, por su parte, se ha volcado con su tratamiento.

Sigue su evolución al milímetro, transformando la recuperación de Josh en un reto estrictamente personal.

No tengo palabras para expresar lo agradecida que estoy por toda la dedicación que le está brindando.

Sé perfectamente que, en gran parte, lo hace por mí.

Es un médico increíble y me siento profundamente orgullosa de él.

Le veo llegar a casa reventado, agotado por las horas infinitas que le está entregando a cada paciente sin descuidar jamás el resto de sus obligaciones.

Quizá nunca quise ver la importancia real de su trabajo, ni todo lo que algunos profesionales sacrifican de su vida privada para entregarse por completo a los demás.

Para salvar vidas a diario, aun cuando en el intento van perdiendo la salvación que ellos mismos necesitan.

El viaje a Madrid quedó suspendido por el accidente y no hemos vuelto a tocar el tema.

Lo que sí he logrado es entender por qué nunca ha sido capaz de dejarlo todo para mudarse con nosotras.

Mi padre está casado con la medicina. Al elegir una profesión, creo que no somos del todo conscientes de que algunas no son solo un plan de estudios: te exigen una entrega absoluta, una disponibilidad las veinticuatro horas.

Lo estoy asimilando ahora con mi propio futuro.

Es algo abrumador y especial al mismo tiempo, pero te obliga a plantearte una pregunta difícil: ¿cuánta de tu propia vida estás dispuesto a sacrificar por algo que, en teoría, solo es un medio para ganarte el sustento?

A mi padre le sobra el dinero, pero la realidad es que nunca le ha importado lo más mínimo.

Apenas disfruta de las comodidades que sus ganancias le permiten.

Nada de lo que cobra compensa las horas de sueño perdidas, el cansancio acumulado ni la entereza mental que necesita para mantenerse centrado en lo verdaderamente esencial.

Quizá por eso nunca consiguió consolidar sus relaciones, ni las planteó con la intención de buscar un final feliz.

Por eso no se volvió a casar ni intentó tener más hijos.

Y sí, sé que también influye el fantasma de mi madre.

La medicina se convirtió en su refugio cuando el amor se le escapó de las manos, igual que tantas otras citas familiares en las que no pudo estar presente.

Le quiero con locura. Ahora mismo siento el mismo amor por mis dos padres, aunque soy consciente de que no siempre ha sido así .

Vine a Malibú para reconciliarme con mis propios traumas de la infancia y he terminado hallando la paz en muchas más cosas de las que imaginaba.

Hoy mi padre está en casa y me apetece disfrutar de una comida tranquila con él, algo que no hacíamos desde que despejó su agenda para pasar esos días conmigo en el barco.

Jamás olvidaré ese gesto ni el tiempo que me regaló.

Siento que le debo mi presencia, porque se la merece.

Puede que siempre lo haya merecido y, aun así, me dejó crecer siendo muchas veces una cría rencorosa, mezquina e incapaz de tener la madurez necesaria para ver la realidad tal y como era.

Me ha permitido ser yo en cada caída. Y ahora soy yo quien quiere apoyarle a él, sin exigencias ni reproches.

Solo un padre y una hija intentando reconstruir una relación que este reencuentro nos ha devuelto.

—¿Comemos en la terraza? —me propone, pasándome un brazo por los hombros con un gesto supercariñoso—. El verano se está alargando demasiado este año. Tiene pinta de que vamos a arrastrar este calor hasta bien entrado el otoño. El clima está cambiando por completo.

—Yo ya he puesto la mesa fuera, doctor. Ya podéis sentaros —anuncia Rose desde la cocina, dando los últimos toques a los platos.

—Sí, papá, prefiero que comamos fuera.

Nos acomodamos los dos en el porche, bajo la pérgola, con vistas a ese jardín precioso que tiene y que tan pocas veces se detiene a contemplar.

Ahora entiendo perfectamente por qué prefiere el aire libre cada vez que pisa la casa: pasa demasiadas horas encerrado en los quirófanos, bajo luces artificiales y potentes, en salas esterilizadas entre paredes blancas que no te dejan margen ni para respirar hondo.

—La evolución de Josh está siendo muy positiva, Ali. Es un chico realmente inspirador —comenta, sirviéndose un vaso de agua.

Es la única bebida que toma, aparte de la cantidad indecente de café que, según me prometió hace unos días, está intentando reducir de forma drástica.

Quizá por eso le noto que arrastra un poco las palabras debido al cansancio.

Si fuera una jornada normal, ya llevaría cinco tazas encima a estas alturas; hoy solo se ha tomado la del desayuno.

—Es una fuerza de la naturaleza, papá. Me inspira cada día —respondo, sintiendo que el pecho se me infla de puro orgullo.

—Me alegro muchísimo de que hayas encontrado a alguien con su carácter, su resiliencia y su buen corazón. No podía esperar un compañero mejor para ti, de verdad.

—¿Eso significa que tenías una lista de expectativas marcadas para mis novios? —alzo una ceja, fingiendo una ofensa indignada, aunque por dentro me estoy muriendo de la risa.

—A ver… —No sabe dónde meterse y a mí me entra la risa—. No es que tuviera un prototipo ideal para ti, Ali. No soy quién para decidir sobre las personas que eliges en tu vida, pero como padre… siempre deseas que tus hijos sean felices y estén rodeados de la mejor gente posible.

—Josh es la mejor persona que he conocido jamás, papá.

Mi padre se lleva una mano al pecho, fingiendo una ofensa enorme.

—Vaya, y yo que pensaba que ese puesto era mío.

Sabe perfectamente que no. Todo lo contrario. Le pesa saber que, durante años, ha sido el villano oficial de mi historia, y lo peor de todo es que aceptó ese papel en silencio. Se me encoge el corazón al pensarlo.

—Tú eres mucho más que eso, papá. Tú eres mi héroe.

Él alarga su sonrisa, esa que me recuerda tanto a la de mamá.

—Las hijas tenéis tendencia a ver a vuestros padres así, pero no soy ningún héroe, no llego a todo y estoy muy lejos de salvar el mundo.

—Puede que no lleves capa ni espada, y vale, no llegas a todo el planeta… pero a los que tienes delante, los salvas. Me quedo con eso. Además, estás muy bien plantado para ser un superhéroe. Nivel Chris Hemsworth.

—¿Y ese quién es?

—Jo, papá, mira que eres dinosaurio. Todo el mundo sabe quién es Chris Hemsworth —me mira con cara de no tener ni la más remota idea—. Da igual —digo, quitándole importancia con un aspaviento.

—Si tú lo dices, debe de ser alguien interesante. Aunque no me veo yo con tanto gancho.

—Eso es porque no te valoras nada.

Y yo tampoco soy la más indicada para dar estas lecciones de moral, cuando hasta hace dos días ni siquiera me valoraba a mí misma. Aunque he aprendido. He aprendido a quererme más, y esa energía ahora me alcanza para los demás.

—Además —añado, picando trocitos de pan—, Chris está casado con Elsa Pataky, que es un pibón español. Los dos son así, perfectos… como tú y mamá.

Mi padre, que acababa de dar un sorbo al vaso, casi se atraganta con el agua.

Mierda. No quería sacar el tema. Enseguida le cambia la expresión y se le ensombrece la mirada. Me entra el pánico de que vuelva a cerrarse en banda y se ponga el escudo de médico.

—Tranquilo, también tienen un montón de hijos y una granja llena de animales. Ya ves que tan perfecto no eres.

Intento reconducir la situación con humor, pero su cabeza ya se ha dejado arrastrar por lo que he dicho. Qué bocazas soy. Menos mal que Rosemary entra en la terraza y rompe el hielo con su sola presencia. Santo cielo, qué fácil es estropearlo todo en un segundo.

—Doctor Paul… doctor… —Rose se acerca a nosotros con cara de haber incendiado la cocina entera—. Eh… esto…

Mi padre la mira, igual que yo, con las cejas alzadas. ¿Qué pasa ahora? ¿Se ha quemado la comida? Me daría bastante igual, la verdad, ya me he comido medio cesto de pan con el picoteo y me doy por satisfecha.

—¿Qué ocurre, mujer? —pregunta mi padre con una sonrisa divertida—. ¿Se te ha pasado la carbonara o qué? Tranquila…

—No, no es eso… Es que está… está ahí la señora… o sea… la señorita Carmen.

—¿Cómo? —decimos los dos al unísono.

Mi padre se pone en pie como si tuviera un resorte en la silla.

—Pues eso —zanja Rose, de los nervios.