Capítulo 44 #3
—¿Yo a ti? ¿Qué dices, Josh? No… Tú me salvaste a mí y has pagado el precio por ello.
—Yo creo que nos estamos salvando los dos.
—Yo antes quería salvarlo todo —le confieso en un susurro—, a todos. Ahora solo quiero salvar esto que queda de nosotros.
—Si eso es lo que te da miedo, quédate tranquila. Por lo que a mí respecta, te quiero cada vez más.
Acerco mis labios a los suyos, lo beso con emoción y le susurro contra la piel:
—Te quiero, Josh. No quiero perderte.
Su agarre se vuelve más fuerte, protegiéndome.
—Eso no va a pasar. Solo te dejaré perderte si es en mí. Además… Si conocieras el tiempo tan bien como yo, no hablarías de perderlo.
Me sujeta de la cintura con más firmeza y me atrae hacia él.
Le rodeo el cuello con los brazos y, haciendo un esfuerzo enorme dadas sus condiciones, se las ingenia para sentarme aún más pegada a su costado.
Nos besamos largo y tendido. Siento el calor de su boca, de su abrazo, de todas esas emociones que solo surgen cuando estoy con él…
y que hoy se mezclan con el anhelo y el miedo, volviéndose todavía más intensas.
—Tengo que calmarme —dice, apartándome un poco con las manos fijas en mi cintura.
—Lo siento, te hago daño —hago ademán de levantarme, pero me impide moverme, sujetándome con fuerza.
—No te vayas. No me haces daño. Bueno… es que si seguimos así, hay otra pierna —baja la mirada hacia su entrepierna y tardo un segundo en entenderlo: está empalmado— que ahora mismo se está llevando unos latigazos que parecen la mordida de un tiburoncillo.
Abro la boca de par en par, completamente en shock.
—¿De verdad te estás burlando de tu estado en una sala de reanimación, Josh? ¿Eres real?
—Tengo un humor un tanto retorcido, lo sé —se echa a reír, y sus hoyuelos me regalan la visión perfecta de su cara.
—Pues vas a tener que calmarte de inmediato. Te toca descansar.
—¿Vas a ser mi fisioterapeuta? Iba a ser irónico, pero mira… No quisiste que yo fuera el tuyo, y ahora te jodes —se ríe—. Te toca a ti. Las vueltas que da la vida.
Hace una mueca de suficiencia.
—¿Ah, sí? Pues que sepas que voy a ser veterinaria, Josh. Como te pongas tontito, te meto en una jaula y te planto un bozal.
—¿Me acariciarás el pelo si lo haces? ¿Y me darás de comer con la mano?
—Te estás ganando una colleja a pulso, en serio.
Se muerde la lengua entre los labios y me entran unas ganas locas de perder el control. Ni siquiera tumbado en una cama de hospital deja de ser terriblemente sexy.
—Ay, doctora… qué borde —se burla con dramatismo.
Sin embargo, la risa se le transforma de golpe en una mueca de dolor. Lo ha conseguido disimular durante un rato, pero el dolor real vuelve a reclamar su sitio.
—¿Te duele mucho?
—Un poco —concede, mirándose la pierna.
Yo hago lo mismo y se me encoge el alma. No puedo evitarlo.
—Lo siento muchísimo por tu pierna, Josh.
—Tu padre ya me ha dicho que no podré volver a usar la prótesis.
—Aún no es definitivo —sacudo la cabeza—. Él está moviendo cielo y tierra. Todavía puede haber opciones con la universidad.
—Alicia… mírame —su tono se vuelve serio—.
En este mundo hay gente dispuesta a romperte las piernas para luego venderte unas muletas y convencerte de que caminas gracias a ellos.
Yo aprendí hace mucho que los frenos no estaban en el carbono, sino aquí dentro —se da un toque leve con el índice en la sien—.
Esa prótesis me devolvió la vida cuando sentía que se me escapaba.
Pasé por una depresión horrible…, viví en un cuerpo que solo intentaba sobrevivir con una mente que luchaba por rendirse.
Me da igual no tenerla ahora. No quiero volver a estar en esa penumbra.
—Claro que no vas a volver ahí —asiento con firmeza—. Voy a estar contigo en cada paso. Todo va a salir bien.
—No estoy roto, Alicia. Solo un poco jodido. Espero que eso no te aleje de mí —traga saliva, mostrando su última brizna de vulnerabilidad.
—Josh… —le miro con toda la seriedad del mundo—. Solo quien ha estado roto sabe ser hogar para otros. Y tú eres mi hogar.
Emite un sonido de profunda satisfacción por la garganta y me acaricia la mejilla con los dedos.
—Y tú eres el mío, Ali. En cualquier parte.
Me toma por la nuca y vuelve a besarme con calma. Cuando se aparta, me suelta lentamente los brazos, liberando mi espacio.
—Me alegro de que el tiburón no atacara unas pulgadas más arriba, solo quería dejar eso claro. Por lo demás, ni me preocupaba. Y tú deberías irte a descansar ese puño, que a saber cómo habrá quedado el pobre bicho con la paliza que le has soltado en el ojo.
Le aparece esa sonrisa pícara de siempre.
—Te voy a dar una colleja de verdad —le amenazo, entornando los ojos.
Se echa hacia atrás sobre las almohadas para esquivarme y acabamos enredados entre risas contenidas y tonterías bajo la luz de la clínica.
Respiro aliviada, sintiendo una paz enorme en el pecho. Mi Josh sigue aquí. El depredador del océano no se ha llevado nada de su identidad. Porque, como él ha dicho muy bien, sigue entero.
Y yo, al fin, me siento más completa que nunca.