Rompiendo las olas Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

—¿Qué alternativa me quedaba, Alicia? En el instante en que identifiqué que eras tú la persona que lidiaba con la corriente sobre esa tabla, la lógica se evaporó de mi cabeza.

No existió espacio para la deliberación.

Y te aseguro que replicaría la misma maniobra una y otra vez, hasta que no restara un solo fragmento de mi cuerpo flotando en el agua.

Cierro los ojos, permitiendo que el llanto ruede sin restricciones por mis mejillas.

—Ali… —los abro de nuevo, con el labio inferior acusando un temblor evidente—. Creo que todavía no has alcanzado a calibrar la magnitud de lo que significas para mí .

Me limito a encoger los hombros, abrumada. Puedo intuir la intensidad de su afecto, pero esta entrega trasciende los límites de lo predecible. Carezco de herramientas para verbalizarlo.

Josh me enmarca el lateral del rostro con la palma de la mano, obligándome a sostener el contacto.

—La única franja de mi anatomía que hoy se conserva absolutamente indemne es el corazón. Porque te juro por lo que más quiero que, si el océano te hubiera reclamado hoy, ese animal se habría llevado la única estructura sin la cual yo ya no tengo la menor intención de aprender a vivir. Alicia…

No le concedo margen para clausurar la frase.

Le aseguro las facciones entre las manos y le busco los labios en un beso desesperado, urgente.

Se entrega a la fricción con una ternura infinita y, cuando demando acceso con la lengua para explorar la calidez de su boca, me cede el control por completo.

Requiero registrar su tacto, certificar que permanece vivo, cálido y colmado de esas verdades que poseen la doble facultad de sanarme y destrozarme de forma simultánea.

Su presencia vuelve a demoler cada uno de mis antiguos temores.

Al separarnos, con la respiración comprometida por la falta de oxígeno, sus dos océanos particulares me observan con un brillo de una intensidad sobrecogedora. Ya no albergan peligro.

—Que ames el mar no te da el derecho de ahogarte en él para salvar al resto del mundo —le recrimino en un susurro trémulo—.

Te lo ruego, no vuelvas a exponerte de esa manera.

Una parte fundamental de mi propia existencia se habría quedado sepultada en esa rompiente contigo.

Yo tampoco sabría cómo habitar un escenario donde no existiera esto.

Poso la palma de la mano sobre su pecho, percibiendo el latido rítmico bajo el tejido fino de la bata hospitalaria.

—¿Cómo voy a responsabilizar al viento del desorden que causó en la estancia, si fui yo quien tomó la iniciativa de abrir de par en par la ventana?

—comenta en un hilo de voz—. El mar te ha concedido tu primera lección de surf, Ali.

Te ha obligado a confrontar tus monstruos y…

por cierto, listilla, el orgullo que siento por tu reacción me desborda.

—¿En serio lo dices? —niego con la cabeza, incapaz de asimilar el elogio—. ¿De qué te sientes orgulloso exactamente, Josh? ¿De haberos colocado al borde de la tragedia a tu hermano, a mi padre y a ti ?

—Exactamente de eso. Ahora que analizo la secuencia con perspectiva, tu rendimiento ha sido impecable. Has actuado con una valentía asombrosa. Sostenerle la mirada a un escualo y descargarle un impacto directo en el ojo es una maniobra que te ha garantizado el respeto perpetuo del océano.

—No bromees con eso —replico, ensayando una sonrisa ahogada en mitad del nudo que me atenaza la garganta.

—Todavía llevas el neopreno ajustado… —me evalúa de arriba abajo, y un destello de complicidad asoma en sus facciones—.

Te sienta de una forma espectacular, por cierto.

Y me produce una satisfacción enorme saber que no has permitido que mi nueva tabla se perdiera a la deriva en mitad del canal.

Habría sido imposible regresar a por ella y el diseño es una auténtica obra de arte. Tan preciosa como tú.

—Ni se te pase por la imaginación la idea de que voy a volver a aventurarme sobre una tabla de surf, Josh. Pienso confinar esa tabla en un rincón de mi habitación para que actúe exclusivamente como un trofeo de guerra.

—Hoy los recuerdos han amanecido con ganas de doler, Ali. Pero habrá más días en el mar, te lo prometo. Dale un poco de tiempo al tiempo, cariño.

—No sé si volveré a ser capaz…

—El verdadero miedo no está en temer lo desconocido, sino en haberlo mirado de frente, haber perdido, y aun así tener las ganas de volver a intentarlo una y otra vez. Poco a poco, lo vas debilitando.

Ojalá tuviera su fuerza. Su capacidad para ver la vida desde una perspectiva que me desarma las defensas por completo; esa forma suya de entenderlo todo y de decir las verdades exactas. Me doy cuenta de que estoy completamente perdida en él.

—Quería salvarte… —admite con una media sonrisa—, pero resulta que el que estaba en peligro era yo.

—Desde luego… Lo siento —bajo la cabeza, apurada—. Siento muchísimo todo lo que ha pasado, Josh.

—¿Qué es exactamente lo que sientes? Porque el único peligro real que yo veo aquí es el de enamorarme todavía más de ti.

—Levanto la mirada y nos encontramos en una de esas miradas que lo dicen todo—.

Si piensas que tienes que pedirme perdón por lo de esta mañana, estás muy equivocada, Ali.

Esperar que todo salga como uno quiere es lo más autodestructivo que hay.

Tú no me dijiste que ibas a estar allí, ha sido pura casualidad .

—Ya… Pero la culpa me quema de todos modos. No quise ocultártelo. De hecho, la última tarde que pasamos en tu cama fui superconsciente de que te estaba ocultando algo crucial.

Entorna los ojos, divertido, con una sonrisa pícara.

—Ya veo que se te da muy bien eso de guardar secretos, Alicia.

—No volveré a hacerlo, te lo prometo —digo, apenada.

Su risa tibia borra de golpe el peso de la conversación. No queda ni un ápice de la rigidez de hace un segundo.

—¿Por qué fuiste a esa playa esta mañana?

—Le pedí a mi padre que hiciera conmigo el debut.

Quería estar más preparada para… —hago una pausa, pensando en cómo han salido las cosas— para nuestro estreno en el agua.

Y también porque me daba pena saber que no iba a estar en la fecha real.

Vaya ojo el mío. Debería haber esperado a que me llevaras tú —añado.

—¿Y cómo fue la experiencia antes de que todo se torciera?

Abro los ojos de par en par, sorprendida por la pregunta.

—Pues… horrible. Una absoluta catástrofe de coordinación, para ser sincera.

—No me refiero a cómo terminaron las cosas, mi amor; eso prefiero olvidarlo —dice con firmeza—. Te pregunto por lo que sentiste. Por cómo reaccionaste tú al entrar al agua. Cuéntamelo. Me habría encantado estar contigo, pero lo entiendo perfectamente. Querías hacerlo con tu padre, ¿verdad?

—En gran parte, sí. Quería tener un poco de soltura. Quería que cuando tú me llevaras al mar, pudiera disfrutar del surf y no del miedo. Quería afrontarlo antes de que el pánico me invadiera contigo. Quería ser valiente... Mira tú por dónde.

Me paso el dorso de la mano por los ojos, agotada por todo lo que ha pasado hoy.

—Y lo has sido, Alicia. Muchísimo. Me has salvado.