Rompiendo las olas Capítulo 44
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Capítulo 44

Salvarse

A veces, el mar no intenta destruirte. Solo persigue devolverte a ti misma.

Hay quienes jamás lograrán comprender el verdadero significado de batallar por el oxígeno bajo la superficie.

Hundirse no siempre responde a una elección voluntaria y emerger a flote constituye una disciplina que trasciende la mera fuerza física; es una cuestión de fe estricta.

Consiste en recordar que, incluso en el fondo más abisal, continuamos siendo los hijos de alguien, el testimonio vivo de un afecto, voces con el derecho legítimo a ser escuchadas.

Porque aunque las corrientes se empeñen en arrastrarte, aunque el entorno te tilde de mentirosa, aunque decidas besar a los demonios por pura compasión, el océano —en su inmensidad cruel y hermosa— también posee la facultad de purificarte.

Y es entonces cuando nadas más alto. No con el propósito de escapar del mapa, sino para restablecer tu propia identidad.

Sin embargo, ninguno de nosotros saldría indemne de esa playa. Existen estructuras que, una vez fracturadas por la violencia del destino, jamás recuperan su fisonomía original.

Accedo a la habitación de cuidados intensivos donde Josh se recupera con el corazón encogido y el alma en vilo.

La imperiosa necesidad de constatar el compás de su respiración, de verificar que ha logrado remontar a la superficie, pesa muchísimo más que el temblor que continúa gobernándome las articulaciones.

Al traspasar el umbral, el impacto visual me corta el aliento: su pierna permanece alzada, evidenciando las secuelas de una cirugía de urgencia que ha intentado reconstruir los daños de la agresión.

Ahora se exhibe más vulnerable, desprovista de artificios; una realidad mucho más cruda que aquella estructura perfecta que un día capturó mi atención en aquella piscina.

Hago un esfuerzo consciente por apartar las pupilas de la herida.

Me obligo a concentrar toda mi atención en sus facciones, en esa belleza indómita que conserva intacta mientras recorto la distancia hacia el borde del colchón.

Está sumido en un letargo profundo, ajeno a mi presencia.

Me acomodo en la silla metálica dispuesta a su costado, el mismo espacio que sus padres han custodiado hasta hace apenas unos minutos.

He aguardado el tiempo reglamentario en el pasillo, cediendo la prioridad a su núcleo familiar antes de reclamar mi propio turno.

Apoyo los codos en las rodillas, entrelazo las manos y me dedico a esperar.

Una señal mínima, un hilo de aliento, una fluctuación en los monitores; cualquier indicio que me certifique que nuestro vínculo resiste al margen de este infortunio.

No he dispuesto de un solo segundo para procesar la magnitud del desastre.

Soy incapaz de definir mis propios sentimientos.

Todo se ha desencadenado con una velocidad tan aterradora y destructiva que me niego a recrear el escenario en mi mente, especialmente cuando mis pensamientos convergen en el hombre que ahora ocupa el lugar que, por pura lógica, debería haber sido el mío o el de mi padre.

El lugar de cualquiera que osara desafiar a los titanes del océano.

Y aquí permanezco, contemplándolo con una admiración que me desborda.

El hombre que no solo toleró mi testarudez, mis juicios erróneos y mi insensatez inicial, sino que eligió dejarse deslumbrar por lo poco que yo era capaz de ofrecerle hasta adueñarse de mi cordura, elevando mis expectativas afectivas hasta el cielo.

En mitad de esa rompiente, Josh me rescató de mis propios monstruos; asumió mis miedos y los cabalgó conmigo.

Reemplazó mis carencias emocionales con la solvencia de su entrega, empeñando en el proceso cada fragmento de su ser…

los mismos que hoy lucen desgastados sobre la cama de un hospital.

El mar le ha otorgado y le ha arrebatado tanto como la propia existencia.

Y, aun así, ese hombre que hasta hace unos meses era un absoluto desconocido para mí, jamás titubeó a la hora de interponerse entre las fauces del peligro y mi realidad.

No me queda espacio libre en el pecho para albergar más afecto del que ya experimento por él.

Porque más allá de este amor que me desborda las venas, me sostiene una gratitud de una profundidad incalculable, un recordatorio que me acompañará siempre.

Bajo la mirada, sintiendo que las lágrimas empañan de nuevo mi visión ante la intensidad de mis pensamientos.

Es una emoción asfixiante, un peso que me eleva y me hunde simultáneamente.

He adquirido un temor inédito en esta jornada, un pánico que dobla mis defensas: la posibilidad de perderlo.

Me niego a concebir una existencia donde Josh no esté presente. Por nada ni por nadie en este mundo.

—Cariño… tienes que abandonar esa preocupante costumbre de dejarme sin respiración.

Elevo la cabeza de golpe y me topo con sus pupilas entreabiertas, fijas en mí, mientras una sutil sonrisa de medio lado intenta dibujarse en sus facciones.

—Josh… —musito, sintiendo que la voz se me quiebra en un susurro.

—¿Por qué guardas tanta distancia, Ali? Estás tan lejos que se abre un océano entero entre tu silla y mi cama.

Ensaya un leve movimiento para reacomodar los hombros y entorna los párpados de inmediato, apretando la mandíbula. El dolor es real. Por mucho que se esfuerce, es incapaz de camuflar el sufrimiento físico que lo atenaza.

—¿Sientes mucha molestia? —inquiero de inmediato, alarmada, mientras desplazo mis manos sobre la superficie del colchón para acortar el espacio que nos separa.

—La única molestia real que experimento ahora mismo es constatar que sigues ahí sentada, a tanta distancia.

Esboza un sutil ademán con los dedos, invitándome a recortar el espacio.

Me incorporo de la silla metálica y me acomodo con extrema cautela sobre el borde del colchón, temerosa de ejercer presión sobre alguna zona delicada.

Josh desliza el brazo alrededor de mi cintura, enlazando los dedos contra mi espalda con una firmeza reconfortante.

La oleada que me invade las entrañas es de un alivio indescriptible.

Todavía conserva energía en los músculos.

—¿Cómo te encuentras de verdad? ¿Estás bien, Ali?

Sus pupilas patrullan mi anatomía con fijeza, escaneando cada milímetro en busca de alguna lesión oculta que justifique el pánico que él imagina que arrastro.

—Estoy perfectamente, Josh. No inviertas tus fuerzas en preocuparte por mí. Ahora tu única obligación es concentrarte en tu recuperación —le susurro, aproximando mi rostro al suyo.

—Llegas tarde para exigir eso…

—¿Cómo? —arrugo el entrecejo, confusa.

Ensaya una mueca de dolor al intentar erguir levemente la postura. Me apresuro a accionar el mando técnico de la cama para elevar el respaldo, facilitando el movimiento. Su boca queda posicionada a escasos centímetros de la mía, y el agarre de su brazo no cede un solo ápice.

—Eso de intentar que no me preocupe por ti… Es un escenario completamente desfasado. Alicia, solo las cosas que tú decretes como imposibles permanecerán en esa categoría.

Apenas ha salido de un quirófano de alta complejidad tras rozar la muerte y se las ingenia para recibirme recurriendo a los códigos de nuestro libro.

Una sonrisa sutil amaga con extenderse por sus labios y, aunque sus excentricidades me provocan una punzada de ternura infinita, mi semblante continúa blindado por la gravedad.

Se lo percibo débil; su modulación arrastra la pastosidad lógica de la anestesia.

— ¡Ojalá no hubiera llorado tanto! —digo, parafraseando el cuento de Alicia en su país de maravillas.

—Mientras nadaba a su alrededor… intentando encontrar la salida. —Me sigue la frase.

Y yo la concluyo:

— ¡Supongo que ahora recibiré el castigo y moriré ahogada en mis propias lágrimas!

Por primera vez en mi existencia, constato que poseo la madurez necesaria para camuflar el impacto de mis emociones bajo una fachada de entereza profesional. Sin embargo, por dentro experimento el corazón estrujado por un puño invisible que se resiste a concederme una tregua.

—No tengo la certeza de si tu cordura flaquea al mismo nivel que la del Sombrerero, Josh, pero te juro que has estado a punto de secuestrar la mía contigo —las lágrimas amenazan con empañarme la visión de nuevo—. Maldita sea…

Me quedo sin argumentos, incapaz de articular un discurso coherente. Toda la solvencia emocional de la que presumía se ha desmoronado en un latido.

—Amor… —Josh eleva la mano diestra con lentitud y me acaricia la mejilla, empleando el pulgar para enjugar el rastro del llanto—. Tranquilízate. Estoy aquí. Entero y contigo.

—¿Entero? —inquiero, y de forma inevitable desvío los ojos una fracción de segundo hacia el relieve de las sábanas.

Él imita mi trayectoria visual, encarando la realidad de su extremidad inferior.

—Completamente. Este es el mismo modelo con el que aparecí en tu vida, Ali. Aquí no ha cambiado nada importante. Pero de verdad, mira que hay que tener mala puntería… El bicho va y decide morder justo la prótesis de carbono. Menudo criterio. Y yo que pensaba que los tiburones eran animales listos.

Suelto una risa entrecortada que se mezcla con un sollozo. Admiro con locura su capacidad para tomarse las peores situaciones con esa mezcla de ligereza y fuerza. Yo no tengo esa madurez, me cuesta la vida.

—Tú siempre has estado entero, Josh. Aunque no te conociera antes del accidente, no puedes ocultar quién eres. Para mí, tienes mucha más fuerza y estás más entero que la mayoría de la gente que camina por ahí con el cuerpo intacto.

Su mirada se pierde durante unos instantes en la sobriedad de la pared frontal. Guarda silencio, pero percibo el esfuerzo consciente que realiza por reordenar los restos del desastre bajo un prisma constructivo.

—¿Por qué nadaste hacia mí, Josh? Estabas a salvo en la orilla. Necesito comprenderlo.

Gira el rostro con celeridad, clavando sus pupilas en las mías.