Capítulo 45 #2
—¿Estamos hablando de Carmen, mi madre? ¿Va en serio? —Yo también me levanto de golpe.
Rose asiente con fuerza, apretando los labios. Por la cara que trae, parece que ha visto aparecer al mismísimo demonio en el recibidor.
—Pero… ¿cómo…? —balbucea mi padre.
Estoy a punto de echar a correr hacia el interior de la casa, pero no hace falta. De pronto, mi madre aparece en la terraza, arrastrando una maleta de cabina. El corazón me da un vuelco salvaje y dejo de pensar. Me lanzo a sus brazos con las lágrimas brotándome de los ojos.
—¡Mamá!
Se tambalea por el impacto del encuentro y me abraza con fuerza con un brazo, manteniendo la maleta sujeta con la otra mano.
—Mi niña… Te he echado tanto de menos.
—Y yo a ti, mamá —le susurro al oído, aspirando su olor de siempre. Es exactamente de mi estatura. En eso somos clavadas.
Me aparto un poco, aunque no quiero. Necesito mirarla bien, quedarme con su cara lavada por las lágrimas y grabarla en la memoria.
—¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has llegado? ¿Cómo? ¿Y el trabajo de la peluquería? —la asalto con preguntas atropelladas.
—Hija mía, ¿de verdad pensabas que me iba a quedar de brazos cruzados en Madrid después de lo que ha pasado? Casi me matas del susto, de verdad te lo digo.
—Tranquila, mamá. Ya ves, estoy entera. Ahora los tiburones me tienen miedo a mí —le digo, forzando una sonrisa. Ella imita mi gesto, aliviada.
Siento a mi padre a mi lado. No ha articulado una sola palabra desde que Rose pronunció su nombre. Se ha quedado completamente congelado.
—Hola, Carmen —dice por fin. Su español suena muchísimo más oxidado de lo habitual; lo habla muy bien, pero parece que al verla se le hubiera borrado el idioma de la cabeza—. ¿Te ayudo con el equipaje?
Se queda plantado a su lado, mirándola con los ojos como platos, frente a un auténtico fantasma del pasado. Y quizá lo sea. Para los dos.
—Hola, Paul —saluda mi madre, con una calma que contrasta por completo con el caos de la casa. Escuchar el primer nombre de mi padre en su boca me produce un escalofrío extraño.
—Eh… eh… —él se recoloca los hombros, aturdido. No es para menos—. ¿Qué tal estás? ¿Has tenido buen viaje?
¿En serio, papá? Parece que estoy metida en una película dramática de Hallmark un domingo por la tarde. De las malas. Malísima.
—Demasiado largo. Estoy bastante cansada, pero bien —dice ella, luciendo esa sonrisa suya que siempre me pareció capaz de inundarlo todo de alegría—. Echaba de menos a este piojo —me rodea la cintura con el brazo y me aprieta contra su costado. Yo me dejo querer, feliz.
—¿Te vas a quedar con nosotros? ¿Cómo has dejado el negocio?
—Tranquila, Amparo se ha quedado al frente de todo.
Es su socia y su mejor amiga, sé que está en buenas manos.
—Jolín… Mira que si llego a saber que tenía que pegarle un puñetazo a un tiburón para que cruzaras el charco, lo habría hecho antes.
—Qué graciosa eres. Todavía me tienes que contar esa historia paso por paso, jovencita.
—¿Eso significa que te vas a quedar unos días por aquí? —pregunto, esperanzada.
—Sí. Para una vez que me cojo vacaciones en años… y con lo que me ha costado el billete de avión, más me vale descansar un poco. Bastantes noches en vela me has dado tú ya desde Madrid.
Bajo la mirada, un poco apurada. Pobrecita. Me la imagino en su piso, muerta de angustia, cuando mi padre la llamó para darle el parte médico de la playa. Hablando de él…
—Eh… Carmen… ¿tienes ya alojamiento reservado? —pregunta mi padre. Está más rojo que un tomate. ¿Desde cuándo se sonroja este hombre? Madre mía, lo que hay que ver.
—He reservado un hotel antes de embarcar, pero no me ha dado tiempo a hacer el check-in . He venido directa desde el aeropuerto.
—¿Lo has pagado ya? —se apresura a interrogar mi padre.
Ella le sostiene la mirada, alzando una ceja con ironía, pero le responde con absoluta educación.
—No. Tenía pensado gestionarlo al llegar.
—Lo comentaba porque… porque… —A ver, ¿qué le ocurre exactamente a este hombre? ¿Se le ha fundido el vocabulario de golpe? Bueno, tampoco hace falta ser un genio para adivinarlo. Está igual de descolocado que yo—. Porque si te apetece, claro, podrías instalarte aquí estos días.
—¿Y por qué motivo exacto iba a quedarme en tu casa? —Mami recalca el pronombre con toda la intención del mundo, marcando territorio.
—Estarías al lado de Alicia, y así tendríais la oportunidad de poneros al día tranquilamente.
No tiene la menor lógica que te marches a un hotel habiendo dormitorios de sobra en esta estructura, ¿verdad, Ali?
—Mi padre me lanza una mirada implorando mi complicidad.
Asiento de inmediato—. ¿Ves? Puedes quedarte aquí sin problemas.
Además… mi casa también es tu casa, Carmen.
Mi madre le sostiene la mirada con una fijeza impresionante.
—Ambos somos plenamente conscientes de que eso no es así, Paul —le responde, directa al mentón.
Noto cómo mi padre traga saliva, pero opta por morderse la lengua.
—Sin embargo… —añade ella, tomándose su tiempo como si disfrutara enormemente de tenerle en ascuas— acepto la invitación. —Se gira hacia mí, suavizando las facciones de golpe—. Lo único que me importa ahora mismo es pasar tiempo con mi pequeña.
—¡Ayyyy! — La estrujo en otro abrazo colosal—. Qué bien, mamá.
Mi padre se activa al instante, refugiándose en lo que mejor sabe hacer: organizar la logística.
Le arrebata la maleta de las manos y comienza a dictar instrucciones a Rosemary, que continúa clavada en el porche con los ojos empañados, inmóvil como una estatua de sal.
Si la pasta carbonara no se había echado a perder antes, a estas alturas tengo la certeza absoluta de que es completamente incomestible.
◆◆◆
Por la tarde, cuando acudo al hospital a visitar a Josh, mi madre ya se ha adueñado de sus aposentos en Malibú.
Mi padre se ha transformado en una especie de pollo sin cabeza; cada vez que Carmen cruza una estancia, él clava las pupilas en su figura dispuesto a analizar cada uno de sus movimientos.
Y ella, que no le ha visto el pelo en años y conserva intacto ese orgullo tan característico de las buenas madrileñas se desplaza con la barbilla bien alta, pisando como si fuera la dueña absoluta de la propiedad e ignorándolo como si fuera un cero a la izquierda.
Sinceramente, si de mí dependiera, un animal desvalido capturaría mi atención mucho antes que cualquier humano estándar.
Esos dos van a convivir bajo el mismo techo y desconozco qué va a resultar del experimento, pero rezo para que las hostilidades hayan quedado enterradas en el pasado.
—¿Cómo ha ido la sesión matutina? —Le asisto para recolocar la extremidad sobre el colchón. Todavía acusa dificultades para moverla por su cuenta.
—Estupendamente. Progresando de forma adecuada.
—Ese es mi chico —le dedico una sonrisa de orgullo.
—Es muy probable que custodie buenas noticias —añade él, entornando los ojos de esa forma tan suya—. El especialista me ha insinuado que, tal vez… y recalco el tal vez para que no empieces a dar botes en la silla, me concedan el alta hospitalaria mañana mismo .
—¿Qué dices, Josh? ¿Vas a poder regresar a casa ya?
—Todo apunta a que sí, Ali.
—Guau… Es una noticia increíble. De hecho, al hilo de eso… Necesito plantearte una propuesta.
Ahora es Josh quien arruga el entrecejo, adoptando una postura analítica.
—A ver… Conozco perfectamente ese tono de voz, Alicia. Estás urdiendo un plan secreto.
—Me entusiasmaría que consideraras la opción de mudarte conmigo. De forma temporal, por supuesto —me apresuro a levantar la mano antes de que ensaye una réplica—. A casa de mi padre.
—¿Cómo? —Libera una carcajada limpia—. ¿No te parece un tanto precipitado que nos aventuremos a la convivencia compartida?
Tenía la impresión de que habíamos zanjado ese debate.
Aunque, pensándolo bien, la perspectiva no me desagrada en absoluto.
Estoy deseando tenerte metida en mi cama…
, este jergón de clínica es una tortura para la espalda —se reacomoda sobre la tela.
—Menudo fresco estás hecho. Vas a tener que mantenerte bien quietecito, te lo advierto.
—¿Ya te has cansado de mis exigencias?
—Jamás —le acaricio la línea del pómulo y él aprovecha para depositarme un beso tierno en la palma de la mano—. No me cansaré de ti en la vida, Josh.
—Eso espero. Entonces… ¿A qué responde ese plan de secuestro domiciliario?
—He mantenido una conversación con mi padre.
De hecho, la iniciativa ha partido directamente de él.
—Josh alza las cejas, pero opta por concederme el turno de réplica—.
Según su criterio médico, todavía te restan semanas de tratamiento y fisioterapia intensiva.
Y ahora mismo te resulta imposible conducir hasta que adapten los mandos de tu vehículo.
Tus hermanos y tu familia arrastran un volumen de compromisos tremendo y, aunque tengo la certeza de que te atenderían encantados, la realidad es que precisas unos cuidados muy específicos.
»En la residencia de mi padre dispones de toda la infraestructura necesaria para acelerar la evolución: piscina climatizada, gimnasio de rehabilitación y terapeutas de máxima confianza a tu disposición.
Además —él me asimila sin interrumpir el flujo de mis palabras—, yo me encargaré personalmente de gestionar tus traslados a las consultas de revisión.
Mis clases de la facultad no dan comienzo hasta dentro de mes.
—Tres semanas, concretamente —me enmienda el dato, cómo no.
—El plazo que sea. En este instante de mi vida, mi única prioridad absoluta eres tú, Josh.
Esboza una sonrisa sumamente dulce. Yo se la devuelvo, sintiendo que el pecho se me llena de calidez.
—Y ahora que mi madre se ha instalado en la casa, dispongo de un soporte extra si las cosas se complican. Créeme, posee las aptitudes para convertirse en una enfermera de primera categoría.
—¿Tu madre? —reacciona, visiblemente sorprendido.