Capítulo 43 #2
Me deposita un beso tierno en la frente y se aleja a toda prisa para coordinar las maniobras con los paramédicos. El equipo de emergencias comienza a acomodar a Josh sobre la camilla de transporte. Luc se posiciona de inmediato a mi costado.
—Voy directo al hospital en mi coche —anuncia mi padre, volviéndose hacia mí un segundo—. ¿Prefieres que te deje en casa antes?
—Voy contigo al hospital —sentencio sin el menor atisbo de duda.
—Alicia… no es necesario que te expongas a esa tensión…
—Yo me encargo de trasladarla, doctor Bran —interviene Luc, cortando la discusión con firmeza—. Vayan yendo. Os alcanzamos en la clínica en cuestión de minutos.
A partir de ese instante, el entorno se revoluciona.
Los técnicos sanitarios evacuan a Josh a toda prisa en dirección a la unidad móvil; él mantiene los ojos firmemente cerrados, exhausto.
Mi padre emprende la marcha hacia el aparcamiento a zancadas veloces.
Luc me dedica una mirada cargada de seriedad.
—¿Nos ponemos en marcha?
Asiento en silencio. Comenzamos a avanzar por la arena húmeda, envueltos en un mutismo denso.
Sin embargo, al levantar la vista, su silueta se recorta contra el fondo de las rocas.
Engel. Permanece de pie, completamente solo, observando nuestro repliegue.
No ensaya el menor ademán de aproximarse ni articula palabra.
Clavo mis pupilas en las suyas durante un microsegundo y, al rebasar su posición, desvío la atención de forma deliberada.
No me queda absolutamente nada que evaluar en ese rincón del pasado.
«Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos, el mundo giraría mucho más deprisa», evoco para mis adentros con una tristeza carente de consuelo.
Las sentencias de la Duquesa ya no poseen la facultad de amortiguar la crudeza de mis realidades, ni de rescatar los mundos de fantasía que crecieron conmigo en esta costa.
Hoy elijo sepultar mis antiguos traumas en esta orilla.
Regreso a tierra firme arrastrando miedos inéditos, pero también custodiando la certeza de que, cuando las estructuras de tu vida se fracturan, la persona más inesperada puede transformarse en tu red de salvación.
Miro de reojo a Luc. Su rostro exhibe una preocupación severa y su respiración delata que el pulso todavía no ha recuperado la calma.
En esta jornada me he situado frente a frente con mi propio reflejo en las pupilas del abismo, desafiando al depredador que pretendía secuestrar mis aspiraciones.
He mirado a los ojos al océano que acudió a mi rescate y que se ha dejado una parte de su propia esencia en el intento.
Y en esa misma arena clausuro también ciertas amistades de la infancia.
Porque, tal y como dictaminó una vez mi homónima literaria: un gato puede mirar a un rey.
Lo leí en algún volumen hace años, pero el shock me impide precisar el capítulo exacto.
Ya no pertenezco a esa antigua Alicia. La muchacha que coleccionaba aforismos con Engel y se nutría de relatos infantiles ha dejado de existir.
Hoy asumo la autoría de mis propias páginas.
Hoy abandono esta playa siendo una mujer dueña de sí misma.
Otra Alicia. La que ha logrado emerger del agujero de conejo y ahora solo ansía un destino: regresar a casa con los suyos.
◆◆◆
Las horas se niegan a avanzar; se arrastran con una lentitud exasperante. El mecanismo del reloj de la sala de espera parece ensayar una burla directa contra nuestra desesperación. Un tic-tac constante que se transforma en una tortura psicológica para los que aguardamos.
Permanezco anclada en el mismo asiento desde nuestro ingreso, alterando la postura de forma compulsiva para burlar los nervios.
Recojo las extremidades sobre el armazón de la silla, arqueo la columna y mantengo los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos se me tiñen de blanco.
Desconozco la cantidad de vasos de café que Luc ha acumulado entre las manos, o el número exacto de ocasiones en que Margo y Larry se han incorporado para escrutar el final del pasillo de urgencias.
Delia, Blair y varios integrantes del club de surf custodian el espacio, sumidos en un mutismo absoluto.
Nadie posee el coraje necesario para inaugurar la ronda de preguntas.
Y entonces, el pomo de la puerta de reanimación gira.
Mi padre se materializa en el umbral. Lleva la mascarilla quirúrgica desprendida sobre el cuello, el rostro visiblemente demacrado y las pupilas enrojecidas por el esfuerzo.
Las mangas de su bata médica exhiben máculas densas, una amalgama de sudor y fluidos que delata la crudeza del quirófano.
A pesar del desgaste, su paso es firme mientras acorta la distancia hacia nosotros.
Me pongo en pie por puro resorte instintivo. El resto del grupo imita mi movimiento al unísono, instaurando un silencio sepulcral en la estancia. Él nos examina de uno en uno, pero su trayectoria visual culmina inevitablemente en mis ojos.
Y asiente despacio.
—Está estabilizado —anuncia en un tono de voz atenuado, consciente de la fragilidad del ambiente.
Siento cómo el aire regresa de golpe a mis pulmones, aliviando la opresión del pecho.
Las rodillas me flaquean de tal manera que me veo obligada a buscar un punto de apoyo mientras me llevo las manos al rostro en un suspiro entrecortado.
Blair me envuelve los hombros desde atrás en un abrazo protector; Margo se cubre los labios con incredulidad y Luc libera toda la tensión acumulada en un resoplido hondo.
—La estructura biónica ha quedado completamente destruida durante el ataque —añade mi padre, consolidando la firmeza de su discurso—, pero afortunadamente logramos contener la hemorragia a tiempo.
Las fauces del animal seccionaron parte del tejido muscular de la extremidad real, pero la trayectoria esquivó la arteria femoral.
Ese factor estricto le ha salvado la vida.
El margen de maniobra ha sido sumamente estrecho.
Se desliza la mano por la frente, evidenciando un agotamiento extremo.
—¿Ha recuperado la consciencia? —inquiero con la voz trémula.
—A intervalos. Se encuentra bajo los efectos de una sedación profunda, pero sus constantes se mantienen estables. Lo tenemos bajo monitorización estricta en la unidad de cuidados intensivos y el escenario de riesgo inmediato ha quedado descartado.
Las lágrimas brotan sin que medie mi autorización. Mi padre reduce el espacio entre ambos y emplea las yemas de sus dedos para enjugarme las mejillas, replicando de forma exacta el ademán con el que me consolaba durante mi niñez.