Rompiendo las olas Capítulo 43
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Capítulo 43

Salvación

Uno de los vehículos de salvamento recorta la distancia a toda velocidad y aminora la marcha a escasos metros. Vienen dos rescatistas a bordo, y uno de ellos es Luc. Ha regresado a por nosotros.

Sortea el oleaje con una destreza asombrosa hasta estabilizar la moto junto a la tabla. Josh realiza un esfuerzo sobrehumano por erguir la cabeza, exhausto; al cruzarse con la mirada de su hermano, le transmite una orden en un hilo de voz apenas perceptible:

—Llévala a ella.

Fiel a su naturaleza, decide protegerme a mí primero.

En ese instante de máxima vulnerabilidad, sus palabras en la piscina regresan a mi mente.

Aquella tarde en la que quise arrojar la toalla y él fue el único capaz de descifrar el dolor que se ocultaba tras mis silencios para tenderme la mano.

El recuerdo se materializa con una nitidez absoluta, flotando sobre el agua plomiza que nos rodea: «No puedes permitir que el miedo dicte las normas de tu cuerpo, Ali.

Tienes una fortaleza inmensa dentro de ti, y no voy a dejar que te rindas antes de descubrirla».

No voy a claudicar ahora.

—No —le contradigo, alzando la voz para imponerme al rugido del motor y dirigiéndome firmemente a Luc—. Llévalo a él. Yo aguanto aquí.

Josh ensaya un leve ademán de negativa con la cabeza, pero Luc me observa con solemnidad y asiente con una determinación absoluta.

Nos entendemos sin necesidad de mediar palabra.

Entre el socorrista y él coordinan las maniobras para incorporarlo y acomodarlo en la plataforma de la moto de agua.

Luc cede su plaza de pasajero en la embarcación y se desliza con agilidad hacia mi posición, posicionándose a mi espalda sobre la tabla de surf.

—Recoge las piernas de inmediato —me instruye cerca del oído—. ¿Recuerdas las directrices que te di en la embarcación el primer día?

Asiento de forma automática, sin apartar las pupilas de Josh. Él ya se encuentra asegurado por el piloto de salvamento. Busca mi contacto visual y, al hallarlo, el brillo de sus ojos se atenúa levemente, invadido por una mezcla de impotencia y frustración.

—Te has encaprichado del hombre más testarudo de toda la costa —me recuerda Luc, forzando un tono distendido en mitad de la crisis.

Consigue arrancarme una sonrisa que se disuelve de inmediato entre las lágrimas. El motor ruge, la moto de agua acelera y contemplo cómo la distancia empieza a devorarlos. La mirada de Josh permanece fija en la mía hasta que la espuma de la rompiente me impide distinguirlo.

Cierro los ojos con fuerza, asimilando el impacto.

Luc se mantiene firme a mi espalda, ciñéndome la cintura con la presión exacta para corregir nuestro centro de gravedad en mitad del oleaje.

Sus extremidades quedan suspendidas directamente en el agua.

Ha decidido asumir el riesgo por nosotros, permutando el puesto con su hermano sin el menor atisbo de duda.

Es la reacción instintiva de las personas que te aman de verdad: no malgastan el tiempo evaluando variables, simplemente actúan.

La segunda unidad de salvamento se aproxima de inmediato. Luc me asiste para realizar la transición hacia el asiento. La moto viene tripulada por un único operario, quien me sujeta por el talle para acomodarme delante de su posición.

—¿Y qué va a pasar contigo? —inquiero, alarmada al comprobar que la superficie de la embarcación no admite a un tercer ocupante.

Luc me dedica una sonrisa de medio lado, imperturbable.

—No te preocupes por mí, Ali… En esta playa ya me tienen más que fichado —añade, guiñándome un ojo.

Hago el amago de replicar, pero las palabras se me congelan en la garganta.

La moto emprende la marcha hacia la costa y la culpa me obliga a mirar hacia atrás por encima del hombro.

Luc ya se ha tendido boca abajo sobre la fibra de la tabla y comienza a ejecutar una remada vigorosa.

Completamente solo en mitad del canal. Armado de un coraje que desafía cualquier lógica.

Permaneció en el epicentro del peligro con el único propósito de garantizar que todos alcanzáramos la arena con vida.

Acudió exclusivamente para salvaguardar a su hermano, para protegerme a mí y para rescatar a mi padre.

Cierro los párpados y rezo en un silencio desesperado para que la corriente le otorgue una tregua hasta la orilla. No me atrevo a abrirlos ni siquiera cuando la quilla de la embarcación impacta contra la arena húmeda de la playa.

Entonces, percibo el tacto cálido de unas manos enmarcándome las facciones.

Abro los ojos de golpe.

Mi padre se halla frente a mí. Ileso. Vivo. Entero. El impulso me domina y me proyecto fuera de la moto para sepultarme en sus brazos. Me estrecha contra su pecho con una fuerza colosal, como si pretendiera retener cada fragmento de mi existencia.

—Alicia… Hija mía… —la voz se le quiebra en un susurro tembloroso.

Soy incapaz de contener el llanto, colapsada por la acumulación de emociones. En cuanto deshago el abrazo, mis ojos patrullan la arena en una búsqueda frenética.

—¿Dónde está, papá? ¿Dónde lo han llevado?

—El equipo médico de la playa ya está interviniendo —responde él, señalando hacia un sector delimitado por el personal de emergencias.

—Papá, por favor… Tienes que intervenir. Su pierna… Tienes que ayudarlo, te lo suplico.

Él me observa con detenimiento. No formula promesas vacías; se limita a asentir con esa rigurosidad profesional que lo caracteriza.

—Vamos.

Corremos en dirección al cordón sanitario.

Me coloco de rodillas a su costado en la arena.

Josh permanece tendido en posición supina, flanqueado por los socorristas que aplican los primeros auxilios.

Desvío la atención hacia el miembro inferior y el horror me atenaza el pecho: la prótesis de competición se exhibe completamente destrozada.

Los filamentos astillados de la fibra de carbono, los anclajes de titanio y la resina se mezclan de forma caótica con los granos de arena y un fluido biológico que mana sin control.

Su rostro no refleja una manifestación explícita de dolor; su mirada denota un estado de preocupante letargo.

—Alicia… —musita, esbozando una sonrisa sumamente débil al percibir mi cercanía.

Me inclino y le sello los labios con un beso desesperado. No atiendo a razones. Al apartarme una distancia mínima, compruebo que su sonrisa se acentúa levemente.

—Tienes una costumbre muy arraigada de dejarme sin aliento, Ali —consigue bromear, ladeando el rostro mientras yo niego con la cabeza en mitad de los sollozos—. Aunque, pensándolo bien, no se me ocurre un desenlace más poético.

—Ni se te ocurra verbalizar algo así. No vas a morir, Josh. No te lo voy a permitir bajo ningún concepto.

Me sostiene la mirada y en el fondo de sus pupilas distingo un matiz indómito, una intensidad que evoca la fuerza del océano justo antes de romper contra el acantilado.

—Nada es imposible, mi dulce Alicia.

Reconozco de inmediato la línea del cuento infantil, aunque el shock del momento me impide asignar el personaje.

—¿Te has aprendido la obra de memoria o qué te ocurre? —inquiero entre sollozos, asegurando su rostro entre mis manos mientras de fondo percibo las consignas técnicas que mi padre intercambia con los paramédicos sobre el estado de la extremidad.

Soy incapaz de procesar las maniobras de torniquete que ejecutan; solo tengo constancia de su actividad frenética, de su empeño por estabilizarlo.

—Era mi lectura predilecta durante la infancia. ¿Nunca te lo había confesado?

—No. Te has reservado demasiadas verdades que todavía debes desvelarme, Josh. Y por esa misma razón te prohíbo terminantemente que te rindas.

Asiente con una fragilidad que me desgarra. Entorna los párpados y libera un suspiro entrecortado.

—¡Josh!

Una voz imperiosa quiebra la parálisis. Es Luc. Se ha aproximado hasta nuestra posición tras culminar la remada de regreso, arrodillándose al otro flanco de su hermano. El alivio que me produce constatar que se encuentra a salvo resulta indescriptible.

—Imbécil… ¿Es que no tienes la capacidad de atender a las instrucciones de evacuación? —le recrimina Luc con la voz empañada por la emoción.

—Tampoco tú destacas por tu obediencia, idiota —consigue replicar Josh en un murmullo.

Una sonrisa involuntaria me asoma a los labios en mitad de la tragedia. Incluso en mitad del colapso, los códigos familiares resisten. Lo que representa el hogar. Lo que permanece inalterable y verdadero.

—Alicia, las unidades de soporte avanzado ya están aquí —me advierte mi padre, posándome una mano firme en el hombro para obligarme a ponerme en pie.

Me incorporo a toda prisa, aferrándome a su brazo.

—Me subo a la ambulancia con él, papá.

—No, Alicia. En este trayecto Josh requiere una intervención médica de máxima especialización en el habitáculo. La estructura biónica ha absorbido el impacto principal, pero las fauces del animal han alcanzado y seccionado parte del tejido vascular de su pierna real.

Sigo la dirección de su mirada hacia el suelo.

Un reguero denso y escarlata avanza de forma implacable, tiñendo la superficie de la arena. Me falta el aire en los pulmones. Observo a Josh, que mantiene el cuerpo tenso y el labio inferior firmemente apretado para contener el sufrimiento. Luc continúa a su lado, ofreciéndole un soporte mudo.

—Papá… por favor —le suplico, aferrándome a su brazo—. No lo dejes solo. Te lo ruego…

—Lo sé, Ali. Y tú también lo sabes. Toda mi carrera cobra sentido en momentos así. Vivo para esto. Y para protegerte a ti.

Lo abrazo con una desesperación ciega. Me invade un orgullo tan inmenso que amenaza con romperme por dentro. Ese hombre que se adentró en el océano conmigo para enseñarme a desafiar mis temores volvía a erigirse como mi salvavidas. Y, fiel a su costumbre, se negaba a soltar mi mano.

—Te quiero, papá.

—Y yo a ti, cariño.