Rompiendo las olas Capítulo 42 #4
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Capítulo 42 #4

Lo localizo a unos metros. Avanza con Luc. El hermano de Josh rema con una potencia descomunal hacia la orilla y mi padre va parapetado a su espalda, en cuclillas, aferrándose a los cantos de la fibra. Están enteros. Siguen vivos.

Al ver mi bloqueo, Josh se agacha con una rapidez felina.

Sumerge las manos en el agua, inclinándose sobre el relieve de la tabla hasta alcanzar mi tobillo sin perder la estabilidad.

Sus dedos forcejean con el velcro empapado y, en cuestión de segundos, logra liberar la fijación.

Se incorpora frente a mí, clavando sus ojos color verde océano en los míos.

—Te tengo —repite, justo en el instante en que la correa se desprende.

Y entonces la superficie estalla. Una explosión de espuma y agua salta entre nosotros.

Las fauces masivas del tiburón emergen como un relámpago y se cierran con una violencia atroz sobre la pierna de Josh.

La biónica. Él no emite un solo grito; se limita a retorcerse, con los labios firmemente apretados y las facciones crispadas por un dolor inhumano.

La tabla cabecea salvajemente. Me abalanzo sobre sus hombros, clavando las uñas en su piel para evitar que caigamos al agua.

Miro hacia abajo. El animal sacude la cabeza con una furia ciega, triturando la estructura de fibra de carbono, titanio y resina de la prótesis como si fuera simple trapo.

Los fragmentos metálicos y plásticos flotan a la deriva, dispersándose en la corriente.

El agua se tiñe de un fluido denso que mi mente es incapaz de catalogar en mitad del horror.

Dejo de pensar. La lógica se evapora.

Una energía primitiva, salvaje y devastadora me recorre cada músculo. Una voz interna me advierte de que la muerte es inminente; me grita que, si no intervengo, ese monstruo nos arrastrará a ambos al abismo.

Suelto un rugido de pura rabia. Me lanzo hacia delante, impulsada por un resorte de valentía que desconocía poseer en mi interior. Me abalanzo sobre el lomo del animal y descargo el puño cerrado con todas mis fuerzas directamente contra su ojo negro. Una vez. Otra. Grito con la garganta desgarrada:

—¡Suéltalo! ¡Suéltalo, maldita sea!

El ojo esférico del escualo permanece fijo en mí: vivo, oscuro, vacío. Me observa. Yo continúo golpeando sin tregua, empleando el peso de todo mi cuerpo, empeñando el alma en cada impacto. Hasta que, finalmente, las fauces se abren liberando la estructura de la pierna.

El tiburón se sumerge, alejándose en la penumbra. Se lleva consigo los jirones de lo que Josh ya había perdido una vez en esta misma costa.

El cuerpo me tiembla de forma incontrolable; la adrenalina me calcina las fibras musculares. Me arrodillo sobre la tabla a su lado, abriendo las piernas para afianzar el centro de gravedad. Él apenas posee energía para articular sonido, pero lo consigue:

—Ponte… ponte detrás de mí, Ali.

No sé de dónde extraigo la coordinación necesaria.

Todo transcurre en un suspiro. Cruzo por encima de sus muslos y me posiciono a su espalda, rodeándole el torso con los brazos, sujetándole con firmeza contra mi pecho.

Josh comienza a remar, empleando un esfuerzo sobrehumano.

La proa se orienta definitivamente en dirección a la costa.

Y las diviso. Una moto de agua de los servicios de salvamento se aproxima a toda velocidad, seguida de una segunda embarcación.

Más allá, la arena se exhibe congestionada de siluetas que se mueven con desesperación.

Distingo perfectamente a mi padre, de pie en la orilla, gritando instrucciones.

Engel permanece a su costado, con los ojos clavados en el mar.

Me asalta un pensamiento fugaz: ¿Es esta la última ocasión en que contemplaré este paisaje? ¿Voy a marcharme con tantas verdades pendientes por verbalizar…?

Miro a Josh, el chico que un día lo entregó todo en este mismo océano y que hoy ha regresado al agua exclusivamente para salvarme la vida. Y que ahora vuelve a pagar el precio de la pérdida.

Noto cómo su cuerpo empieza a vencerse paulatinamente.

Sus fuerzas flaquean; sus brazos ceden ante el cansancio y el dolor.

No me detengo a evaluar las consecuencias.

Le sujeto las muñecas con firmeza, obligándole a extender los brazos hacia delante, y lo tumbo por completo sobre la superficie de la fibra.

Me acomodo encima de su espalda con una minuciosidad extrema, transformando mi propio cuerpo en el escudo que evite su deslizamiento.

Me niego a permitir que se hunda. Me niego a que la vida se le escape entre los dedos.

Me tiendo sobre él, abrazándole con cada centímetro de mi piel, extiendo mis propios brazos hacia el agua y comienzo a remar.

Braceo con una potencia colosal, empleando cada músculo, empeñando cada fragmento de mi identidad en el avance.

Desconozco si lograremos alcanzar la arena a tiempo.

Ignoro los minutos de los que disponemos.

Pero tengo una certeza inquebrantable: si hoy el mar exige que alguien pierda una parte de sí mismo, lo perderemos los dos juntos.

Y si mis antiguos miedos deben quedar sepultados de forma definitiva en esta costa… que sea por él. Por el chico que, sin saberlo, un día me enseñó a sanar mis propios monstruos.