Capítulo 42 #3
Es entonces cuando distingo la figura inconfundible de Josh.
Su melena clara cae desordenada sobre sus hombros y mantiene su tabla clavada con fuerza en la arena.
Nos observa con el cuerpo rígido, los brazos tensos a ambos lados del torso.
Su semblante es de una gravedad absoluta.
Deseo enfocar la vista con más nitidez, pero el salitre me escuece en los ojos y el reflejo solar dificulta la visión.
Justo en ese instante, una nube densa intercepta el sol, ensombreciendo la bahía de golpe.
El ambiente se enfría y la tonalidad del océano muda a un gris plomizo.
—Ahora regreso, Alicia. Voy a ver qué les ocurre a estos locos en la arena —anuncia Luc, girando la tabla y comenzando a remar a toda prisa hacia la playa.
Las siluetas en la distancia no cesan en sus aspavientos. Algo grave está sucediendo.
Desvío la atención hacia mi padre, buscando un refugio, y es en ese microsegundo cuando lo percibo. Una mancha oscura y alargada cruza velozmente bajo la superficie de mi tabla.
Abro los ojos desmesuradamente. Elevo la vista al cielo, implorando que se trate de una ilusión óptica proyectada por la sombra de la nube, pero la atmósfera permanece estática. La luz mortecina solo contribuye a que el fondo marino se dibuje con una nitidez aterradora.
Vuelvo a clavar los ojos en el agua.
Una corriente submarina me roza de nuevo las extremidades a través de la fibra. El corazón me da un vuelco salvaje, golpeándome las costillas. Giro el cuello buscando desesperadamente el auxilio de Luc, pero su silueta ya se ha alejado demasiado, braceando con energía ajeno a mis llamadas.
—Luc… —mi voz se reduce a un susurro sin aliento, sepultada por el rumor de la costa. No me escucha.
Al mirar la playa, distingo que Engel y Amanda se han posicionado junto al resto del grupo en la orilla.
Observan el mar en una parálisis idéntica, con una fijeza espantosa.
Josh se ha adentrado ya en la rompiente hasta las rodillas; él también eleva los brazos, gritando consignas que la distancia distorsiona, pero su lenguaje corporal es inequívoco: una orden de evacuación inmediata.
Todo se desencadena con una velocidad tan violenta que mi cerebro colapsa, incapaz de procesar las señales.
Y entonces, la pesadilla se materializa .
Una silueta negra, descomunal y silenciosa, desliza su contorno a escasos metros de mí.
Recojo las piernas de un tirón instintivo, pero el movimiento agita la marea y mi tabla comienza a cabecear peligrosamente.
Me aferro a los cantos con los dedos entumecidos por el pánico, al borde de perder el equilibrio.
Y, como si mis peores miedos se manifestaran con una precisión de cirujano, una aleta dorsal afilada rompe la superficie del agua delante de mis ojos.
Se desplaza con una trayectoria directa hacia la posición de mi padre.
—Pa… pá… —los labios me tiemblan de tal manera que la palabra se me quiebra en la garganta. La mente se me queda en blanco. Solo soy capaz de mirar.
La sombra se desliza bajo la superficie plomiza, rozando prácticamente la plancha de mi padre. Me quedo sin aire, despojada de cuerpo; soy solo un par de ojos inundados de terror absoluto. El mar se ondula con una falsa parsimonia.
—¡Luc! —grito con todas las fuerzas que me quedan, un alarido tan desgarrador que me calcina las cuerdas vocales.
A lo lejos, Luc frena en seco la remada y gira la cabeza hacia mí.
No hay margen para explicaciones verbales; me limito a señalar el agua con el brazo completamente rígido, el dedo índice apuntando a la amenaza que ya no admite dudas.
Él sigue la dirección de mi gesto. No interroga, no titubea; pivotando con una agilidad asombrosa, gira su tabla y comienza a remar de vuelta hacia nosotros con una potencia feroz, desprovisto de miedo, como si su instinto supiera exactamente qué protocolo ejecutar.
Yo no puedo apartar las pupilas de mi padre.
Permanece de rodillas sobre la fibra. Ya lo ha detectado; es plenamente consciente del peligro.
No emite un solo sonido. Se limita a intercalar su atención entre Luc, el depredador que patrulla bajo sus pies y mi figura desvalida.
Su cuerpo se mantiene firme, asimilando el bamboleo de la corriente.
No huye, no grita. Su inmovilidad me resulta infinitamente más aterradora que cualquier alboroto.
Me clava los ojos con una serenidad desgarradora, como si pretendiera blindarme contra el impacto del pánico a través de la mirada.
Como si supiera que este instante preciso en el que la vida pende de un hilo será el recuerdo que nos marque para siempre.
Y yo, desde mi posición, soy incapaz de reaccionar.
Solo puedo temblar y suplicar en mi fuero interno.
En este plano ya no existen las lecciones de surf, ni el aislamiento del neopreno, ni los amagos de valentía.
Solo queda el miedo en su estado más puro, primitivo e irrefrenable.
Y mi padre se halla a merced del océano.
De repente, los fantasmas de mi infancia regresan en tropel. El día de mayor horror de mi existencia; el día en que descubrí la furia despiadada del mar y el mismo día en que me quedé paralizada en la orilla, atrapada por un terror del que nunca pude escapar.
La proximidad de Luc me obliga a levantar la vista. Avanza con una remada colosal, enfocado, sin un solo atisbo de duda en su semblante.
—¡Alicia! —brama desde la distancia—. ¡Abandona la tabla y nada hacia la orilla ahora mismo! ¡Hay tiburones en el sector!
La palabra, pronunciada en plural, actúa como una descarga de plomo que me paraliza las articulaciones.
No nado. No me muevo. El aire se me congela en los pulmones.
Me estoy ahogando en mi propio pánico. Tiemblo con tal intensidad que mis manos apenas logran asegurar los cantos del material, desestabilizando la flotación en lugar de corregirla.
Las olas revientan a nuestra espalda con un rugido hostil.
Cierro los ojos con fuerza, implorando un milagro que no llega.
«Nunca cierres los ojos. Míralo de frente. Jamás pierdas el contacto visual con un depredador». La advertencia de Luc en el acuario resuena en mi cabeza como un mandato sagrado.
Obedezco a la memoria. Abro los ojos de golpe.
Luc ya casi ha alcanzado la posición de mi padre, incorporándose sobre la tabla con un dinamismo eléctrico.
Pero justo antes de que logre establecer contacto, la pesadilla final cobra forma ante mí.
Una testa grisácea y masiva emerge de la superficie y las fauces del tiburón se abren con una violencia súbita, casi irreal.
Atrapa de lleno la proa de la tabla de mi padre y la sacude con una furia brutal, catapultando su cuerpo hacia el agua como si se tratara de un muñeco de trapo.
La escena se congela en mi retina. Mi padre ha caído al agua. Mi padre está sumergido en el hogar del monstruo.
—Papá… —el susurro sale desprovisto de oxígeno.
Las lágrimas me desbordan definitivamente, confundiéndose con el salitre de las salpicaduras y llenándome la boca con el sabor amargo del horror. Entonces, distingo el movimiento: Luc se zambulle de cabeza sin pensárselo un segundo, directo al epicentro del peligro. Dios mío .
Los segundos se dilatan hasta volverse eternos, emborronando los límites de la realidad. Hay tres cuerpos bajo la superficie plomiza y uno de ellos posee la capacidad de aniquilar todo lo que soy. Todo lo que amo.
No soy consciente de cómo logro ponerme en pie sobre la tabla. Las piernas me flaquean con un temblor violento que amenaza con derribarme, pero la desesperación estricta me obliga a buscar la verticalidad. Necesito visibilidad. Necesito encontrarlos en mitad del agua.
Y sus cabezas rompen la superficie.
Luc emerge sosteniendo firmemente a mi padre por las axilas, arrastrándolo hacia su propia tabla, que continúa sujeta a su tobillo a través del leash .
En ese instante el pánico me dota de una lucidez helada: la tabla de mi padre, libre tras la caída, flota a la deriva, convirtiéndose en un señuelo perfecto para el próximo ataque del animal.
Un escalofrío brutal me recorre la espina dorsal.
Luc asciende a la superficie de la fibra con una agilidad prodigiosa y le tiende la mano a mi padre, quien, empapado y conmocionado, logra incorporarse haciendo uso de esa pericia veterana que nunca llegó a perder. Mi héroe sigue luchando.
De repente, un impacto me sacude. Unas manos firmes me atenazan la cintura desde atrás.
El alarido que me brota de la garganta desgarra el aire de la bahía.
Encojo el cuerpo, cerrando los ojos dispuesta a aceptar el final y perdiendo por completo el equilibrio de la flotación.
Sin embargo, ese agarre no me suelta; me eleva con una contundencia absoluta, estabilizando mis pies sobre una superficie sólida.
El contacto es cálido, enérgico y profundamente familiar.
—Alicia, mírame. Te tengo.
La voz de Josh me atraviesa el cráneo, obligándome a abrir los ojos.
Se halla de pie sobre su propio material, manteniendo un equilibrio perfecto en mitad del oleaje.
Me ha subido a su tabla; me asegura contra su pecho con un brazo mientras el otro controla la inclinación.
Me habla directamente al oído, con un tono urgente pero desprovisto de alteración:
—Tienes que liberar el leash ahora mismo, Ali.
—¿Qué? —estoy completamente aturdida. El zumbido del agua en mis oídos distorsiona sus palabras en mitad del caos.
—La correa de tu tobillo, cariño. Agáchate despacio, yo aseguro tu peso. Tienes que soltar la fijación de tu tabla .
Miro hacia abajo. El cable de poliuretano de mi tabla sigue anclado a mi pierna; esa estructura flota sin rumbo a escasos metros, actuando como una distracción letal que puede arrastrarnos al fondo si el animal decide morderla.
Pero la parálisis me domina. En lugar de ejecutar la orden, busco con la mirada la posición de mi padre en el agua.