Capítulo 42 #2
El pulso se me desboca en una carrera frenética.
Escudriño la superficie con un punto de desesperación, ansiando localizar el origen del contacto, pero el océano se exhibe limpio.
El agua es transparente, sin embargo, mis pupilas son incapaces de descifrar una silueta, una sombra o una explicación racional que justifique la experiencia.
La vista se me nubla debido a la extrema tensión que me atenaza los músculos.
Trago saliva, sintiendo cómo el pánico remonta desde las profundidades de mi estómago hasta instalarse en el pecho, amenazando con desmantelar de un plumazo cada pequeño avance que había consolidado minutos atrás.
Como si un ente invisible reclamara el control sobre mis antiguos miedos .
—Alicia, mírame. Estás a salvo. Respira despacio —mi padre recorta la distancia entre nuestras tablas y me posa una mano firme en el antebrazo.
Doy un respingo involuntario ante el contacto físico. Él me observa con el ceño severamente fruncido, visiblemente consternado por mi mutismo. Soy incapaz de articular una sola palabra; tengo la boca pastosa por el miedo.
—Tranquila, Ali. No ocurre nada. Estoy aquí contigo.
Escucho sus palabras nítidas pero al mismo tiempo distantes, como si flotara simultáneamente en el interior del océano y fuera de mi propia conciencia.
—Ey… ¿interrumpo algo?
Una segunda voz, más enérgica y directa, quiebra la parálisis. Giro la cabeza en un movimiento lento, casi automatizado, buscando el origen del sonido.
Y sus facciones se materializan ante mí.
—¿Luc? —consigo balbucear por fin, con una respiración entrecortada y urgente—. ¿Qué haces por aquí?
Se acomoda sobre su propia tabla a escasos centímetros de nuestra posición, exhibiendo una sonrisa amplia y sumamente contagiosa.
—Vengo a menudo a esta rompiente —responde con naturalidad. Luego, repara en mi rigidez—. ¿Cómo se está dando la jornada?
—Hemos venido a realizar una primera toma de contacto con el material —interviene mi padre, asumiendo el control de la conversación al percatarse de mi incapacidad para formular una réplica coherente. Le basta una mirada a mi rostro para descifrar el colapso—. ¿Qué tal están las condiciones hoy?
—Estupendas para practicar —explica Luc, acomodándose el pelo empapado—. Las series entran limpias hacia el canal central. No traen excesiva potencia, pero dibujan una línea muy noble.
—Sí, lo he estado evaluando desde la orilla —coincide mi padre, recuperando el entusiasmo técnico—. Es la coyuntura ideal para acumular minutos sobre la tabla sin castigarse en exceso los hombros.
Luc asiente, demostrando que ambos comparten idéntico lenguaje y devoción por el deporte.
Yo me limito a escucharlos mientras mis ojos continúan rastreando el agua de manera compulsiva.
Sin embargo, la cadencia de sus voces empieza a operar como un bálsamo.
Noto cómo la rigidez del pánico cede terreno frente al sonido protector de la conversación.
Mis extremidades pierden parte de la tensión acumulada.
Sigo sin detectar amenazas en la superficie; el único elemento visible es un filamento largo de alga marina que flota inocentemente a la deriva, arrastrado por la corriente lateral.
Probablemente haya sido eso. Un simple roce vegetal que mi mente ha magnificado hasta transformarlo en un monstruo de las profundidades.
Exhalo un suspiro prolongado y, venciendo la resistencia instintiva de mi cuerpo, vuelvo a sumergir las piernas en el agua.
El neopreno me aísla del frío, pero mis pies quedan expuestos a la corriente.
Sin darme cuenta, encojo los dedos en un ademán de protección mínima, manteniéndolos completamente inmóviles para no atraer miradas indeseadas del fondo.
—Este sector de la bahía tiene una energía muy particular —comenta Luc, señalando con la barbilla hacia el horizonte—. Siempre merece la pena el trayecto.
Sonrío levemente, sintiendo cómo el aire regresa por fin a mis pulmones.
Deslizo la tabla un par de pulgadas para estrechar la distancia con mi padre y decido apartar definitivamente la vista del fondo.
El océano impone respeto, por supuesto, pero a veces el terror no es más que un fragmento de vegetación malinterpretado por los recuerdos.
—No tenía constancia de que frecuentaras este punto —menciono, realizando un esfuerzo por integrarme en la dinámica.
—He retomado las sesiones hace relativamente poco, a decir verdad. Mi hermano se ha empeñado en arrastrarme de nuevo a los entrenamientos —indica Luc, señalando por encima de su hombro.
Sigo la dirección de su gesto. A lo lejos, un grupo de surfistas evoluciona sobre las pendientes con una destreza envidiable, ondulando sobre el agua como si dominaran cada rincón de la bahía.
Desvío la atención de forma selectiva y, al escrutar la línea de la costa, distingo la silueta inconfundible de Engel en el mismo emplazamiento donde lo dejamos.
Continúa observándonos, con Amanda firmemente instalada a su costado. Decido ignorar su presencia.
Al devolver la mirada hacia Luc, el significado real de sus palabras impacta de lleno en mi cabeza.
—¿Josh se encuentra aquí hoy?
—Sí, está liderando las prácticas con el club un poco más hacia el norte. ¿ Os apetece que nos aproximemos al grupo? Se va a llevar una alegría inmensa cuando te descubra con el neopreno puesto.
—No estoy muy segura… —murmuro, experimentando el peso de la culpa oquedad en el pecho.
Qué tremenda ironía haber coincidido precisamente en este enclave.
Y qué error garrafal por mi parte no haber verificado sus planes matutinos.
Me asalta el recuerdo nítido de nuestra última conversación sobre la honestidad y los secretos, y el remordimiento me estruja las entrañas—.
No querría entorpecer la sesión. Me comentó que era un entrenamiento de cara a las selectivas oficiales.
—¿Te sientes con energías para acercarte, Alicia? —me interroga mi padre, manteniendo su habitual instinto protector—. Tú decides.
—No lo sé, papá… Es mi primera inmersión real con la tabla y me da apuro interferir en sus rutinas de competición.
—¿Interferir? Qué va. Nada se interpone en la trayectoria de un surfista tranquilo. Podemos esquivaros sin el menor problema.
Me guiña un ojo con esa sonrisa suya, fácil y despreocupada. A unos metros, mi padre rema un poco más adelante, concediéndonos espacio para charlar.
—¿Frecuentáis siempre esta playa para las prácticas? —inquiero, intentando aferrarme a un hilo de conversación ligero que me devuelva el ritmo normal al pecho.
—Depende del viento. A veces nos quedamos aquí, otras subimos más al norte. Aunque calificar esto como un entrenamiento formal es ser muy generosos… Nos pasamos la mitad del tiempo flotando a la espera de una serie decente y discutiendo qué pizza vamos a encargar después.
—¿Pizza? ¿Esa es vuestra rigurosa estrategia nutricional de competición?
—Por supuesto —afirma Luc con total solemnidad—. Pizza, helado y café solo. El sagrado triángulo del surfista amateur con ínfulas de profesional.
Consigue arrancarme una carcajada limpia.
—Entonces estoy en una forma física envidiable sin saberlo. Llevo toda la vida preparándome para este deporte.
—Ya te lo advirtió Josh: tienes un potencial innato.
—¿Josh ha dicho eso textualmente? ¿Seguro que no se refería a otra Alicia?
—No, no. Especificó que se trataba de la Alicia que se tambalea sobre la tabla con un estilo único y que amenaza con ahogar a cualquiera que se aproxime a su radio de acción. Esa misma.
—Perfecto. Ahora sí me siento plenamente identificada.
Luc sonríe, divertido, mientras balancea los pies en el agua, ajeno a cualquier preocupación.
—Además, en el surf el estilo lo es todo, Ali. Incluso si te vas de bruces contra el fondo, si te caes con la suficiente gracia, en nuestro argot cuenta como una maniobra de nivel avanzado.
—Me estás infundiendo una seguridad muy peligrosa para lo poco que domino el material.
—Es mi función en el club: repartir falsas esperanzas con un tono de voz sumamente convincente.
Volvemos a reír y, por unos minutos, la atmósfera se vuelve milagrosamente liviana. El peso del neopreno, el recuerdo de Engel y la inmensidad del mar parecen diluirse.
—¿Entonces, os unís al grupo? Estamos instalados justo en aquella franja —insiste Luc, pivotando sobre su tabla para señalarnos la posición exacta de los suyos.
Sin embargo, su ademán se congela a mitad de camino. Frunce el ceño, escrutando la línea de costa con evidente extrañeza.
—Qué demonios… ¿Dónde se han metido todos?
Sigo la dirección de su dedo y noto que la línea del horizonte se ha vaciado por completo de surfistas.
Casi al mismo tiempo, giramos la cabeza hacia la orilla.
El pánico ha debido de estallar en tierra firme; varios deportistas emergen del agua a toda velocidad, algunos corriendo sobre la arena húmeda y otros braceando con una agilidad desesperada hacia la arena.
Un par de ellos ya se encuentran fuera del agua, doblados sobre sus rodillas, intentando recuperar el aliento de forma agónica.
La escena experimenta una mutación radical en un latido.
—¿Qué se supone que están haciendo? —murmura Luc, con la mirada clavada en la playa, completamente desconcertado.
En la orilla, dos miembros del club agitan los brazos con insistencia, trazando círculos desesperados en el aire y señalando directamente hacia el sector donde nos encontramos flotando nosotros.
—Te están llamando, Luc… —le advierto, sintiendo una repentina punzada de inquietud en la boca del estómago .