Rompiendo las olas Capítulo 42
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Capítulo 42

Mar adentro

Camino hacia el mar sin mirar atrás. Dejo a Engel allí, parapetado en su silencio, sus ironías y ese reflejo distorsionado en el que ahora elige habitar. Amanda también queda a la zaga, como una sombra más entre las muchas que he decidido soltar hoy en esta orilla.

Mi padre me secunda el ritmo; ni rápido ni lento, manteniendo la distancia justa.

Como siempre debió haber sido. La tabla me pesa mucho menos de lo que había presupuestado en mi cabeza; quizá porque el verdadero lastre que me asfixiaba ya no viaja conmigo.

Avanzo con firmeza hasta que la arena húmeda cede bajo mis pies y el agua fría me cubre los tobillos.

El impacto del termómetro corta, pero esta vez no tiene el poder de paralizarme.

Respiro hondo.

La brisa sopla con fuerza, acariciándome las facciones en un intento de certificar mi presencia exacta en el mapa: estás aquí.

El murmullo de las olas se funde con el compás de mi propia respiración.

El corazón me late a un ritmo acelerado, desprovisto de pánico; es pura intensidad, el eco de todo lo que estoy procesando y dejando atrás de manera definitiva.

Hay una cantidad considerable de surfistas distribuidos en el agua.

Se deslizan entre las pendientes fluidas, ejecutando los pasos de una coreografía perfectamente sincronizada, elegante y ajena al resto del mundo.

Por primera vez en mi vida, me detengo a contemplar el espectáculo con una brizna de auténtica admiración.

Esas crestas que a mí me resultan imponentes y casi sobrecogedoras, para ellos no constituyen más que un mero calentamiento.

Lo que a mí me abruma, a ellos apenas les despierta el interés.

Mi padre se sitúa a mi costado. Me observa en silencio, pero su mirada sustituye cualquier discurso: «estoy contigo, Ali; siempre lo he estado para esto».

Asiento una sola vez, afianzando el pacto.

Me arrodillo sobre el relieve de la tabla y hundo las palmas en la espuma que muere en la orilla.

El contacto inicial actúa como una descarga eléctrica; el océano me rodea, me cala y me pone a prueba.

Doy el primer paso definitivo y me interno en la corriente. Luego, doy otro.

El frío ha dejado de intimidarme. Me tumbo sobre la superficie de la tabla con una lógica torpeza pero armada de una determinación absoluta, imitando la postura que Josh me inculcó en la arena.

Siento la energía del mar vibrando directamente bajo mi cuerpo, ese vaivén constante y misterioso, pero me niego a cederle el terreno a la ansiedad.

Esta vez elijo coexistir con el movimiento.

No peleo contra la corriente; simplemente la escucho.

Y empiezo a remar.

Mi padre me escolta de cerca, supervisando cada uno de mis amagos sin interferir en mi espacio. Permanece ahí como una promesa silenciosa, como un ancla en mitad del azul.

Avanzo mar adentro ganando metros a la costa hasta que, de pronto, una ola imprevista me empuja en dirección contraria.

Me golpea de flanco, desestabiliza mi posición y termino cayendo de bruces al agua.

Trago una cantidad inevitable de salitre.

La garganta me arde al instante y los ojos me escuecen, provocando que mi pulso se dispare.

Por un microsegundo, el fantasma del pánico amenaza con emerger.

Sin embargo, no lo hace. Me niego a concederle ese triunfo.

Saco la cabeza a la superficie, escupo el agua amarga y me aferro con firmeza a los cantos de la tabla. Sigo a flote. Sigo aquí.

Y, de repente, una carcajada limpia me brota del pecho.

Río con ganas, con una fuerza que me desconocía, al constatar que la caída no ha sido trágica en absoluto.

No ha dolido como las heridas del pasado.

Estoy dentro del océano, interactuando con él, haciéndolo real.

Mi padre se aproxima nadando y me choca la palma de la mano con un orgullo evidente en las facciones. Yo le devuelvo la sonrisa.

Remamos unos metros más hasta tomar la distancia prudencial de la orilla y me incorporo sobre las rodillas de cara a la rompiente. Contemplo la formación de las olas a lo lejos: entran con una regularidad pausada, casi como si hubieran dispuesto una tregua para mí.

—Cuando te sientas preparada, Ali —indica él, flotando a mi lado.

Y lo estoy.

No tengo la certeza de si conseguiré ponerme en pie en este primer intento, ni de cuántas veces acabaré besando el fondo marino antes de que termine la mañana.

Desconozco si lograré domar una sola ola con dignidad.

Pero poseo una certeza inquebrantable: he elegido por voluntad propia mirar de frente a aquello que más pavor me infligía en la vida.

Y esa elección ya constituye mi primera gran victoria.

Me balanceo sobre el material intentando mantener un equilibrio precario, sintiendo cada músculo de mi anatomía en una tensión rígida, como si estuviera tripulando un artefacto de alta velocidad y no una plancha de fibra que apenas flota sobre la superficie.

Observo fijamente el horizonte, asimilando que hoy no he acudido a Malibu Point únicamente con el pretexto de surfear.

He venido a reclamar la autoría y el poder sobre mi propia historia.

Y, afortunadamente, el mar parece haber decidido otorgarme su calma.

—Recuerda las pautas que te transmitieron —me instruye mi padre a una distancia prudencial, rompiendo mi concentración con tono firme—. Fija la vista al frente, Ali. Mantén la espalda recta y el centro de gravedad perfectamente equilibrado.

—¿Y si mi centro de gravedad ha decidido independizarse de mí? —gruño, intentando estabilizarme sobre la superficie mientras una ondulación minúscula me mece con cierta sorna.

—¡Entonces vas a tener que negociar firmemente con él! —responde mi padre, muerto de risa.

Respiro hondo y me coloco en la posición de remo reglamentaria. Trato de concentrarme a fondo, aunque tengo la firme impresión de que la tabla experimenta muchísimo más movimiento que el propio océano.

—Muy bien, allá voy… —susurro, como si requiriera convencer a un testigo ajeno además de a mí misma.

Comienzo a avanzar torpemente, braceando con una energía que resulta de todo menos fluida. Me salpico los ojos, me golpeo la barbilla contra el canto de la fibra y, para colmo de males, una sacudida absurda que ni siquiera sé cómo he provocado termina por inundarme las pestañas de agua salada.

—¡Eso es, Ali, mantén el impulso! —me espolea mi padre desde su posición—. Viene una serie pequeña. Prepárate e inténtalo en la siguiente cresta.

La ola se aproxima. Es de dimensiones modestas, de acuerdo, pero desde mi perspectiva se alza imponente, como un auténtico gigante dispuesto a derribarme.

Me coloco como buenamente puedo, afianzo las palmas sobre la superficie, ejecuto un salto descoordinado para intentar ponerme en pie… y fracaso de forma estrepitosa.

Mi pie derecho resbala sin remedio, el cuerpo se me vence de costado y acabo sumergiéndome en el agua sin el menor atisbo de elegancia. Salgo a flote tosiqueando, con los mechones empapados sepultándome media cara y la tabla propinándome ligeros toques amistosos contra las costillas.

—Eso ha constituido… —comienza mi padre, realizando esfuerzos visibles por contener la carcajada— un despegue verdaderamente prometedor.

—Ni se te ocurra burlarte —le espeto entre aspavientos—. Casi perezco ahogada en una ola de juguete.

Me reincorporo arrastrando la dignidad que me queda y me deslizo de nuevo sobre la plancha, esta vez con menos elegancia pero armada de una terquedad absoluta. Reinicio la remada. Mi padre me escolta a corta distancia, dictando correcciones con un tono sumamente calmado:

—No busques la verticalidad de golpe, Ali. Espera a sentir el empuje real de la masa de agua bajo tu cuerpo. Y fija la vista en el frente, no en tus propios pies.

—Mis pies son el único elemento que me garantiza la supervivencia ahora mismo. En cuanto les quito un ojo de encima, se rebelan.

Una nueva ondulación se perfila a nuestra espalda.

Me mentalizo. En esta ocasión prolongo el deslizamiento un par de segundos más antes de aventurarme a quebrar las rodillas.

Consigo afianzar un apoyo. Luego el otro.

Y, en el instante en que ensayo el enderezamiento, logro sostener la postura erguida durante dos gloriosos segundos en los que me percibo genuinamente invencible.

Inmediatamente después, por supuesto, me desplomo de espaldas contra la corriente.

—¡Dos segundos completos! —exclamo al emerger, alzando los brazos como si acabase de quebrar una marca histórica.

—¡Dos segundos exactos! —secunda mi padre, imitando mi ademán de triunfo—. ¡Ahí lo tienes! ¿Lo ves? Ya estás surfeando, Ali.

—No calificaría esto como surf. Ha sido más bien… un ejercicio de supervivencia con bastante estilo.

Nuestras risas se confunden con el murmullo de la costa.

Y entonces, de manera imprevista, la evidencia me cala por completo.

Lo estoy logrando. De forma deficiente, tosca y accidentada, pero estoy interactuando con el mar.

Y, por primera vez en un largo periodo de tiempo, me resulta indiferente la impresión estética que pueda proyectar hacia el exterior.

Porque por dentro la sensación es increíble.

Nos desplazamos hacia una franja más resguardada y me acomodo sobre la tabla con las piernas suspendidas a ambos lados, compartiendo una confidencia distendida con mi padre.

La complicidad fluye con una paz inédita cuando, de repente, una silueta recorta el horizonte aproximándose hacia nosotros en posición de nado.

Y en ese preciso instante, algo de textura viscosa me roza la pantorrilla izquierda.

Toda mi anatomía reacciona con un violento sobresalto. De manera automatizada e irreflexiva, recojo las extremidades de un tirón, encogiéndolas sobre la superficie de la fibra. Mi padre intercepta el movimiento brusco y sus facciones se ensombrecen de inmediato por la alarma.

—¿Ali? ¿Va todo bien?

No. En absoluto.