Rompiendo las olas Capítulo 41 #3
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Capítulo 41 #3

—Lo que oyes —mantengo una rigurosa sequedad en la voz—.

Algunos de nosotros estamos decididos a asumir nuestros errores y confrontar nuestros propios temores.

Hoy es mi turno. De hecho… —ladeo la cabeza, permitiendo que la ironía aflore sin restricciones—, considero que es una jornada propicia para un recomienzo.

Para clausurar las prisiones que nos construimos nosotros mismos, esas que nos infunden pavor aunque no posean una base real.

¿No era esa la teoría que siempre te empeñabas en recordarme?

Engel traga saliva. Las facciones de su rostro se alteran de manera casi imperceptible; un amago de tensión que no me pasa desapercibido.

Él es plenamente consciente de que lo he calado.

A mi lado, mi padre custodia la escena en un silencio sepulcral.

Me resulta inevitable pensar que, tras años observándonos desde la infancia —siempre colados el uno por el otro, envueltos en esa familiaridad latente que nunca llegó a consolidarse—, debe de resultarle desconcertante presenciar el abismo que se extiende ahora entre nosotros.

Tan evidente. Tan dolorosamente expuesto bajo la luz del sol.

—Me alegro por ti. En buena hora —concede él, entornando los ojos—. Parece ser que regresarás a España completamente renovada. Una Alicia distinta. Al otro lado del espejo.

Me muerdo la lengua para no dedicarle un improperio. Indirecta captada a la perfección, Engel. No obstante, la última palabra me pertenece en esta ocasión. Y me produce una extraña mezcla de alivio y melancolía constatar que esa palabra equivale, en términos absolutos, a un punto final.

—Bueno… —comienzo a responder, sosteniéndole la mirada de manera im perturbable—, no he tenido la oportunidad de ponerte al día debido a lo ocupados que hemos estado planificando nuestros respectivos futuros.

Pero lo cierto es que no tengo intenciones de regresar a España. Al menos, no en un horizonte cercano.

La rigidez se apodera de sus facciones de inmediato.

—¿No?

En el fondo de sus pupilas asoma un destello de desconcierto que ya no tiene el poder de afectarme.

—No —le dedico una sonrisa cargada de absoluta desfachatez—. Resulta que he hallado en esta costa todo lo que requiero. Todo lo que jamás imaginé que llegaría a necesitar. Te agradezco profundamente que me ayudaras a abrir los ojos en su momento.

Ahí lanzo mi ofensiva. Un anzuelo diseñado no para capturar especies marinas, sino para desenmascarar a los depredadores de tierra firme.

—Vaya… —Engel se gira levemente hacia Amanda, buscando un anclaje visual para asegurarse de que ella permanece atenta a la humillación.

Y vaya si lo está. Continúa inmóvil sobre la toalla, asimilando cada réplica con una fijeza gélida que ahora soy capaz de interpretar con meridiana claridad.

Todo se vuelve nítido ante mis ojos. Cristalino, como la misma orilla que estoy a punto de pisar—.

Eso es verdaderamente sorprendente, Alicia.

Esboza una sonrisa forzada. Da un paso hacia mí con la intención de aproximarse a mi oído para escenificar una despedida; me envuelve en un abrazo artificial que me limito a soportar sin devolverle el gesto. Entonces, susurra las palabras exactas con las que pretende socavar mis defensas:

—¡Que les corten la cabeza!

Lo conozco demasiado bien. Sé perfectamente que acaba de rematar el encuentro parapetándose en una línea de la Reina de Corazones. Patético.

—Algunos eligen este sendero, otros prefieren el opuesto…

Pero en lo que a mí respecta, personalmente me inclino por los atajos —le devuelvo con una parsimonia impecable, citando textualmente al Gato de Cheshire y clausurando de manera definitiva nuestro propio cuento—. Que paséis una buena mañana, chicos.

Me desvío del camino sin concederle el beneficio de una última mirada. Me despido de ambos con un ademán genérico, dejando a Engel plantado en mitad de la arena, observándome con la expresión descompuesta de quien acaba de ver cómo se le cierra una puerta en las narices.

Y efectivamente. Se la he cerrado yo. Una salida clausurada para que asimile que ya no existen vías de retorno. Engel representa a otra clase de depredador…, pero hoy se va a quedar en la orilla.

Hoy soy yo quien reclama el mar.

Percibo un escozor latente en la garganta y la tentación de quedarme a contemplar el naufragio emocional que flota en el ambiente es fuerte. Sin embargo, no hemos conducido hasta Malibu Point para regodearme en disputas del pasado. Hoy no. He acudido para doblegar mis verdaderos temores.

Me reincorporo a la marcha junto a mi padre, que aguarda con una paciencia encomiable a unos pasos de distancia.

Nos aproximamos juntos a la línea donde el agua lame la arena en un vaivén rítmico y constante.

Y yo, por primera vez en mi existencia, no experimento el impulso de huir.

No de las olas. No de la intensidad de mis propias emociones.

Porque si algo me ha grabado a fuego esta costa es que el pánico no se evapora eludiéndolo. Se atraviesa.

Y mi momento ha llegado.