Capítulo 41 #2
Mi padre descarga el material del maletero y me tiende una de las tablas de surf. No añade comentarios. Me la entrega con una minuciosidad y un respeto que transforman el acto en un «pacto de caballeros» implícito.
Comienzo a caminar tras sus pasos a lo largo de la pasarela de madera. Con cada zancada, el rugido del mar incrementa su volumen, adueñándose del entorno junto al graznido de las gaviotas que patrullan la orilla. Ya no existe la posibilidad de dar marcha atrás.
Me detengo en seco al finalizar la madera y mi padre imita mi postura al instante.
Nos hallamos justo en el límite de la playa.
Frente a mis ojos se extiende la línea interminable del horizonte y esas ondas perfectas, largas y espumosas.
Son la antítesis del caos que yo esperaba encontrar. Representan un desafío directo.
—Papá… —susurro, notando cómo la voz se me quiebra por completo—. Tengo miedo .
—Lo sé, Alicia. Y es una reacción legítima. Experimentar temor no implica que vayas a fracasar…, simplemente es el indicador de que este paso te importa de verdad.
Nos mantenemos en esa posición durante un instante, escrutando la superficie del agua como si se tratara de un espejo que refleja nuestras propias verdades.
Él me posa una mano firme en la espalda; no ejerce presión ni me empuja a avanzar, se limita a ser mi punto de apoyo.
Y, de repente, la percepción del entorno muta.
El pánico no se evapora por arte de magia, pero se reduce, volviéndose una dimensión gobernable. Más mía.
Doy un paso hacia delante. Luego, otro. El océano ha dejado de ser únicamente el escenario del trauma que truncó mi infancia; ahora se revela también como el lienzo donde tengo la oportunidad de reescribir mi historia.
Caminamos con paso firme por la arena húmeda, que se vuelve más densa conforme nos aproximamos a la orilla. Mi padre avanza a mi costado, custodiando la tabla con una solemnidad que delata cuánto tiempo llevaba esperando compartir este instante conmigo.
Sin embargo, a escasos metros del agua, la realidad me propina un impacto imprevisto.
Sentado sobre una toalla extendida al amparo de la roca baja se encuentra Engel.
No está solo; mantiene los brazos ceñidos alrededor del cuerpo de Amanda, quien descansa la cabeza contra su pecho con absoluta naturalidad.
Comparten risas cómplices, se tocan con una familiaridad evidente y se murmuran confidencias que la distancia me impide descifrar, pero que mis ojos asimilan a la perfección.
Mi mirada se clava en esa estampa de forma inevitable, deteniéndose justo en el punto exacto donde la herida escuece con más fuerza.
El pánico al mar se disuelve en un parpadeo, reemplazado de golpe por una sensación espesa, agria y profundamente incómoda.
Una amalgama de frustración, desconcierto y esa punzada de nostalgia herida que consideraba erróneamente extinta; el dolor punzante de constatar cómo la complicidad que nos unió desde niños se había evaporado, dejando en su lugar a un extraño.
Engel levanta la vista, me descubre en la línea de la orilla y toda su fisonomía se tensa al instante.
Rompe el contacto con Amanda de manera abrupta, como si su presencia hubiera dejado de ser prioritaria, y se incorpora con una prisa acelerada que delata una mezcla de incomodidad y culpabilidad.
Se aproxima hacia nuestra posición desplegando esa eterna sonrisa despreocupada suya, que en esta ocasión se me antoja más artificial que nunca.
—¡Qué coincidencia tan fantástica! —exclama, forzando un entusiasmo desmedido en la voz—. ¡Buenos días! Es una auténtica sorpresa veros por esta zona.
Su tono resulta excesivamente animado, fingiendo una normalidad absoluta, como si no existiera un abismo insalvable entre nosotros. Como si no acabara de levantarse de esa toalla dejando atrás los restos de lo que un día ha sido nuestra confianza.
—Doctor Bran, un auténtico honor —añade, estrechando la mano de mi padre con un exceso de formalismo corporativo que raya en la adulación.
Mi padre le devuelve el saludo con la cortesía profesional que lo caracteriza, pero sus facciones permanecen frías, exentas de cualquier simpatía.
Yo me mantengo un paso rezagada, lidiando con esa molesta opresión que me atenaza el pecho.
No deseaba experimentar este torbellino de emociones hoy.
No en este lugar. No cuando me disponía a saldar cuentas con mi pasado.
Engel omite cualquier mención a Amanda, quien continúa acomodada en la toalla, evaluando la interacción con una fijeza silenciosa.
No ensaya ninguna presentación ni realiza el menor ademán de incluirla; actúa como si ella hubiera pasado a ser invisible en su decorado.
Ante su cobardía, decido ser yo quien tome la iniciativa y rompa la distancia.
—Hola, Amanda —le digo, manteniendo la voz firme y desprovista de titubeos.
Ella me examina de arriba abajo con detenimiento.
Sus facciones se endurecen imperceptiblemente y en sus pupilas distingo un deje de desconfianza muy claro.
Como si, de la noche a la mañana, yo me hubiera transformado en una amenaza para su territorio, obviando los meses en los que compartíamos una amistad sincera en el grupo.
—Hola —responde con una sequedad que corta el aire.
Nos conocemos, desde luego. Sin embargo, según me habían sopesado Blair y Delia, desde que Engel rompió con ella —o lo que fuera que hubiese sucedido en la intimidad de su ruptura—, las cosas habían cambiado drásticamente.
Al parecer, Amanda sospechaba de las intenciones de él, de la naturaleza real de sus sentimientos, y me había colocado en el epicentro de sus dudas.
A pesar de que yo jamás le otorgué motivos para desconfiar.
A pesar de que, en lo que a mí respectaba, las reglas del juego seguían intactas.
Para ella, las cartas se habían reorganizado. Para nosotros, el tablero se había roto.
—¿Qué se te ha perdido por aquí, Alicia? ¿Y a santo de qué esa tabla? —arruga la frente, escrutándome con incredulidad.
—He venido a surfear con mi padre.
—¿Qué dices? —reacciona, con ese deje a medio camino entre la sorpresa y el escepticismo más absoluto.