Capítulo 41
Los nervios
Después de darle muchas vueltas y discutir con mi padre la propuesta que Margo había sembrado en mi mente, terminamos por fijar una fecha en el calendario. Él se emocionó al instante, conmovido por la iniciativa y, por supuesto, honrado de que confiara en su experiencia para guiarme mar adentro.
Estoy hecha un manojo de nervios. Esta mañana, al levantarme, las piernas me flaqueaban de forma ridícula en cuanto he apoyado los talones en el suelo; era como si mis músculos se hubieran transformado en gelatina.
Anoche llamé a Josh para tantear el terreno.
Me comentó que hoy, sábado, estaría entrenando de cara a las próximas competiciones oficiales junto a su grupo en una playa bastante alejada de nuestra zona.
Estará completamente absorto en sus rutinas.
Yo, por mi parte, ya llevo el neopreno ajustado a la cintura y todo el material preparado para bajar al salón al reencuentro de mi padre, que ha planificado esta pequeña aventura con una dedicación impecable.
No cargaré con la tabla que Josh me prometió porque todavía no está rematada en el taller; no obstante, en el garaje de casa descansan varios diseños de mi padre y nos apañaremos con uno de ellos.
Resulta verdaderamente inspirador escucharle hablar de surf de nuevo.
A pesar de haber permanecido alejado de las olas durante años, la mirada se le ilumina de un modo especial en cuanto rescata el tema.
Me ha desgranado infinidad de conceptos esenciales estos días.
Algunas nociones ya me las había inculcado Josh durante nuestros entrenamientos matutinos, pero sus nuevos matices me han servido para afrontar la jornada con un extra de motivación.
Es un auténtico milagro que no haya rodado escaleras abajo debido al temblor que me recorre las rodillas. Cuando accedo a la planta baja, me lo encuentro yendo de un lado a otro del salón, ultimando los detalles del equipamiento.
—¿Preparada para una jornada épica en el agua? —me recibe, rebosante de energía—. El clima está de nuestra parte, Ali. Acabo de contrastar el parte meteorológico y la suerte nos acompaña.
—Ajá…
—Tenemos viento off-shore soplando a favor tanto en la costa como en el mar, lo que garantiza que la cresta de las olas se moldee de manera limpia. Además, el oleaje entra con el tamaño y el periodo idóneos para tu nivel de estabilidad.
Se expresa con una seguridad aplastante, como si bajo su supervisión fuera imposible que algo fallara. Sin embargo, mi mente es incapaz de asimilar tanta terminología técnica. Estoy completamente dispersa, lidiando con esa opresión familiar que insiste en estrujarme el estómago.
—Nos dirigiremos al Primer Punto —añade, dedicándome una sonrisa alentadora—. Siempre ha sido mi rincón predilecto. Es el escenario ideal para que arranques.
El Primer Punto, conocido en el ambiente como Malibu Point , es uno de los enclaves más legendarios de la costa.
Mi padre me ha ofrecido referencias históricas de prácticamente cada rompiente del condado; a este paso voy a terminar licenciándome en teoría del surf.
Tal vez me equivoqué radicalmente de vocación, bromeo para mis adentros con un deje de ironía.
Acomodamos las tablas en los soportes del coche y nos ponemos en marcha temprano, con las ventanillas completamente bajadas y el sol de la mañana filtrándose entre las copas de los árboles.
Mi padre silba una melodía ligera mientras sujeta el volante, visiblemente feliz, como si este trayecto le permitiera reconectar con una parte de su juventud que creía sepultada.
En cambio, yo hago esfuerzos titánicos por aparentar una serenidad que no poseo; cada kilómetro que nos aproxima a la orilla parece estrecharme el pecho un poco más.
—¿Has logrado descansar bien esta noche? —pregunta, manteniendo la atención fija en la carretera .
—A medias —admito, esbozando una sonrisa forzada que no alcanzaría a engañar a nadie.
—Es una reacción completamente natural, Ali. A mí me resultaba imposible conciliar el sueño antes de una sesión importante. La adrenalina se activa mucho antes de que tus pies entren en contacto con el agua.
Asiento en silencio, aunque soy perfectamente consciente de que lo que experimenta mi anatomía no es precisamente un subidón de adrenalina constructivo.
Es ese nudo asfixiante en las entrañas que lleva años haciéndose fuerte en mi interior; una señal de alarma que mi cuerpo se niega a desconectar.
Miedo puro. Ansiedad latente. Esa certeza irracional de que el desastre acecha a la vuelta de la esquina, a pesar de que no exista ningún motivo real para justificarlo.
O, tal vez, precisamente por el temor a que todo esté saliendo demasiado bien.
—¿Sabes una cosa? —añade, suavizando la voz—. Me hace inmensamente feliz que hayas decidido intentarlo. Y que me hayas elegido a mí para acompañarte en este paso.
Trago saliva. Sus palabras me calan hondo. Lo miro de reojo y noto un brillo particular en sus ojos, una chispa de entusiasmo que no le advertía desde hacía años. Es una sensación extraña y conmovedora: como si, al pedirle que me acompañe, yo también le estuviera curando una herida invisible a él.
—Tenía que dar el paso —murmuro—, y no quería que fuera con nadie más.
—Bueno… bueno…, tampoco me mientas, Ali, que sé de sobra que habrías preferido tener a Josh aquí en mi lugar.
Ladea el rostro con una mueca de sutil burla.
—No te miento, papá. Es más, tú sabes perfectamente que la iniciativa original de cambiar las fechas partió de mí.
El domingo haré el debut oficial con él igualmente, pero…
—trago saliva, buscando sostenerle la mirada—.
Tampoco te voy a engañar si te digo que tú siempre serás, por encima de cualquiera, el hombre de mi vida.
Él asiente en silencio, con los ojos brillantes, regalándome una sonrisa breve pero profundamente sincera. Desplaza la mano que le queda libre del volante para propinarme una caricia afectuosa en la rodilla. Es un gesto mínimo, casi imperceptible, pero me sirve de sostén.
La silueta de la costa empieza a recortarse a lo lejos.
Ese azul inmenso, que durante veintiséis años me ha parecido tan fascinante como amenazante, se despliega ante nosotros.
El tráfico de la autopista comienza a ralentizarse y noto que mi propio cuerpo imita esa inercia.
Siento el impulso de hundirme en el asiento, abrumada por una repentina escasez de aire.
—Podemos detener el coche a un lado si lo necesitas —ofrece mi padre, interceptando mi malestar sin necesidad de que pronuncie una sola palabra.
—No —respondo de inmediato, forzando la voz—. Solo… son los nervios del momento.
—Y a pesar de esos nervios, estás aquí, dispuesta a intentarlo. En eso consiste la verdadera valentía, Alicia.
Me muerdo el labio inferior, concentrando mis esfuerzos en no quebrarme antes de tiempo.
A través del parabrisas, el movimiento de las olas se vuelve nítido.
Rompen con una cadencia suave, perezosa, casi como si me invitaran a entrar.
O como si hubieran permanecido en calma esperándome.
Esa idea, lejos de reconfortarme, solo incrementa mi inquietud.
—Papá… ¿y si soy incapaz? ¿Y si me quedo paralizada en mitad de la rompiente?
—Entonces daremos la vuelta y saldremos del agua juntos —dictamina sin el menor titubeo—. Sin presiones, sin metas que cumplir y sin espectadores. Solo seremos tú y yo. Esto no es una evaluación académica, hija, es tu momento. Y vamos a gestionarlo exclusivamente a tu ritmo.
Una lágrima silenciosa se me escapa, deslizándose por la mejilla.
Me apresuro a secarla con el dorso de la mano antes de que alcance el mentón.
Él advierte el movimiento, pero opta por el respeto del silencio.
Se limita a permitir que su presencia actúe como un escudo protector, evocando de forma inevitable aquellos años de mi infancia en los que me arrullaba en sus brazos tras despertarme de una pesadilla.
Ahora persigue el mismo objetivo, pero con una madurez distinta: sin imponer su criterio, limitándose a estar. A acompañarme en el abismo.
Estamos llegando. Y en este punto, ya soy incapaz de descifrar si el temblor de mis manos responde al pánico o a una imperiosa necesidad de superación.
Estacionamos el vehículo cerca del sendero que concede acceso directo a la arena.
El Primer Punto. Ese territorio legendario que tantas veces escuché mencionar en las reuniones de surfistas y que tantas veces dibujé en mi mente con una mezcla contradictoria de admiración y pavor.
Mi padre apaga el motor y el silencio que se instala en el habitáculo adquiere una densidad diferente, mucho más real.
Me quedo completamente inmóvil. Contemplo la inmensidad del océano a través del cristal y percibo cómo todo mi interior se contrae.
El mar se exhibe imponente, infinito, vivo…
y yo me siento ridículamente frágil a su lado.
Soy dolorosamente consciente de cada variable que podría salir mal, por mucho que la lógica me repita que estoy a salvo.
—¿Prefieres que nos tomemos unos minutos antes de salir del coche? —pregunta mi padre, liberándome de cualquier atisbo de presión.
—No. Si prolongo la espera aquí dentro, sé que seré incapaz de abrir la puerta.
Fuerzo una inhalación profunda, cuento mentalmente hasta tres y accedo al exterior.
El aroma marino me golpea de inmediato: una combinación intensa de salitre, algas y puro verano.
La brisa costera me descoloca el pelo y me acaricia el rostro con una suavidad que casi interpreta un amago de tregua.
Al descender del vehículo, experimento el tacto de la arena bajo las zapatillas; se siente cálida, blanda y acogedora.
Es un contraste desconcertante respecto a la hostilidad con la que mi mente lleva recreando este escenario durante semanas.