Rompiendo las olas Capítulo 40 #3
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Capítulo 40 #3

Sigue con los ojos cerrados, pero le oigo jadear.

Apenas le ejerzo un par de presiones suaves y ya tiembla; toda su fisonomía se tensa bajo mi tacto y yo esbozo una sonrisa de absoluta satisfacción.

Lo cierto es que Josh está resistiendo con todas sus fuerzas, y yo —que acabo de exigirle un autocontrol absoluto— empiezo a asumir que el mío se desvanece con cada segundo que transcurre.

No lanzarme directamente a su cuello empieza a rozar el milagro.

—¿No tengo permiso para tocarte? —gruñe en un susurro áspero.

«Sí, por favor», me suplica el cuerpo, pero me mantengo firme en mi papel.

—No. Lo estás haciendo de maravilla. Eres muy valiente, Josh.

Mi mano continúa la tortura, acariciándolo con una lentitud exquisita, subiendo y bajando por su sexo endurecido, que late con fuerza bajo la presión de mis dedos.

Cada roce es un pulso directo a su vientre, un latigazo sordo que le recorre la columna y que puedo adivinar por la forma en que su cuerpo se contrae en pequeños espasmos involuntarios.

Traga saliva una y otra vez, hasta el punto de que se me seca la garganta solo de escuchar la contención de su respiración.

Me detengo a estudiar minuciosamente cada una de sus reacciones; me fascina este juego.

Me cautiva cómo su cuerpo, rígido y entregado al mismo tiempo, habla por él: se arquea, se rinde y me suplica sin necesidad de verbalizar una sola palabra.

El placer que le estoy dosificando invade sus facciones, sus gestos, el ritmo de su pecho. Y yo no tengo la menor prisa.

—Dios, Alicia… —musita, ahogando un gemido que le vibra con fuerza en el esternón—. Vas a acabar conmigo.

Lo dice sin energía, como si cada letra le costara un esfuerzo titánico para mantenerse cuerdo.

Me inclino levemente, dejando que mis labios rocen la curva de su oído mientras acelero el ritmo de mis dedos de forma casi imperceptible, sin perder la suavidad.

Deslizo la mano por el interior de su ropa, alternando la presión de la palma y la sutileza de las yemas como si leyera cada milímetro de su anatomía, como si llevara toda la vida descifrando su lenguaje secreto.

—Aguanta un poco más —le susurro, implacable—. Me gusta tenerte así…. quieto… desesperado por mí.

Su espalda se curva y sus caderas se elevan de forma involuntaria en busca de fricción, buscando el contacto que le niego.

La necesidad lo devora por completo. Abre los ojos por fin, y lo que encuentro en sus pupilas me prende fuego por dentro.

Me desea con un hambre tan animal, tan primaria, que me cuesta un mundo no quebrar mis propias reglas.

Continúo, profundizando el movimiento, provocando que su mandíbula se tense y las venas de su cuello sobresalgan por la exigencia del deseo contenido.

Y justo cuando lo tengo al borde del abismo, cuando soy consciente de que una sola caricia más bastaría para llevarlo al límite, detengo la mano por completo.

Me inclino sobre su abdomen, sintiendo la piel ardiente por el calor acumulado, y dejo que mi lengua trace una línea húmeda y pausada hasta la base de su vientre.

Siento cómo sus músculos se contraen al instante y un gemido roto se le escapa entre los dientes, incapaz de soportar la pausa.

Lo observo desde arriba. Es un nudo de necesidad absoluta.

—¿Eres consciente de lo que te estoy haciendo? —le susurro, mientras mi pulgar roza la punta con una caricia mínima, haciéndolo estremecer entero.

Él niega apenas con la cabeza, incapaz de articular palabra, con los labios entreabiertos y la mirada fija en la mía.

—Esto que experimentas ahora mismo… —mis dedos presionan con firmeza justo donde sé que su resistencia flaquea—, esta tortura dulce que te consume por dentro es exactamente lo que yo siento cada vez que te alejas de mí.

Cuando decides protegerme de tus propios fantasmas.

Cuando te dejas invadir por las inseguridades y dudas de lo que hago, como si la distancia pudiera variar algo que ya es inevitable entre los dos .

Mis palabras le llegan como un susurro en mitad del atardecer. Josh cierra los ojos, abrumado por una intensidad que dobla sus defensas.

—No puedes escapar de lo que sientes, Josh. De la misma manera en que yo soy incapaz de dejar de buscarte, aunque a veces asuste.

Lo acaricio con una devoción casi mística, contemplando cómo arde por dentro, intentando asimilar el impacto de mis verdades, luchando por mantener la cordura y fallando en el intento.

—Te quiero —confieso, dejando que mi aliento roce su piel—. Y no hay absolutamente nada que vaya a cambiar este deseo. Ni tus miedos, ni nuestros silencios, ni ninguna de nuestras barreras.

Josh me atrapa la muñeca con una fuerza colosal, no para apartarme, sino como el náufrago que encuentra un punto firme al que aferrarse. Su mirada se clava en la mía, encendida por una desesperación y una verdad que me nublan el juicio.

—Bésame ya —gruñe con la voz completamente rota por la urgencia—, o te juro que voy a devorarte aquí mismo.

No queda espacio para más resistencia.

Nos encontramos con una necesidad acuciante, hambrientos el uno del otro.

Su boca busca la mía en un beso que lo condensa todo: la incertidumbre de los días pasados, la ternura que nos une, el deseo contenido y un amor crudo, sin filtros.

Me tumba sobre el colchón con un movimiento firme, sin perder el contacto de nuestros labios, despojándonos de la ropa y tocándome como si le fuera la vida en la certeza de mi piel.

Hacemos el amor con una entrega absoluta.

Con las manos recorriendo relieve tras relieve, con el pecho encajado contra el suyo, sintonizando el latido de nuestros corazones, intercambiando miradas que lo confiesan todo sin necesidad de recurrir a la voz.

No existe la distancia. No quedan frenos.

Solo somos dos cuerpos envueltos en suspiros, compartiendo un temblor indomable que nace del alma y la certeza absoluta de que nos pertenecemos.

Aunque a veces duela. Aunque asuste. Aunque todavía no sepamos cómo vamos a gestionar el día siguiente.