Capítulo 40 #2
—Y no tienes ninguna obligación de hacerlo, Ali —me tranquiliza, dándome una palmada afectuosa en la mano—.
Esto no es una meta de superación personal ni una categoría afectiva superior, es simplemente un camino alternativo.
Hay quienes descubren su plenitud al lado de una sola persona, otros la experimentan a través de etapas sucesivas y algunos la hallan en varios corazones simultáneos.
Lo verdaderamente valioso no es la cantidad, sino la autenticidad del vínculo.
Asiento despacio. Por primera vez en mucho tiempo, descubro que me siento cómoda habitando la incertidumbre, asimilando que madurar también consiste en aprender a sostener las preguntas correctas.
La perspectiva de Margo me acompaña durante toda la tarde.
Cuando Josh llega a la casa tras compartir el almuerzo con el resto de la familia, decido aplicar el núcleo de su consejo: disfrutar de las experiencias legítimas sin la necesidad obsesiva de compensar mis inseguridades.
Josh me acompañará el domingo oficial y recibirá su sorpresa en la arena; mientras tanto, yo tendré la oportunidad de adentrarme en el agua sin presiones, enfocada exclusivamente en el manejo de la tabla.
Con mi padre, por su parte, compartiré ese ensayo general desde la valentía pura.
Después de la audacia que ha demostrado al decidir marchar a España a buscar a mi madre, siento que le debo un instante de absoluta complicidad antes de su partida.
—Estás muy silenciosa esta tarde, Ali. ¿Ocurre algo?
Josh me rodea con los brazos por la espalda, atrayéndome hacia su pecho hasta que terminamos por dejarnos caer juntos sobre el colchón de su habitación.
—No, nada malo… Solo estoy dándole vueltas a mil asuntos.
—¿Y tengo la suerte de figurar en alguna de esas reflexiones? —pregunta con un brillo de complicidad.
Consigue arrancarme una sonrisa de inmediato.
—Tú ocupas mis pensamientos de forma prácticamente ininterrumpida, sabelotodo.
—No sé yo si creerme esa declaración. Te falta un punto de convicción al mentir.
Lo dice en un tono festivo, de pura burla, pero la sutil carga del secreto que guardo con respecto a la inmersión previa me provoca una inevitable punzada de culpa. Definitivamente, asimilar la filosofía de Margo me va a exigir bastante más entrenamiento.
—Ocultar un proyecto o un detalle íntimo no equivale necesariamente a mentir —replico, midiendo mis palabras en voz alta.
Josh ladea la cabeza, estudiándome con fijeza.
—Discrepo profundamente de esa teoría.
Noto que el pulso se me altera de manera absurda. No hay engaño real en mis intenciones, se trata simplemente de un plan en ciernes, pero me abruma la posibilidad de restarle un ápice de ilusión al momento que él ha planificado con tanto esmero para ser el primero en guiarme en el océano.
—Pues tendremos que acostumbrarnos a discrepar en algunas cosas, Josh. Tampoco es el fin del mundo.
De pronto, su mirada pierde parte de su habitual ligereza y se vuelve pesada, analítica. Trago saliva, detectando el cambio de corriente en la habitación.
—¿No estás de acuerdo con eso? —inquiero con cierta timidez.
—No demasiado, la verdad —admite. Es una sentencia que denota una contención evidente.
—¿Me estás ocultando algo tú a mí ahora mismo? —intento aligerar el ambiente con una sonrisa forzada, buscando que parezca una broma.
—Yo nunca te ocultaría nada, Alicia. Y confío plenamente en que tú actúes de la misma manera conmigo. Siempre.
—Josh… —me incorporo levemente y le enmarco el rostro con ambas manos, obligándolo a sostener el contacto visual—. Jamás te traicionaría con una mentira. Lo sabes, ¿verdad?
Su respiración se vuelve un punto más entrecortada bajo mis palmas.
—Por lo que voy descubriendo de tu carácter, quiero tener la certeza de que es así. Aunque… no te voy a engañar: me asusta la perspectiva de que ahora, con el inicio de tus clases y el posgrado, el cambio de rutina termine por distanciarnos.
—No va a cambiar absolutamente nada entre nosotros —le interrumpo, sellando mis palabras con un beso firme en los labios al que él se entrega sin oponer resistencia—.
No permitas que esos fantasmas te confundan.
Me da exactamente igual el volumen de apuntes o las personas que me rodeen en la universidad. Mi prioridad eres tú.
Soy dolorosamente consciente de que las inseguridades ligadas a su pasado sentimental y al altercado con Engel siguen latiendo bajo la superficie, listos para emerger en cuanto percibe el menor atisbo de distancia.
—Escúchame bien —le pido, sintiendo una opresión real en el pecho ante la idea de que dude de mi lealtad—. Te quiero. Esto va completamente en serio, Josh. He decidido quedarme en Malibú por ti y no hay nada ni nadie capaz de desestabilizar lo que tenemos.
—Nadie puede predecir el futuro con tanta exactitud, Ali… Las personas evolucionan, las circunstancias varían.
—¿Y tú vas a cambiar lo que sientes por mí ?
—No. Jamás —responde de inmediato.
—¿Y cómo puedes asegurar algo así con tanta rotundidad?
—Porque tengo una certeza absoluta de lo que significas para mí. En mi vida no queda espacio para nada más.
Siento que el corazón se me encoge ante la magnitud de su declaración, invadida por una gratitud inmensa. Josh es de ese tipo de hombres que el destino solo te cruza una vez en la existencia.
—¿Y qué se supone que debo hacer yo para infundirte esa misma seguridad? —inquiero en un susurro.
—Nada, olvídate de esto. Son tonterías mías, debilidades que me asaltan a veces.
—¿Y cuánto tiempo llevas arrastrando esas debilidades en silencio, sin compartirlas conmigo?
—le reprocho con suavidad, notando cómo traga saliva con dificultad—.
Josh… no necesitas camuflar lo que experimentas.
El hecho de reservarte tus miedos o el modo en que te afectan las cosas también es una forma de exclusión. Necesito que te abras conmigo.
—No me hagas caso, de verdad. Son mis propios laberintos.
—Por eso mismo. Quiero conocer tus laberintos, por muy intrincados que sean. Quiero tener el derecho de caminarlos contigo y descifrarlos a tu lado.
Me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos y me pierdo irremediablemente en la inmensidad de sus ojos color océano aguamarina.
—A veces… —murmura con mucha devoción—, todavía me cuesta asimilar la suerte de tenerte aquí, conmigo.
—Vaya, vaya… Señor terapeuta, ¿no fue usted el que me impartió cátedra sobre cómo exteriorizar los traumas, las fobias y los temores? ¿En qué lugar deja este silencio su reputación profesional? —arrugo los labios en un gesto burlón, buscando devolverle la sonrisa.
Él suelta una carcajada limpia, disipando la bruma de la tensión.
—Me deja en una posición bastante ridícula, lo reconozco. Siempre resulta infinitamente más sencillo dictar los consejos desde la barrera.
—Ah, estupendo. Podrías haber mostrado esa honestidad antes y me habrías ahorrado el pánico absoluto de meterme en aquella piscina profunda.
Su sonrisa se ensancha, adquiriendo ese matiz relajado y magnético que tanto me fascina de sus facciones .
—Habría recurrido a cualquier pretexto con tal de asegurarme de que entrabas en esa agua conmigo, Ali.
Abro la boca en un amago de fingida indignación.
—Y no me vengas ahora con que no disfrutaste teniéndome tan cerca, enredada a mi cuerpo —añade con un deje de sutil ironía en la voz—.
Porque, si la memoria no me falla, la persona que estuvo a punto de estrangularme por la fuerza de su abrazo fuiste tú.
Mostré un autocontrol digno de elogio dadas las circunstancias, tienes que reconocérmelo.
Tenía tu cuerpo pegado al mío y logré mantener la compostura profesional… eso merece una condecoración.
—Desde luego. Si por mí fuera, te otorgaba ahora mismo la medalla al mayor estratega del año.
—¿Estratega? ¿Por qué motivo? —se ríe, divertido.
—Por lo que me estás confesando. Parece ser que no te supuso un sacrificio tan titánico mantener las distancias formales aquella tarde, ¿verdad?
—Un esfuerzo sobrehumano, te lo aseguro —se burla, acortando el espacio entre nuestros rostros.
—¿Ah, sí? Pues vamos a comprobar cuánto eres capaz de resistir en el siguiente examen.
Josh levanta una ceja, intrigado por el repentino cambio en mi tono. Deslizo la mano con deliberada lentitud por su costado hasta posarla sobre su entrepierna, ejerciendo una presión mínima. Noto cómo da un leve respingo involuntario bajo mi tacto.
—¿Qué estás tramitando, Alicia?
—Un juego de evaluación —le susurro, aproximando mis labios a su oído—. Vamos a verificar el alcance real de tu impecable profesionalidad.
—¿Se trata de un caso práctico de anatomía? —esboza una sonrisa de medio lado, aunque percibo perfectamente cómo su fisonomía empieza a alterarse, tensándose bajo mi palma.
—Denomínalo como prefieras. Vamos a poner a prueba ese legendario temple tuyo. Veamos cuánto tiempo eres capaz de sostener la fachada de hombre imperturbable.
Josh cierra los ojos con fuerza, mordiéndose el labio inferior en un claro amago por contener el suspiro. Yo continúo acariciándolo con movimientos pausados, circulares, siguiendo el relieve del tejido de su pantalón de chándal .
—¿Hay algún reglamento que deba conocer antes de empezar? —pregunta con la voz ligeramente más ronca.
—Sí, una norma fundamental —determino, fijando mis ojos en los suyos—. Tienes prohibido tocarme… hasta que yo te dé la autorización expresa para hacerlo.
La perspectiva de este juego improvisado empieza a resultarme sumamente adictiva.
—De acuerdo —acepta él, forzando una respiración profunda—. Me concentro.
—Eso… aplícate a fondo, Josh. Te va a hacer una falta tremenda. Hoy, tu depredador soy yo.
—Dios, Alicia…