Capítulo 40
Arriesgarse
Entro en casa de Josh con el ánimo un tanto decaído.
Mi padre acaba de comunicarme que su vuelo a España coincide exactamente con el día de mi debut en el agua y me habría encantado que estuviera presente en la arena.
Sin embargo, priorizo con creces que vaya al reencuentro con mi madre; por eso he sido incapaz de pedirle que aplace el viaje por un hito que, con un poco de suerte, podrá presenciar más adelante.
—¿Qué le ocurre hoy a nuestra Alicia?
La voz de Margo me recibe con una calidez instantánea. A esta mujer es imposible ocultarle nada; tiene un instinto finísimo para captar los cambios de humor.
—Nada grave, de verdad —le aseguro mientras la saludo con dos besos y un abrazo apretado.
—Josh ha salido a resolver unos recados de última hora, pero me ha dicho que no tardará en volver.
—Sí, me ha avisado al móvil. No tengo prisa, puedo esperarle. ¿Quieres que te eche una mano con la comida?
—Te lo agradecería, ven. Estoy preparando unos pasteles de carne para el almuerzo, a los pequeños les fascinan.
La sigo hasta la cocina y me pongo a su disposición de inmediato. Compartimos una charla ligera y amena sobre recetas y confidencias cotidianas mientras avanzo con la tarea.
—Josh me ha comentado que ya tienes fecha para tu bautismo con las olas —comenta Margo con entusiasmo—. Me alegra enormemente que hayas dado ese paso, Alicia. Espero que disfrutes de la experiencia.
—Muchas gracias —sonrío, concentrada en preparar los ingredientes de la ensalada.
—Tu padre estará entusiasmado, ¿no? Creo recordar que me dijiste que él también había sido surfista en su juventud.
—Sí, compitió durante bastantes años.
Bajo la mirada hacia la tabla de cortar, asaltada por la melancolía de saber que no estará allí para verme.
—Te has quedado seria de repente, Ali. ¿Va todo bien?
—Sí… es solo que me habría hecho mucha ilusión que estuviera en la playa ese día.
—Comprendo que sus obligaciones en la clínica son muy exigentes, pero no puedo estar más agradecida a su entrega. Si no fuera por la pericia de tu padre, mi Josh no habría tenido la oportunidad de recuperarse como lo ha hecho.
—Lo sé, y se lo reconozco siempre. Pero esta vez no es por el hospital… Viaja a España para intentar arreglar las cosas con mi madre.
Margo conoce pinceladas de mi situación familiar. Hemos compartido largas charlas en este mismo espacio y me fascina conversar con ella; es una mujer sumamente perceptiva, generosa con sus vivencias y, por encima de todo, sabe escuchar sin emitir juicios.
—Ay, Alicia, pero eso es una noticia maravillosa. Ojalá el destino les sea propicio.
—Eso espero yo también.
—¿Y cuándo tiene programada la salida?
—Justo ese mismo domingo por la mañana. Qué mala coincidencia.
Margo guarda silencio un instante. Retira la primera bandeja del horno y la deposita sobre la encimera, inundando la estancia de un aroma reconfortante. Luego se gira hacia mí, observándome con detenimiento.
—A lo mejor existe una alternativa para que pueda estar presente.
—¿Dónde? ¿En la playa? Si su vuelo sale temprano, tiene que estar en el aeropuerto de madrugada.
—No me refiero a esa fecha concreta. Digo que, tal vez, podrías adelantar tu estreno a solas con él.
Frunzo el ceño, intentando asimilar su planteamiento.
—No acabo de comprenderte, Margo .
—Te lo sugiero como una opción viable —explica, apoyándose con suavidad en el mueble—. Ya que tu padre no podrá acompañarte el día del debut oficial, ¿por qué no te anticipas y vives esa primera experiencia exclusivamente a su lado? Un anticipo privado.
—Pero… le prometí a Josh que mi primera ola sería con él. Ha invertido semanas en enseñarme, siento que le debo ese respeto y necesito que esté allí.
—Y estará, por supuesto. Pero tu padre también domina el deporte, me comentaste que era realmente bueno en el agua. Seguro que sabrá transmitirte una seguridad inmensa. Míralo como un ensayo general para quitarte los nervios.
La propuesta empieza a cobrar sentido en mi cabeza. No es una mala idea en absoluto, aunque me asaltan las dudas. Noto que a mi padre le haría una ilusión indescriptible compartir algo así conmigo.
—Bueno… supongo que podría proponerle a Josh cambiar el día para que coincidan todos en la playa.
—No, no me refiero a eso. Te hablo de un momento íntimo entre tú y tu padre. Al igual que compartisteis la experiencia de la jaula, esto sería otro recuerdo imborrable para los dos. Con Josh vas a tener toda una vida para coleccionar vivencias, te lo aseguro.
La perspectiva empieza a resultarme verdaderamente tentadora, pero la lealtad me frena.
—Pero Josh se enterará y…
—Escúchame con atención, Ali —me interrumpe con una dulzura firme—. No soy quién para darte lecciones de vida, pero no tienes por qué justificar cada detalle antes de que ocurra si consideras que va a enturbiar el ambiente. Hay asuntos que no necesitan consenso previo.
—No me agrada la idea de guardar secretos con él. Detesto la posibilidad de ocultarle cosas.
—No se trata de engañar a nadie, Alicia. Se trata de otorgar a cada vínculo su espacio legítimo y su momento oportuno —me aclara con paciencia.
Intento seguir el hilo de su lógica, analizando sus palabras.
—Sigo sin ver del todo a dónde quieres llegar, Margo.
—Una de las lecciones más valiosas que he aprendido al sacar adelante a esta familia es que las personas tendemos a complejizar los escenarios de forma innecesaria.
A veces, las decisiones se comprenden muchísimo mejor una vez que se han llevado a cabo.
No estás cometiendo ninguna falta, simplemente vas a regalarle un instante de complicidad a tu padre.
Con el tiempo aprenderás la importancia de separar las aguas.
Yo he tenido dos matrimonios y, si algo tengo claro, es que para que las dinámicas funcionen cuando hay tanta gente querida involucrada —parejas, hijos, padres, amigos—, es indispensable saber trazar líneas divisorias en el instante adecuado.
Asiento en silencio, absorbiendo su tono reflexivo, esa madurez de madre que ha navegado por mil tormentas sin perder el norte.
—No es una competición para medir quién posee más derechos o a quién se le debe una compensación —añade—.
Consiste en mantenernos atentas a la honestidad de lo que sentimos.
Una cosa son nuestras necesidades individuales y otra muy distinta el bienestar de nuestro entorno.
El secreto está en no anular ninguna de las dos.
La convivencia es equilibrio y simbiosis.
Y si las personas que te aprecian no son capaces de comprender que a veces debes diversificar tus espacios para encontrarte bien contigo misma…
entonces es que no están valorando el peso de lo que aportas.
Siempre que actúes desde el deseo legítimo de sumar y no de restar, el resultado será el correcto.
Parpadeo despacio, asimilando la profundidad del consejo. La bruma de mis dudas empieza a despejarse.
—Margo… ¿puedo hacerte una pregunta un tanto personal?
—Por supuesto, cariño. Sabes perfectamente que conmigo puedes hablar de cualquier tema sin reservas.
—Tú… ¿alguna vez dudaste entre tus dos maridos? Quiero decir, ¿sentiste miedo de querer a uno más que al otro? Acabas de mencionar lo de separar las aguas. ¿Siempre ha sido una dinámica de poliamor?
Margo se queda pensativa, como si saboreara el peso de la palabra antes de formular su respuesta. Luego, me dedica una sonrisa serena; un gesto con el que logra simplificar cualquier duda.
—Mira, Alicia, la mayoría de las personas asocian el poliamor con el simple hecho de acumular vínculos o querer a varios rostros a la vez.
Pero la esencia no radica ahí. No se trata de una distribución numérica del afecto.
Consiste en poseer una certeza tan honesta y plena sobre tu propia identidad que ese amor termina por expandirse hacia más de una persona, sin restar un solo ápice de lealtad a nadie.
—¿Aceptarte por completo… para poder entregarte a más de una dirección?
—Exacto. Cuando te habitas con honestidad, dejas de experimentar el pánico a que el afecto se agote, porque no amas desde la carencia o la necesidad de que te completen, sino desde la abundancia.
Si el destino sitúa en tu camino a alguien que te hace vibrar en otra sintonía, no te ves obligada a renunciar a tu esencia ni a lo que ya has construido.
Solo se requiere una transparencia absoluta. Con los demás… y contigo misma.
—¿Y no hiere? ¿No fragmenta por dentro?
—Lo que verdaderamente fractura a una persona es sostener una mentira —sentencia Margo con suavidad—.
Fingir que el ser humano solo es capaz de procesar el afecto en una única dirección, cuando nuestra naturaleza es infinitamente más compleja.
A veces se ama con la piel a un hombre y con el intelecto a otro.
A veces responde a una etapa vital; otras, se extiende para siempre.
Lo crucial no es a cuántas personas dejas entrar en tu vida, sino la limpieza con la que las sostienes.
Me quedo en silencio durante unos segundos, permitiendo que la hondura de sus palabras se asiente en mi mente.
—¿Y el entorno? ¿No sufriste el juicio de los demás?
—Por supuesto que me juzgaron, Alicia. Pero las opiniones ajenas pierden su capacidad de herir en cuanto tú dejas de castigarte.
Yo nunca busqué parejas para rellenar vacíos emocionales.
Amé porque me desbordaba la vida. Poseía tanto afecto que era incapaz de encajonarlo en un único molde.
Y quienes me quisieron de verdad, aprendieron a descifrarme sin intentar recortar mis libertades.
—No tengo la certeza de si sería capaz de gestionar algo así… o siquiera de si podría hacerlo.