Capítulo 39
Tratos
Habían pasado dos semanas desde aquella conversación tan sincera con Rose. Dos semanas en las que, además, la vida parecía haberse empeñado en traer un respiro.
Por fin había reunido el valor necesario para hablar con mi madre y comunicarle mi decisión de regresar a las aulas; en finales de agosto iniciaría el programa de especialización en fisioterapia y rehabilitación animal.
Debía admitir que mi padre había desembolsado una cantidad considerable para formalizar la matrícula y asegurar mi plaza, un respaldo que siempre le agradecería.
Llegué a California con el pánico constante de estar arrojando por la borda toda la inversión académica que mis padres habían hecho en mi carrera y, al final, resultaba que les iba a salir todavía más cara.
Mi intención ahora era encontrar un empleo a tiempo parcial relacionado con el sector veterinario que pudiera compaginar con el calendario académico, aunque mi padre insistía en que debía centrarme exclusivamente en los estudios, advirtiéndome de la exigencia del temario.
De momento, no tenía la menor idea de cuántas horas de dedicación me requeriría el posgrado; ya me encargaría de organizar los horarios en cuanto arrancara el semestre.
El simple hecho de saber que me quedaría una larga temporada en Malibú, invirtiendo el tiempo en mi profesión y enfocada en un proyecto que de verdad me devolvía la motivación, había transformado por completo mi estado de ánimo.
Ese bienestar se había traducido, inevitablemente, en un subidón de seguridad.
Había empezado a tomarme las sesiones de surf con Josh con una disciplina rigurosa y, tras las turbulencias de los últimos días, ya era capaz de mantener el equilibrio sobre la tabla con relativa soltura.
Él mismo me había propuesto fijar una fecha en el calendario para mi bautismo oficial en el mar; una especie de debut formal como surfista.
No me consideraba tal cosa ni de lejos y, aunque la inmensidad del agua me seguía imponiendo un respeto inmenso, acepté el reto.
Le sugerí que lo hiciéramos el primer domingo de julio.
Blair se marcharía con Bethany a mediados de mes, así que esa fecha garantizaba que todavía estaría allí para verme caer de bruces contra las olas.
Josh, además, me había prometido que tendría lista mi propia tabla personalizada para el gran día, como regalo.
Todo parecía encajar en un orden perfecto.
Había sopesado la idea de invitar a Engel, pero la relación entre nosotros se había enfriado hasta volverse prácticamente inexistente.
No hablábamos desde la tarde del chiringuito; él no había dado señales de vida y yo me negaba a buscarlo.
Pese a la distancia, me resultaba imposible desterrar de la mente las palabras de su madre, así como la dolorosa certeza de que, tal vez, yo solo había sido un desafío más en su historial.
Un reto que lo ayudara a evadirse o a aproximarse a esas metas de las que hablaba su familia.
Metas que, al fin y al cabo, solo él había elegido.
El sonido de unos golpes suaves en la madera de la puerta interrumpió mis pensamientos.
Me incorporé sobre el colchón, comprobando en el reloj que todavía era temprano.
—Adelante.
Mi padre asomó la cabeza con cautela antes de pedir permiso para entrar. Al ver mi asentimiento, cruzó el umbral y se acomodó en el borde de la cama.
—Buenos días —me saludó con tono pausado.
—Buenos días, papá. ¿No te ibas al hospital?
—No, hoy tengo un par de gestiones pendientes durante la mañana. He pedido que me cubran el turno temprano.
—Vaya… A este ritmo te veo tramitando la jubilación anticipada. Has faltado más a tu puesto en estas semanas que en toda tu trayectoria laboral —le pinché con cariño, dejando caer una sutil indirecta.
—No he faltado a ninguna obligación, Alicia. He solicitado días de mis vacaciones devengadas, que es un concepto muy distinto.
—En tu vocabulario personal viene a ser prácticamente lo mismo. Me imagino que estarás haciendo examen de conciencia por cada hora de ausencia en la consulta —esbocé una sonrisa de medio lado.
Él sacudió la cabeza, divertido por mi réplica.
—Si hubiera sido consciente de lo provechosas que resultarían estas jornadas, habría solicitado esos días libres mucho antes.
Estuve a punto de recordarle la cantidad de vivencias que se había perdido a lo largo de los años precisamente por no haber establecido prioridades.
Especialmente en lo que respecta a nosotros.
Sin embargo, me sentía mucho más serena y comprendía que el humor ácido no iba a aportar nada constructivo entre los dos.
Estaba realizando un esfuerzo genuino por enmendar el pasado y yo no quería seguir alimentando viejos rencores.
No después de haber comprendido las complejidades que arrastran las familias.
—Al final has conseguido que me quede en tu terreno… Pero no cantes victoria, que todavía estoy a tiempo de solicitar un traslado internacional a España en el segundo trimestre.
Mi padre entornó los ojos, fingiendo una expresión de rigurosa severidad.
—Déjame, al menos, disfrutar de tu compañía una temporada antes de que decidas cruzarte el océano de nuevo.
Amplío la sonrisa. Eso también.
—De acuerdo. Pero no te pongas demasiado sentimental, o terminaré mudándome al campus universitario antes de tiempo.
—Ni hablar. Esta es tu casa, ahora y siempre —responde él, suavizando el gesto—. Aunque, hablando de eso… Es probable que tengas que apañártelas sola por aquí durante una temporada.
—¿Cómo?
Lo sabía. Demasiado idílico para ser verdad.
Iba a marcharse de nuevo. Otro congreso médico, otra estancia clínica o una nueva gira de compromisos institucionales que lo mantendría alejado.
Soy consciente de que es su profesión, pero sigo sin comulgar con ese estilo de vida.
El dinero jamás ha sido mi prioridad; prefiero una rutina modesta pero cálida a una mansión envuelta en silencios.
Y tenía la clara sospecha de que, en los próximos meses, me tocaría lidiar con eso.
—Me voy de viaje, Alicia. Y no sé exactamente cuánto tiempo estaré fuera.
Su tono lo confirma: es un proyecto crucial y de larga duración. Asiento, intentando sostener una sonrisa que no termina de reflejarse en mis ojos.
—Haz lo que tengas que hacer, papá. Vete tranquilo, ya no soy una niña desvalida. Además, tengo a Josh conmigo; no estoy sola en Malibú.
—Puede quedarse e instalarse aquí contigo si lo preferís.
La propuesta me pilla totalmente desprevenida. Se está volviendo muy moderno de repente.
—Gracias, de verdad. Pero Josh y yo estamos bien organizados así.
Lo hemos estado hablando y preferimos tomarnos el noviazgo con calma, disfrutando de cada etapa.
Yo voy a comenzar la facultad y él carga con muchísimas responsabilidades familiares.
Sus hermanos todavía son jóvenes y necesita estar presente en su día a día, así que no queremos precipitar las cosas.
Hasta que no encauce el grado, y para eso aún quedan un par de años, no vamos a adelantar acontecimientos.
—Vaya… —Mi padre esboza una sonrisa genuina—. Te has hecho mayor, Alicia. Me alegra enormemente comprobar que tienes las ideas tan claras.
—Sí, papá. He aprendido de los errores de mis mayores. Y no te preocupes, que soy una mujer responsable en todos los sentidos, anticonceptivos incluidos.
—Por favor, Alicia… —gira la cara a toda prisa, lo que me arranca una carcajada limpia—. Ahórrame los detalles de tu intimidad.
—Vamos, no seas antiguo. Eres cirujano. Si te da pudor, te puedo dar yo la charla de educación sexual a ti, que creo que necesitas más asesoramiento que yo.
—Muy ingeniosa…
Los dos nos echamos a reír, recuperando esa complicidad tan nuestra. En el pasado, ese humor sutil y la ironía compartida eran prácticamente el único puente que nos unía.
—Vete sin preocupaciones. Además, Delia y David están a un paso; estoy más que protegida por aquí —le guiño un ojo.
Él asiente, desvía la mirada hacia sus manos y adopta un semblante más reservado .
—Si lo necesitas, puedo gestionar que te envíen parte de tus pertenencias.
—No es necesario que me mandes nada, de verdad. Estoy perfectamente y tengo todo lo indispensable para el día a día. Tú limítate a regresar sano, salvo y habiendo reducido el consumo de café.
—No pienso comprometerme a eso último, me temo que en las próximas semanas voy a necesitar cafeína en vena —ladea una sonrisa—. Pero insisto, si echas en falta algo de tu habitación, dímelo y me encargo de que te llegue desde allí.
Y, de pronto, me quedo congelada al procesar sus palabras. ¿Mis pertenencias? ¿Desde allí?
— Wait … ¿Cómo que «desde allí»? —lo interrumpo, sintiendo un nudo en el estómago—. ¿A qué te refieres con que he dejado cosas allí? ¿Dónde vas exactamente?
Me mira de reojo, conteniendo la diversión.
—No me lo puedo creer —el impulso me vence—. ¿Te vas a España?
Asiente despacio, confirmando mis sospechas.
No soy capaz de contenerme. Me lanzo directamente a su cuello y lo abrazo con todas mis fuerzas. Se tambalea un poco por el impacto antes de rodearme con los brazos y devolverme el gesto con una calidez inmensa.
—Si llego a intuir que esta sería tu reacción, habría reservado el billete de avión hace meses.
Me aparto una distancia mínima, buscándole la mirada con los ojos brillantes.
—¿Va en serio, papá? ¿Vas a ir a ver a mamá?
—Si ella accede a recibirme —responde con un punto de cautela—. A ver si la estancia no resulta más hostil de lo que preveo.
—Papá… —Noto que la emoción me nubla la vista—. Gracias. De verdad.
—Teníamos un pacto de valientes, ¿no? —Su sonrisa se ensancha, mostrando esa faceta cercana que tanto me gusta.
—Sí… —Una lágrima se me escapa por la mejilla y él la retira con el pulgar.
—Pero no lances las campanas al vuelo todavía, que lo mismo me llevo una reprimenda monumental y tengo que regresar con la cabeza baja.
—O… a lo mejor despliegas todo tu encanto para volver a conquistarla —le lanzo otro guiño divertido .
—¡Alicia, por favor! —me reprende, aunque ya es tarde para frenarme.
—Ay, papá, no seas timorato. Bastante mal enfocado has tenido el plano sentimental todos estos años con las parejas tan superficiales que elegías.
—No seas injusta, eran buenas personas.
—Sí, tan idóneas que no cuajó con ninguna. En el fondo sabías que ninguna era ella —me palmeo la rodilla—. ¡Lo sabías perfectamente!
—Ya que pareces tener el diagnóstico de mi vida… ¿qué reacción crees que tendrá tu madre al verme aparecer? —pregunta, denotando un deje de vulnerabilidad en la voz que me conmueve.
—Bueno… si logras que no se ponga a llorar de inmediato, ya habrás avanzado la mitad del camino. Desde que le comuniqué que me instalaba en Malibú, no hay una sola llamada en la que no intente convencerme para regresar. Está muy afectada por la distancia y me duele verla así.
Frunzo el ceño, asumiendo la madurez de la situación.
—Espero ser capaz de solucionar este distanciamiento, Alicia. Por ti, por ella y por mí mismo.
Y en ese instante comprendo la magnitud de su decisión. Mi padre está dispuesto a dejar a un lado su zona de confort, su estatus en la clínica y su rutina con tal de cumplir la promesa que me hizo: ir a buscar al amor de su vida.
—Tengo plena confianza en tus capacidades. Espero que sepas lidiar con su carácter.
Él se ríe, relajando los hombros.
—Gracias, cariño. Depositas en mí una seguridad que yo ahora mismo no encuentro por ningún lado.
—Va a salir bien, papá. Ella te sigue queriendo.
Suelte un suspiro hondo y en la comisura de sus ojos se dibuja una expresión de absoluta nostalgia.
—Eso espero. Porque si sale mal… me verás sepultado entre historiales médicos y guardias hasta el día de mi jubilación.
Esa frase lo aclara todo de golpe. Por fin asimilo la razón por la que se refugió de forma tan obsesiva en el trabajo durante toda mi infancia; era su escudo.
Me invade una mezcla de compasión y esperanza.
Quizá este viaje sirva para sanar muchas más heridas de las que alcanzamos a vislumbrar, más allá de la reconciliación de la pareja.
—Esta vez cuentas con una aliada de primera. Y, si las cosas progresan, tienes mi aprobación absoluta para volver a pedirle matrimonio.
—Alicia, no corras tanto. Vamos paso a paso, con calma.
—¡De calma nada! Lleváis demasiados años perdiendo el tiempo. Le compras un anillo en condiciones y haces las cosas como es debido.
—¿Qué dices? Te repito que hay que ir despacio…
—¿Lo harías? —le interrumpo, directa—. ¿Te casarías con ella?
Guarda silencio durante unos segundos, midiendo su respuesta.
—Para serte sincero… me costó bastante decidirme por el diseño del anillo en la joyería. No tengo la certeza de si será de su agrado.
La sorpresa hace que me quede con la boca abierta.
—¿¿Ya lo has comprado?? —alzo la voz, entusiasmada.
—Ya veremos si llega a salir de la caja —replica él, intentando contener la sonrisa.
Vuelvo a colgarme de su cuello, riendo a carcajadas, y terminamos los dos tumbados sobre el colchón en mitad de una complicidad preciosa.
No tengo idea de cuál será el veredicto de mi madre, pero la audacia de mi padre al arriesgarse de esta manera me ha ganado para siempre.
Solo espero que ella no deje escapar la oportunidad de recuperar a un hombre que, las cosas como son, sigue teniendo una presencia imponente.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me siento profundamente orgullosa de ser su hija.