Rompiendo las olas Capítulo 38 #3
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Capítulo 38 #3

—Mi turno de repetirte lo que siempre me dices tú: no seas tan dura con él. Dale tiempo.

No quiero hacerla sentir mal con lo que digo. También yo necesito pensar que lo que acaba de contarme no es del todo cierto. La imagen que tenía de Engel lleva tiempo desdibujándose, y añadir esto a la lista solo empeora las cosas. No estoy preparada para verlo así. Duele. Y me entristece.

—Ay, Alicia. Ojalá…

Vuelve a los tomates y empieza a limpiarlos con calma, como si necesitara hacer algo con las manos para no seguir hablando.

—Es cierto que me parece precipitado eso de irse a vivir con Amanda —comento—. Sobre todo cuando acaban de volver.

—No, mi niña. Eso es lo que él dice. Pero nunca ha dejado de verla; eso lo sé.

Sé eso… y mucho más. A mí Engel no me engaña.

Nunca ha soltado del todo a esa chica. Y recuerdo bien todas las veces que me ha dicho que su sueño era vivir en una casa como esta, que haría lo que fuera po r conseguirlo.

O las veces que nos soltaba, medio en broma, que algún día se casaría con una rica para vivir como un rey.

Trago saliva.

—Muchas veces su padre lo ha reñido por decir esas tonterías —continúa Rose—. Y muchas fueron también las veces que tuve que intervenir cuando le contestaba que no pensaba acabar como él: un chófer de gente pija.

Siento que las palabras se me clavan directo en el pecho como un cuchillo, y ya me arde el alma solo de escucharla.

—Es normal… Todo esto —hago un gesto abarcando el entorno— impone mucho. Sé perfectamente lo que pensaban todos mis amigos cuando venían aquí. Incluso cuando me trataban diferente, creyendo que yo era el dinero de mi padre. Qué ilusos.

—Sí, pero tú siempre has sido solamente tú.

Andas con la cabeza bien alta y eso es algo de lo que puedes estar muy orgullosa.

Mírate —me dedica una sonrisa cariñosa que me atrapa el corazón—.

Eres inteligente. Te sacaste una carrera que, lo sé bien, no te lo ha puesto fácil, y sé que en parte lo hiciste por complacer a tu padre.

Te conozco desde que naciste, Alicia. Igual que conozco a mi hijo, te quiero como si fueras una más.

Se me empañan los ojos.

—A pesar de todo este lujo que te rodea, nunca has sido una niña malcriada.

Rebelde, sí. Impulsiva, también. Con mucho carácter.

Pero en eso sales a tu madre, y me alegre de que así sea, porque es una mujer fuerte, luchadora.

No lo pensó dos veces cuando decidió sacarte de aquí.

Quiso lo mejor para ella y para ti, aunque eso significara vivir una vida más humilde, pero digna.

La admiro muchísimo. Y aunque sé que todo aquello cambió tu vida por completo, créeme cuando te digo que, si se hubiese quedado, se habría amargado.

No quiero hablar de más, ni meterme donde no me llaman, pero he vivido con vosotros los años suficientes para poder decírtelo.

Tu padre la quería con locura, sí, pero su familia…

Su familia solo la habría convertido en un ama de casa desesperada. Una mujer triste.

—No creas que al otro lado del charco encontró príncipes ni la felicidad absoluta —admito—. A veces la veo muy amargada.

Y es verdad. Mis abuelos son insufribles; por eso no he ido a verlos.

Tampoco ellos han venido a verme. Son de esa clase alta que mira a los demás por encima del hombro, creyendo que el mundo les debe vasallaje.

Lo siento por mi padre. Y sí, son mis abuelos, pero no les tengo ningún aprecio.

Lo único que han hecho durante años ha sido traerme regalos caros.

Cariño, calidez, cercanía… eso nunca lo recibí de sus manos.

Esta mujer que tengo delante es más familia para mí que todos ellos juntos.

—Ojalá tu madre encuentre la felicidad. Se la merece. Igual que tu padre. Son dos almas perdidas…

Sonrío.

—Bueno… Si quieres saberlo —digo en voz baja, mirando de reojo por si alguien nos escucha—, creo que eso podría estar a punto de cambiar.

Rose alza las cejas y abre los ojos con sorpresa.

—¿Ah, sí?

—Sé que todavía se quieren. Lo sé. Y puede que mi padre esté empezando a entender que tiene que tomar cartas en el asunto.

—¿Qué dices? —se le ensancha la sonrisa.

Y solo por verla así, de nuevo animada, decido contárselo todo. Necesito arrancarla de esa tristeza con una historia que quizá sí tenga un giro inesperado. Uno distinto al que nos está dando su hijo. A todos, en realidad.

—¿Te he contado que me fui a nadar con tiburones?

Sus ojos se abren aún más.

—¿Cómo? ¿Qué me estás contando, niña?

—Pues… prepárate, porque te lo voy a contar todo. Telita…

Y así, durante más de una hora, le relato la experiencia completa: lo que ocurre con mi padre, las conversaciones con mi madre y todo lo que he tramado para que vuelvan a verse.

Rose escucha eufórica, como si le narrara una telenovela.

Y, poco a poco, la mañana se vuelve más llevadera, llena de confidencias, de historias de amor que bien podrían salir de una novela dramática y de nuevas esperanzas en el aire.

Me siento afortunada de tenerlos en mi vida. A Rose. A Denver. A Blair. Incluso a Engel. Porque, aunque haya tomado decisiones equivocadas… Todavía le guardo un rincón de cariño en el pecho.