Rompiendo las olas Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Me ha preparado el desayuno, y ahora estoy sentada en uno de los taburetes de la isla, deleitándome con todas las calorías que he quemado gracias al deporte.

Todo hay que decirlo: yo, que no hacía ejercicio, empiezo a sorprenderme y redimirme.

De hecho, ya noto algunas mejorías. Mi piel está más luminosa, me veo mejor físicamente, y mi energía y estado de ánimo han dado un cambio considerable.

Aunque no siga con el surf eternamente, sí tengo claro que quiero mantener algo de esta nueva rutina.

Me parece saludable y eficaz y estoy contenta con mi progreso.

Josh también me da algunos consejos —siempre con la mejor intención— sobre cómo alimentarme mejor para desarrollar fuerza y resistencia.

Aun así, mis curvas no parecen importarle lo más mínimo, y se lo agradezco.

Las surfea como nadie. No solo rompe todas las olas de deseo que me provoca, sino que me deja completamente anonadada con su capacidad…

y con su resistencia. Si por él fuera, estaríamos todo el día entre sábanas.

Pienso que, igual que yo, él también está aprendiendo a redimirse de su pasado y de sus inseguridades.

No hemos vuelto a tocar ciertos temas, ni ha sacado de nuevo sus dilemas mentales.

De momento, lo nuestro es una relación sana.

Y sigo sin ver banderas rojas. Aunque insista en que no es perfecto…

lo es. Al menos, para mí. Y ojalá lo siga siendo mucho tiempo. A poder ser… para siempre.

Salgo de mis pensamientos cuando me doy cuenta de que Rosemary no deja de deambular por la cocina de un lado a otro, sin mucho sentido. Abre la nevera, luego desiste, empieza una tarea y la abandona enseguida por otra. Está rara. Algo le pasa. Y, con toda la confianza del mundo, le pregunto:

—Rose, ¿estás bien? ¿Pasa algo?

Me mira como si la hubiese despertado de una pesadilla a mitad de la noche. Tarda en procesar mi pregunta, y luego responde:

—No, no. Todo bien .

Y una mierda. La conozco de toda la vida y sé que algo no cuadra. No tiene buena cara. No quiero parecer metiche, pero Rose es familia para mí, y sus inquietudes también son las mías. Siempre está sonriente, llena de energía, y hoy no parece en su mejor día.

—¿Te encuentras bien? Te noto un poco apagada… O quizá es cosa mía.

—No, qué va —responde mientras coge unos tomates de la cesta de vegetales y los deja sobre la tabla. Pero, al segundo, parece olvidar qué iba a hacer con ellos y se da la vuelta en busca de otra cosa.

—Perdona si estoy siendo entrometida —añado, sin querer insistir.

Entonces se detiene. Apoya una mano en la encimera y se lleva la otra a la frente. Empiezo a preocuparme.

—Rose… —la llamo en voz baja.

—La que lo siente soy yo, niña. Hoy no estoy en mis mejores días.

La dejo en silencio un momento. Parece perdida en sus pensamientos. Luego intento otro enfoque:

—Tengo la sensación de que algo te ronda la cabeza, ¿me equivoco?

Sus ojos reflejan un nerviosismo evidente. Expulsa el aire despacio, en un suspiro hondo que delata el peso de las palabras que, me imagino, está a punto de soltar.

—Mis hijos… Alicia. Cuando los tengas, entenderás por qué tantas veces te digo que no seas tan dura con tu padre. Una madre o un padre nunca deja de pensar en sus hijos.

¿Y qué ha pasado para que esté tan introspectiva? Es verdad que Engel y Blair siempre han dado guerra con sus tonterías y batallitas, pero Rose siempre ha sabido lidiar con sus personalidades tan peculiares.

—¿Qué pasa con ellos? ¿Te están dando el día o qué?

Me asusto al ver que se le humedecen los ojos.

—Ayer Blair me dijo que se va a vivir a Nueva York.

Ah… eso. Por un lado, me alegra que haya tenido el valor de dar el paso. Por otro, me pilla totalmente por sorpresa.

—Te entiendo. Debe de ser complicado ver cómo tu hija crece y gana alas, sobre todo estando tan unidas. No soy la mejor persona para darte consejos… Toda mi vida he vivido a medias, lejos de los míos. Si estoy con unos, no puedo estar con los otros.

Y también yo, como Rose, estoy descolocada con ciertas decisiones que tengo por delante. Así que no solo comparto su emoción; la siento en carne viva.

—Estoy feliz por ella, no vayas a pensar que no. Ya era hora de que madurara e hiciera algo por sí misma. Dejar ese curro que no la valora ni la hace avanzar para luchar por sus sueños. Pero se me encoge el corazón solo de pensarlo. Mis hijos se me están haciendo mayores.

También a mí se me encoge el corazón al oírlo.

Y, por un instante, me doy cuenta de que nunca me he parado a pensar qué siente mi padre cada vez que me ve volar de vuelta a España.

O mi madre, cuando pasan meses sin verme.

Me recorre una punzada de frustración al pensar en el egoísmo con el que siempre he vivido esta distancia, creyendo que yo era la única que sufría este alejamiento.

—Me imagino lo difícil que tiene que ser para ti procesar todo esto…

—empiezo con cautela—, pero, si te consuela de alguna manera, yo estoy muy orgullosa de ella.

Por atreverse a ir detrás de lo que quiere y por seguir su corazón.

Creo que tu hija no solo se está haciendo mayor: está aprendiendo a valorarse.

Y eso tiene que hacerte sentir muy orgullosa, Rose.

—Lo estoy. Mucho. Y feliz por ella y por Bethany. Lo que pasa es que… —Se calla de golpe—. No es ella la que me preocupa.

Trago saliva y le doy espacio para hablar. Sin embargo, no dice nada. Se queda con la mirada perdida, lo que me impulsa a intervenir:

—¿Qué es lo que te preocupa?

—Engel —responde al fin.

Inspiro hondo y suelto el aire despacio. He aquí una persona que nos preocupa a las dos. Y he aquí también un tema que no sé ni por dónde abordar. Demasiadas veces sus actitudes me han dejado igual que a Rose: perdida en mis propios silencios.

—Esta mañana me ha dicho que se va a vivir con Amanda. Y, sinceramente —me clava los ojos—, creo que está cometiendo un grave error.

Vuelvo a tragar saliva. Primero, por lo que acaba de decir. Segundo, por la tremenda sorpresa que me produce escucharlo.

—Tus hijos son adultos, Rose. Capaces de tomar sus propias decisiones. Estoy segura de que saben lo que hacen. Quizá solo estén siguiendo al corazón.

—O huyendo, en el caso de Engel.

No puedo creer que, después de haberme confesado sus sentimientos, en cuestión de semanas haya vuelto con Amanda y esté tomando decisiones que, igual que a Rose, me parecen precipitadas.

Empiezo a pensar que me ha estado mintiendo o tomándome el pelo.

Que tal vez siempre quiso a Amanda y solo estaba buscando excusas para no afrontar la realidad.

Empezando por mí. Y el solo pensarlo… me alivia y me irrita a partes iguales.

—Me gustaría pensar que sí, Alicia. Pero mi corazón de madre me dice que no —da un largo suspiro—. Ese niño no sabe lo que hace. Siempre ha sido impulsivo, inmaduro en muchas cosas. Y creo que esta decisión, además de precipitada, es interesada.

—¿Interesada?

—Hasta hace unos años trataba a esa chica con desprecio.

Siempre estaban a la gresca; he presenciado varias discusiones entre ellos.

Y no han sido pocas las veces que he tenido que reñirle por la forma en la que la trataba.

Por lo que me ha contado Blair, y estoy segura de que dice la verdad, el interés de Engel ha venido envuelto en una fantasía que no tiene mucho que ver con el amor.

Yo también he presenciado algunas de esas actitudes. Y si soy sincera, siempre he pensado que lo suyo era una relación bastante tóxica… por ambas partes. Aun así, no termino de entender qué es lo que a Rose le preocupa exactamente.

—Cuando dices fantasiosa, ¿a qué te refieres?

—El padre de Amanda falleció hace poco. A esa chica le ha caído encima un imperio de empresas que ni siquiera sabe cómo gestionar.

Y, por triste que me resulte decir esto de mi propio hijo, lo cierto es que estoy convencida de que Engel ha visto ahí una oportunidad de oro.

Siempre ha tenido sueños más grandes que su realidad.

—Bueno, ¿y qué hay de malo en tener sueños y objetivos?

—Nada, siempre que te levantes cada mañana y luches por ellos.

Conozco a mi hijo, Alicia. Me duele admitirlo, pero es un fanfarrón.

Incluso vago. A su edad sigue dando tumbos, sin trabajo, sin proyectos, sin rumbo.

Siempre ha tenido aires de grandeza. Y crecer en un ambiente como este —hace un gesto abarcando la cocina y todo lo que nos rodea— le ha hecho creer que puede conseguir lo que otros han construido con esfuerzo…

sin mover un solo dedo. Pero la vida no funciona así, hija mía. No.

Y entonces lo entiendo.

Rose cree que Engel ha vuelto con Amanda por puro interés.

No por ella, sino por lo que representa: las empresas, la herencia, ese mundo de lujos que él siempre ha deseado.

Me incomoda pensarlo. De hecho, mi primer impulso es defenderlo.

Engel siempre ha formado parte de nuestras vidas, pero jamás lo he considerado capaz de ser un cazafortunas.

Es cierto que tiene ese punto excéntrico, que le va la vida bohemia…

aunque, como bien dice Rose, quizás solo sea la típica inmadurez de quien lo ha tenido todo fácil.

Sus padres siempre han sido trabajadores humildes, nada que ver con la riqueza.

Y, aun así, nunca lo he visto capaz de aprovecharse de otra persona por dinero.

—¿Me estás diciendo que Engel está con Amanda solo por dinero?

Baja la mirada y asiente con lentitud.

—Estoy segura de que sí.

Se me desencaja el rostro. El gesto se me tuerce entre la sorpresa, la negación y una punzada de repulsa. Creía conocerlo y ahora… se me está desmontando un mito.

—Puede que de verdad la quiera, Rose. Dale al menos el beneficio de la duda.

—No he hecho otra cosa en toda mi vida. A lo mejor ese ha sido mi error: darle demasiado crédito. No pararle los pies a tiempo, ni bajarle los humos cuando más falta le hacía.