Rompiendo las olas Capítulo 38
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Capítulo 38

Surfear

Mi cabeza descansa sobre su pecho; su mano acaricia el brazo que lo rodea.

—No te has quitado la prótesis —comento.

—No tengo que hacerlo siempre, solo para cargarla. ¿Por qué? —Me levanta la barbilla con un dedo, buscando mi mirada—. ¿Te he hecho daño?

—No, qué va. Ni me he dado cuenta.

—Ah, eso es porque has estado demasiado entretenida con mi otra pierna.

—Josh… —le lanzo una almohada mientras me saca una carcajada—. Tienes un humor retorcido.

—Es lo único que tengo retorcido, tranquila.

No puedo parar de reír. Es un idiota. Y lo adoro.

—Tus celos también son bastante retorcidos, señor No Perfecto.

—Vaya, he pasado de bestial a bestia en lo que canta un gallo.

—No. Sigues siendo bestial. Pero lo de los celos…, podrías controlarlo un poco.

—Hecho. Ya está todo aclarado. Dame algo de crédito, ¿no?

—De acuerdo.

—Y tienes suerte, porque los celos es algo que nunca te haré sentir.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro?

—Porque jamás te daré motivos. Solo tengo ojos para ti.

Sonrío con el corazón encogido. Me dice cosas así y me desarma. Me besa en la mejilla y yo vuelvo a apoyar la cabeza en su pecho .

—Quiero pedirte algo —susurro.

—Si me das diez minutos, puedes pedirme lo que quieras. Soy todo tuyo.

—Que no, bobo —me río.

—¿No? Qué pena. Se me ocurren varias cosas que podrías encargarme.

—Lo sé. Y tengo intención de explorarlas todas —levanto la mirada para buscar su sonrisa traviesa—. Pero esto es otra cosa.

—¿Qué quiere mi Alicia?

—Quiero que me hagas una tabla de surf.

Arruga el ceño, curioso.

—¿Y eso?

—Es un regalo que quiero hacerme a mí misma. Pero te la voy a pagar.

—Ni hablar. Me encantará regalártela.

—No, Josh, quiero pagarla. Puedo permitírmelo, déjame hacerlo. No quiero sentirme mal por ello.

—Me alegra que puedas permitírtelo, pero los materiales no me suponen un coste enorme y la haré con todo el cariño del mundo.

—Los materiales son caros, y tu tiempo también vale.

—Cariño, no puedo comprarte una casa como esa en la que vives, pero trabajo y puedo darme el capricho de fabricarte una tabla.

Sonrío cuando menciona la casa. Que haya sacado el tema él mismo me da un poquito de esperanza.

—¿Eso significa que me comprarías una casa si pudieras?

—Te compraría el mundo entero si pudiera. Por desgracia no llego a tanto… pero algo decente se puede arreglar.

Levanto la vista para perderme en sus ojos aguamarina.

—Josh, he vivido toda mi vida en un piso de ochenta metros. Sé adaptarme y he sido muy feliz en ese pequeño espacio.

—Me alegra que hayas sido feliz. Y espero que algún día podamos serlo juntos… Donde sea.

—Ahora mismo lo soy. Contigo. Me da igual el lugar.

Se inclina para besarme. Y mientras lo hace, solo pienso que jamás me he sentido tan dichosa. Cuando se profesa el beso y se aparta, me reitera:

—De todos modos, la tabla te la regalo yo. Tema zanjado.

—Eres un cabezota.

—Lo soy.

—Vale. Ya veremos …

—¿Y por qué quieres la tabla exactamente?

—Porque quiero que me enseñes a surfear.

Abre mucho los ojos, sorprendido.

—¿Hablas en serio? ¿Tú?

—Sí. Yo. La chica que odiaba el surf. O… que lo odiaba, en pasado. Quiero intentarlo.

—Estás valiente últimamente. Ya te veo conquistando el mundo.

—Ya he conquistado lo único que quería.

Sonríe. Esto de estar enamorada es tan cursi… pero me encanta.

—¿Y estás segura de que estás lista para conquistar el océano?

—No —respondo, y él suelta una carcajada—. Había pensado si podrías enseñarme antes en la piscina. O algo así.

—Claro que sí. De hecho, en la escuela tenemos una piscina para principiantes. Nadie empieza directamente en el mar.

—Acabas de quitarme un peso de encima.

—No pensaba lanzarte a los tiburones de primeras —bromea.

—Joder, Josh… No digas eso o no empiezo nunca.

—Pensaba que ya habías superado el miedo.

—Poco a poco, todavía no. Prefiero no pensarlo.

—Era broma. Estaré contigo todo el rato.

—¿No confías en mí? ¿Crees que no soy capaz de surfear sola?

—Claro que sí. Pero antes quiero asegurarme de que lo haces bien. Es parte del proceso.

—Muy bien, profesor —le doy un beso en el pecho—. Y ahora —murmuro—… ¿Puedo hacerte otro encargo?

Lo miro con descaro, deslizando la mano hacia su entrepierna.

Ladea una sonrisa de medio lado.

—Ya estabas tardando.

◆◆ ◆

Una semana más tarde, mi vida se ha convertido en un vaivén de actividades. He pasado de no tener absolutamente nada que hacer a llenar cada jornada con mil planes organizados.

Durante la semana de vacaciones que mi padre se tomó para estar conmigo, nos dedicamos a visitar distintas instituciones educativas.

En una de esas búsquedas, encontramos un programa formativo de posgrado que se ajusta bastante bien a algunas de las ideas que me rondan la cabeza.

Al principio no sabía por dónde empezar, hasta que visito el campus de la University of California, Los Angeles (UCLA), y quedo fascinada.

Tienen varios másteres en ingeniería biomédica, y uno de ellos está centrado en neuroprótesis y rehabilitación física avanzada.

La sola idea me pone la piel de gallina.

Ver cómo la medicina moderna integra la biología y la ingeniería para crear prótesis biónicas es algo impresionante.

Me sumerjo en folletos que hablan de sensores, procesadores, aceleradores y complejos algoritmos de control; una combinación que les confiere a los implantes una especie de «inteligencia funcional» capaz de imitar a la perfección la mecánica de los músculos y los huesos.

Sé que no es una rama sencilla. Si elijo este camino, me toca volver a estudiar con seriedad, y me da una pereza inmensa solo de pensarlo ahora que ya he terminado una carrera.

Aun así, es Josh quien me impulsa. Le hablé de mi proyecto: quiero enfocar mi trayectoria hacia la rehabilitación, un poco como ha hecho mi padre toda su vida, pero aplicada a los animales.

También exploramos opciones en el California Institute of Technology (Caltech), donde hay una línea de investigación fascinante sobre interfaces bioelectrónicas y robótica para asistencia veterinaria.

Incluso vemos cursos más técnicos en el Los Angeles Pierce College, orientados al cuidado animal avanzado y tecnología clínica.

No se trata solo de empollar teoría. Yo quiero llevar ese conocimiento al terreno, cruzar la medicina con la empatía y aportar algo real.

Josh me escucha con una atención absoluta.

Veo en su rostro una expresión de orgullo sincero que, para qué negarlo, me anima todavía más.

Cada conversación con él refuerza mi idea de que por fin tengo algo por lo que luchar.

Algo que puedo construir desde cero y que, por primera vez en mucho tiempo, me hace sentir útil en este mundo donde la medicina biónica está viviendo una revolución sin precedentes.

Yo quiero estar ahí. Participar de ese cambio y marcar la diferencia, aunque signifique empezar otra vez desde el principio.

Y, claro, eso implica considerar seriamente mudarme a California por una temporada larga.

Esa parte todavía me cuesta decidirla. La excusa de continuar mis estudios encaja perfectamente con la lógica de instalarme en Malibú, pero el hecho de dejar a mi madre sola y no verla con la misma frecuencia…

me destroza el corazón. Y lo mismo me ocurre con mis amigos.

Aun así, valoro todas las posibilidades, porque el simple hecho de volver a tener ilusión por algo nuevo me está devolviendo la vida.

Lo que me está costando un poco más son las clases de surf.

No voy a mentir: solo por tener a Josh pegado a mí, tocándome todo el rato para corregirme la postura, ya merece la pena el esfuerzo.

Pero aprender a surfear no es tarea fácil.

Es una disciplina deportiva que al principio resulta muy frustrante, y más todavía si no tienes a tu lado a alguien que sepa transmitir el oficio. Por suerte, ese no es mi caso.

Mi novio —porque sí, oficialmente ya lo somos— me está ayudando en todo. Cada día me sorprende más y, a cada segundo, me enamoro un poco más de él.

Confieso que, al ser clases en piscina, me estoy adaptando bastante bien a sus enseñanzas. Aun así, todavía no me atrevo a meterme en el mar. Es demasiado pronto para ese bautismo.

Josh sigue construyendo mi tabla. No me deja verla. Dice que es una sorpresa y que me va a encantar. Aunque fuese un pedazo de corcho viejo, me haría la misma ilusión.

Con todas estas nuevas rutinas apenas tengo tiempo para ver a mis amigas.

Paso mucho tiempo en casa de Josh, y poco a poco voy conociendo mejor a sus hermanos…

y a su excéntrico pero funcional estilo de vida.

Confieso que empiezo a redimirme de mi animadversión hacia los surfistas.

Aunque quisiera, no podría seguir odiándolos: estoy hasta las trancas por uno.

Supongo que eso de «nunca digas de esta agua no beberé» me viene al pelo.

Y sí… he bebido bastante agua de piscina en mis intentos por mantenerme de pie en una tabla.

Lo importante es que me siento fenomenal.

Estoy feliz. Mi vida ha dado un giro inesperado que ni en una novela.

Y aunque sigo teniendo muchas cosas rondándome la cabeza —algunas por resolver, otras por asentar—, creo que poco a poco empiezo a adaptarme.

Y eso ya es mucho. Para la Alicia que llegó más perdida que otra cosa, ahora me reconozco más.

Me siento más yo. Más capaz. He vivido experiencias que jamás habría imaginado y he roto esquemas que ni siquiera sabía que tenía.

Esta mañana me he levantado más tarde. Es de los pocos días en los que no tengo nada marcado en la agenda, así que bajo a la cocina y me recibe Rosemary. La abrazo con cariño y le doy un beso; ella me lo devuelve con lo que mejor sabe hacer: cuidarme como nadie.