Rompiendo las olas Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—¿Poliamor? Una mierda. No creo en esa bazofia. Si pensabas que iba a ser de esos a los que les va bien una relación abierta, ya te digo que no. No soy como mis padres. Para nada.

Reprimo una sonrisa. Y, con ella, un cierto alivio.

—Eso ha quedado claro. Dicen que cuando un hombre es celoso, molesta…, cuando no lo es, irrita.

Sus ojos bailan sobre los míos.

—¿Ta ha dado por la filosofía? ¿Eso qué significa? ¿Que te molesto o que te irrito?

—Ni una cosa ni la otra. Los celos son hermanos del amor, como el diablo es hermano de los ángeles. Un paralelismo interesante, ¿no crees?

Es lo bastante inteligente como para entenderlo, por eso vuelve a apartar la mirada. Pero yo no me detengo.

—Sé que sientes algo por mí, aunque te empeñes en negarlo…

—¿Negarlo? —me corta, volviendo a mirarme.

—Sí, niégalo lo que quieras. Llevas cinco días privándome del derecho a hablar, a verme, a explicarme. El rey Salomón dijo una vez: «El amor es fuerte como la muerte; los celos son crueles como la tumba». Y, sinceramente, estás siendo cruel conmigo.

—¿¿Yo??

—Sí.

—Tienes moral, Alicia. Y agallas. Porque venir aquí solo para reiterar lo que ya sé… eso tiene tela.

—Te he dicho que te quiero. Pero esa parte no la has querido oír. Estás tan centrado en tus inseguridades que ni siquiera intentas mirarme ni entenderme.

—¿Y si no quiero entender? ¿Has pensado que quizá no me apetece meterme toda esa mierda en la cabeza? —Hace una mueca de disgusto. Y me duele.

—No te he dado razones para que tengas «mierda» en la cabeza.

—Ya sabré yo mis razones.

—Exacto. Tus razones. No me incluyes en ellas, aunque me gustaría que lo hicieras —le pongo la mano sobre la suya y aprieto con suavidad. No se aparta—. Me gustaría formar parte de esto que estábamos empezando a construir. Me parte en dos ver cómo te lo estás cargando.

Traga saliva.

—¿Y encima me echas la culpa a mí? ¿En serio, Alicia? —Chasquea la lengua.

Aprieto un poco más su mano. Estoy aquí. No me he ido.

—Lo de Engel… —Empiezo a explicarme, pero no me deja.

—No quiero saberlo.

—Ya. Tú nunca quieres saber nada —subo un poco la voz, sin alterarme—. Y lo respeto. Pero ahora respétame tú a mí. Porque merezco explicarme.

Se calla. Me da ese margen.

—Como te decía… y por favor, no me interrumpas —hace una mueca, pero obedece—.

Engel está desorientado. Mi relación con él pende de un hilo, si es que queda algo.

Tal vez ya ni exista. Y si él no puede aceptar que me gusta otra persona, es su problema.

No voy a cargar con lo suyo, Josh. —Desvío la mirada hacia el paisaje.

Aún mi orgullo se resiste a ponerlo en voz alta—.

Y respecto a tu hermano… sé lo que me contaste.

Y, en ningún momento, ha sido irrespetuoso conmigo.

Ni ha insinuado nada que me hiciera sentir incómoda.

Al contrario. Me ha demostrado que es alguien digno de mi respeto.

Tus movidas con él son tuyas. No las proyectes en mí.

Él sigue sin decir nada, muy callado. Sus pupilas se quedan clavadas en un punto muerto del horizonte. No sé si está enfadado, dolido o agotado.

—¿Vas a decir algo? —pregunto, más bajito.

Traga saliva. Se frota las manos contra los vaqueros y luego se lleva una al cuello, como si intentara deshacer un nudo invisible.

—No quiero ser un capullo, Alicia, pero me sale solo —dice al fin, con la voz ronca.

Sus palabras me pillan desprevenida. Parpadeo .

—¿Eso es todo lo que puedes decir?

—No —levanta la mirada hacia mí—. Solo que no me esperaba que vinieras. Que tuvieras el valor de entrar aquí como si nada y… joder. Verte con Luc me ha hecho polvo.

—No estaba con Luc. Me trajo porque le pedí que lo hiciera. Yo quería venir.

—¿A qué? ¿A qué has venido exactamente?

—A luchar por ti.

Se ríe, incrédulo, pero esa risa muere pronto.

—Menudas armas llevas.

—¿Y tú? ¿Qué has hecho en estos cinco días?

—pregunto sin filtros—. Porque yo los he pasado con miedo, con rabia, con tristeza.

Y al final, con una puta botella de oxígeno en la espalda, metida dentro de una jaula, mirándole los dientes a un tiburón que no sabía si me iba a morder o no. ¿Y sabes qué es lo peor?

Veo como sus ojos se abren de par en par al contárselo.

—¿Qué?

—Que tú me has dado más miedo que el tiburón. Porque al tiburón no le importo. Y tú a mí sí.

Josh cierra los ojos. Lo veo respirar hondo. Se encoge de hombros y baja la cabeza.

—Me cuesta, Alicia. Me cuesta mucho. No estoy hecho para esto.

—¿Para qué?

—Para confiar. Para abrirme. Para no pensar que al final todo el mundo se va. Porque siempre se van.

Le tomo la mano. Esta vez no solo no se retira, sino que entrelaza los dedos con los míos.

—Yo no me he ido.

Nos quedamos así unos segundos, en silencio, con las miradas bajas y las respiraciones temblorosas. El viento mueve las ramas del árbol sobre nuestras cabezas y todo huele a tierra caliente.

—¿Y si no sé hacerlo bien? —susurra.

—Entonces lo aprendemos. Juntos.

Se vuelve hacia mí y por fin me mira con los ojos húmedos. Esta vez no hay rabia ni sarcasmo. Solo miedo. Y resignación.

—No me hagas daño, Alicia. No sabría cómo levantarme si tú …

—No pienso hacerlo —le corto con dulzura—. Y si alguna vez te hago daño sin querer, prométeme que te quedarás para decirme: «Esto no se hace así». Porque si te vas sin darme esa oportunidad, también me harás daño tú.

Baja la mirada, como si mis palabras pesaran más que él. Luego, sin decir nada más, me tira de la mano y me acerca a su pecho. Me rodea con los brazos y hunde la cara en mi cuello. Lo abrazo también. Fuerte. Como si estuviéramos en otra jaula. Solo que esta vez, el miedo está fuera.

—Me gusta cómo hueles —susurra contra mi piel.

—¿A sal y miedo superado?

—A casa.

Y esa palabra… esa sola palabra me rompe por dentro.

—Te quiero. Y, por favor… —susurro—. Dime que tú también me quieres, porque llevo un rato esperando que me lo digas de vuelta.

Siento sus labios curvarse en una sonrisa contra mi piel.

—Te quiero, Ali. Te quiero mucho. Demasiado como para no temer perderte.

Y eso es todo lo que necesito oír. Me arden los ojos. Las lágrimas, esta vez, no son de miedo ni de frustración: son de alivio, de ternura, de esa certeza cálida de haber llegado a casa.

—No tienes que perderme. Joder, si acabo de encontrarte…

Me sujeta con firmeza por la nuca y se aparta lo justo para plantarme un beso que recibo como si fuera agua en mitad del desierto.

Nos besamos con anhelo, con cariño, con toda la carga emocional del día.

Siento el corazón desbordarse, empapado en sal: la de las lágrimas, la de mi piel, la de nuestras bocas entrelazadas.

El sabor es intenso. A mar, a miedo superado, a deseo contenido. Y a amor.

Josh se separa apenas unos milímetros de mis labios y me mira con los ojos entrecerrados.

—Espera un momento… ¿Has dicho que has estado en una jaula con un tiburón? —Frunce el ceño. Se incorpora ligeramente, sujetándome por los brazos.

—Por fin. Llevo intentando contártelo desde que llegué —digo con una risa nerviosa.

—¿Qué me estás contando? —pregunta, serio.

—He superado un poquito mi miedo. Pensé que estarías orgulloso de mí…, quería darte esa sorpresa. Por eso he venido. Por eso… y porque te quiero. Y no quiero perderte.

Sonríe. Me acaricia la mejilla con el pulgar, suave, y sus ojos se humedecen apenas.

—Joder…

Y me besa de nuevo. Esta vez con una intensidad aún más desbordante, como si el mundo se hubiera detenido en ese preciso instante para hacernos espacio.

Le cuento todo. Desde el principio. La sorpresa de ver a su hermano allí, trabajando, y lo mucho que me ha ayudado.

Le hablo de la preparación, del miedo al bajar, de cómo el agua me envolvió entera y el corazón casi se me salió del pecho.

Le hablo del tiburón, de cómo se acercó al cebo y de cómo tuve que obligarme a mirar.

De cómo me reconcilié un poquito con el miedo.

Le explico que mi padre estuvo conmigo todo el tiempo. Que su abrazo fue lo que me dio el valor necesario para no salir corriendo. Que ha sido una experiencia increíble, una de las más intensas de mi vida, y que necesitaba vivirla así: sola, a mi ritmo, sin él.

Josh me escucha en silencio, con una atención que me reconforta.

Asiente, me sonríe en algunos momentos y en sus ojos veo una emoción suave, ilusionada y sincera.

Está orgulloso de mí, y eso me deja tranquila.

Me habría encantado que estuviera a mi lado, lo admito, pero también sé que necesitaba hacerlo sola.

Era mi batalla. Y el hecho de que mi padre la librara conmigo, hombro con hombro, ha significado más de lo que puedo explicar.

Josh no dice mucho, pero me coge de la mano y la aprieta con fuerza. En ese gesto lo entiendo todo.

—Eres muy valiente. Y estoy muy orgulloso de ti, mi amor.

—¿Entonces… he vuelto a ser tu amor? —pregunto con una sonrisa tímida.

—Nunca dejaste de serlo.

—Me recuerdas a mi padre.

Frunce el ceño y alza una ceja.

—¿Qué?

—Nada —respondo con un gesto evasivo—. Una historia para otro día. Hoy ya ha habido suficientes emociones .

—¿Estás segura? —Me atraviesa con esa mirada de pillo que conoce demasiado bien mi debilidad.

Entorno los ojos.

—Mmm… Ahora mismo no lo sé. ¿Qué tienes en mente?

Se inclina tanto que siento el calor de su aliento justo debajo de la oreja. La piel del cuello se me eriza antes de que llegue a pronunciar una sola palabra:

—¿Te apetece vivir otra experiencia? No te voy a meter en una jaula, pero si me dejas… Te quiero envolver con mis sábanas.

Sonrío, incapaz de resistirme.

—Venga, aprovecha que hoy he traído toda mi bravuconería.

—Perfecto —se incorpora con un gesto ágil, se sacude la ropa y me tiende la mano para que me levante—. Entonces, señorita Alicia… Bienvenida al país de las maravillas.

Me echo a reír, negando con la cabeza, mientras me rodea la cintura con el brazo y nos encaminamos juntos hacia su casa.