Capítulo 37
Valentía
Ya en tierra, después de una experiencia increíble, reímos mientras comentamos algunas de las situaciones más surrealistas. Esta vez, por fin, puedo formar parte de la conversación sin que me tiemble la voz.
Estoy fuera del local, con el sol secando los restos de sal en mi piel. Mi padre aún no ha salido del vestuario, pero Luc aparece ya cambiado, sacudiéndose el pelo húmedo.
—Luc —lo llamo. Él se acerca con una sonrisa cálida.
—¿Qué tal?
—Gracias —le digo, mirándolo a los ojos—, de corazón. Ha sido increíble.
—No hay de qué —responde con sinceridad—. Me alegra que haya sido una experiencia transformadora para ti. Créeme, me siento un privilegiado por haber estado allí. Aunque no lo creas, también ha sido positivo para mí, le da sentido a todo esto. Gracias a ti por confiar en mí.
Sus palabras me llegan hondo. Asiento con una sonrisa emocionada.
—¿Te vas ya? —pregunto.
—Sí, he terminado por hoy.
Dudo un segundo, pero termino por lanzarme:
—¿Te puedo pedir un favor?
—Dime.
—¿Me llevas a tu casa?
Luc ladea la cabeza, sorprendido.
—Claro… Aunque no sé si Josh estará —mira su reloj—. A esta hora suele ir a buscar a los niños, hoy le toca a él.
—No importa. Si no te molesta, puedo esperar.
—¿Por qué me iba a molestar? Vente. Ahora formas parte de la familia.
Esa frase me golpea de lleno en el pecho. Sin previo aviso, como una ola inesperada.
En ese momento, mi padre sale del vestuario, todavía secándose el pelo con una toalla.
—¿Qué tal, doctor? —pregunta Luc.
—Uff… —resopla mi padre—. Nunca imaginé que haría algo así, pero me alegro de haberlo hecho. Ha sido una experiencia maravillosa. Gracias.
—Gracias a usted, siempre —dice Luc, sincero.
—Trátame de tú, hombre, que tampoco soy tan mayor —le insta mi padre.
—De acuerdo —responde Luc, aparentemente cohibido mientras se rasca la nuca.
—Papá, me voy con Luc, ¿vale? —Él levanta una ceja y nos observa con detenimiento—. ¿Vas bien solo?
—No te preocupes, estoy bien.
—Te espero en el coche —se despide Luc—. Un placer verte, doctor.
Se aleja y me quedo a solas con mi padre.
—Gracias por acompañarme —le digo.
Me rodea con los brazos y me sonríe; un gesto simple que, sin necesidad de palabras, consigue apaciguar mi tormenta interna.
—Estoy muy orgulloso de ti, Alicia. Eres una chica muy valiente.
«Eso está por verse, papá», pienso.
—Yo también estoy orgullosa de ti. Y lo sabes. Me alegro de haber vivido esto contigo.
Nos abrazamos fuerte, sosteniéndonos un momento más de lo que el orgullo suele permitirnos.
—Ve —dice finalmente—. Tu amigo te está esperando.
—De acuerdo.
Me besa la frente y da unos pasos para alejarse, pero lo detengo.
—Papá.
Se gira.
—No ha sido tan malo como pensaba. A veces, solo necesitamos unos brazos que nos sostengan para poder enfrentarnos a nuestros miedos. Tienes los míos. Ahora te toca a ti enfrentarte a los tuyos.
Le guiño un ojo. Él suspira hondo y una comisura de sus labios se eleva. Asiente con lentitud.
—Lo intentaré, Alicia. Pero no prometo nada.
—No pasa nada. Pase lo que pase, solo tienes que hacer eso: intentarlo. A lo mejor te sale bien. Como a mí.
Le sonrío y camino hasta el coche de Luc. Abro la puerta y me siento en el asiento del copiloto.
—¿Lista? —pregunta él sin girarse, mientras enciende el motor.
Asiento mientras me ajusto el cinturón. Al mirar por la ventanilla, veo a mi padre de pie, aún en el mismo sitio.
Levanta la mano para despedirse. Sé que ahora mismo él también está dentro de su propia jaula, aferrado a las barras de sus miedos.
Y pese a ello, tengo la certeza de que encontrará la forma de sumergirse en ese océano que tanto anhela.
Él es surfero. Y ahora le toca romper las olas que aún no se ha atrevido a surfear.
Llegamos a la casa y bajamos del coche. Justo en ese momento, vemos a Josh descargando bolsas del maletero de su vehículo. Al vernos, se detiene. Nos mira a los dos con evidente sorpresa y una ceja en alto.
Y ahí está. De nuevo. Esa punzada en el pecho. El corazón me golpea con fuerza, como si acabara de ver a otro tiburón, solo que este sabe perfectamente dónde herirme.
Nos acercamos. Ellos se saludan con un choque de puños rápido, seco. Nada más.
—Me voy dentro. ¿Te ayudo con eso? —le pregunta Luc con voz neutra.
Josh no contesta de inmediato. Sigue mirándome, fijo, como si intentara leerme por dentro. Yo bajo la mirada, incómoda, sintiéndome fuera de lugar, casi como una intrusa. Sin decir nada, le pasa dos bolsas a su hermano.
—Llévame esto, por favor —dice, sin mirarlo siquiera.
—De acuerdo. Hasta ahora, Alicia —Luc me lanza una sonrisa suave, sin tensión, y yo se la devuelvo.
—Gracias por traerme.
—De nada.
Luc se aparta y entra en la casa, dejándonos a solas.
Josh se mete las manos en los bolsillos.
Lleva unos vaqueros desgastados y una camiseta que se le ajusta al cuerpo.
Está increíble. Da igual cómo se vista; desnudo...
más. Trago saliva, como si así pudiera calmar las ideas que se me escapan entre las costillas.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dice nada.
El silencio se vuelve denso, incómodo, parecido a una ola que amenaza con tragarse todo lo que no hemos dicho.
—¿Podemos hablar? —pregunta por fin, con voz baja pero firme.
Él asiente despacio. Sin palabras. Luego se gira y empieza a andar sin mirar atrás. Lo sigo.
No sé qué va a pasar. No sé si hay algo que salvar.
Pero, como le acabo de decir a mi padre: hoy...
hoy es un buen día para intentarlo. Aunque el miedo apriete.
Aunque ya no quede aire. Porque si hay algo que he aprendido bajo el agua es que, para sobrevivir, a veces solo hay que respirar despacio y no soltar el agarre.
Josh se queda de pie en medio del salón, justo donde los niños estaban jugando antes de venir corriendo a saludarnos. Sin decir nada, saca las llaves del bolsillo y las deja sobre el aparador. Yo me agacho para hablar con los pequeños, que parecen extasiados de verme.
—Venga, chicos —dice Josh con un tono firme pero cariñoso que solo él sabe usar—. Recoged todo ese desastre, que en nada cenamos.
Obedecen al instante, aunque arrastran los pies con caritas largas. Entonces, él me mira.
—¿De qué querías hablar?
Echo un vistazo alrededor. Entre gritos, risas y juguetes tirados por el suelo, este no es el escenario que tenía en mente.
—¿Podemos ir a un sitio más privado?
Veo cómo aprieta la mandíbula. Asiente sin decir palabra y vuelve a girarse, levantando una pared entre los dos cada vez que lo hace.
Camina delante de mí hacia el exterior. Por un momento pienso que me va a llevar a su habitación, pero está claro que busca un espacio neutro.
Algo sin historia, sin carga; y eso me duele un poco más de lo que esperaba.
Nos dirigimos hacia el viejo pajar, avanzando hasta el árbol al que me llevó la primera vez que estuve aquí.
Se sienta bajo su sombra, sacudiéndose las manos para limpiarse de la tierra.
Yo hago lo mismo, dejando un espacio prudente entre los dos.
Nos quedamos mirando el paisaje. Ninguno dice nada.
El silencio se instala como una niebla densa que no nos deja ver más allá, hasta que me atrevo:
—Hoy he vivido una experiencia increíble —empiezo, sin saber muy bien cómo hilarlo todo.
—¿Y eso ha incluido a mi hermano?
Me giro para mirarlo. Tiene la mandíbula apretada y los ojos encendidos. Está conteniéndose. No estoy acostumbrada a verlo así, tan serio, tan frío. Quizá debería empezar a acostumbrarme.
—La verdad es que sí —respondo, alzando la barbilla—. De hecho, diría que ha sido crucial para que lo fuera. Es un chico increíble.
Me clava la mirada de forma intensa, quizá dolida, parece ser.
—¿Has venido a mi casa a tomarme el pelo?
Va cargado de irritación, casi de desprecio. Sé a dónde quiere llegar, pero se equivoca por completo de persona.
—He venido porque quería verte. Porque creo que tenemos una conversación pendiente.
—¿Y qué es eso que crees que tenemos pendiente? ¿Venir a restregarme lo bien que te lo has pasado con todo el mundo? Tranquila, me ha quedado claro.
Suelto el aire contenido, frustrada, y niego con la cabeza.
—Mira que tu hermano me avisó de que podías ser cabezota, pero esto ya es de campeonato. Exagerado, dramático... No sé ni cómo te aguantas a ti mismo.
Se ofende al instante; lo noto en su ceño, en la rigidez de su postura. No he medido las palabras, y la verdad es que ya no me importa.
—¿Qué es lo que quieres, Alicia? —hace un mohín y me recorre de arriba abajo con una mirada gélida, como si intentara sacarme de su sistema con los ojos.
—Te quiero a ti. —Clara y firme suelto el disparo que ya no puedo frenar.
Su nuez sube y baja. Luego, aparta la mirada y el silencio vuelve. Solo que esta vez se siente más íntimo. Más tenso. Más cargado de lo que ambos tememos admitir.
Puedo ver cómo su respiración se agita, cómo se le tensan los hombros. Y entonces, solo queda esperar. A que diga algo. A que no se marche. A que me crea.
—He visto un tiburón.
Josh suelta una carcajada seca por la nariz.
—Mira que nunca se me había ocurrido llamarlo así, pero tiene sentido. Un depredador nato .
Se refiere a su hermano. Primero estuvo mosqueado con lo de Engel y ahora aparecen sus inseguridades con Luc. Aprieto los labios para no reír, porque ni siquiera me mira. Tiene suerte de que hoy me siento llena de coraje y dispuesta a pelear de forma justa.
—Menudo panorama —le lanzo con una media sonrisa—.
Estás asustado y, en vez de admitirlo, te pones en plan posesivo y saltas a la yugular de cualquiera que se me acerque.
Es curioso… tus padres montando comunas del amor libre y tú aquí, hecho un cavernícola de la exclusividad.
Te veo un pelín retrógrado, Josh. Lo divertido de todo esto es que, teniendo en cuenta lo moderna que es tu familia con el poliamor…
Me lanza una mirada con más agresividad.