Capítulo 36 #4
Siento un pinchazo agudo en la nariz y luego otro en los ojos.
No sé si estoy llorando de la pura descarga de adrenalina o si es solo el agua salada que se ha filtrado bajo la silicona de la máscara.
A mi espalda, mi padre vuelve a apretarme la mano con firmeza.
Luc se aproxima por el otro lado y me regala un preciso gesto con el pulgar hacia arriba.
Me están indicando que estoy bien, que lo peor ya ha pasado y que todo ha salido exactamente según lo previsto.
Y yo, por primera vez en mi vida, me obligo a quedarme. No huyo.
Respiro. Una vez. Otra.
Poco a poco, el temblor que me atenaza los músculos empieza a ceder.
Mi cuerpo sigue rígido por la tensión, pero noto cómo algo muy profundo se libera en mi interior.
Vuelvo a fijar la mirada en el azul. El tiburón regresa a lo lejos, recortándose de nuevo en la distancia.
No nos ha atacado. Ni siquiera se ha tomado la molestia de mirarnos.
Él solo es un depredador respondiendo a su propia naturaleza salvaje; la única intrusa aquí soy yo.
Y entonces lo comprendo todo. El monstruo no era el animal.
Era mi fobia. Era yo misma alimentando un fantasma.
La criatura que me ha quitado el sueño desde que tengo uso de razón no ha hecho más que existir en su propio mundo, de la misma forma en que siempre lo ha hecho, y esa revelación me cambia por completo.
Lo observo alejarse, ya sin rastro de esa aversión paralizante que me bloqueaba desde la infancia.
Es hermoso, elegante, letal y soberanamente libre.
Comienzo a percibir la corriente marina acariciándome los brazos.
El azul ya no me resulta opaco ni hostil, y la jaula ha dejado de parecer de pronto una prisión para convertirse en un puente entre mi pasado y la mujer en la que quiero convertirme.
Cierro los ojos bajo el agua y asimilo una bocanada de aire.
Esta vez sin pánico. Quizás no haya erradicado el temor por completo, pero he cambiado las reglas del juego.
Hoy, en este fondo del Pacífico, me he reconciliado con lo que tanto tiempo llevaba esquivando: mi derecho a dejar de huir.
Y, por fin, me doy cuenta de que no es la primera vez que cierro una jaula a mi alrededor para ver existir el mundo.
He vivido encerrada en una desde hace mucho tiempo.
Aquí abajo, el pánico solo habita en el perímetro de mi propio cuerpo, en los límites de mi mente, porque el océano no teme a nadie.
Y el tiburón, ajeno a mi presencia, solo responde al eco de su propia supervivencia.
Reúno el coraje necesario y le devuelvo el pulso a Luc levantando el pulgar. Él asiente con la cabeza y las arrugas que se forman alrededor de sus ojos me indican que sonríe tras el regulador. El instructor nos señala la escala de salida y comenzamos el ascenso.
Luc sube primero y mi padre me impulsa con delicadeza desde abajo para asegurar cada uno de mis pasos en los peldaños mojados.
El guía me toma de la mano desde la plataforma para ayudarme a saltar a la cubierta del catamarán.
Estoy empapada, tiritando de frío, pero siento que traigo conmigo una fuerza completamente nueva.
—Lo has hecho, Alicia —me dice mi padre con la voz cargada de emoción mientras me envuelve los hombros con una chaqueta cortavientos—. Has sido increíblemente valiente, hija.
Luc me pasa una toalla limpia para que me seque el rostro y me guiña un ojo con complicidad.
—No olvides nunca lo que acabas de conseguir ahí abajo.
Me quedo junto a la borda contemplando la inmensidad del mar desde la superficie, envuelta en la ropa de abrigo y temblando por el contraste térmico y la emoción contenida.
No sé ni cuánto tiempo transcurre mientras pierdo la mirada en esa calma que, durante tantos años, fue el origen de mi caos.
—¿Cómo te encuentras ahora mismo? —me pregunta Luc, acercándose con dos tazas de chocolate caliente que desprenden un humo reconfortante.
—Como si por fin volviera a ser yo —respondo, con los ojos empañados en lágrimas.
—Ese es el verdadero sentido de esto —asiente él, pasándome la taza—. Nadie regresa de ese fondo siendo la misma persona.
Mi padre me rodea con el brazo, pegándome a su costado.
—Ya te comenté que estaba orgulloso de ti, Alicia, pero verte reaccionar ahí abajo me hace el padre más feliz del mundo.
La brisa marina nos golpea la cara, trayendo el aroma del salitre.
Noto una paz interior que creía haber perdido para siempre.
Siento unas ganas irrefrenables de coger el teléfono, marcar el número de Josh y contarle con todo lujo de detalles lo que acabo de experimentar.
Y es justo en ese instante cuando soy consciente de que el depredador que me acecha ha cambiado de forma.
Ya no tiene filas de dientes afilados ni se esconde en el fondo del océano.
Ahora se ha transformado en el temor más antiguo y común de todos los seres humanos.
El miedo a la pérdida.
He sido capaz de desafiar a mi mayor fobia biológica solo para dejar paso a un temor muchísimo más íntimo y desgarrador: el miedo a perder al hombre que amo. Al final, toda nuestra existencia se tambalea cuando las personas que nos importan se distancian.
Solo le pido a la vida que me conceda la oportunidad de no estropear lo más valioso que tengo ahora mismo entre las manos. Necesito reparar lo que se rompió con Josh, porque si algo me ha enseñado este mar, es que tengo unas ganas inquebrantables de luchar por nuestra historia.