Capítulo 36 #3
Cuando me obligo a abrir los ojos, lo hago despacio, temiendo encontrarme con la imagen que tantas veces ha protagonizado mis pesadillas. Pero al principio no hay monstruos al acecho. Solo azul. Un azul profundo, infinito, que lo cubre todo.
Frente a mí, Luc me hace una seña desde su posición en la jaula, preguntándome con la mirada si estoy bien.
Asiento con cierta torpeza a través de la máscara.
A mi espalda, los brazos de mi padre me rodean con firmeza por la cintura, sujetándome contra la estructura para que la corriente no me desestabilice.
Se convierte en mi refugio, en un ancla humana en mitad del vacío.
Su presencia me transmite un coraje que creía extinto, y el tacto de su mano enguantada apretando la mía me recuerda por qué he decidido dar este paso.
No estoy sola, y eso es suficiente para obligar a mis músculos a resistir.
Entonces, la densidad del agua cambia. Una vibración imperceptible altera la corriente. Luc levanta la mano y apunta hacia el exterior con urgencia. Sigo la dirección de su dedo, con las pulsaciones disparadas, y lo veo.
Una sombra masiva se recorta contra el tragaluz de la superficie. Un cuerpo alargado, compacto y plateado. Un tiburón.
Ahí está. Real. Vivo. Libre. Y yo, atrapada entre barrotes, observándolo desde el epicentro de mi fobia.
Siento que el aire se me atasca en la garganta.
Intento controlar las inhalaciones a través del regulador, tal como practicamos en la piscina, pero mi mente va mil veces más rápido que el oxígeno.
Cada célula de mi cuerpo me implora salir de allí, huir, ascender a la superficie y desaparecer.
Pero no lo hago. No esta vez. Si algo me ha enseñado la última semana es que el dolor y los traumas solo se transforman cuando dejas de darles la espalda.
He pasado la vida huyendo, y el viaje ha terminado hoy.
Así que aguanto. Clavo la vista en el escualo, que se mueve a escasos metros de la jaula con la elegancia suprema de quien se sabe dueño absoluto del entorno.
No es un monstruo gigante, pero sí lo bastante imponente como para que mi anatomía reaccione con un espasmo involuntario.
Se trata, según retengo de las explicaciones de Luc, de un tiburón de arrecife.
Su silueta es perfecta: la cabeza afilada, los ojos oscuros y fijos, la aleta caudal que se desliza con una precisión milimétrica.
Mi mente racional sabe que no es agresivo si no se le provoca, pero a mi cuerpo le cuesta procesar la teoría.
Noto el sudor frío mezclándose con el agua del interior del traje.
Estoy atrapada en una prisión flotante, rodeada de un abismo insondable y acechada por mi peor fobia.
Sin embargo, a medida que el tiburón traza círculos lentos alrededor del cebo, sin aspavientos ni movimientos erráticos, algo cambia dentro de mí. No soy capaz de apartar los ojos de él. Estoy paralizada, sí, pero también completamente fascinada.
Luc me presiona suavemente el hombro para recordarme el ritmo de la respiración.
Inhalo. Exhalo. Una vez. Otra. El miedo no se evapora, pero se transforma en algo muy parecido al respeto absoluto.
A la reverencia. Ese animal no es el demonio de mis pesadillas; es el guardián de un reino al que yo pertenezco como intrusa.
Su danza es hipnótica, una coreografía antigua escrita mucho antes de que los humanos nos atreviéramos a conquistar su territorio.
Pasa a escasos dos metros de nuestra rejilla, permitiéndome distinguir las hendiduras de sus branquias y el destello de su ojo, ajeno por completo a nuestra existencia.
Por primera vez en veintiséis años, asimilo que, quizá, voy a sobrevivir a esto.
De pronto, la quietud se rompe en un parpadeo.
La línea que sostiene el cebo se agita con violencia frente a nosotros. El tiburón cambia de trayectoria de forma drástica. Deja de serpentear en calma. Entra en modo de caza.
Su anatomía se tensa, compactándose como un resorte, y dobla la velocidad en un latigazo limpio.
Con un movimiento certero, lateral y brutal, abre las fauces de par en par justo delante de la ventana de policarbonato.
Ahí están. Sus dientes. Filas de cuchillas blancas, perfectas y aterradoras que desgarran el alimento con una fuerza salvaje.
Mi cuerpo reacciona por puro instinto de supervivencia.
Me echo hacia atrás con violencia dentro del habitáculo, dejando escapar una nube espesa de burbujas de mi regulador mientras mi respiración se vuelve completamente errática.
El pánico regresa como una descarga eléctrica, pero los brazos de mi padre se cierran en torno a mí con una fuerza colosal, pegándome a su pecho y protegiéndome del impacto visual.
Su firmeza es lo único que me impide perder el sentido del norte.
El animal está atacando, la naturaleza salvaje ruge a centímetros de mi rostro, y yo me aferro a la vida con más fuerza que nunca.
Aunque solo sea el cebo, aunque racionalmente sepa que no hay un peligro real para nosotros, mi mente es incapaz de procesar la diferencia.
El agua se agita en un torbellino violento. El animal muerde el trozo de carne con saña, zarandeándolo de un lado a otro con una fuerza descomunal. Lo desgarra en un parpadeo y, de inmediato, desaparece con él hacia el fondo, perdiéndose entre una densa nube de burbujas.
Todo vuelve a la calma en el océano. Pero yo no.