Rompiendo las olas Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—No me quedaba otra alternativa, en realidad. Este centro es un proyecto familiar. Alguien tenía que ponerse al frente y tirar del carro cuando las cosas se complicaron.

—¿La empresa es vuestra?

—Sí, de los tres. Aunque tocamos varias vertientes: organizamos travesías costeras, excursiones a las calas privadas, salidas de submarinismo técnico… Mi hermano Josh era una pieza clave aquí antes de lo sucedido.

—¿De verdad? —La sorpresa hace que me detenga en mitad del pasillo.

—Sí, claro. De hecho, el rol de descender con los turistas y coordinar la seguridad de las jaulas solía ser suyo.

Tenías que haberle visto en acción… Ha nadado entre ellos más veces que nadie en esta bahía —Luc baja la vista un segundo, con la mente perdida en el pasado—.

Hubo una época en la que estaba convencido de que Josh poseía una especie de conexión mística con el mar.

Era fascinante ver cómo se le aproximaban los ejemplares, con qué tranquilidad se movía…

a veces incluso se dejaban rozar. Por eso jamás les tuvo el menor miedo. Y luego… ocurrió la desgracia.

Se me encoge el corazón al percibir cómo se le apaga la voz y palidece su semblante.

—Lo siento muchísimo, Luc. No era mi intención remover un recuerdo tan doloroso. Yo misma sigo asimilando todo lo que me ha contado, no puedo ni imaginar el calvario que tuvisteis que pasar vosotros.

Saber que Josh dominaba ese entorno con tanta soltura antes de la amputación no hace más que multiplicar la admiración ciega que siento por él.

—No te preocupes, es agua pasada —asegura, restándole importancia con un gesto rápido.

Ambos guardamos silencio un instante, atrapados por la carga emocional del momento, así que me veo en la obligación de desviar el tema hacia algo más luminoso:

—¿Sabes qué? Tu hermano es una fuente de inspiración enorme para mí. Y hoy, cuando esté ahí abajo, voy a concentrarme en su ejemplo. Si él ha sido capaz de reconciliarse con el mar después de todo lo que sufrió, yo tengo que ser capaz de intentarlo.

—Es un pensamiento precioso, Alicia. Te doy mi palabra de que haré todo lo que esté en mi mano para que esta inmersión sea una experiencia sanadora para ti .

Me dedica una mirada tan cálida que, sin pararme a pensarlo, doy un paso al frente y lo envuelvo en un abrazo. Él me corresponde de inmediato, transmitiéndome una seguridad que necesito de verdad.

—Gracias, Luc. Y… por cierto, tu hermano te quiere muchísimo.

No sé si tengo el derecho de meterme en sus asuntos, pero necesito verbalizarlo. Sé que es una verdad absoluta; aunque Josh tenga sus reservas debido al trauma, estoy convencida de que Luc actuó aquella tarde con la mejor de las intenciones. Se le nota en la devoción con la que habla de él.

Él sonríe, con un deje de profunda gratitud en los ojos.

—Yo a él también, Alicia. Aunque ya te advierto que has ido a fijarte en el hombre más obstinado de toda la costa de California. Cuando se le mete una idea entre ceja y ceja, no hay fuerza humana que lo haga cambiar de parecer.

Suelto una carcajada limpia, aliviando por fin la opresión del pecho.

—Ya me he dado cuenta de ese detalle.

Nos reímos los dos, rompiendo la tensión, mientras cruzo los dedos mentalmente para que esa bendita tozudez no sea lo que lo mantenga alejado de mí a partir de ahora.

◆◆◆

Camino junto a Luc y mi padre hacia la zona de los pantalanes, dejando atrás el hangar de equipamiento.

El sol de la tarde empieza a picar en la piel, pero el viento del norte trae un aroma a salitre que me hiela los pensamientos.

Luc camina a nuestro lado, dándome las últimas indicaciones con una tranquilidad contagiosa:

—Una vez que estemos en el agua, lo más importante es que te sujetes con firmeza a las barras de acero interiores de la jaula.

Aunque no necesitas experiencia previa con el regulador ni el equipo autónomo, sí que tendrás que descender de forma vertical por una pequeña escalera para entrar en la estructura. Nada del otro mundo, Ali, ya lo verás.

Asiento, aunque ya soy completamente incapaz de articular palabra. El corazón me golpea la caja torácica con tanta violencia que temo que Luc pueda escuchar el eco. Me cuesta respirar y el neopreno empieza a oprimirme el pecho como una armadura demasiado estrecha.

Antes de subir a la estructura, el instructor jefe nos reúne en la cubierta para el briefing de seguridad definitivo. Su voz es grave, pausada, acostumbrada a tratar con turistas al borde del colapso:

—Bajo ninguna circunstancia extendáis las manos o los pies fuera de los límites de la rejilla metálica.

Mantened siempre, como mínimo, una mano aferrada a los pasamanos de sujeción.

Si el oleaje arrecia o notáis corriente, aseguraos de fijar bien la posición y doblar las rodillas.

Vamos a emplear un cebado controlado para atraer la atención de los ejemplares, pero respetando los códigos éticos de la reserva para no alterar su conducta natural.

No venimos a hostigar, venimos a observar.

Mientras el instructor desgrana las normas, noto que las piernas me flaquean. Luc se percata de mi palidez, da un paso al frente y me pone una mano en el hombro:

—Yo bajaré contigo a la estructura, Alicia. No te voy a dejar sola ni un segundo, te lo prometo. Vas a estar a salvo.

—Gracias —consigo susurrar, agradeciendo el gesto con el alma.

Zarpamos a bordo de un catamarán de unos catorce metros.

Es una embarcación firme y estable que corta el agua con una precisión impecable, amortiguando el impacto de las olas.

Durante los veinte minutos que tarda el trayecto mar adentro, me concentro en el horizonte para domar el mareo.

Bendigo cada segundo el haberle hecho caso a Luc cuando me sugirió tomarme la pastilla antes de dejar el muelle.

Mi padre permanece a mi lado, revisando las cinchas de su propio equipo con la meticulosidad de un cirujano antes de entrar a quirófano.

—El viento se va a levantar en cuanto paremos los motores —me advierte, ajustándome el cuello del traje—. Asegúrate de tener la chaqueta cortavientos a mano para cuando salgamos.

Cuando el catamarán se detiene por fin en alta mar, el silencio del motor es sustituido por el rumor imponente del océano abierto. El agua aquí es de un azul oscuro, casi negro, abismal. Los operarios comienzan a descolgar la estructura metálica por el costado de la popa.

—Ya la tenemos fijada —nos explica Luc, señalando los cabos de alta resistencia que amarran la jaula al casco—.

Las boyas estabilizadoras mantienen la parte superior flotando unos dos pies por encima de la superficie.

El acceso es directo desde la plataforma de popa.

Primero bajará el instructor, luego tú, tu padre y yo cerraremos el grupo.

Tomo una bocanada de aire limpio, sintiendo que es el último amago de control que me queda, y me encamino hacia la plataforma.

Sujetándome con los dedos rígidos a las barandillas de acero, desciendo los cinco peldaños de la escala metálica.

El agua me envuelve de golpe; está congelada, un impacto térmico que me obliga a jadear a través de la boquilla del regulador. Luc baja inmediatamente detrás de mí.

Siento el corazón en la garganta. Intento controlar a través de la respiración, tal como me enseñó Josh, esa oleada de pensamientos intrusivos que me asaltan la cabeza una y otra vez, repitiéndome que voy a morir ahí abajo.

Al llegar al fondo de la estructura, el agua me cubre casi por completo.

Me coloco la máscara de buceo, obligándome a mirar al frente bajando la vista a la jaula.

El espacio es reducido, delimitado por los listones de hierro que nos separan del vacío.

Noto las manos crispadas, los nudillos blancos de la fuerza con la que me aferro al pasamanos.

—Visualiza el espacio, Ali. Mantén una respiración rítmica y pausada —me indica Luc mediante señas, señalando las ventanas de policarbonato que nos ofrecen una panorámica limpia del fondo.

El instructor, al notar que mi respiración empieza a acelerarse de forma errática a través del regulador, se aproxima y me hace la señal internacional con los dedos para preguntarme si deseo abortar la inmersión y subir a la superficie.

Estoy a punto de asentir, rozando el límite de mis fuerzas, cuando una sombra conocida desciende por la escalera.

Mi padre, con el neopreno seco y el regulador en la boca, entra en la jaula con una parsimonia absoluta.

Se coloca justo a mi lado izquierdo, sustituyendo el hierro de la barra por la firmeza de su mano, que se cierra sobre la mía con una fuerza inquebrantable.

A través del cristal de su máscara, sus ojos me miran con un orgullo tan inmenso, tan limpio, que el pánico comienza a dar una tregua en mi pecho.

No estoy sola en mitad de mi peor pesadilla. Mi padre ha bajado conmigo al fondo del océano.

Ahora que estamos todos dentro, aseguran la compuerta metálica sobre nuestras cabezas y los cables de la jaula comienzan a ceder lentamente, sumergiéndonos un par de metros más en la densa inmensidad del agua.

Mantengo los ojos cerrados un instante, conteniendo el aliento mientras el agua nos envuelve por completo. Es una sensación lenta, abisal, como si la realidad se diluyera al otro lado de los barrotes de acero.

El primer escalofrío me recorre entera cuando noto la presión del océano cerrándose sobre mí.

La temperatura cambia de forma drástica, calando incluso a través del neopreno.

La luz de la superficie se vuelve turbia, fragmentada, y ese zumbido constante del mundo exterior desaparece por completo, sustituido por el eco rítmico y denso de mi propia respiración.

Es un sonido metálico, encapsulado, que parece amplificarse dentro de mi cabeza.

Estoy aquí. Debajo del agua. Cara a cara con un pánico tan antiguo como visceral.