Capítulo 36
Jaula
Han pasado cinco días.
Cinco.
Ni un solo mensaje. Absolutamente nada.
He tenido que reprimir el impulso de llamarlo cada maldito segundo de cada día.
Quiero respetar su espacio, tal y como me pidió, pero no puedo evitar sentir que se está marchando de mi vida sin mí.
Tampoco puedo cometer el error de salir corriendo a buscarlo siendo la misma Alicia de siempre; ya no.
Así que respiro hondo, obligando a mis pulmones a llenarse de aire, y salgo del coche.
Mi padre hace lo mismo a mi lado.
Hemos llegado a un centro náutico muy cerca de Malibú, el lugar donde reservó la inmersión en la jaula.
Según nos explicaron, subiremos a una embarcación que nos trasladará hasta el punto exacto de avistamiento en mar abierto.
Ayer tuvimos una sesión de preparación en una piscina profunda para familiarizarnos con el manejo del equipo autónomo y las botellas de aire comprimido.
Solo ese simulacro ya me provocó pesadillas toda la noche.
Esta mañana, al despertar, he estado a punto de echarme atrás.
Me temblaban hasta las pestañas, pero entonces mi padre me abrazó y me confesó lo orgulloso que estaba de mí.
Y eso fue más que suficiente para derribar mis barreras y contagiarme de un valor que ahora mismo, al pisar el muelle, se me escapa por todos los poros de la piel.
Los nervios me están traicionando por completo.
Entramos en el local de la recepción y, nada más cruzar el umbral, me doy de bruces con Luc, el hermano de Josh.
—¿Alicia? —levanta las cejas, gratamente sorprendido al verme.
—¿Luc? Vaya, qué sorpresa.
—¿Qué haces por aquí? —me pregunta, estrechándome en un abrazo afectuoso antes de desviar la mirada hacia mi acompañante.
—Luc, te presento a mi padre, el doctor Paul Bran.
Él se apresura a tenderle la mano con entusiasmo.
—Doctor Bran, cuánto tiempo. Es un honor.
Mi padre frunce el ceño un instante, intentando ubicarlo entre tantos pacientes de la clínica.
—¿Os conocíais de antes? —le pregunto a Luc.
—Personalmente no creo que se acuerde, atiende a muchísima gente en el hospital, pero yo sí le recuerdo perfectamente. Usted operó a mi hermano, doctor. Me alegra muchísimo verle bien, qué coincidencia tan increíble.
—Ah, claro —asiento, encajando las piezas de golpe—. Papá, Luc es el hermano de Josh.
—Ah, por supuesto, ya sé quién eres entonces. Disculpa, muchacho, a veces me cuesta asociar los rostros fuera de las consultas. ¿Cómo va todo?
—Muy bien, gracias. Pero… ¿qué os trae por aquí exactamente? —insiste Luc, con genuina curiosidad.
Me invade un repentino ramalazo de timidez al admitirlo en voz alta.
—Hemos venido a contratar una de las experiencias del centro.
—No me digas que… —Luc me mira con los ojos abiertos de par en par—. ¿Vais a salir a ver los tiburones? ¿Va en serio?
Asiento, tragando saliva con dificultad. Intento esbozar una sonrisa, pero sospecho que me sale forzadísima.
—No me lo puedo creer. En ese caso, vais a venir conmigo a bordo. Hoy soy el jefe encargado de dirigir la expedición.
—Espera, frena un momento —ahora la desconcertada soy yo—. ¿Trabajas aquí? ¿Con los tiburones? —Mi voz sube un par de tonos por el asombro. Mi padre observa la escena en silencio, visiblemente divertido.
—A ver, Alicia… con ellos directamente no, ni pensarlo —se ríe Luc, mostrando esa sonrisa radiante y limpia que parece venir de serie en los ge nes de su familia—.
Yo me encargo de coordinar la logística y guiar la embarcación hasta la zona de las jaulas.
Pero quienes se van a sumergir ahí abajo sois vosotros.
—Bueno, eso quiero intentar.
—Los dos —matiza mi padre de golpe.
Giro la cabeza hacia él con tanta rapidez que por poco me disloco el cuello.
—¿Cómo que los dos? Papá, pensaba que te quedarías en la cubierta.
—¿De verdad creías que te iba a dejar descender sola a ese foso? De ninguna manera, Alicia. Si nos comprometemos, lo hacemos juntos.
El impacto de su solidaridad me pilla totalmente desprevenida. No esperaba un gesto así de su parte. Sin poder evitarlo, le dedico una mirada cargada de gratitud y lo abrazo por la cintura con fuerza.
—Gracias, papá. De verdad.
—No me des las gracias todavía. Ya veremos si mantienes el agradecimiento cuando estemos ahí abajo… si es que logramos salir —bromea, aunque su humor no resulta precisamente reconfortante en mi estado.
—Saldrá todo perfecto, no os preocupéis. Contamos con todas las medidas de seguridad y los protocolos están más que medidos —nos tranquiliza Luc con aplomo—. Además, empleamos cebo para mantenerlos a una distancia prudencial de la estructura.
¿Protocolos medidos? ¿Medidas de seguridad?
No puedo evitar que la mente me viaje de inmediato a la pierna que le falta a su hermano.
Todavía recuerdo la conversación que tuvimos en el salón de su casa.
Definitivamente, la capacidad de esta familia para normalizar el océano nunca dejará de asombrarme.
—Bueno… yo sigo sin estar del todo convencida de que sea una actividad inofensiva. Por favor, asegúrame de que llevamos un botiquín de emergencias completo a bordo —le pido, dejando salir mi vena médica.
Josh se habría reído a carcajadas de mis alertas. Mi padre se limita a sacudir la cabeza con una sonrisa de complicidad.
—Quédate tranquila, Alicia. Estáis en buenas manos. Aunque, por simple curiosidad… si no recuerdo mal a ti el mar y los tiburones te causaban un pánico paralizante, ¿no?
—Sí, me lo siguen causando, Luc. Muchísimo.
—¿Y entonces por qué te impones este desafío ?
—Precisamente por eso. Porque estoy cansada de que el miedo elija por mí. Quiero enfrentar esta fobia de una vez por todas.
Luc nos mira con un respeto renovado en los ojos.
—Vaya, eso sí que es tener valor. La mayoría de los turistas que vienen aquí buscan un subidón de adrenalina o una foto espectacular; es muy raro ver a alguien que lo hace para desafiar un temor real.
—Lo sé, pero necesito intentarlo.
—Me quito el sombrero, de verdad. En ese caso, el equipo y yo estaremos el doble de atentos para asegurarnos de que la inmersión sea perfecta.
Queremos que descubras que estás en su entorno, sí, pero bajo una protección total.
Una vez que estás dentro de la estructura, estás completamente a salvo. Nada puede tocarte.
Es un discurso precioso y me encantaría tener la capacidad de creerle a pies juntillas, pero soy dolorosamente consciente de que una rejilla metálica no va a impedir que un depredador embista si se lo propone.
Para mí, la simple perspectiva de estar bajo el agua, encerrada y rodeada por ellos hace que se me erice cada milímetro de la piel.
He visto demasiados vídeos documentales a lo largo de mi vida; mis amigos solían ponérmelos para bromear con mis reacciones exageradas, con esa crueldad cariñosa tan típica de nuestro grupo.
Y ahora, estoy a punto de meterme de lleno en mi peor pesadilla.
—Chicos, voy a la recepción a ultimar los detalles de los permisos —nos avisa mi padre—. Ahora mismo regreso.
—De acuerdo —respondo. Apenas me sale la voz del pecho; me estoy ahogando en el torbellino de mis propios pensamientos.
—¿Mi hermano sabe que estás aquí? Me extraña que no te haya acompañado —lanza Luc en cuanto nos quedamos a solas.
Buena pregunta. Estoy tentada de confesarle que ahora mismo somos dos perfectos desconocidos, pero recuerdo lo delicada que es la relación entre ellos y no quiero echar más leña al fuego de sus dinámicas familiares.
—No, no lo sabe. Quería que fuera una sorpresa.
Y no miento. El problema es que ahora mismo ni siquiera tengo la certeza de si algún día podré dársela.
—Eres una mujer muy valiente, Alicia. Me alegra muchísimo que estés con Josh; de verdad creo que le hacía falta encontrar a alguien tan especial como tú .
«Ojalá él siga pensando que le hago falta» , medito en silencio. Trago saliva y me fuerzo a sonreír, aunque sé que el gesto no llega a reflejarse en mis ojos.
—Ven por aquí —me ofrece, indicándome que lo siga—. Te daré un par de pautas extra sobre el equipo para que te sientas completamente segura antes de subir a la embarcación.
Me dejo guiar de buena gana. Mientras caminamos hacia una zona más reservada del hangar, repleta de trajes de neopreno, arneses y accesorios marítimos, la curiosidad termina por vencerme:
—¿Cómo es que trabajas en un centro de inmersión como este? Quiero decir… después de lo que le ocurrió a tu hermano y de lo que charlamos en tu casa, me había quedado con la impresión de que compartías mi recelo hacia estas criaturas.
—Qué va, al contrario. Soy un apasionado del océano —me corrige con absoluta naturalidad—. Los respeto y los admiro muchísimo. De hecho, estudié Biología Marina; siempre tuve claro que mi vocación era la investigación y la conservación de estos animales.
Me quedo de piedra. Es increíble la cantidad de detalles que ignoraba de su entorno; ni siquiera sabía qué carrera había cursado.
—Vaya… Y yo que estudié Veterinaria, como sabes, ¿te lo puedes creer? Parece mentira que con mi formación sea incapaz de controlar una fobia de este calibre. Debo de parecerte una ridícula.
—Es mucho más normal de lo que piensas, pero a ti los animales se te dan de maravilla. Además… no te olvides de que he visto con mis propios ojos lo bien que te desenvolvías en la granja del valle.
Nuestros ojos se cruzan y noto cómo las mejillas me arden de inmediato ante el recuerdo del pajar.
—Sí, me encantan los animales. Todos, sin excepción… salvo los tiburones.
—Me ha quedado claro —sonríe de medio lado—.
A ver, Alicia, imponen un respeto, no te lo voy a negar.
Tras el accidente de Josh estuve prácticamente un año alejado de la costa.
Al principio no era capaz ni de subirme a la cubierta de un barco de recreo.
Todos cargamos con nuestras propias batallas, te comprendo mucho mejor de lo que imaginas.
—Al menos tú tuviste la entereza de regresar y seguir dándoles una oportunidad .