Capítulo 35 #3
—No, por favor —el corazón me golpea con tanta fuerza en el pecho que me cuesta respirar. Las lágrimas se me acumulan de nuevo en los ojos, impidiéndome pensar con claridad—. Escúchame, Engel se ha vuelto loco. No tengo ni idea de por qué ha hecho algo así.
—Pero yo sí lo sé, Ali. Y ahora mismo no tengo la menor intención de hablar de esto. Me voy.
Hace ademán de rodearme para seguir su camino y yo noto una opresión insoportable en el pecho.
—Josh, por favor, no te marches así. Hablemos, aunque sean cinco minutos.
Se detiene de nuevo a un metro de mí. Se gira con una lentitud que me tortura. Lloro sin poder contenerme y, aunque me muero por dar un paso al frente y abrazarlo para suplicarle que no se aleje, me obligo a quedarme inmóvil. No quiero empeorar las cosas.
—No quiero hablar. Ahora no —su voz es tajante, desprovista de cualquier rastro de calidez.
Me quedo desarmada. Engel sabía perfectamente lo que hacía al besarme a traición; ha jugado sus cartas de la manera más sucia posible.
—Josh… por favor —le pido en un hilo de voz.
—Mira, Alicia —da un paso hacia mí, pero marcando una distancia prudencial.
Habla sin dureza, pero con una firmeza devastadora—.
He respetado tus tiempos, tus miedos y tus inseguridades desde el primer día, haciendo todo lo que estaba en mi mano.
Solo te pido que ahora hagas lo mismo por mí.
No soy perfecto, ya te lo advertí, y hay ciertas situaciones que todavía me cuesta procesar.
Sé perfectamente a qué se refiere. Sé que la traición de su exnovia sigue siendo una grieta mal cerrada y que lo que acaba de presenciar ha dinamitado su confianza. Me siento la peor persona del mundo.
—Te entiendo —consigo articular entre sollozos—. Te lo juro que te entiendo y te respeto más que a nadie. Créeme, por favor.
—Muy bien. Pues respeta que en este momento necesite espacio. ¿De acuerdo?
Lo dice con una serenidad tan aplastante, tan propia de él, que no me queda más remedio que claudicar. Asiento a desgana, con un dolor sordo instalado en mitad del pecho.
—Nos vemos —concluye de forma escueta.
Se gira y se aleja definitivamente por la arena, dejándome sola. «¿Nos vemos? ¿De verdad nos veremos?» , me pregunto, sintiendo que todas mis certezas se acaban de desmoronar.
Me dejo caer sobre la arena que bajo mis pies ya no me parece un refugio, sino un campo de escombros donde acaba de sepultarse todo lo que construimos anoche.
Miro el océano, incapaz de decidir si quiero perderme en su inmensidad o gritarle en busca de respuestas.
No sé qué me resultaría más sencillo ahora mismo: si adentrarme en el agua o quedarme aquí sentada, tragándome el nudo que me asfixia.
No sé en qué momento todo se volvió tan enrevesado.
No sé cuándo dejé de reconocer a Engel, ni en qué instante empecé a vivir con el pánico constante a perder a Josh.
Siento que llevo años posponiendo mis propias batallas, dando la media vuelta cada vez que se abría una oportunidad por puro miedo a lo que pudiera encontrar al otro lado.
Me juré que este viaje a California serviría para cambiar, que esta vez iba a ser distinto, pero la realidad me golpea de frente: sigo atrapada en el mismo laberinto emocional.
Quiero salir corriendo, pero al mismo tiempo no tengo fuerzas para moverme de la playa.
Contemplo el vaivén hipnótico de las olas. A veces me da la impresión de que el mar es el único que comprende mi confusión; tiene esa forma implacable de envolverte antes de arrastrarte hacia el fondo. Me recuerda a mis errores, a mis flaquezas y a las promesas que no supe mantener conmigo misma.
Estoy harta de no sentirme suficiente, de quedar atrapada en dinámicas ajenas a las que no sé poner un punto final. Estoy cansada de ser la amiga que falla, la hija que va a la deriva y la chica que tropieza una y otra vez con las mismas piedras.
Y, sin embargo, a pesar del desastre, noto un reducto de resistencia en mi interior. Como si en mitad de este colapso todavía quedara un espacio mínimo para la determinación. Si este mar aterrador es capaz de engullirme, también tendrá que ser capaz de enseñarme a flotar.
Voy a hacerlo. Voy a dejar de esconderme detrás de mis propias fobias y voy a empezar a actuar con valentía, caiga quien caiga y duela lo que duela. Necesito encontrar mi propio rumbo; estoy harta de perderme y de dañar a las personas que quiero. No más.
Saco el móvil de la mochila con las manos temblorosas y busco el número de mi padre. Tarda apenas dos tonos en responder.
—¿Alicia? ¿Va todo bien, hija?
—Sí —miento, conteniendo el llanto. Da igual cómo esté ahora—. Sí, papá.
—Dime.
—¿Puedes reservar lo de la inmersión en la jaula? ¿Podemos organizar la cita para esta misma semana?
Se produce un silencio de desconcierto al otro lado de la línea.
—Claro, cariño. Cuenta con ello. ¿Te vienes ya para casa?
—Sí, papá. Voy para allá.
Cuelgo la llamada y guardo el teléfono. No sé muy bien dónde está mi lugar en el mundo ahora mismo, pero tengo clarísimo que no pienso construir mi hogar sobre el dolor que me arrastra hacia el fondo.