Rompiendo las olas Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—¿Qué tal lo he hecho? ¿A que ya parezco una profesional? —presume Delia, orgullosa.

—Vas a tener que darme unas cuantas clases particulares, morena —le sigue la corriente David, rodeándola con el brazo para besarle la mejilla.

Apremio una sonrisa, pero sospecho que me sale fatal.

—¿Te pasa algo, Ali? —pregunta Blair, arqueando una ceja con suspicacia .

—No, nada, todo bien —respondo, mientras echo una mirada rápida por encima de su hombro buscando a Engel. No hay rastro de él.

—¿Te vienes a tomar algo con nosotros al sitio de siempre? —insiste Blair.

—No, gracias. He quedado con Josh en cuanto termine.

—Vaya… ahora todo su tiempo es para Josh —bromea Delia.

Me sabe mal que lo piensen. Nunca he sido de las que abandonan a sus amigas en cuanto empiezan una relación; detesto ese perfil. Sacudo la cabeza, todavía buscando a Engel entre la multitud.

—Si os apetece, ¿comemos juntas mañana?

—Yo solo tengo una hora libre para comer —me advierte Blair.

—No pasa nada. Me acerco yo al centro y nos vemos allí. ¿Te cuadra, Delia?

—Sí, por mí perfecto. Nos vemos a la una entonces.

—De acuerdo. Ya me escribís al móvil para decirme dónde os apetece ir —sonrío, intentando aplacar la inquietud que me reconcome por dentro.

—¿Y a mí no me invita nadie? —David pone una mueca de lástima exagerada.

Nos reímos todas. Delia se apoya en su hombro y él la abraza con muchísima ternura, dejándole un beso en la coronilla.

—¿No ves que es una reunión de chicas? —le espeta Delia, divertida.

—Pues me camuflo —bromea él, fingiendo una voz aguda.

—Por mí puedes venir, claro —cede Blair, riendo.

—Y por mí también, David. Si no se puede mañana, organizamos otra cosa pronto —añado, despidiéndolos con la mano mientras se alejan por el paseo.

Me alegra verlos felices, pero la sensación de agobio no tarda en regresar. Blair, que ya se ha cambiado de ropa, se demora un instante más a mi lado.

—Sigo teniendo la impresión de que estás rara, Ali.

—Será porque me da rabia veros disfrutar en el agua mientras yo me quedo aquí clavada en la arena —miento, buscando una excusa rápida.

—Bueno… —me abraza con afecto—. Puede que todavía no estés lista para enfrentarte al océano, Alicia, pero créeme: eres una mujer valiente. Mucho más de lo que imaginas. Eres capaz de sostener situaciones que otros no aguantarían ni un segundo .

Sus palabras me conmueven profundamente.

—Gracias, Blair —le devuelvo el abrazo de corazón—. Tú también lo eres. ¿Has hablado ya con tu chica?

—Ya veo que eres bastante más valiente que yo —esquiva la pregunta a toda prisa, agarrando su mochila—. Nos vemos mañana, Ali. Te quiero.

—Y yo a ti —le digo mientras la veo alejarse. Ojalá encuentre una salida para su situación; me duele verla tan estancada. Parece que todos estamos enredados en nuestros propios laberintos.

Y hablando de laberintos… Diviso a Engel caminando a unos metros. El muy imbécil ni siquiera tenía la intención de despedirse de mí. ¿En serio va a actuar así?

—¡Engel! —le llamo en voz alta.

Tengo que repetir su nombre un par de veces mientras me cuelgo el bolso de playa al hombro y camino deprisa tras sus pasos. No se gira, parece no escucharme. Cuando finalmente lo alcanzo y le toco el hombro, se da la vuelta despacio. Se retira un auricular con parsimonia.

—Alicia… perdona, no te había oído. Venía con la música a tope.

Me suena a pretexto barato; he gritado lo suficiente como para que me escucharan en la otra punta de la bahía.

—No pasa nada. ¿Te ibas a marchar sin decirme adiós?

Se encoge de hombros, restándole importancia al asunto. Sin embargo, al ver que me quedo firme frente a él, da un paso al frente y me envuelve en un abrazo largo, demasiado prolongado, antes de dejarme un beso en la frente.

—Nos vemos, Ali. Después de todo… mañana será otro día —suelta, recurriendo a la mítica frase de Lo que el viento se llevó .

Tengo el pulso alterado. No sé si pedirle explicaciones o tragarme el orgullo, pero la impulsividad termina ganando la partida.

—Son nuestras elecciones, Engel, las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades. Y no, aunque te suene a diálogo de película, es una verdad como un templo. Tienes que empezar a madurar.

—¿De qué me estás hablando ahora, Alicia? —me responde con un deje de superioridad, mostrando esa mirada indiferente que me desquicia más que cualquier reproche.

—¿Has vuelto con Amanda?

Ya está. Lo he soltado. O lo verbalizaba en ese instante o reventaba allí mismo.

Él suelta un suspiro largo y pesado. Tras unos segundos de silencio, termina por asentir.

—Muy bien. Y durante toda la hora que hemos estado charlando de lo más normales en el chiringuito… ¿no has considerado oportuno mencionarlo?

—¿Acaso tengo la obligación de rendirte cuentas de cada movimiento que doy? —Suelta una risa seca que me revuelve el estómago.

—No —desencajo una mueca de absoluto desprecio—. Para nada. Es más, quédate tranquilo: a partir de ahora no quiero saber una sola palabra de tus asuntos. Pensaba que podíamos salvar nuestra amistad, pero veo que estás empeñado en destruirlo todo.

—¿Y a ti qué más te da, Alicia? ¿No estás ya perfectamente cubierta con tu querido Josh?

Eso es la gota que colma el vaso. La rabia y la impotencia hacen que los ojos se me llenen de lágrimas al instante.

—Eras mi mejor amigo, Engel. Te quería como a un hermano, has sido una parte fundamental de mi vida. No te entiendo, de verdad. ¿Cómo hemos podido llegar a este extremo? ¿Qué demonios estás haciendo con tu vida?

—¿Ah, sí, Ali? —Su tono se vuelve cortante, frío—. Si de verdad significaba tanto para ti… ¿por qué nunca he sido suficiente?

Trago saliva, sintiendo el impacto de su reproche.

—Eras más que suficiente para mi amistad, Engel. Tenías mi cariño y mi lealtad absoluta como amiga. No me pidas que te diera algo que no siento.

—No te pido nada. Es más, ya estoy cubierto.

—Eres un imbécil.

—Lo que tú digas.

Nos quedamos mirándonos fijamente, con las lágrimas resbalándome por las mejillas, como si estuviéramos despidiéndonos para siempre. Y entonces, sin darme el menor margen para reaccionar, Engel da dos zancadas, me sujeta el rostro con firmeza entre las manos y me besa en la boca.

Me quedo completamente paralizada, incapaz de asimilar el gesto. Cuando se separa de golpe, doy un paso atrás, desestabilizada.

— La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo —murmura, recurriendo a su retórica de siempre—. Y tú has brillado muchísimo, Alicia. Creo que ha llegado el momento de que sigamos caminos distintos.

—Métete las citas de Blade Runner por donde te quepa, Engel.

No soy capaz de articular nada más. Lo único que siento son unas ganas tremendas de cruzarle la cara por haberme besado sin mi consentimiento.

—Siguiendo con el repertorio… francamente, querida, me importa un bledo .

Se coloca el auricular de nuevo, se gira y me deja allí plantada en mitad de la arena. Lo observo alejarse a paso rápido, levantando polvo a cada zancada. Me quedo mirando a la nada, con el corazón desbocado y la mente en blanco, asimilando la violencia del momento.

Y cuando por fin logro levantar la vista… lo veo.

Josh está a escasos metros de distancia, estático, con la mochila de la escuela al hombro.

Mierda. Lo ha visto todo.

Doy unos pasos vacilantes en su dirección, pero su expresión es demoledora. Se gira de inmediato y empieza a caminar en sentido contrario, ignorando por completo que avanzo hacia él. «No, por favor. No te vayas» .

Me veo obligada a correr detrás de alguien por segunda vez en la tarde; parece que hoy no hago otra cosa.

—Josh, espera, por favor —le suplico, con la voz rota por la desesperación. Sé de sobra que me escucha, al igual que parte de la gente que queda en la playa.

Él no se inmuta. Sigue caminando a paso firme, aunque debido a su prótesis avanza más despacio y logro alcanzarlo en apenas unos segundos.

Me adelanto por su costado y me planto directamente frente a él para cortarle el paso.

Le coloco una mano en el pecho, justo sobre el tatuaje de su electrocardiograma, obligándolo a detenerse.

Noto perfectamente cómo su corazón late desbocado bajo mi palma, al mismo ritmo frenético que el mío.

Me mira con una frialdad que me congela la sangre. Lentamente, voy bajando la mano, consciente de que al menos he conseguido que se detenga.

—¿Qué quieres? —me pregunta.

Mal. Muy mal. Su tono me hiela la sangre .

—No sé exactamente qué es lo que has visto, Josh, pero puedo explicártelo. Yo no he buscado ese beso, te lo juro.

—¿Y qué más da eso ahora, Alicia? Por favor, déjame ir.