Capítulo 35
Lo que el surf se llevó
A las cuatro en punto estoy en el chiringuito de la playa, esperando a Engel. Llega diez minutos tarde y, justo cuando saco el móvil para mandarle un mensaje, aparece Josh. No le había comentado que vendría más temprano, así que se sorprende gratamente al verme allí.
—¿Tú por aquí? —se acerca y me deja un beso suave en la frente.
El gesto me genera una ligera timidez. Sus compañeros de la escuela de surf están en la barra, justo detrás de él, y por un segundo me pregunto si le incomodará que nos muestre en público. Pero enseguida recuerdo que ya me ha presentado a toda su familia y desestimo esa tontería de mi cabeza.
—Sí, he quedado con Engel para tomar un café antes de que empiece la clase.
Josh no hace ningún comentario, aunque su expresión cambia sutilmente. Sé de sobra que no le hace ninguna ilusión; la situación después de lo del sábado es incómoda para todos.
—De acuerdo. Pues te dejo a lo tuyo, Ali. Voy a tomar algo rápido con los chicos y luego preparo el material para la clase —hace un ademán hacia la barra—. ¿Segura que no te animas a entrar al agua hoy? —Muestra esa sonrisa pícara que tanto me gusta.
—Muy gracioso, sabelotodo… —entorno los ojos, divertida.
Estoy a punto de confesarle mis planes de meterme en la jaula con los tiburones, pero me contengo en el último segundo.
Si algo sale mal o me echo atrás, prefiero ahorrarme la explicación.
Mi padre me va a acompañar y ya veré cómo salgo entera de la experiencia; prefiero darle la sorpresa a Josh una vez que lo haya conseguido.
Solo de pensarlo se me acelera el pulso, y más aún cuando veo a Engel aproximarse a la mesa.
—Ya estoy aquí —se anuncia, alternando la mirada entre Josh y yo—. No sabía que tú también te apuntabas al café, Josh.
Por el tono de Engel, la familiaridad con la que le llamaba «profesor» se ha evaporado por completo. Josh, manteniendo una educación impecable, responde con tranquilidad:
—Qué va, Engel. Yo ya me iba con mis compañeros. Os dejo tranquilos. Que vaya bien la tarde. Nos vemos en clase —Le da un par de palmadas en el hombro al pasar, con una firmeza que no pasa desapercibida.
Engel aprieta los labios en un amago de sonrisa que no llega a reflejarse en sus ojos.
Y entonces, justo antes de retirarse, Josh se inclina hacia mí y me planta un beso rotundo en los labios.
No es un simple saludo; es un beso lento, seguro y cargado de intención, que deja las cosas meridianamente claras entre nosotros.
Cuando se separa apenas unos centímetros, me susurra al oído:
—Te quiero. Nos vemos en un rato, ¿me esperas a que termine?
—Siempre —le respondo en un susurro, totalmente ida.
Josh se encamina hacia la barra y Engel se deja caer en la silla de enfrente con una actitud visiblemente forzada.
—Vaya, cómo desborda el amor por aquí. Qué idílico todo.
No me hace la más mínima gracia su tono irónico. Lo conozco demasiado bien como para que se me escape su doble intención.
—Si vas a empezar con esa clase de comentarios, Engel, mejor lo dejamos aquí y me marcho.
—Tranquila, no te pongas así. Qué susceptibilidad. El noviazgo te está volviendo un poco arisca.
—Arisca no, simplemente no tengo ganas de aguantar tonterías.
Por suerte, el camarero aparece en ese instante e interrumpe la tensión. Pedimos las bebidas y nos quedamos a solas de nuevo.
—¿Qué tal va todo? —le pregunto, sintiendo que parecemos dos extraños intentando mantener las formas.
—Bien, tirando. ¿Y tú? Ya veo que perfectamente acompañada.
—Pues sí, la verdad es que estoy muy feliz.
Y de nuevo se instala ese silencio denso. Definitivamente esto no está fluyendo; empiezo a pensar que haberme citado con él ha sido un error.
—Voy a ponerme a buscar programas formativos de fisioterapia animal para ampliar mis estudios —comento, decidida a romper el hielo antes de que la distancia entre los dos se vuelva insalvable.
—Qué bien. Me imagino que tu nuevo novio te habrá animado a seguir sus pasos. Me alegro por ti.
Esto me supera. Todo lo que digo tiene que llevarlo a su terreno para lanzar un dardo. No estoy dispuesta a tolerarlo, así que me cuelgo el bolso al hombro y me pongo en pie.
—Creo que es mejor que lo dejemos para otro día —digo, visiblemente molesta—. Si vas a estar con indirectas toda la tarde, paso. Pensaba que podíamos charlar de forma civilizada.
Hago amago de pasar por su lado para marcharme, pero él se estira rápidamente y me sujeta de la muñeca para detenerme.
—Espera, Alicia. Por favor, no te vayas —me lo pide con un tono serio, casi suplicante.
Nuestras miradas se cruzan y por un instante noto un nudo en la garganta.
Me duele ver en qué se ha convertido nuestra complicidad.
Respiro hondo para calmarme y asiento, aceptando volver a sentarme.
Al girarme, desvío la vista hacia la barra por puro instinto y me encuentro con los ojos de Josh fijos en nosotros.
Está serio, observando la escena con atención.
Noto la tensión en su postura. Me incomoda la situación, así que retiro la muñeca con suavidad del agarre de Engel y le lanzo a Josh una mirada rápida de tranquilidad, aunque él no me devuelve el gesto.
Me acomodo en la silla frente a mi amigo, intentando apartar la sensación de agobio de la mente.
—Venga, Alicia, empecemos de cero. Te pido disculpas, he estado insoportable —admite Engel, relajando los hombros.
Agradezco el gesto y decido ahorrarme el reproche; no he venido aquí a iniciar una guerra.
—No te preocupes, está olvidado —fuerzo una sonrisa, dispuesta a pasar página.
—Cuéntame más sobre ese curso de fisioterapia. ¿Cómo te ha dado por ahí?
Me alivia comprobar que la conversación regresa a un cauce normal. Durante casi una hora recuperamos parte de nuestro antiguo ritmo, charlando de proyectos, anécdotas sueltas y batallitas de la playa. Por unos momentos, volvemos a ser los de siempre.
Poco antes de las cinco, mis amigas van llegando para el inicio de la clase de surf.
El grupo comienza a reunirse en la arena con el ritual habitual de los neoprenos y las tablas, aunque se nota un cambio precioso en el ambiente: Delia y David aparecen caminando juntos, cogidos de la mano, y no puedo evitar sonreír al verlos.
Se nota que lo suyo avanza con paso firme.
—A ver qué tal se nos da el mar hoy… —comenta Blair mientras pelea por subirse la cremallera del traje.
Delia y David ya se han adelantado para unirse al resto de los alumnos y solo quedamos nosotras dos cerca del espigón. Engel ya se ha marchado para reunirse con el resto de los instructores.
Al fondo, junto a la orilla, veo a Josh organizando al grupo y dando las indicaciones iniciales.
No hemos vuelto a cruzar palabra desde el encuentro en el chiringuito, pero mantengo la vista fija en él, decidida a esperarle pacientemente en la arena hasta que termine su jornada para poder pasar el resto de la tarde juntos.
—Que vaya muy bien la clase, Blair —le deseo, dándole un empujón cariñoso hacia el agua.
—Ya veremos —dice Blair entre risas, mientras termina de ajustarse el traje de neopreno—. A ver si mi hermano deja de portarse como un imbécil. Últimamente no hay quien lo aguante.
«A mí me lo vas a decir» , pienso, pero opto por guardar silencio.
—¿Tú te crees que ha vuelto con Amanda? —me suelta de golpe y sin filtros.
—¿Cómo? —tuerzo el gesto, completamente confundida.
—Lo que has oído. Ayer llegó a casa después de haber bebido de más y me soltó esa bomba. A mí no me parece ni medio normal.
—A ver… espera —alzo una mano, bloqueada. ¿Qué demonios me está contando? He pasado casi una hora con él en el chiringuito y no ha sido capaz de mencionarme absolutamente nada—. ¿Estás segura de que han vuelto?
—Al cien por cien. Me lo contó con pelos y señales. Yo, sinceramente… o ella es tonta o lo son los dos. Mi hermano no está bien. Jamás ha sabido lo que quiere, pero ahora menos que nunca .
Estoy tan desconcertada que ni siquiera sé qué replicar.
No me lo esperaba en absoluto. Y no porque me incumba con quién sale o deja de salir, al contrario, ojalá así se le quitara la fijación conmigo de una vez.
Lo que me revienta es que su actitud no tiene el menor sentido.
¿Hace unos días se me insinúa y ahora regresa con la misma chica a la que supuestamente dejó por mí? ¿A qué está jugando?
Me da pena, me duele y, para qué mentirme, me asalta una punzada de culpa por si mi rechazo ha terminado de desestabilizarlo.
Aunque, siendo justa, yo no lo empujé a perder el control con media ciudad.
El sábado me asegura que está dispuesto a marcharse a Nueva York y, tres días después, vuelve con su ex; la misma que, según sus propias palabras, le había roto el corazón. Todo mentira.
La desilusión me golpea con fuerza. Cuando Blair se despide para unirse al grupo en el agua, apenas la escucho.
Me dejo caer sobre la toalla y me quedo contemplando el horizonte, con la mente perdida en el vaivén de las olas.
No entiendo qué hace con su vida, pero lo que tengo claro es que está arrastrando a todos los que lo rodean, y yo me encuentro justo en el ojo del huracán.
No quiero cargar con una responsabilidad que no me pertenece, pero lo quiero demasiado como para no preocuparme.
Jamás he querido herirle, pero tampoco voy a alimentarle falsas esperanzas.
Este viaje me está poniendo la existencia del revés. Por un lado estoy feliz por todo lo bueno que ha traído Josh, pero por otro, me siento completamente perdida.
Cuando la clase termina, descubro que no he prestado atención a nada.
Estoy nerviosa, tensa y de mal humor tras darle vueltas al asunto durante una hora entera.
Al fondo de la playa, veo que Josh se ha apartado para revisar el material y charlar con el resto de los instructores.
Todos recogen sus cosas y, cuando Blair, Delia y David se acercan a mi posición, hago un esfuerzo sobrehumano por disimular.