Capítulo 34 #3
Para despejarme un poco, me dispongo a llamar por videollamada a Eva, mi amiga de Madrid.
Hacía semanas que no hablábamos con calma.
Un rato antes me había puesto en contacto con mi madre; obviamente, omití por completo la discusión que acababa de tener con mi padre en la cocina, pero cuando me preguntó cómo iban los preparativos de la boda que él canceló, me supo a gloria reiterarle que no iba a haber ningún enlace.
No soy ingenua: percibí a la perfección el tono de alivio en su voz cuando soltó un fingido: «¿Ah, sí?
¿Y eso?». Estaba sorprendida, desde luego, pero sobre todo aliviada.
Sigo pensando que esos dos todavía tienen una cuenta pendiente con el destino.
A diferencia de ellos, si no es por mi padre —que al menos tiene conocimientos médicos y se ha comprometido a guiarme en la locura que acabo de proponer—, yo no tendría ni el valor de acercarme a la costa. Estoy convencida de que me va a dar un colapso en mitad del mar.
«Adiós, mundo; ha sido un placer conocerte», dramatizo para mis adentros.
¿A quién se le ocurre sugerir semejante burrada en mitad del desayuno? Tengo que aprender a ser muchísimo menos impulsiva.
—Tía, ¿pero me estás diciendo en serio que te vas a meter en una jaula rodeada de tiburones? —La cara de Eva en la pantalla del móvil es un poema.
—No me lo repitas, por favor, que lo único que quiero es no arrepentirme —pongo una mueca de pánico real.
—Mira que yo no les tengo fobia a esos animales, pero a mí no me meten ahí ni loca.
—Pues imagínate cómo voy a acabar yo. Así que aprovecho para dejarte mis últimas voluntades por si acaso.
—En ese caso, ve adjudicándome tu plancha del pelo, que es mil veces mejor que la mía —se parte de risa la muy cabrona.
—Vaya, qué poco pides. Yo que había pensado legarte mi armario entero... —Me guardo el comentario de que probablemente le quedaría enorme porque ella es muchísimo más delgada. Estoy aprendiendo a quererme tal y como soy, sin entrar en comparaciones absurdas con nadie. Paso a paso.
—Pues no te diría que no al armario, la verdad. Entre Daniela y yo nos lo repartimos bien, quédate tranquila.
Suelto un suspiro profundo, mirando el techo.
—Tranquila no estoy, precisamente, pero ya tendré tiempo de entrar en pánico. Prefiero posponer el agobio todo lo que pueda.
—Ya… Cambiemos de tema entonces. Por cierto, ¿cuándo tienes pensado regresar a España?
Aparece el otro gran temor que llevo días intentando evitar. Hago una pequeña mueca antes de responder:
—No lo sé, Eva. De hecho, no creo que vuelva tan pronto como tenía planeado.
—¿Cómo? —A mi amiga casi se le desencaja la mandíbula—. ¿Qué dices?
—A ver, tengo que ir a Madrid en algún momento a solucionar un par de temas y recoger cosas que me hacen falta, pero mi idea ahora mismo… es quedarme en Malibú una temporada larga.
—No me fastidies, Ali. ¿Nos dejas aquí solas?
Siento un nudo opresivo en el pecho. Toda mi rutina y mis recuerdos están en Madrid y, aunque siempre he sido de las que van y vienen, soy consciente de que esta elección puede volverse mucho más permanente de lo que me atrevo a admitir en voz alta.
No quiero mudarme de forma definitiva a California, pero la idea de alejarme de Josh me resulta insoportable.
En Madrid no me espera ningún proyecto esperanzador, más allá del desempleo y de un par de ofertas clínicas que ya no me motivan en absoluto.
Por otro lado, están mi madre y mis amigos.
Hasta ahora lo han sido todo para mí; siguen siéndolo, pero soy consciente de que no puedo quedarme suspendida en el pasado por miedo a avanzar.
Es un dilema difícil. Prefiero no romperme la cabeza con eso ahora.
—No os dejo, tía. Es solo una racha… ya iré viendo cómo se desarrollan las cosas. Además, sabéis perfectamente dónde encontrarme.
—Ya, Ali, pero un billete de avión para cruzar el charco hasta Malibú no es precisamente barato. Con lo que gano en la clínica no me da para tantos lujos.
Eva ha tenido muchísima suerte en el plano laboral; nada más terminar la carrera, entró a trabajar directamente en la clínica veterinaria de su madre.
—Por cierto, ¿qué tal te va todo por allí? —pregunto, con sincera curiosidad.
—Muy bien. Con muchísimo trabajo, como siempre. Ahora estamos en plena campaña estival con las vacunas de la rabia y las prevenciones de la leishmaniasis y vamos hasta arriba, pero estoy contenta.
—Me alegro un montón, de verdad. ¿Y Daniela y Fabio? ¿Qué tal están?
—A lo suyo, trabajando un montón. Te mandan muchísimos saludos, por cierto; hoy hemos estado comiendo juntos.
Me invade una oleada de nostalgia al recordar a mi grupo. Esa rutina madrileña que a veces me resultaba tan estresante ahora se me antoja un recuerdo entrañable.
—Diles que les mando un abrazo enorme en cuanto los veas.
—Hecho. Este fin de semana saldremos al pub de siempre. Es una pena que no estés aquí con nosotros.
A mí también me da rabia perdérmelo. La añoranza se apodera de mí por unos instantes, pero Eva lo detecta enseguida a través de la pantalla y cambia de tercio con la habilidad que la caracteriza. Es una experta en eso.
—¿Y qué planes tienes para estos días, aparte de la locura marina? ¿Me has dicho antes que tu padre se ha cogido una semana entera de vacaciones? Eso es un milagro histórico, ¿no ?
—Ya ves, me quedé de piedra en la cocina.
Me ha comentado que quiere aprovechar estos días para presentarme a varios contactos del sector, con la idea de que pueda empezar un programa formativo especializado en fisioterapia reconstructiva y rehabilitación animal.
Dice que ha estado dándole vueltas al asunto y que quiere ayudarme a enfocar mi profesión hacia algo que de verdad me ilusione.
—¿Y tú cómo lo ves?
—¿Que si me interesa? Muchísimo, la verdad.
Es un campo que veo totalmente viable para mí.
Siempre me pareció de las vertientes más bonitas de la carrera: la rehabilitación, la adaptación motriz…
Creo que se me podría dar muy bien. Solo la idea de enfocar mi futuro por ahí ya me devuelve la motivación, lo cual, después de la racha que llevo, es un logro enorme.
—A mí me parece una auténtica pasada, Ali. Ya me irás contando los avances. Y hablando de novedades potentes… ¿qué tal marcha lo tuyo con Josh? ¿Es verdad que ya habéis formalizado lo vuestro?
—Yo diría que sí —respondo, sintiendo cómo se me escapa una sonrisa inevitable.
—Madre mía, te brillan los ojos a través de la pantalla.
—Es que es un chico increíble, Eva.
—Estás coladita por él, tía. Qué alegría me das.
—Para qué te voy a mentir, estoy en una nube —admito, ensanchando mi sonrisa de boba.
—De verdad que me alegro de corazón, amiga. Te lo mereces.
—Gracias. Por cierto… —con ella tengo la confianza suficiente como para no guardarme nada— ya hemos pasado la noche juntos.
—¿En serio? —La sonrisa de Eva se ensancha al instante. Asiento con la cabeza, notando un ligero rubor cohibido en las mejillas—. ¿Y qué tal la experiencia? Si se puede preguntar, claro…
—Claro que puedes. Ha sido… maravilloso. Muy, muy especial.
—Vaya… Me alegro un montón. He estado cotilleando las fotos que subisteis de la fiesta de la piscina y hay que admitir que el chico es espectacular, Ali.
Guapísimo y con un físico increíble, las cosas como son.
Me das una envidia tremenda cada vez que me mandas imágenes de lo bien que te va todo por allí.
—Ya sabes: te vienes a California en cuanto puedas. Y sí, es guapísimo, pero te aseguro que lo mejor de él no es el físico. Es un hombre maduro, inteligente y con una sensibilidad increíble.
—Te has topado con un novio ideal.
—De momento me tiene completamente encandilada, eso seguro.
—Y… ¿cómo ha sido el momento de la intimidad? Quiero decir, por el tema de su amputación. Si no es indiscreción por mi parte.
—No, para nada. Me ha dejado fascinada, Eva. Nunca había estado con un hombre así; me tiene loca de verdad. Su cuerpo tiene una fuerza y una presencia que ya quisieran muchos que se consideran perfectos. En la cama no existen las barreras con él.
Nos reímos las dos, relajando por completo el tono de la conversación. Pasamos un buen rato compartiendo confidencias y risas, recuperando esa complicidad que tanto extrañaba de mi rutina.
—¿Y las cosas con Engel cómo han quedado después de lo del sábado? —pregunta Eva, suavizando el tono.
La sonrisa se me desvanece de las facciones en un segundo.
—Ahora mismo no hay ninguna relación —respondo de inmediato.
—Vaya, qué lástima. ¿No crees que haya forma de solucionar el distanciamiento?
—No lo sé, Eva. Habrá que verlo. Si él pone de su parte y deja a un lado esa actitud tan inmadura, tal vez podamos salvar algo.
Y justo en el instante en que pronuncio esas palabras, soy consciente de que yo también voy a tener que ceder y poner de mi parte si no quiero que una amistad de tantos años termine rota para siempre.
Así que, en cuanto cuelgo la videollamada con Eva, busco el número de Engel y le escribo un mensaje corto.
Le propongo que nos veamos mañana por la mañana antes de que empiecen sus clases en la escuela de surf para tomar un café y hablar.
Él me responde casi de inmediato con un escueto: «De acuerdo».
Me quedo mirando la pantalla, con una mezcla de nervios y expectación. No es por la brevedad de su respuesta, sino por todo lo que implica ese reencuentro. Nos toca descubrir qué somos capaces de salvar de nuestro pasado. O si, por el contrario, ya es demasiado tarde.