Capítulo 34 #2
Él guarda silencio. Sus ojos sostienen los míos en un pulso mudo y, antes de que articule palabra, su expresión ya me ha dado la respuesta.
—Sí.
Abro la boca de par en par, no por sorpresa, sino por un alivio inmenso. Esperaba una contestación ambigua y agradezco que haya sido directo.
—A pesar de todo lo que ocurrió y de los años que han pasado… sí, la sigo queriendo. Siempre lo haré. Fue el amor de mi vida.
Las lágrimas me asoman a los ojos al instante. He esperado tanto tiempo a escuchar esa confesión que ahora mismo no sé qué hacer con ella. Desvío la mirada hacia el jardín que se vislumbra a través del ventanal, notando cómo me tiembla el labio inferior cuando por fin consigo hablar:
—Y si te aseguro que creo que ese sentimiento es mutuo… ¿qué vas a hacer al respecto?
Ahora es él quien se queda completamente mudo.
—Las cosas son muy complejas, Alicia —dice, visiblemente nervioso.
—Complejo no es esto, papá —me sale del alma, logrando que él levante las cejas, sorprendido—. Complejo es querer a alguien que ya no está en este mundo. Complicado es perder a una persona de verdad o vivir separados porque la vida te lo impide de forma drástica. ¿Qué os lo impide a vosotros dos?
—No lo sé… muchísimas cosas. Lo de siempre. Cada uno rehízo su vida a su manera y las cosas no son tan sencillas como las ves tú.
Suelto una risa amarga para no romper a llorar, aunque es inútil. Las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas sin control, cayendo sobre la mesa.
—Eres capaz de realizar la cirugía más compleja del mundo, de devolverle la movilidad a un chaval con una pierna destrozada y hacer que su vida vuelva a tener un rumbo.
Puedes reconstruir tejidos, cortar y reparar un cuerpo en un quirófano como si nada…
y, sin embargo, eres incapaz de ir a buscar a la mujer que amas y decirle lo que sientes.
No te entiendo, papá, de verdad que no puedo entenderte.
¿Es orgullo, es cobardía o pura desesperanza?
Explícamelo, porque ahora mismo no me sirves de ejemplo para nada.
Para mí sigues siendo ese surfista que se pasa los días sobre una tabla, encadenando veranos como si el resto del mundo no le importara lo más mínimo.
¿Cómo pretendes que te vea de otra forma si me estás enseñando a no luchar por lo que quiero?
¿Cómo quieres que yo pelee por mi futuro, por mi carrera y por encontrar mi lugar en el mundo, como tú dices, si tú, que me doblas la edad, todavía no has sido capaz de hacerlo con lo tuyo?
Ya está. Se lo he soltado todo. Absolutamente todo lo que llevaba guardado en el pecho desde que era una cría. Necesitaba vaciar esa mochila; sé de sobra que no puedo avanzar en mi vida si sigo dejando estos cajones mal cerrados.
Él se queda callado unos instantes, procesando el impacto de mis palabras, hasta que me mira con una fijeza abrumadora:
—¿De verdad te crees que eres la única en esta familia que tiene fobias, Alicia?
¿La única que vive muerta de miedo? Tus temores pueden parecerle absurdos al resto del mundo, tú misma lo sabes, y aun así solo tú comprendes el calvario que pasas.
Pues a mí me ocurre exactamente lo mismo, y me estás juzgando sin saber.
¿Piensas que no me aterra la idea de intentarlo y volver a fracasar?
¿Ir a buscarla y encontrarme con un rechazo?
¿Dar el paso y descubrir que ella ya no siente lo mismo por mí?
Pues sí, me acojona. Me quita el sueño muchas noches, te lo aseguro.
Por eso prefiero quedarme inmóvil, igual que haces tú en la orilla, viendo cómo los demás se atreven a entrar al agua mientras tú te quedas paralizada en la arena.
Su confesión me deja completamente sin palabras.
Me tapo la boca con la mano, ahogando un sollozo que se me escapa del pecho. Los ojos de mi padre también brillan, conteniendo la emoción. A mí toda esta situación me desborda y me rompe por dentro.
—Solo inténtalo… —pido en un hilo de voz—. ¿Qué puedes perder por probar?
En el fondo, solo deseaba que se dieran una segunda oportunidad, que me permitiera creer que el miedo se puede vencer.
Aunque, siendo honesta conmigo misma, me doy cuenta de que jamás me había parado a pensar en cómo se sentía él; he estado demasiado ocupada reprochándole su pasado como para intentar comprender su presente.
—¿Tú te adentrarías en un mar que sabes que está lleno de tiburones? —me pregunta de vuelta—. Porque así es exactamente como me siento yo ante esa posibilidad.
—Ella no es un tiburón, papá, es mi madre.
Y estoy convencida de que te sigue queriendo con la misma fuerza que tú a ella.
Lleva años sola, ninguna relación le ha funcionado porque sigue anclada a tu recuerdo.
No me lo dice abiertamente, pero convivo con ella todos los días y lo sé.
Es una mujer valiente, increíble, y se está consumiendo en la soledad.
Se lo debo, papá. Ella lo ha dado todo por mí durante este tiempo, no tienes ni la menor idea .
Y entonces ocurre lo inédito. Una lágrima limpia resbala por la mejilla de mi padre. Me quedo completamente perpleja ante la imagen; jamás lo había visto llorar.
—¿Crees que no lo sé? —dice con la voz quebrada—.
La quiero por eso y por un millón de cosas más.
Jamás he conocido a una mujer como ella, Alicia, y nunca he dejado de sentir lo que siento.
Cometí demasiados errores en el pasado, y sé que los sigo cometiendo, pero me aterra meter la pata de forma definitiva.
Si las cosas funcionan dentro de este orden…
—¿Cómo puedes decir que esto funciona? —le interrumpo, indignada—.
Ni tú, ni ella, ni yo estamos bien con esta situación.
Tengo veintiséis años, papá, ya soy lo bastante mayor como para dejar de hacer de escudo entre vosotros dos.
Ahora os toca a vosotros. Y si te equivocas, pues te habrás equivocado.
¿De verdad prefieres pasarte el resto de tus días imaginando qué habría pasado si hubieras tenido el valor de intentarlo?
Él baja la mirada, asumiendo el peso de mis palabras, y yo suelto por fin el aire que llevaba conteniendo en los pulmones desde que nos sentamos a la mesa.
Entre los dos se instala un silencio denso, pesado. Estamos muchísimo más rotos de lo que pensaba, distanciados por muros que nosotros mismos hemos ido alimentando.
Entonces, algo se remueve con fuerza en mi interior y tomo una decisión que jamás creí que saldría de mi boca.
—Quiero intentarlo —le digo, sosteniéndole la mirada con firmeza.
—¿A qué te refieres, Alicia? —Mi padre frunce el ceño, completamente perdido.
Trago saliva un par de veces, notando cómo el corazón me golpea contra las costillas. Me aterra la idea, es verdad, pero me da muchísimo más pánico ver a mis padres perdiéndose la vida por puro orgullo.
—Quiero meterme en el agua con tiburones.
—¿Qué? —Las cejas se le elevan tanto que casi se le pierden en el nacimiento del pelo—. ¿Cómo has dicho?
—Sé que aquí en la costa organizan inmersiones en jaulas para los turistas. Quiero hacerlo. Quiero intentarlo.
Él echa el cuerpo hacia atrás contra el respaldo de la silla, visiblemente descolocado por mi propuesta.
—¿Me lo estás diciendo en serio ?
—Completamente en serio. Quiero intentar vencer mis fobias de una vez por todas.
—Vaya…
—Pero a cambio te voy a pedir una condición, papá.
Me lo debes —ladeo un poco la cabeza, marcando mi terreno—.
Si yo soy capaz de entrar en esa jaula y mirar de frente a lo que más miedo me da en este mundo, tú vas a hacer exactamente lo mismo con lo tuyo.
Vas a coger un avión, irás a ver a mamá y le dirás a la cara lo que sientes. Buscarás la manera de que funcione.
Traga saliva en silencio, incapaz de articular palabra. Noto cómo la propuesta le ha calado hondo.
—Alicia… —susurra al cabo de un rato, con la voz cargada de dudas.
—No, papá. Por una vez en la vida vamos a ser valientes los dos. Puede que nos enfrentemos a criaturas diferentes, pero tú y yo sabemos que, en el fondo, el miedo funciona igual para ambos. Así que hagámoslo. Juntos.
Mi padre se queda mirándome fijamente y, de pronto, suelta una carcajada limpia que me hace arquear las cejas.
—Estás completamente loca, hija mía. Me dejas sin palabras —niega con la cabeza, pero lo más importante es que no me ha dicho que no.
Me cruzo de brazos sobre la mesa, presionando.
—Entonces… ¿tienes tiempo libre esta semana de vacaciones? ¿Me vas a acompañar?
Pasa una mano por su rostro, asumiendo el peso del pacto, y suspira:
—Madre mía… De acuerdo. Hecho.
Por poco me caigo de la silla de la sorpresa.
—¿De verdad? ¿Lo vas a hacer?
—¿Lo vas a hacer tú? —me desafía de vuelta.
Asiento despacio, aunque por dentro la confianza se me empieza a desmoronar a una velocidad alarmante.
Y es justo en este segundo cuando soy consciente de la locura en la que acabo de meterme. Solo de imaginarme allí fuera, en mitad del océano, noto cómo el pánico me atenaza las entrañas. Ya no hay marcha atrás; he sellado el trato.
Sea cual sea el resultado de esta locura, al menos sé que la afrontaremos juntos, y ese es un recuerdo que quiero guardar para siempre.
Puede que fracasemos o puede que salgamos de allí renovados.
Pero, como él mismo ha dicho, quizás esta experiencia cambie de manera definitiva la forma en la que nos hemos mirado hasta el día de hoy.
Con eso me basta.
Josh tenía trabajo y, después de un día intenso, yo he preferido quedarme en casa. Tampoco era plan de vivir pegados como lapas.
Que yo esté intentando aclarar qué hacer con mi futuro no significa que Josh no tenga una vida completamente estructurada. De hecho, asume muchísimas más responsabilidades de las habituales para un chico de su edad.