Capítulo 34
Fobias
El fin de semana ha sido increíble. Josh y yo hemos pasado casi todo el tiempo juntos.
Le he acompañado a su casa alguna que otra vez porque tenía que atender algunos asuntos familiares, y esa es otra de las cosas que me fascinan de él: la forma en la que se tratan entre ellos.
La complicidad, la manera en que se reparten las tareas y el cariño que se respira en cada rincón es maravilloso.
Tienen sus diferencias, como cualquier familia, pero se nota un ambiente completamente sano.
Conocer el entorno de alguien te dice mucho sobre cómo ha sido criado y, de alguna manera, te ayuda a imaginarte formando parte de su mundo.
Quizá por eso me siento un poco más cohibida cuando pienso en la mía. No es que estemos rotos, pero desde luego arrastramos una dinámica mucho más compleja y distante.
Por ello, cuando me encuentro a mi padre un lunes por la mañana en la cocina, me quedo bastante desconcertada.
—¿Qué tal el fin de semana? —pregunta, mientras sostiene entre las manos la que debe de ser su tercera taza de café.
—Muy bien, la verdad. Bastante tranquilo.
—¿Qué has hecho?
—Organicé una pequeña reunión aquí en casa el sábado —respondo con total libertad. Mi padre jamás me ha puesto pegas con esas cosas; al contrario, siempre lo fomentaba, como si de algún modo intentara compensar sus largas ausencias.
—Pues quién lo diría. Lo habéis dejado todo impoluto .
—Ya me conoces. Nada del otro mundo, la gente de siempre. Mis amigos, a los que ya conoces de sobra.
—¿Y vino ese chico nuevo? ¿Cómo se llamaba? Siempre se me despista el nombre.
—Josh. Si te refieres a él, sí, vino.
No sé si es demasiado pronto para ponerle etiquetas a lo nuestro delante de mi padre, pero después de la conversación tan sincera que tuvimos en el jardín, decido arriesgarme.
—Eso, Josh. ¿Cómo le va? Parece un chico muy centrado y valiente.
—Lo es, papá. Y, por cierto… —bajo la mirada hacia la tostada que me estoy preparando— estamos saliendo.
Sé que «saliendo» se queda corto para todo lo que se removió anoche en mi habitación, pero es la palabra más natural que encuentro.
Él no responde de inmediato, lo que me obliga a levantar la vista para encararlo. Para mi sorpresa, mantiene una sonrisa leve y cálida en los labios.
—¿No vas a decir nada? —pregunto, extrañada.
—No, simplemente te escucho.
Vale… esto se me está haciendo rarísimo. ¿Qué le pasa? Nunca le he hablado de mis relaciones pasadas ni le he traído a nadie a casa, principalmente porque ninguna había merecido la pena.
—Pues eso… que nos estamos conociendo más en serio.
—Vamos a ver, hija, ¿te gusta? —me lanza la pregunta de frente con su habitual franqueza.
—Sí. Muchísimo —confieso, sin guardarme nada.
—Me alegro mucho por ti, Alicia. Me pareció un buen muchacho el día que estuvo aquí. Os deseo lo mejor.
Me quedo un momento sin saber qué decir. Me doy cuenta de lo injusta que he sido a veces con él, atacándolo por sus parejas, y ahora él me responde con una comprensión absoluta. Me deja completamente descolocada.
—Entonces… ¿no te incomoda que tenga una relación? —me atrevo a plantearlo tal cual.
—Si él te hace feliz y tú estás bien, no veo por qué tendría que molestarme. Eres una mujer adulta, lo raro sería que no te interesara nadie. Eso sí… ten cuidado con empezar algo que más tarde sea difícil de gestionar. No siempre el corazón asimila bien la distancia.
Sus palabras me calan mucho más hondo de lo que me gustaría admitir.
Es un tema que he estado esquivando deliberadamente estos días.
Se supone que mis vacaciones aquí son temporales y que tengo que regresar a Madrid, donde está mi rutina.
Esta historia con Josh lo cambia todo. Estoy tan ilusionada con lo que estamos empezando que no quiero pararme a pensar en problemas que aún no han llegado…
aunque sé que tarde o temprano no me va a quedar más remedio que afrontarlo.
Lo de Josh no es un romance de verano pasajero, y sé que para él tampoco lo soy.
—Tranquilo. Como te decía, estamos yendo paso a paso, así que de momento prefiero disfrutar del presente.
Mi padre asiente, dando por bueno mi argumento.
—Y hablando del futuro… —añade, dejando la taza sobre la encimera—, quería comentarte una cosa.
—Dime —le doy un bocado a la tostada, mirándolo de reojo.
—He cogido vacaciones esta semana.
La mandíbula se me descuelga por completo, con la boca llena.
Trago el trozo a toda prisa, casi ahogándome, y tengo que dar un sorbo largo al zumo de naranja para poder reaccionar.
¿Mi padre de vacaciones? ¿Se encuentra bien?
¿Ha pasado algo? Él jamás se toma días libres, ni siquiera cuando yo vengo a verle de propio.
Suele rascar algún día suelto aquí y allá, pero una semana entera es un hito histórico. Es un adicto confeso a su trabajo.
—¿Y eso a qué se debe? —consigo articular.
—Quiero pasar tiempo contigo, Alicia.
Me quedo muda. ¿Precisamente ahora que mis planes giran en torno a Josh?
—¿Y por qué esta semana? Tú nunca dejas la clínica.
—Motivo de más para hacerlo ahora. Necesito un respiro. Además, he estado pensando que podríamos aprovechar para hacer algunas actividades juntos.
Ese «he estado pensando» me genera cierta inquietud. Conociéndolo, sé que trama algo y no puedo evitar moverme en la silla, un poco impaciente.
—¿Y qué clase de actividades quieres hacer? Ya sabes perfectamente que lo de surfear no entra en mis planes —le digo en un tono de broma para aligerar la tensión .
Mi padre amplía su sonrisa, cazando la ironía al vuelo.
—Bueno, igual cambias de opinión… ¿No es surfista el chico con el que estás saliendo?
Me pilla por completo. Desvío la mirada hacia la mesa, sintiendo el calor en las mejillas. Por la boca muere el pez, desde luego. Me ha dejado sin réplica en un segundo.
—Que Josh sea surfista no significa que yo vaya a meterme en mitad del océano, papá. Ya sabes perfectamente lo que opino sobre el mar.
—Sí, lo sé —concluye él, mirándome con un afecto sincero—. Solo espero que ahora te des la oportunidad de comprender un poco mejor ese estilo de vida que tanto has cuestionado todos estos años.
—Solo espero que Josh no me deje tirada a las primeras de cambio, como han hecho otros —añado, porque soy incapaz de morderme la lengua.
Si él se siente con el derecho de cuestionar mis prejuicios sobre los surfistas, yo también tengo derecho a expresar mis dudas.
No tengo la certeza de lo que Josh va a hacer en el futuro y, para qué engañarme, es un pensamiento que me inquieta bastante.
Apenas nos estamos conociendo y para mí Malibú siempre ha sido una parada provisional, mientras que este es su hogar.
Esta conversación me está obligando a mirar de frente realidades que durante el fin de semana me parecían lejísimos, y eso me descoloca.
—Bueno, confío en que no compliquéis las cosas antes de tiempo con un embarazo inesperado. Eso ya sería un buen punto de partida para evitar conflictos —comenta él con una calma que me enciende la sangre.
Levanto la mirada, fulminándolo con los ojos. No me puedo creer que acabe de sacar esa carta.
—¿Qué estás intentando decir con eso, papá?
¿Que como dejaste embarazada a mi madre tuviste que renunciar a tu relación con ella?
No me digas que te cambió los esquemas —suelto una risa amarga y sarcástica—, porque salta a la vista que no fue así.
Te quedaste exactamente donde siempre quisiste estar.
El nacimiento de tu hija no te impidió seguir surfeando ni desentenderte de las responsabilidades que jamás quisiste asumir.
Mi padre ni se inmuta. Hemos vuelto a enzarzarnos en los reproches de siempre, pero esta vez no pienso dar mi brazo a torcer. Ha sido él quien ha tocado la fibra sensible, y de la peor manera posible.
—Si lo dices con la intención de herirme, como haces siempre —empieza a decir con un hilo de voz neutro—, que sepas que lo que llevas creyendo todos estos años no se ajusta a la realidad.
Es el resultado de tu propia frustración.
Ya te lo advertí el otro día: si de verdad quieres entender lo que pasó, tendrás que escuchar las dos versiones, no solo la que te resulta cómoda.
Aunque, sinceramente, ya he hecho las paces con este tema.
Asumo que soy el villano de tu historia y sé que nada de lo que haga va a cambiar la opinión que tienes de mí.
—¿Y acaso has hecho algo para intentar cambiarla? —Mi irritación va en aumento a cada segundo.
—He hecho todo lo que ha estado en mis manos, Alicia. Pero tú pretendes reescribir un pasado que no fue como te lo han contado, y contra eso yo no puedo luchar. Ya me gustaría a mí.
Esas últimas palabras se me clavan en la mente: «Ya me gustaría a mí» . No pienso dejarlo pasar de largo. Me recuesto sobre el respaldo de la silla, dispuesta a tirar del hilo.
—Muy bien, papá. Hablemos claro de una vez. A lo mejor si eres honesto consigues que te mire de otra manera, que es lo que tanto pareces buscar.
Él se encoge de hombros y ladea la cabeza con un gesto cansado.
—Si eso te sirve para estar más tranquila, adelante.
—Dime la verdad, pero la tuya. No la versión de mi madre ni la de mis abuelos. Que, por cierto, todavía no he ido a visitarlos porque me cuesta sentirlos como mi familia biológica, pero ese es otro asunto. Dime… ¿tú quisiste a mi madre?
Le veo tragar saliva con dificultad. Lo he acorralado y esta vez sé que no va a poder esquivar el golpe.
—Ya te contesté a eso el otro día —murmura, bajando la vista hacia la taza de café.
—No, no lo hiciste, te saliste por la tangente.
Voy a reformular la pregunta a ver si así nos entendemos: ¿todavía la quieres?
Pero querer de verdad. No me vengas con el discurso políticamente correcto de que es la madre de tu hija.
No. Te hablo de quererla como un hombre ama a una mujer. De desearla, de extrañarla.