Rompiendo las olas Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Baja el rostro y me deja un beso húmedo en el cuello que me hace estremecer. Menuda manera de distraerme.

—Venga, dame más detalles de tus complejos. Ya veo que contigo tengo el trabajo asegurado —bromea, encantado con la situación.

—Eres un listillo… Ya te advertí que no soy uno de tus pacientes.

—No lo eras, pero no me des ideas. Casualmente me quedan algunos huecos libres en la agenda de la clínica.

—Ajá. ¿Eso significa que estás haciéndome un hueco definitivo en tu vida?

—Después de esta noche, pensaba que estaba claro: tú ya formas parte de mi vida. No tengo que hacerte ningún hueco, Ali. El espacio lo has conquistado tú sola en mi corazón.

Desvío la mirada un segundo, sintiendo que el pecho me da un vuelco tremendo ante su confesión.

—En serio, Josh… no es justo.

—¿El qué no es justo? —frunce el ceño, divertido.

—Que seas tan perfecto. Nadie es así de verdad. En algún momento tendrá que salir tu peor versión, empezaremos a discutir por tonterías, a tener peleas absurdas… no sé.

Intento buscar de forma lógica alguna señal de alarma que mis ojos enamorados sean incapaces de ver.

—Discutir, puede, no te digo que no. Pero peleas absurdas, nunca. No va conmigo. Aunque si te pones muy cabezota, igual tengo que recurrir a mis conocimientos de masajista para destensar esas curvas que tanto te preocupan. Considéralo terapia.

Suelto una carcajada limpia y él se suma al instante, contagiándome su risa.

—Tú no eres real —susurro, acariciándole el hombro.

—Te aseguro que lo soy. Y más vale que me cuides, porque el océano está lleno de criaturas deseando pescar.

Se me borra la sonrisa por un instante y él lo nota de inmediato en mis ojos.

—Perdóname, no quería decir eso —se apresura a corregirse, borrando la ironía de su rostro—. No iba por ahí, de verdad.

—Es la verdad, Josh. Sé de sobra que eres un chico muy cotizado. Lo comprobé desde el primer día en la playa.

—Igual que tú, Ali. Podrías tener a quien quisieras.

Niego despacio con la cabeza.

—No he buscado a nadie en mucho tiempo. Y no pienso empezar a hacerlo ahora.

—Pues estamos en las mismas —responde él con firmeza, acortando la distancia.

Suspiro, dejando que los nervios se evaporen. Él se acerca y me regala un beso corto y pausado .

—¿Ves como no soy perfecto? A veces hablo antes de pensar.

—Eso no te hace menos ideal, Josh. Solo te hace más humano.

—¿Y si te confieso que ahora mismo no me apetece mucho ser humano?

Abro los ojos de par en par, sorprendida.

—¿Qué quieres decir?

Una sonrisa ladina se dibuja en sus labios y yo entono los ojos, desconfiando de su repentina mirada de pillo.

—Si te digo que ahora mismo prefiero ser uno de tus pacientes, doctora. Como eres veterinaria, me encantaría que atendieras mis dolencias de urgencia…

—¿En serio? —suelto una risa ahogada. Es un idiota adorable.

—Muy en serio. Verás… tengo una pierna coja, pero hay otra parte de mi anatomía que me está latiendo con mucha fuerza ahora mismo y necesita primeros auxilios.

—¡Josh! —le reprendo, dándole un golpe juguetón en el pecho sin poder parar de reír.

—Ay, ay… cómo duele. Creo que la situación es crítica y se va a gangrenar si no haces algo pronto.

—Madre mía… —Niego con la cabeza, muerta de risa—. Eres un inmaduro de cuidado. Mira que estoy empezando a conocerte.

—Doctora, por favor… —continúa con sus muecas de pillo.

—Muy bien, entremos en tu juego —le sigo la corriente—. ¿En qué puedo ayudarlo, señor conejo?

—Déjame entrar en tu madriguera, Alicia.

Me arranca una carcajada sonora y terminamos riéndonos los dos, abrazados sobre el colchón.

—¿Cómo era esa frase? —finge recordar, colocándose un dedo en la barbilla—. Ah, sí… «Todo tiene una moraleja, solo falta saber encontrarla» .

Me sorprende lo bien que se ha quedado con los detalles de la conversación de abajo.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la moraleja de nuestro cuento?

De repente, su expresión se vuelve seria y serena. Me enmarca el rostro entre sus manos grandes, obligándome a sostenerle la mirada.

—Que a veces aparecen personajes en tu camino intentando detener tu reloj, dispuestos a distraerte de lo que de verdad importa.

Sé perfectamente a quién se refiere sin necesidad de que pronuncie su nombre. Está hablando de Engel.

—Y la niña, por pura curiosidad, los sigue y cae en un mundo del revés donde cambia de tamaño y todo son acertijos.

Empieza a dudar de quién es, se asusta y siente que no encaja en ninguna parte porque se ve diferente a los demás —sus pulgares me acarician las mejillas, limpiando una lágrima traicionera que se desborda—.

Pero la realidad, Ali, es que esa niña es brillante, inteligente y maravillosa tal y como es.

No necesita amoldarse a las reglas de nadie para encontrar su lugar.

Las lágrimas me caen ya sin cesar, empapando la almohada, pero esta vez nacen de una liberación absoluta. Noto cómo sus palabras me calan hasta el fondo del pecho. Finalmente, con los ojos fijos en los suyos, susurro:

—¿Y tú quién eres en esta historia?

—El conejo blanco. El que llegó tarde pero en el momento exacto.

—Ese personaje sensato que siempre guía a la protagonista para que no se pierda —digo entre sollozos—. ¿Y qué hace alguien tan centrado con una chica que todavía está intentando descifrar su propio camino?

—Al principio fue solo curiosidad por descubrir quién se escondía detrás de tus barreras.

Pero la ironía de la historia es que el conejo terminó enamorándose de ella.

Y ahora se ha quedado atrapado en su madriguera, encantado de la vida y sin ninguna intención de buscar la salida. Alicia, te has convertido en mi hogar.

Cierro los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas limpien todo el cansancio de estos meses. El corazón me late a mil por hora. Me conoce de verdad; ha sabido leer cada uno de mis miedos.

—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunto en un hilo de voz.

—Ahora toca escribir los siguientes capítulos —murmura, rozando mis labios—. La hora del té y los dramas del pasado ya han cumplido su función…, te han servido para llegar hasta aquí. Pero ya no necesitas quedarte atrapada en ese bucle de reproches.

Sé que habla de toda la tensión que he arrastrado con mi grupo de amigos y de lo mucho que me ha sobrepasado la situación últimamente. Nunca lo había visto desde esa perspectiva.

—Estoy cansada de tantos acertijos y de andar siempre a la defensiva —admito, agotada pero en paz.

—¿Y qué vas a hacer para salir de ese laberinto, mi pequeña Alicia ?

—He intentado huir y recorrer caminos que no me llevaban a ninguna parte, pero solo encontraba más dudas. No sé si voy a dar con todas las respuestas a la primera…, pero me encantaría empezar a buscarlas. A ser posible, contigo.

—¿Con el conejo? —sonríe de medio lado, con una ternura infinita.

Le devuelvo la sonrisa, entrelazando mis dedos con los suyos.

—Con el conejo cojo.

Josh suelta una carcajada limpia y me estrecha contra su pecho, sellando el inicio de nuestro propio mapa.

—Muy bien —dice entre risas, estrechándome un poco más contra su pecho.

—Aunque… no te habrás fumado nada como la Oruga, ¿no? Por si acaso —añado con sorna, intentando recuperar mi habitual tono de broma.

—No, qué va… —alarga la sonrisa y me regala un beso corto en la punta de la nariz—, pero quiero decirte algo muy en serio.

—Dime.

Mis lágrimas se han calmado por completo y noto el pecho muchísimo más ligero, como si se hubiera disipado una tormenta de años.

—Al final de la historia, el conejo se ha enamorado de Alicia.

Muchísimo. La quiere con todas sus dudas, sus miedos y sus confusiones.

Sé que tengo mis propias debilidades y mis batallas, pero te aseguro que nunca había sido tan feliz como en estas últimas semanas.

No quiero perder esto, Ali. No quiero perderte a ti.

Y tengo muy claro que si alguien intenta apartarte de mi lado, me va a tocar sacar las garras.

Seré peor que la Reina de Corazones si hace falta.

Abro la boca, sorprendida por la contundencia de sus palabras. Vaya. Detrás de toda esa capa de tranquilidad y buen rollo, Josh guarda una firmeza arrolladora que me enciende por dentro.

—Señor conejo, está usted completamente loco.

—No es locura. Solo soy un hombre dispuesto a proteger lo que quiere con todo lo que tiene. Si algún día la vida decide que lo nuestro no puede ser, lo aceptaré con dignidad. Pero escúchame bien: no voy a tolerar que ningún Sombrerero intente desestabilizarte o hacerte dudar de ti misma.

Trago saliva, asimilando la seriedad de su mirada.

—No voy a permitir que nadie te falte al respeto, Ali. Ni delante de mí, ni a tus espaldas .

Le rodeo el cuello con los brazos, hundo la cara en el hueco de su clavícula y lo abrazo con todas mis fuerzas, buscando fundirme con su calor.

—Te quiero, Josh. Gracias por cuidarme de esta manera.

—Y yo te quiero a ti, mi Alicia. Gracias por aparecer. Jamás imaginé que alguien conseguiría transformar mi realidad en una historia así.

Me separo apenas unos milímetros para buscar sus labios.

Siento que es imposible querer más a alguien; nunca habría creído que un sentimiento pudiera expandirse tanto en el pecho.

¿Quién me iba a decir que terminaría locamente enamorada del chico más improbable del mundo?

Un surfista capaz de romper las olas de esos mares que a mí tanto pánico me dan.

Parece una historia de ficción. Yo pensaba que mi vida estaba condenada a la rigidez y a la rutina, pero me equivocaba por completo.

En este instante, todas nuestras inseguridades se desvanecen, esfumándose en el aire de la habitación.

Nuestros cuerpos vuelven a encontrarse, ya no desde la urgencia o la necesidad de escapar, sino desde una entrega absoluta que fluye con una lógica perfecta y con un amor limpio.

Nos dejamos llevar de nuevo, despacio, con las manos recorriendo cada relieve y cada cicatriz, decididos a empezar a construir nuestro propio camino.

Y ojalá, con todas las fuerzas que me quedan, este sea nuestro punto de partida definitivo.